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habían caído en las posibilidades que tiene una noche de mayo en São Cristóvão. Cada planta húmeda, cada guijarro, los sapos roncos, aprovecharon la silenciosa confusión para disponer de un mejor lugar --todo en lo oscuro era muda aproximación. Caídos en la celada, ellos se miraban aterrados: había sido salteada la naturaleza de las cosas y las cuatro figuras se vigilaban de alas abiertas. Un gallo, un toro, el demonio y un rostro de muchacha habían desatado la maravilla del jardín… Fue cuando la luna de mayo apareció. Era una señal peligrosa para las cuatro imágenes. Tan arriesgado sin un sonido, las cuatro mudas visiones recularon sin dejar de mirarse, temiendo que en el momento en que se desprendiesen sus miradas nuevos territorios distantes resultasen heridos y que, después del silencioso derrumbe, sólo quedasen los jacintos --dueños del tesoro del jardín. Ningún espectro vio al otro desaparecer porque todos se retiraron al mismo tiempo, lentamente, en puntas de pie. Sin embargo, ni bien se quebró el círculo mágico de los cuatro, libres de la vigilancia mutua, la constelación se deshizo con terror: tres bultos saltaron como gatos las rejas del jardín y otro, erizado y agrandado, se apartó de espaldas hasta el umbral de una puerta, desde donde, con un grito, se echó a correr. Los tres caballeros enmascarados, que por idea funesta del gallo pretendieron causar asombro en un baile tan alejado del carnaval, fueron un triunfo en medio de la fiesta ya comenzada. La música se interrumpió y los que bailaban, aún enlazados, entre risas vieron a tres enmascarados sin aliento parados como indigentes en la puerta. Finalmente, después de tantas tentativas, los invitados debieron abandonar el deseo de convertirlos en los reyes de la fiesta porque, del susto, los tres no se separaban: un alto, un gordo y un joven, un gordo, un joven y un alto, desequilibrio y unión, los rostros sin palabras debajo de tres mascaras que vacilaban independientes. Mientras tanto, la casa de los jacintos se había iluminado totalmente. La jovencita estaba sentada en la sala. La abuela, con los cabellos blancos trenzados sostenía el vaso de agua, la madre alisaba los cabellos oscuros de la hija mientras el padre recorría la casa. La jovencita nada sabía explicar: parecía haber dicho todo en el grito. Su rostro había empequeñecido, claro --toda la construcción laboriosa de su edad se había deshecho, ella era nuevamente una niña. Pero en la imagen rejuvenecida de más de una época, para el horror de la familia, un hilo blanco apareció entre los cabellos de la frente. Como persistía en mirar en dirección de la ventana, la dejaron sentada para que descansara y, con candiles en la mano, estremeciéndose de frío en sus camisones, salieron en expedición por el jardín. Pronto las velas se distribuyeron danzando en la oscuridad. Las hiedras alumbradas se encogían, los sapos saltaban iluminados entre los pies, los frutos se doraban por un instante entre las hojas. El jardín, despertando del sueño, por momentos se agrandaba, por momentos se extinguía; mariposas volaban sonámbulas. Finalmente la vieja, conocedora de los canteros, apuntó a la única señal posible que se rehuía: el jacinto vivo aún quebrado en el tallo... Entonces era verdad: algo había sucedido. Volvieron, iluminaron toda la casa y pasaron el resto de la noche esperando. Sólo los tres niños dormían aún más profundamente . La jovencita pronto recuperó su verdadera edad. Sólo ella no vivía escrutando. Pero los otros, que nada habían visto, se volvieron atentos e inquietos. Y como el progreso en aquella familia era el frágil producto de muchos cuidados y de algunas mentiras, todo se deshizo y debió rehacerse casi desde el principio: la abuela, de nuevo pronta a ofenderse, el padre y la madre fatigados, los niños insoportables, toda la casa aparentando esperar que una vez más la brisa de la opulencia sople después de la cena. Lo que sucedería tal vez en otra noche de mayo.
Versión: Diego Techeira
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