OTROS ARTÍFICES DE LA CREDULIDAD
LOS CAMINOS DEL ATEÍSMO
{{ Más allá está un mundo inmenso, que existe al margen
de nosotros, los seres humanos, y que se nos muestra como un grandioso y
eterno enigma, aunque parcialmente accesible a nuestro análisis y especulación.
La contemplación de este mundo nos llama como una liberación... El camino
hasta este paraíso no es tan confortable ni tentador como el que conduce al edén
religioso, aunque se nos ha mostrado seguro y digno de confianza. Por mi parte,
no lamento
en absoluto haberlo escogido}}
—
ALBERT EINSTEIN —
Citado
por Carl Sagan en Cerebro de
Broca
Decíamos, acerca de los usos del lenguaje, que las palabras, y también las frases, tienen un significado informativo y otro emocional. La definición de ateo como {{aquél que afirma la inexistencia de Dios}} tiene el mismo significado informativo que la de {{ aquel que niega la existencia de Dios}}, pero ciertamente no el mismo significado emocional. En el segundo caso la expresión no es emotivamente neutra, sino que contiene una carga emocional suficiente para que pueda fácilmente dar lugar a interpretaciones extraviadas. Cuando se dice que cierta persona {{niega a su patria}} esto no pone en duda la existencia misma de la patria en cuestión, sino tan sólo establece que la persona aludida no se identifica o no desea identificarse como miembro de la patria susodicha, tal vez por motivo de algún resentimiento, temor o cualquier otro que pudiera mencionarse. El definir al ateo como aquel que niega la existencia de Dios podría tergiversarse, entonces, como que el ateo no está realmente negando la existencia de Dios sino más bien que, igualmente por la causa que sea, no reconoce como propios o bien que rechaza, los valores que Dios representa o que supuestamente represente.
El examen de los usos del lenguaje nos enseña, además, que hay dos tipos básicos de acuerdo y desacuerdo: sobre los hechos o creencias y sobre las actitudes. El acuerdo o desacuerdo sobre los hechos o creencias se refiere, desde luego, a los hechos; si algo sucedió, ha sucedido, o sucederá, o no sucedió, no ha sucedido, o no sucederá; si algo es o no es; si existe o no existe; o si algo pertenece al mundo de la realidad o pertenece al mundo de la ficción. El acuerdo o desacuerdo sobre las actitudes se refiere a la valoración de los hechos en términos de estados de ánimo; si lo que sucede o no sucede, ha sucedido o no ha sucedido, nos agrada o nos desagrada; si aprobamos o censuramos que algo sea de un modo o de otro; si deseamos que algo exista o deseamos que no exista. ¿ Algún ejemplo? Una persona puede afirmar, con manifiesta complacencia, que en los Estados Unidos no se tolera ya, legalmente, la discriminación racial. Otra persona puede coincidir, aunque sin poder ocultar su malestar, que en dicho país efectivamente no hay leyes que impongan un trato de segregación hacia individuos de ciertas etnias( acuerdo en hechos o creencias y desacuerdo en actitudes.) Una tercera persona pudiera sostener que en la legislación de esa nación sí es posible encontrar preceptos, con propósitos de exclusión, dirigidos solamente a determinados grupos humanos, reprobando la existencia de tales políticas ( desacuerdo en los hechos y acuerdo en actitudes respecto al primer caso.) Una cuarta persona puede asegurar que en Norteamérica se da lícitamente la discriminación racial y agregar que así son las cosas y además que así deben ser ( con relación al primer caso, desacuerdo en los hechos o creencias y desacuerdo, también, en actitudes.)
