Y como consuelo de su edad helada
la estrecha entre sus amargos brazos.
Pierde de vista la cabaña y olvida
aquel jardín de dulces encantos.

Los huéspedes se esparcen por toda la región
(el ojo alterado todo lo altera)
los sentidos se envuelven en sí mismos, con miedo,
y la tierra se transforma de plana en una esfera.

Estrellas, sol y luna; todo huye.
Nada para engañar la sed y el hambre;
no hay nada alrededor sino desierto oscuro,
infinito campo seco y lamentable.

La miel en los labios de la niña
el pan y el vino de su hermosa risa
el juego sin orden de su ojo inquieto
lo conducen a una infancia de mentira.

Porque mientras se alimenta se transforma
tornándose más joven cada día
y los dos, por el desierto salvaje,
van errando con temores y agonías.

Ella huye como sierva silvestre
y su temor planta matas salvajes.
Él, en tanto, día y noche es conducido
por artificios de amor a darle alcance.

Por artificios de amor y odio convierten
el salvaje desierto en selva de matorrales
laberínticos donde deambulan el león
el lobo y el oso sin molestarse.

Hasta que él se convierte en un perverso niño
y ella en una mujer envejecida.
Pasean por allí muchos enamorados;
el sol y las estrellas se aproximan.

Los árboles producen dulces éxtasis
para todo aquel que vaga en el desierto;
así se han alzado más de una ciudad
y más de una cabaña encendió el fuego.

Pero cuando se encuentran frente al niño
cunde el pánico en toda la región;
gritan a toda voz "el niño ha nacido"
y  huyen presurosos en cualquier dirección.

Porque de raíz se seca el brazo
de quien ose tocar la colérica forma:
Osos, leones, lobos, huyen todos aullando
y cada árbol deja caer sus frutas.

Y nadie puede tocar a la criatura
nadie que no sea la mujer anciana.
Ella al niño clavará en la tierra
y se repetirá la historia aquí contada.



Versiones de Diego Techeira

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