Alejandro
Soriano Vallès©
“Feminismo”, dice el Pequeño Larousse, es la tendencia a aumentar los derechos sociales y políticos de la mujer”, definición, con todo lo simple que se la quiera, en la que hay algo de marcha ascendente, inevitablemente justa, hacia la verdad: mujer y hombre fueron creados iguales, debiendo entonces, al serlo, poseer idénticas prerrogativas y obligaciones. Se trata de una aspiración conforme a la razón, cuyo cumplimiento tiene que ser buscado por ambos géneros como requisito ineludible para la libertad humana.
Es en tal línea que Sor Juana Inés de la Cruz, con las limitaciones propias de su época, puede llamarse, con toda exactitud, “feminista”. Existe, empero, en nuestros días, cierta tendencia a llevar las cosas al extremo, y como éstos se tocan, el producto resultante sólo puede llamarse “hembrismo”, espejo fiel del conocido machismo sojuzgador de las mujeres. Porque hembrismo y no feminismo es suponer (aunque sea veladamente) superioridad de alguna clase en la mujer. Es aquí donde se hallan rasgos posmodernos en parte de la crítica sorjuanista. En efecto, ejemplos abundan de cómo se trata de imponer lo particular (lo femenino) a lo universal (femenino-masculino: lo humano), distorsionando el rostro de Sor Juana al volverla incluso “desafiante” y, en tal dirección y con pertinacia exasperante al final de la línea una vez más “hereje” (pues la pobre monja —se dice— habría llegado, ¡hagan ustedes el favor!, a incluir ¡“a la Virgen María [...] en el concepto de Trinidad, situándola en la cima de lo divino y de lo poético” (Arenal, 303). Todo para probar no ya que hombre y mujer son iguales (feminismo), sino que Dios y mujer lo son (¡). Semejante opinión herética no es, evidentemente, de Sor Juana, pero de quienes la “leen”: nuevo rasgo posmoderno, ahora usado no sólo para equiparar lo estético y lo ético (en la “cima de lo divino y de lo poético” se halla la mujer), sino también empleado con total olvido de lo que la obra y vida enteras de la poetisa dicen (una forma más de elección del multicriterio sobre las normas de interpretación —por mínimas que se quieran [cf. Beuchot]—, y con el sólo fin de “decir” su “feminismo” [aquí hembrismo]: las minorías —mujeres— sobre las mayorías —humanidad).
Sin embargo, la verdadera faz feminista de Sor Juana es, como todo producto del amor y según mencioné en otro sitio, incluyente: está dirigido a revalorizar la imagen de la mujer, sí, pero, al hacerlo, también la del varón. Esto significa que el feminismo (auténtico) no busca el enfrentamiento, pero la unidad. Ello se desprende con claridad de los textos sorjuaninos. En la Sátira filosófica verbigracia, su poema más conocido y marcadamente feminista, aparece sin cesar tal idea: los hombres tienen la culpa, claro y en muchas ocasiones, del mal que hacen las mujeres, pues las “incitan” a él, pero ellos no deberían, lo cual conlleva un deber ser. Como bien ha mostrado Alfonso Méndez Plancarte, este tema del hombre haciendo a la mujer pecar, no es nuevo en la literatura española, y la crítica (hecha a veces por poetas varones anteriores a Sor Juana) en él implícita, según la cual ellos tienen que respetar la libertad e integridad femeninas, contiene un germen de igualdad que la monja desarrollará más tarde y desde su óptica de mujer.
Efectivamente, cuando Bartolomé Torres Naharro escribe en su Comedia Serafina (Obras completas de Sor Juana..., I, 488):
De
mujeres blasfemamos
los
que malas las hacemos;
un
error suyo diremos
y
dos mil nuestros callamos.
Está haciendo una evidente crítica a los hombres, y negativamente diciendo lo que tendría que ser: no juzgar a las mujeres por sus equivocaciones, sino sacar a luz las nuestras; las cuales con toda obviedad existen y superan a los suyos. Pero, sobre todo en el caso de la jerónima, con la crítica se postula también una solución (condicionante, en el verdadero sentido, de igualdad):
¿O
cuál es más de culpar,
aunque
cualquiera mal haga:
la
peca por la paga,
o
el que paga por pecar?
