DIEGO  TECHEIRA
Volante

         Cuando se estiró aquella mano, anónima (de la multitud, de nadie) automáticamente atiné a darle caza, pero apenas pude quedarme con el recuerdo de su vuelo; como quien se conforma con el ala de una mariposa, guardé el volante en mi bolsillo (el izquierdo del saco) y sin pensar demasiado en ello continué mi camino.
          Fue un par de minutos  después que volví a introducir mi mano allí en busca de un papel de diez para pagar el boleto del ómnibus, infructuosamente, porque al primer intento, y descartando el que a ciegas supuse que sería el volante, retiré la mano del bolsillo con otro idéntico.
          Me pareció inaudito porque no recordaba haber recogido dos, pero  me recompuse sosteniendo hacia mis adentros la certeza de que me había equivocado al elegir el papel con que pagar el viaje.
          Hice una bolita y de un tinguiñazo la lancé fuera por la ventana que se hallaba detrás del guarda, quien pareció ofenderse por mi actitud. No le presté importancia. Lancé mi mano a la procura del billete y retiré el segundo papel, que resultó ser el primer volante. Esta vez la bolita la guardé prolijamente en el otro bolsillo.
          El tercer intento no fue mejor. Entonces no había allí uno ni dos, sino tres papeles y ninguno de ellos parecía ser un billete.
          El guarda, advertí, ya sentía flaquear su paciencia, así que retiré todos los papeles y abrí la mano para resolver a la vista mi problema práctico: encontrar el billete. Lo más sorpresivo no fue que éste no estuviera entre ellos, sino que una vez hube abierto mi mano los tres papeles pasaron a ser seis.
          Ya demasiado nervioso, y ante la posibilidad nada remota de que el guarda perdiera la poca paciencia que le quedaba, bajé del ómnibus habiéndome guardado los seis papelitos en el bolsillo derecho, de donde retiré dos bolitas iguales que fueron las primeras en ir a parar a la primer papelera que encontré en la avenida. Los seis papeles también, pero, ya casi sin sorpresa, descubrí al introducir mi mano derecha en el correspondiente bolsillo, que allí estaban otra vez. Y otra vez también los seis en el bolsillo de la izquierda.
          Retiré primero seis y después seis, después otra vez seis y otra vez. Así empezó esto que algunos confunden con vocación porque me han visto todos estos años, parado siempre en la misma esquina, repartiendo volantes a los transeúntes que pasan a mi lado. Algunos, al principio, hacían consultas de precios que yo nunca supe satisfacer; otros me informan que el local en cuestión cerró hace varios meses. Otros, por último, me miran con compasión, retirando de su bolsillo un volante idéntico al mío, y a veces, con cierta complicidad y una tristeza solidaria, nos sonreímos mutuamente, sin saber qué decir.

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