ÁNGEL EN ACTIVIDAD

LAURIE ANDERSON EN BUENOS AIRES (1990)


       "Lo que más me jode es que todos me van a pedir que les cuente", fue el único comentario que pude hacer a mi amigo Andrés, con quien viajé a Buenos Aires para ver a Laurie Anderson.
         Los viajes son en sí una ciudad. Hace algunos meses otra ciudad fue un tren que me conectó de Bonn a Berlín. Allí el metro se desplazaba sobre la ex-capital futura-capital como seguramente se desplazaba el avión en la serigrafía que descubrí en una tienda de discos de la Bergmannstrasse bajo el nombre de la intérprete de aquel
Mr. Heartbreak, un nombre que yo había llevado anotado para conocer lo que había detrás. Escuché por primera vez a Laurie Anderson junto a Margit, una hermosa y encantadora alemana con quien nos unió un fuerte afecto a pesar de no poder hablarnos por carecer de un idioma en común (ella no sabía ni español ni portugués; yo no "podía alemán" ni recordaba el pésimo inglés de secundaria). De ahí en más nuestro idioma en común fue ese disco; lo escuchamos dos o tres veces por día y cuando se lo obsequié al llegar a Uruguay a Rosario, temí que ya estuvieran los surcos del lado A y del B por tocarse mutuamente.


         
En general comienzo a crear a partir de una imagen. Pienso entonces en un sonido que pueda dialogar con lo visual. Eso es diferente a pensar en un sonido para ilustrar. No quiero hacer tan fácil la vida de las personas. Para una narrativa clara y obvia ya existe la televisión.


          Su carrera plástica comenzó por los años 70 con obras de arte conceptual, para interesarse luego por los medios electrónicos. Una de sus primeras performances consistió en tocar un violín --instrumento que practicara de los 5 a los 16 años de edad-- calzando patines sobre una barra de hielo en una esquina de Nueva York. Más adelante inventaría su propio violín, que posee como puente un cabezal de audio y sustituye las cerdas del arco por una cinta magnética sobre la cual graba lo que desee.
          Cuando las luces se apagaron se oyó una hermosísima voz tarareando con acompañamiento de violín eléctrico. Eduardo Roland, quien unos minutos antes, en un boliche de la Calle Florida, nos dijera: "No vayan a molestarme con sus comentarios", me miró con los ojos muy abiertos y dijo: "¡Qué impresionante! Si esto es el principio, lo que puede ser el resto..." Creo que lo miré, algo molesto por su intervención inoportuna.
          Durante dos horas (¿fueron sólo dos horas? ¿fueron tantas?) me sentí como un niño que aprende el mundo otra vez; un mundo sin adjetivos (¿había que inventarlos? Porque lo que hacía esa señora era de verdad inventar de nuevo nuestro idioma, como antes reinventó el inglés, el alemán, el japonés): tal vez por eso en el intermedio, cuando tuvimos oportunidad de decirnos, quedamos todos mirándonos con las bocas abiertas sin que saliera lo que queríamos soltar. Nos faltaba mucho por aprender.
          Por suerte no existen los adjetivos.


Siguiente
1