Pregunto: ¿ Qué tipo de desacuerdo tenemos creyentes y ateos acerca de la existencia o inexistencia de Dios? ¿Es un desacuerdo de creencias y actitudes?¿Sólo de creencias?¿ O sólo de actitudes? Estos cuestionamientos son importantes porque cuando la resolución de un desacuerdo es nuestra meta, debemos ante todo definir dónde o en qué radica el desacuerdo. Para diferentes tipos de desacuerdo se emplean diferente métodos para solventarlos. Cuando el desacuerdo es sólo sobre las creencias eso significa sencillamente que entre los disputantes los hechos se juzgan o interpretan de distinta manera. A ciertos hechos se les puede restar o negar importancia, o se les puede atribuir la mayor relevancia en el asunto en controversia. La ignorancia o desinformación generalmente juegan un decisivo papel en este tipo de desacuerdo. Por lo mismo, para resolverlo es útil recurrir a testigos, expertos, documentos, registros y cualquier medio que por ser objetivos no se presten a la interpretación arbitraría de los disputantes. En nuestro ejemplo del párrafo anterior, un desacuerdo sobre los hechos podría resolverse consultando los diferentes códigos o reglamentos legales, asumiendo que se cuenta con una erudición adecuada en materia jurídica. Por su parte, si a un “blanco” le desagradan o detesta a los “negros” [o lo contrario] llamar testigos o examinar documentos resultaría inútil porque el desacuerdo es de actitud. Los esfuerzos para resolver esta forma de desacuerdos se centran más bien en el señalamiento que diferentes actitudes producen distintos efectos, nocivos o benéficos, que deben sopesarse para que nuestras acciones no produzcan consecuencias no calculadas o contrarias a las deseadas. La persuasión y la llamada de atención sobre esas consecuencias es un método más fructífero para los desacuerdos en actitud. Al “blanco” se le podría hacer ver que es mejor resignarse a tolerar y cohabitar con los “negros”, que vivir envuelto en constantes y graves situaciones de hostigamiento y tensión.
Con todo, lo más frecuente en la vida cotidiana es que ahí donde hay un desacuerdo, lo sea, aunque en diverso rango, tanto en creencias como en actitud. Las creencias, y las actitudes sobre esas creencias, están, obvio es apuntarlo, muy relacionadas entre sí. Podría pensarse que la creencia precede invariablemente a la actitud. Para sentirnos descontentos [o contentos] con el funcionamiento de nuestro negocio, necesitamos creer (antes) que el negocio podría o debería marchar mejor, [o que marcha mejor de lo calculado.] Pero no es siempre así. Un niño pequeño puede experimentar primeramente el gozo de recibir juguetes, y hasta después, relacionar este gozo con la creencia que los juguetes son un regalo de Los Santos Reyes o de Santa Claus. Como quiera que sea, las creencias y las actitudes llegan a estar en ocasiones tan intrincada e íntimamente asociadas, que es difícil entender, y aún más difícil explicar, el modo o naturaleza de esa interrelación.
Precisamente los desacuerdos entre ateos y creyentes ilustran muy bien el grado en que las creencias y actitudes pueden estar enmarañadas o enzarzadas. Al parecer entre ateos y creyentes no hay un acuerdo ni siquiera sobre el tipo de desacuerdo que tenemos. Esto se debe a que los caminos de la credulidad y del ateísmo están más curvados, llenos de baches y piedras de lo que ambos, creyentes y ateos, quisiéramos suponer. Las Cruzadas es un buen ejemplo de que quienes transitan por los carriles de la credulidad tienen sus propios desacuerdos en creencias y actitudes, y pueden llegar a colisionar, a cruzarse de frente, digámoslo así, con las funestas consecuencias que todos conocemos. Los carriles de los caminos del ateísmo son al parecer más anchos ( nunca se han manchado de sangre) pero a no dudar entre los mismos ateos también existen desacuerdos de creencias y actitudes. Y como veremos en este capítulo, los caminos del ateísmo son, en algún sentido, bastante más difíciles de transitar.
