Las relaciones entre México y los Estados Unidos durante
este período están marcadas por el expansionismo territorial
norteamericano a expensas de nuestro país. Desde la primera misión
diplomática estadounidense en México, el ministro Joel R. Poinsett
demostró fuera de toda duda los apetitos expansionistas sobre la
provincia de Texas. La posición de México es, al parejo de dicho
expansionismo, de una claridad contundente: sólo quedaba ratificar
el Tratado Adams-Onís, signado en 1819, que señalaba los límites
territoriales entre -la entonces- Nueva España y los Estados Unidos.
Después de muchas negociaciones ese tratado es ratificado el 12 de
enero de 1828..
Washington cambia de táctica ante los argumentos legalistas
mexicanos: se deciden a presentar hechos consumados ante tratados
diplomáticos. Es así como se da la "penetración pacífica" de Texas
por emigrantes norteamericanos.
Según informes del general Manuel Mier y Terán en 1829, los
estadounidenses aventajaban en número de ocho a cada mexicano. Al
año siguiente don Lucas Alamán promulga una Ley de Colonización por
la cual pretendía obstaculizar las llegadas masivas de ciudadanos
norteamericanos a Texas, pero en aquellas circunstancias, tomando en
cuenta los datos de Mier y Terán, era ya imposible.
La variación en 1834 -del régimen federal de México e iniciarse los
trabajos para transformar este país en una república centralista,
fue el pretexto que esgrimieron los texanos para separarse de
México. Al año siguiente Texas se convierte en una provincia rebelde
a la autoridad central. Así en 1836, Santa, Anna marcha a combatir a
los separatistas texanos. Al principio la campaña no iba mal, puesto
que los texanos tienen que rendirse en el Fuerte de El Álamo,
también el general Urrea logró vencerlos en Llano Perdido. Sin
embargo, todo se perdió en la Batalla de San Jacinto", en que Samuel
Houston derrota al ejército mexicano, Santa Anna cae prisionero y
firma los Tratados de Velasco, que aunque no fueron nunca
reconocidos por México, estipulaban los límites de Texas:
extendiéndolos hasta el río Bravo, siendo que la frontera texana
nunca había llegado más allá de la corriente del río Nueces.
Así, de 1836 a 1845 Texas existirá como república independiente. En
sus seno se formarán dos tendencias: una pequeña partidaria de la
independencia texana, cuyos máximos representantes serán los
políticos texanos: Anson Jones y Ashbel Smith; y otra, más numerosa
y popular encabezada por Samuel Houston, a favor de la anexión a los
Estados Unidos.
Texas, pues desde el momento de su independencia estaba destinada a
incorporarse a Norteamérica. Todo la hacía girar en esa órbita:
intereses económicos, sociales, lengua y religión. Además, en este
territorio los inmigrantes en su mayoría procedían del Sur de los
Estados Unidos y habían llevado con ellos lo que con hipocresía
puritana llamaban, la "peculiar institución", que en palabras más
llanas era la esclavitud. En ello radicaba el mayor problema para su
incorporación a la Unión, pues el ingreso de Texas rompía el difícil
equilibrio -presente especialmente en el Senado norteamericano-
entre estados esclavistas y antiesclavistas. De tal manera que el
proyecto de 1843 para la anexión de Texas fue rechazado en el
Senado.
No será sino hasta la primavera de 1845, gracias a las arduas
gestiones del presidente John Tyler, cuando la anexión de Texas es
aprobada por mayoría simple en la Cámara de Representantes: 120
votos, contra 98. En el Senado fue aprobada el 28 de febrero por
mayoría de 56 votos contra 54.
Este fue el motivo. final- de la ruptura de relaciones entre México
y los Estados Unidos. Ya hemos mencionado los esfuerzos británicos
por asegurar la independencia texana, así como la ruptura de
relaciones entre México y Francia en ese mismo año, con lo cual la
soledad internacional con que México afrontaría el conflicto se nos
muestra de manera patética.
Como si todo este cuadro no fuese suficientemente desfavorable para
México, en el otoño de ese mismo año -1945- el asunto se complicó
aún más, por la intervención de España al propiciar una, intriga
monarquiota. contra el gobierno del presidente Herrera.
En efecto, en diciembre el general Mariano Paredes y Arriaga se
sublevó en San Luís Potosí contra el gobierno. Esta sublevación
contó con el apoyo financiero incondicional del ministro español en
México, Salvador Bermúdez de Castro, quien creyó -siguiendo las
instrucciones que había recibido en Madrid- que era el momento
propicio para transformar las instituciones republicanas,
convirtiendo a México en una monarquía a cuya cabeza estaría un
príncipe de la Casa de Borbón .
Herrera es derribado y se instaura el gobierno pro-monarquista de
Paredes. Esta breve administración se negó a recibir a Jhon Slider,
agente enviado por Polk a México para tratar de llegar a un acuerdo
que contuviese no sólo la definida cesión de Texas, sino la
adquisición de Nuevo México y California.
La administración Paredes, en resumidas cuentas, no sirvió, sino
para dividir aún más a los mexicanos y precipitar la declaración de
guerra de los Estados Unidos, acaecida el 13 de mayo de 1846. En
agosto de éste año, es derribado Paredes, ya en plena guerra.
Santa Anna, que se encontraba exiliado en Cuba, regresa el 16 de
agosto de este año a México. Aunque este regreso ha dado pie a
multitud de leyendas sobre la supuesta vanalidad del general Santa
Anna, la única verdad irrefutable es que él mismo se constituyó en
el alma de la resistencia ante el invasor, por más que desde el
punto estrictamente militar sus esfuerzos no fuesen coronados por el
éxito.
