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EL VIAJERO MENTAL
He viajado a un país de hombres y de mujeres; he visto y oído estremecido los secretos que nadie en la tierra ha conocido.
Allí nace envuelto en alegrías el niño que concibió el dolor deseado así como lo sembrado con sudor amargo en felices frutos lo vemos cosechado.
Si es varón el recién nacido una anciana mujer lo toma a cargo se ocupa de estaquearlo a una roca y en copas de oro recoge sus llantos.
Lo corona con espinas de hierro y perfora sus pies, también sus manos. Con delicadeza el corazón desprende y le hace sufrir lo frío y lo caliente.
Lleva la cuenta con sus propios dedos -avara bestia- de cada uno de sus nervios. Se nutre de sus gritos y lamentos, rejuvenece y él va envejeciendo
hasta convertirse en un joven agresivo y ella es entonces una virgen espléndida. Él rompe sus cadenas y la amarra furioso por placeres a la tierra.
Él mismo se planta en nervios de la presa y ella se convierte en su morada y en gentil jardín que rinde frutos setenta veces, lo que jamás tierras brindaran.
Pronto se torna él en sombra vieja deambulando alrededor de su cabaña llena de oro y de pedrerías que una vida de trabajo le costaran.
Y ahí están, piedras del alma humana: rubíes y perlas de su ojo en celo, el oro innumerable del corazón enfermo, gemidos del mártir y suspiros del que amara.
Su alimento son y su bebida; mantiene a los pobres y mendigos y su puerta permanece abierta al viajero que está siempre en camino.
Su dolor es en ellos alegría que repercute en los techos y en los muros hasta que de la lumbre de la casa una pequeña emerge por lo oscuro.
Ella y su cuerpo son de fuego sólido y pedrerías y oro, lo que vale a decir que nadie se atreve a tocar su infantil forma o envolverla en pañales.
Pero ella llega junto al hombre joven o viejo, o rico o pobre. Expulsan entonces al anciano huésped errante mendigo desde entonces.
Y se aleja llorando sin rumbo definido hasta que alguien le abra sus puertas, ciego por la edad, desesperado a menudo, hasta que gana una nueva doncella.
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