Pero debo agregar, para acabar de enredar más esta madeja de los desacuerdos sobre hechos y actitudes, que estos pueden ser genuinos o sólo aparentes. Veamos lo que quiero decir con esto y empecemos por desenredar la madeja.. Preguntémonos, ¿existe entre ellos y nosotros un desacuerdo en actitudes? Para el creyente ATEO es una palabra con muy mala reputación. Es sinónimo de perverso, de desubicado, de loco que pretende tener en sus manos las claves de los secretos del universo, de soberbio, engreído y desagradecido, de enemigo del amor, de la compasión y de todo lo que esté del lado del bien o de la virtud. Y, por supuesto, aliado del demonio. Si a esto agregamos lo que mencionamos arriba, o sea que para muchos creyentes “negar a Dios no es negar realmente su existencia”, entonces tendríamos que, para el teísta, hay efectivamente hay un desacuerdo de actitudes, y no sólo eso, sino que el desacuerdo es, únicamente de actitudes. Según esto, para ellos( los creyentes), los ateos admitimos la existencia de Dios sólo que, como renegados que somos, o como adoradores del mal, preferimos negarlo y lo que quisiéramos es borrar a la competencia del mapa.
Esto, para el ateo, es, por ponerlo así, infamemente irrisorio. De modo que para evitar este malentendido el ateo debe dejar en claro, antes que nada, que la existencia de valores humanos como el amor, la compasión o la disposición de dar y compartir, es independiente de la creencia en la existencia en cualquier tipo de dioses, del mismo modo que la manifestación de nuestros odios y egoísmos, tampoco depende de la existencia de ningún demonio. Como veremos en su oportunidad, la fuente de la conducta humana, magnánima o mezquina, virtuosa o viciosa, está, medularmente o en su raíz, en nuestra condición o herencia animal, y ya desde un punto de vista práctico de lo que es la moralidad propiamente humana, en el modo en que cada uno de nosotros ejercita su voluntad o libre albedrío, pero nunca en dioses ni demonios. Hay creyentes que luchan contra injusticias y que dan de sí para que todos podamos vivir en un mundo mejor. Pero igualmente podemos afirmar que hay ateos que dedican sus mejores esfuerzos en la persecución de esos mismos propósitos. Carl Sagan, a quien he citado en varias ocasiones y no me cansaré de seguirlo haciendo, es el mejor ejemplo de ello. Por otro lado, hay creyentes que son déspotas, desconsiderados, y que pareciera que lo único que les importa en la vida es atesorar bienes materiales o mantener un dominio absoluto sobre otras personas. Y no puedo pensar en ningún buen argumento para que yo pudiera asegurar que algunos ateos no pudiéramos ser caracterizados de la misma manera. Aunque si estoy convencido, [y esa es la razón, en última instancia, por la que escribo esta página web], de que el ateísmo, para quien desea hacer auténticamente propios los más singulares valores humanos, no es sólo una mejor opción sobre la religiosidad, sino la única. Entonces, decía, el ateo debe dejar en claro que NO HAY un desacuerdo genuino de actitudes, aunque tradicionalmente en apariencia si lo hay. Y para el pionero del ateísmo esta aclaración es doblemente importante porque bajo la concepción estereotipada del ateo, tan poco edificante, ¿quién quisiera serlo?
Siguiendo con este tipo de desacuerdo en actitudes, podríamos todavía, sin embargo, preguntarnos, ¿nosotros los ateos preferimos o preferiríamos que un Dios omnipotente y amoroso no exista o no existiera? Yo quiero suponer que, de entrada, nadie podría estar en contra de la existencia de magos o dioses que estuviesen a nuestro servicio, pendientes de nuestros deseos o necesidades. Si nos enteramos, por ejemplo, que padecemos una enfermedad que la ciencia médica no ha podido entender ni curar, ¿desearíamos o no los ateos que con sólo ofrecer penitencia a la Virgen de los Remedios, nuestra enfermedad pudiera curarse milagrosamente? Si viajamos con nuestros hijos por aire, mar o tierra, ¿ansiaríamos o no los ateos que con recitar un par de Padres Nuestros los peligros propios de transportarse pudiesen ser conjurados? ¿Anhelaríamos o no los ateos que si sabemos pedir perdón, con suficiente elocuencia, una vida mejor en el más allá estuviese esperándonos después de nuestra ineludible muerte terrenal? El costo de obtener todo esto sería el de estar dispuestos a mostrar un poco de servil sumisión a esos guardianes o dioses poderosos y amorosos, pero si somos objetivos valorando lo que damos y lo que recibimos, el precio, diría yo, no parece excesivo. A algunos les va bastante peor con políticos que saber exigir obediencia incondicional, pero no dan casi nada a cambio, o que en lugar de dar, quitan.
