Sincretismo

 

 

Alejandro Soriano Vallès©

 

 

Desde que Brucker introdujo el término para designar una “conciliación mal hecha de doctrinas filosóficas totalmente disidentes entre sí”, se entiende el sentido del mismo: indica la factura errada o síntesis mal lograda de creencias procedentes de diversos sistemas. En la historia del pensamiento religioso ha llegado a poseer igual significado, de manera que cualquier sugerencia de sincretismo pasa, cuando menos, por la sospecha de la autenticidad de su origen.

            En el caso de Sor Juana Inés de la Cruz me refiero, claro, al hecho de si el supuesto “sincretismo” se halla en verdad en su obra o es producto de la voluntad de amalgama de algunos de  sus intérpretes. Siendo, como es, una filosofía débil pero voluntarista, el posmodernismo ha encontrado cierto solaz en la ambivalencia que todo símbolo posee y es susceptible de poseer. Dado que en determinado momento el símbolo es un recipiente vacío donde resulta posible colocar casi cualquier cosa que se desee, el sentido de éste puede llegar a depender meramente de la voluntad del lector, sin tener en consideración la del autor, manifiesta en el conjunto de su obra, en la historia de su vida y en la tradición a que pertenece.

            Según expliqué en otra parte (Rebeldía), un sector de la crítica sorjuanista posmoderna ha imaginado cierto “desacuerdo” de la poetisa con algo con lo que ese mismo sector —no Sor Juana— disiente, a saber, su probada fe católica. Eso quiere decir que, dado que dichos críticos no son católicos, dan por hecho que Sor Juana, “en realidad”, tampoco debió serlo. Una de tales manifestaciones se hallaría —según ellos— en el espíritu “sincrético” (parte de su “rebeldía” de marras, manifiesta en una “oculta” mezcolanza de creencias religiosas) de algunos de sus textos. La monja católica Sor Juana Inés de la Cruz sería entonces una especie de “saboteadora” que, desde el interior de la propia Iglesia, se habría encargado de contaminar sus símbolos con contenidos no únicamente ajenos, sino incluso opuestos a ella. Empero, semejante labor de zapa (esto es lo más asombroso) no habría sido notada jamás por ninguno de los encargados de velar entonces por la ortodoxia de la fe (obispos, clérigos, inquisidores, etc.) sino —adivinen ustedes— ¡exclusivamente por estos críticos actuales!

            En efecto, hoy y sólo hoy habríase comenzado a advertir el mencionado “sabotaje” sincrético monjil, lo que, suponiendo (sin conceder) que hubiese sido verdad, traería como consecuencia la ridícula situación de que tanto esfuerzo “rebelde” habría resultado, a fin de cuentas, no únicamente estéril, pero —con perdón— estúpido. Porque, si acaso y en un delirio de Sor Juana, hubiera sido así, ocurriría que, dado que los hombres más capaces de la época, especialistas en detectar desviaciones de la ortodoxia, no notaron —preparados para ello como estaban— nada, mucho menos los lectores comunes —cultos tal vez, pero despreocupados de semejantes menesteres—. A ello debe sumarse que, si cualquier autor escribe para ser leído, es decir, siendo la literatura un vehículo de comunicación, insertar en ella elementos que se sabe nadie percibirá, parece obra de un loco hacerlo, pues no comunicarán, jamás, nada. Con todo, la antedicha crítica posmoderna supone que los “mensajes” fueron tan bien ocultados que debieron pasar más de trescientos años para ser “descubiertos”, sugerencia a todas luces insostenible, pues si bien un escritor piensa en sus lectores futuros, los más importantes son, por supuesto, los actuales. Y ¿de haber sabido cómo iba a ser el futuro; es decir, que los lectores de hoy  le darían la razón en cuanto a los “mensajes” ocultos de “rebeldía” entonces propuestos (tras prever también su “descubrimiento”); de qué serviría? Palmariamente, porque si sabía que el futuro había de traer hombres “liberados” de la fe católica que acabarían comprendiéndola, ¿qué utilidad habría reportado luego codificar mensajes que serían descifrados cuando el “cambio” en ellos sugerido ya se había dado? (Esto, además, implica unas dotes de predicción que, según nuestros conocimientos, Sor Juana nunca tuvo.)

            No, lo anterior es producto de los deseos de los críticos posmodernos cuyo pensamiento se opone al de la fe católica de Sor Juana; críticos a quienes complacería que ella hubiese compartido tal oposición. Para ejemplificar lo anterior, habrá que remitirnos al estudio de Octavio Paz (Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe), pues en él hay un elemento capital que ha servido no sólo a este escritor para desarrollar sus fantasías sincretistas, pero ha inspirado a muchos otros en esta misma desviación. Invito al lector a seguir esta reflexión: Fe y hermetismo en Sor Juana Inés de la Cruz.

 

 

           

           

 

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