Estos versos de la monja “igualan” a la mujer y al hombre en el pecado: ambos hacen mal (aunque es cierto que la condición varonil es peor, pues no sólo peca, sino paga por hacerlo), pero también en la aspiración claramente implícita: ninguno de los dos debería hacerlo. Nótese: a pesar de que el pecado femenino es menos “culpable”, sigue siendo pecado, y está mal. ¿Qué desearía la poetisa? Con toda evidencia que ninguno de los dos pecara: ésta es la verdadera igualdad, que se da en la libertad (la única: la de los hijos de Dios). El feminismo de Sor Juana iguala los géneros en el sitio donde tiene sustento: su origen, el amor de Dios, que al crearlos no hizo distingos.
En este mismo sentido va su aseveración de que es lícito y “muy provechoso” a las mujeres “el estudiar, escribir y enseñar privadamente”; aunque “claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo” (Respuesta, líneas 920s.). Es decir, luego de haber demostrado tanto sus conocimientos como, principalmente, su bondad de vida. La actividad intelectual se halla en Sor Juana subordinada a la moral, por lo cual debe más bien llamarse sabiduría. Pero su exigencia es igualmente aplicable a los varones: “y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados...”
“Justa” llama a su propuesta, y verdaderamente lo es: se trata, repito, de la justicia que iguala a los seres humanos en la búsqueda de la verdad: hombre y mujer tienden, con sus vidas honestas e inteligentes (prudentes), a Dios, Origen y Meta de la Creación. No hay aquí distingos posibles, porque la prudencia no tiene sexo. Cuando la poetisa antepone este requisito, sabe que ellos no pueden ser más inteligentes que ellas, pues no se es más santo que santa.
Si se analiza con cuidado la poesía de la Fénix se llega a esta conclusión: el estudio está ligado a una vida honesta, y sin ella resulta totalmente superfluo e inútil: y después de saber todas las ciencias, dice, “(que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia más que todo lo dicho, que es una continua oración y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgación de ánimo e iluminación de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas; y si esto falta, nada sirve de lo demás” (Respuesta, líneas 377s.).
Por eso sus Villancicos a Santa Catarina, tan poderosamente feministas (digo esto incluso concediendo y sin considerar las dudas de Martha Lilia Tenorio sobre la autoría sorjuanina de algunas de estas piezas), no desprecian al hombre cuando exaltan a la mujer, sino, todo lo contrario, lo incluyen:
Nunca
de varón ilustre
triunfo
igual hemos visto;
y
es que quiso Dios en ella
honrar
al sexo femíneo.
¡Víctor, víctor!
Donde, aparentemente, se haría befa del género masculino; pero antes ha dicho:
¡Qué
bien se ve que eran Sabios
en
confesarse rendidos,
que
es triunfo el obedecer
de
la razón el dominio!
¡Víctor,
víctor!
La conocida historia de Santa Catarina, quien convirtió con su sabiduría a los filósofos que trataban de apartarla de la fe, es aquí usada por Sor Juana para hacer la apología del entendimiento femenino, pero no como sea, sino en comunión con la voluntad divina. Esto es importante, porque el deseo de Dios no es humillar a los varones (aquí representados en los “sabios rendidos”); Él quiere convertirlos, lo cual, una vez logrado, los pone a la altura de la santa (por eso la jerónima los llama “sabios”).
Es más, la poetisa inicia el villancico exclamando:
De
una Mujer se convencen
todos
los Sabios de Egipto,
para
prueba de que el sexo
no
es esencia en lo entendido.
¡Víctor, víctor!
Que, leído con acuerdo a lo anterior, se entiende no sólo como que, sin importar el género, la inteligencia de la santa se equipara con la de los sabios, sino también como que la de éstos lo hace con la de ella; o sea, los sabios son tan “entendidos” como Catarina, pues se dejan convencer. Son tan inteligentes que reconocen su superioridad. Entonces, cuando Sor Juana dice que “el sexo/ no es esencia en lo entendido”, está haciendo asimismo una alabanza a los varones, dado que, siéndolo, han sido listos como para aceptar la superioridad femenina. La frase es incluyente: el sexo (femenino o masculino) no importa para la inteligencia: hombre y mujer son, en el real sentido, iguales. Lo importantes es “la pureza de vida”.
Bibliografía:
-ARENAL, Electa. “En torno a
un párrafo de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”. Y diversa de
mí misma entre mis plumas ando. Ed. Sara Poot Herrera. México, El Colegio
de México, 1993.
-BEUCHOT, Mauricio. Tratado
de hermenéutica analógica. México, UNAM, 1997.
-JUANA INÉS DE LA CRUZ, Sor. Obras completas. V. I-III, edición, prólogos y notas de Alfonso Méndez Plancarte, v.
IV de Alberto G. Salceda. México, FCE, 1951-1957.
-TENORIO, Martha Lilia. Los
villancicos de Sor Juana. México, El Colegio de México, 1999.