Si leemos la reflexión de Einstein que aparece al principio de este capítulo, donde declara que el camino de la ciencia “ no es tan confortable ni tentador como el que conduce al edén religioso”, podría pensarse que incluso las mayores celebridades científicas y quienes criticaban de manera enfática la creencia en dioses antropomórficos, no dejan de reconocer que algo de atractivo podían tener en sí mismas esas creencias. El propio Sagan, llegó a manifestar que, “me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo y de las antiguas tradiciones culturales de todo el mundo que afirman la existencia de otra vida, nada me indica que tal aseveración pueda ser algo más que un anhelo”... Pero yo, como representante de la fiscalía, me apresuro a impugnar: ¿es que no somos capaces, creyente, de distinguir entre lo que es permitirse soñar despierto por un momento y el confundir verdadera y permanentemente la realidad con la fantasía? Veamos cuál es la genuina actitud de estos grandes ateos científicos acerca de la existencia de ángeles guardianes y de dioses promotores de la venta de bienes raíces en el más allá. En su obra póstuma Billions and Billions, en el capítulo donde el mismo Sagan relata la repentina aparición y desarrollo de la larga y penosa enfermedad que lo llevó a la tumba, manifiesta lo siguiente,
Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentarse a la muerte sin la certeza de otra vida. Sólo puedo decir que esto no ha constituido un problema. Con alguna reserva acerca de las “almas débiles”, comparto la [siguiente]opinión de mi héroe Albert Einstein:
No logro concebir un dios que premie y castigue a sus criaturas o que posea una voluntad del tipo que experimentamos en nosotros mismos. Tampoco puedo ni querría concebir que un individuo sobreviviese a su muerte física; que las almas débiles, por temor o absurdo egoísmo, alienten tales pensamientos.
Y en relación con la previa declaración citada de Sagan, tampoco refleja, en absoluto, su verdadera forma de ser o de pensar. Él siempre manifestó con claridad, la idea que la realidad, sólo por el hecho de serla, era más hermosa que la fantasía y que no había necesidad de engañarnos con encantadoras historias que no estuvieran respaldadas con evidencias. Ann Druyan, científica y atea como Sagan, relata, con los siguientes términos, los últimos momentos de vida de su esposo:
No hubo conversión en el lecho de muerte, ni en el último minuto se refugió en la visión consoladora de un cielo o de otra vida. Para Carl, sólo importaba lo cierto, no aquello que nos sirviera para sentirnos mejor. Incluso en el momento en que puede perdonarse a cualquiera que se aparte de la realidad de la situación, Carl se mostró firme. Cuando nos miramos fijamente a los ojos, fue con la convicción compartida de que nuestra maravillosa vida en común acababa para siempre.