Haciendo un esfuerzo de síntesis para explicar la actitud de Santa
Anna, el hecho es que hizo frente en las heladas estepas de Coahuila
al sur de la Cd. de Saltillo, al general Taylor en la Batalla de la
Angostura, que estuvimos a punto de ganar. A su regreso a la
ciudad-de México, su sola presencia desarmó la revuelta elitista
llamada sublevación de los Polkos". inicitada por las medidas
reformistas que atacaban los intereses del clero, llevadas a -cabo
durante la ausencia de Santa Anna por su vicepresidente Valentín
Gómez Farías.
Otra invasión, con mayores recursos, es proyectada desde Washington.
Ella invadiría por el golfo de México y reforzaría al general
Taylor, a quien se mantuvo estancado en Saltillo. Como General en
jefe de esta expedición, se designó al General Winfield Scott, el
cual en marzo de 1847 bombardeó -en forma por demás bárbara y
sanguinaria- al puerto de Veracruz.
La campaña será un paseo militar, no ofreciendo más resistencia que
la Batalla de Cerro Gordo. Jalapa y Puebla son ocupadas sin disparar
un tiro por los invasores. El ejército de Scott dura dos meses
estacionado en Puebla, mientras Santa Anna lleva a cabo una de sus
intrigas, que no tienen otra finalidad que distraer a Scott; a la
vez que se organizaba la defensa del Valle de México.
Las batallas para sitiar a la ciudad de México se realizan en agosto
de este año con la derrota en Padierna del general Valencia y la
heroica resistencia en Churubusco por el general Anaya.
Entre el 22 de agosto y el 6 de septiembre tiene lugar un armisticio
a las puertas mismas de la ciudad de México, donde se busca por
parte del plenipotenciario norteamericano Nicholas P. Trist y los
comisionados mexicanos Luis G. Cuevas, Bernardo Couto y Miguel
Atristáin llegar a un acuerdo para concertar la paz. Las largas
negociaciones no tienen éxito, y nuevamente los cañones decidirán la
suerte de los mexicanos.
Los últimos combates se libraron en Molino del Rey y el Castillo de
Chapultepec; además el pueblo capitalino opuso una resistencia
suicida a los invasores, quienes ocupan la capital el 15 de
septiembre.
El ejército de Santa Anna se divide, el general renuncia a la
presidencia, poco después marcha al exilio. México parecía estar
destinado a desparecer. Durante doce días se encuentra acéfala la
presidencia de esta nación. En Washington toma fuerza el movimiento
conocido como All México (Todo México); la prensa europea, da por
segura la desaparición de este país, a quien llaman "la nueva
Polonia".
En estas críticas circunstancias, el 27 de septiembre el presidente
de la Suprema Corte de justicia, don Manuel de la Peña y Peña, se
hace cargo en Toluca del poder ejecutivo. Poco después marchará
junto con don Luis de la Rosa -quien desempeñaba la titularidad de
los cuatro ministerios existentes- a Querétaro.
En esta ciudad se consolida lo que el Dr. Figueroa Esquer ha
llamado: "La administración queretana". A estos dos honrados
funcionarios se les sumarán los generales Herrera y Anaya.
A fines de noviembre los comisionados de paz Cuevas, Couto y
Atristáin reiniciarán conversaciones con Trist, pese a estar este
último destituido por el gobierno de Washington. Sin embargo es
animado por Scott, ya que ambos funcionarios norteamericanos se
sentían incomprendidos por la administración Polk.
Así, tras largas y a la firma del Tratado de paz de Guadalupe
Hidalgo, el 2 de febrero de 1848. Polk tiene conocimiento del mismo
el 19 de ese mes y, aunque este Tratado era objeto de una
desobediencia, no lo pudo rechazar y lo envía -sin recomendación- al
Congreso de la Unión. En este cuerpo legislativo es aprobado el 10
de marzo.
Posteriormente, gracias a los esfuerzo de Peña y Peñase logra reunir
el Congreso en Querétaro. Don Luis de la Rosa, por su parte presentó
ante el Congreso una amplísima "Exposición", documento que por su
realismo no exento de un sobrio patriotismo, pudo convencer a la
mayoría de los diputados a favor del tratado de paz, pese a los
ilusos que pretendían continuar la guerra. El tratado fue ratificado
y canjeado. Así el 30 el mayo de 1848 queda restablecida la paz
entre las dos naciones.
La pérdida territorial fue cuantiosa: 2,378,539 km2; 100,000
mexicanos pasan a ser extranjeros en una tierra que les era propia.
Pese a estas pérdidas inconmensurables el tratado de paz, como lo
calificó don justo Sierra, si bien fue durísimo, no fue deshonroso.
México seguiría existiendo.
La última, tarascada del "destino Manifiesto", lo representará el
Tratado de la Mesilla del 30 de Diciembre de 1853. Esto es lo que en
Norteamérica se conoce como la "compra Gadsen". En efecto , el
general James Gadsen, obligará al gobierno de México a cederle
76,845 Km² , lo cual modificaba el Tratado de Guadalupe Hidalgo;
dicho territorio pertenecía a los estados de Sonora y Chihuahua. Es
de descartar la habilidad de Santa Anna y de su ministro de
Relaciones Exteriores, Manuel Díez Bonilla quienes regatearon con el
general estadounidense , pues las pretensiones yanquis conllevaban
la adquisición no sólo de este árido valle, sino la cesión de Baja
California y Chihuahua.
Como hemos dicho en líneas anteriores, ésta será última adquisición
territoriales a costa de México. Posteriormente, será por otros
medios -infiltración económica, financiera, inversiones- como
nuestro vecinos de allende el Bravo, impondrán su imperialismo sobre
país.