DIEGO  TECHEIRA

Un rayo de luz

Hace un siglo ya, un excéntrico empleado burocrático inició lenta y modestamente su tarea de derrumbar el mundo conocido o, lo que es lo mismo, nuestra manera de entenderlo.
Ese joven, que pudo haberse llamado Florentino Ariza, montó en su bicicleta e imaginó que era un rayo de luz. Cuando acabó su recorrido advirtió la delirante falta de dimensiones de ese conjunto de apariencias que acostumbramos llamar "la realidad".
A través de aquella fantasía Albert Einstein pudo demostrar la relatividad en el universo físico. Freud y Jung la demostrarían luego en el psicológico y en el cultural, universos animados por representaciones que traducen al espíritu todo lo que estimula nuestros sentidos.
¿Cómo sería posible que escapara el lenguaje a esa relatividad? ¿Cómo podría nadie pretender ser el dueño de la última palabra?
En este rincón del tiempo que nos ha tocado atestiguar, asistimos, sin embargo, a un autoritarismo que con palabras forja rejas que ni el más duro metal.
Adjetivos y sustantivos son ensamblados para levantar estructuras en cuyos reducidos habitáculos nos distribuyen según un muy esquemático sistema de clasificación.
La libertad de expresión consistiría en la posibilidad de elegir entre las opciones que nos imponen, entre estar a favor o en contra, pero no en la de pensar de un modo diferente, no la de darle a las palabras otro sentido. O de optar por un lenguaje alternativo.
Hoy que el mundo se debate en un diálogo de sordos que intentan imponer sus razones distintas con los mismos argumentos... hoy que todos acuden al mismo diccionario... hoy que con las palabras nos obligan a imaginar al mundo como un estrecho y aburrido lugar común, no como un amplio y variado espacio comunitario... la poesía no ha perdido su condición de refugio. No de negación, sino todo lo contrario. Refugio del hombre ante todo aquello que lo niega, donde puede hallarse consigo mismo: con ese lugar de sí mismo que de tan íntimo es propio de la entera humanidad, un lugar donde es posible que Salomón se descubra hijo de Alá, Jesús, hermano de Amida, y Jacob comprenda que el ángel con quien se debate no es otro que él mismo.
Hoy algunos seguimos insistiendo en dar a la palabra no el carácter de frío y rígido monumento a una idea que vale más que el hombre, sino el aliento vital de una imagen que adquiera vida propia en el espíritu de cada ser humano, obsequiándole ese privilegiado rinconcito de libertad realizado con el mismo material que otros utilizan para construir un estrecho modelo del mundo a escala unidimensional.
Hay quienes utilizan la palabra como si fuera una bicicleta para poder imaginar que es un rayo de luz.


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