Estoy seguro, lector, teísta de mente abierta, que sabrás comprender la diferencia entre lo que nos gustaría creer y lo que podemos creer con seriedad. ¿Qué sería fabuloso contar con la protección de ángeles guardianes? Pues, digamos que sí. Pero, ¿y qué con eso? Hay situaciones donde viene al caso preguntar sobre diferencias de actitudes o preferencias, y casos donde no cabe esa posibilidad. Preguntar acerca de actitudes sobre la pena de muerte, o sobre el derecho al aborto, tiene sentido porque los mismos hechos de donde se derivan las actitudes en cuestión, son susceptibles de ser creados, modificados o eliminados por la voluntad humana. Tiene sentido preguntarnos o discutir si somos partidarios o no, del derecho al aborto, porque las respuestas o conclusiones que arrojen esos cuestionamientos pueden ser base para decidir sobre los hechos, es decir, en este caso, por ejemplo, decidir si el aborto debe ser— y en que circunstancias— legalmente prohibido o instituido. Pero puesto que los ateos afirmamos la inexistencia de dios, puesto que afirmamos que ofrecer penitencias, rezar o desear una vida en el más allá no cambia la realidad para nada, ¿qué caso tiene andar conjeturando sobre si preferimos que existan o no ángeles y dioses, sobre preferencias que no van a verse, a fin de cuentas, reflejadas en ese mundo real en que vivimos?
Por supuesto, todo esto nos conduce a más preguntas. ¿ A que se deberá que los creyentes puedan creer en lo que les gusta o les gustaría creer, y que en cambio los ateos no podamos creer sino en lo que podemos creer? La respuesta está en los hechos. Es decir, el único desacuerdo genuino entre ateos y creyentes es sobre los hechos, y en esto no hay lugar para malos entendidos: Los místicos mantienen que Dios existe realmente mientras los ateos sostenemos que dios es un ser imaginario. Si al ateo, que niega la existencia de dios, el creyente lo toma como un renegado, si las palabras son las que desorientan o confunden, entonces expongamos nuestra postura de esa otra manera: Nosotros (los ateos) afirmamos la inexistencia de dios. De hecho, e insisto en esto, afirmamos también la existencia del demonio; para el ateo dioses y demonios son igualmente ficticios. Y como veremos posteriormente, considerados los hechos, los ateos no somos precisamente los engreídos ni los desubicados.
Hay, pues, un desacuerdo genuino de creencias o hechos entre ateos y creyentes. No vamos a entrar aquí en el análisis de fondo sobre esos hechos porque ese es, justamente, el tema central de esta pagina web. Lo que cabe aquí preguntar es, ¿a qué obedece, en primer término, este desacuerdo sobre los hechos? Sucede que el ocuparnos de la solución de un problema trae implícito, naturalmente, un esfuerzo o trabajo mental. Pero nadie está dispuesto a enfrascarse en el análisis de datos y hechos si cree que no hay necesidad de ello. Las personas, por lo general, rehuimos el esfuerzo físico o mental. A la mayoría de la gente no nos interesa, por ejemplo, informarnos sobre cómo es que funciona una cámara fotográfica o sobre cómo es que los aviones pueden volar. Mientras la cámara tome fotografías y el avión vuele con eso nos basta. Y cuando juzgamos un problema como insoluble o muy difícil de resolver—como parece ser el caso de la cuestión de la existencia o inexistencia de Dios—entonces tenemos un motivo poderosísimo adicional para no ocuparnos de él. Como sabemos los ateos, los creyentes son incoherentes consuetudinarios que nunca han estado interesados en averiguar en que basan sus creencias religiosas. El creyente parte de la premisa de que las cámaras fotográficas y los aviones existen y funcionan. Da como {{cosa sabida}} que Dios existe y da como {{conocido}} que es “bueno” creer en Dios; y concluye que puesto que creer en dios “funciona”, lo único razonable que de ello se sigue es no ocuparse más del asunto. Es decir, ES MÁS CÓMODO IGNORAR LOS HECHOS QUE ENFRENTARSE A ELLOS. SOBRE TODO cuando podemos entrever que introducirse en un laberinto de datos o piezas de rompecabezas, adentrarse en los hechos, puede significar dejar de creer en lo que nos place o conviene creer. O para decirlo de otra forma, cuando podemos vislumbrar, a medida que las piezas del rompecabezas van formando una figura, que esa figura va a mostrarnos una imagen que, en principio, se nos antoja horrible y repulsiva: una imagen que parece revelarnos que la creencia en Dios carece de fundamento; que Dios no existe. No hay ser humano adulto, salvo el que verdaderamente es un retrasado mental, que no sea capaz de armar al menos dos o tres piezas del rompecabezas; En toda mente humana flota la idea que hay algo de vano e ilusorio en la creencia en Dios. Pero el miedo los paraliza y muy pocos decidimos seguir adelante. El ser humano, frágil y vulnerable como es, no está especialmente predispuesto a echar por la borda, por cuenta propia, lo que cree son sus anhelos o ilusiones. De ahí que los necios recalcitrantes, los bloqueados sicológicamente y los que se escudan en los dogmas religiosos, abunden por doquier.
Pero el sobreponerse a los miedos paralizantes y encarar el desafío de desentrañar un problema que parece insoluble, no son, y esto habría que recalcarlo, las únicas piedras que el ateo se encuentra en su camino. Hay otras que por su peso y tamaño acaban por ablandar a la mayoría y los hacen tomar el retorno hacia el camino de la credulidad. Una de estas es superar el sentimiento de culpa por dar la espalda, por {{traicionar}} las creencias que amorosamente se nos inculcan en nuestro hogar, lo cual no es fácil porque lleva de la mano el convertirse en una especie de paria, de excluido voluntario dentro de la propia familia, tanto la convencional como la que conformamos todos los seres humanos. Ser visto como traidor es un asunto serio. Es difícil encontrar adjetivos que sean más gravemente ofensivos. Adolf Hitler fue un traidor. Nacido en Austria renegó de las pobres aptitudes y aspiraciones guerreras de su patria, y se pasó al bando alemán. Pero como todos sabemos Hitler no traicionó sólo a su patria sino también los derechos más elementales de cientos de miles de seres humanos. Sin embargo, el ser {{traidor}} puede también tener sus ventajas. Albert Einstein fue otro de los que “traicionó” a su patria. Alemán de nacimiento, renunció a la ciudadanía de su belicoso país para adoptar, finalmente, la de norteamericano. Si Einstein no hubiese {{negado a su patria}} quien sabe que rumbo hubiese tomado la historia.
El ateo sabe que no se puede tener todo en la vida. Podemos creer en dioses y vivir sintiéndonos seguros y tranquilos; pero sólo si mentalmente somos menores de edad para no darnos cuenta que esa seguridad y esa tranquilidad son una quimera. O nos enfrentamos a la realidad a veces angustiante del mundo en que habitamos, sabedores que sólo contamos con nosotros mismos para apoyarnos, protegernos, y para dar y recibir consuelo cuando lo necesitemos. Es difícil renunciar al manto protector que ofrece la religión. Pero por mi parte, como dice Einstein, puedo asegurar que me resultaría bastante más difícil traicionar mi dignidad intelectual y renunciar al placer de adentrarme por los caminos del conocimiento, y de lo que yo crea que es la verdad. Permítanme transcribir, a este respecto, el siguiente pensamiento del mismo Einstein, citado por Irving M. Copi. Lo que aparece entre paréntesis es un comentario adicional del propio Copi,
Existe una pasión por la comprensión igual que existe una pasión por la música. Esta pasión es común en los niños, pero termina por perderse con el tiempo en la mayoría de las personas. Sin esa pasión, no habría matemáticas ni ciencia natural. [El conocimiento no nos da solamente la capacidad de satisfacer nuestras necesidades prácticas, es una satisfacción directa de un deseo particular, el deseo de saber.]
Cuando dos hechos aislados y aparentemente inconexos súbitamente se funden en uno solo, eso es conocimiento y eso es placer. Por la pasión por el conocimiento es que hay quienes preferimos recorrer y nunca abandonar los caminos del ateísmo, aunque, gregarios como somos los seres humanos, tengamos que hacerlo [en la mayoría de los casos] siempre solos.