Editorial

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2008-01-21: El problema de la industria editorial

Analizando en retrospectiva mi experiencia de diez años como escritor técnico, me parece que hay algunas razones por las que la industria editorial parece estar fallando en la mayoría de los países hispanoparlantes y qué mejor foro que este sitio para exponer mis ideas al respecto.

Como todo profesionista de buen nivel académico y extensa experiencia laboral, mi intención al escribir siempre ha sido la de transmitir a mis lectores algunos conocimientos que me han demostrado su utilidad a lo largo de los años. Quizá sea gracias al tiempo que le dediqué a la docencia en México que comprendí la importancia que tiene compartir el saber sin que medie necesariamente un "pago por servicios . Después de todo, el concepto de servicio social al que todo egresado universitario debe dedicar un año de su vida, tiene como objetivo sensibilizarlo con la realidad nacional, en la que existen muchos sectores de la sociedad que carecen de las oportunidades mínimas para mejorar sus condiciones de vida y de no ser por estos profesionistas recién egresados, jamás tendrían acceso a los servicios que ellos proporcionan.

Pero... Siempre hay un pero.

Y el de este asunto radica que entre el escritor y el lector existe toda una industria editorial que forzosamente debe producir ganancias para continuar existiendo. En el pasado, el papel de la industria editorial como intermediario entre quienes escribimos libros y quienes los leemos, estaba plenamente justificado. Después de todo, escribir un libro no es tarea simple, pero publicarlo requiere de una cuantiosa inversión que se emplea para convertir un manuscrito en un libro terminado.

Desde que el autor entrega su manuscrito a una editorial, hay numerosos pasos que se deben cubrir. Hay, por ejemplo, personas cuya única función en una casa editorial consiste en la de leer manuscritos para emitir un juicio de si vale o no la pena considerar ese material para ser publicado. Otras personas se encargan de explorar los temas que pudieran ser interesantes de publicar, y otras más de tratar de empatar las demandas de los lectores con las ofertas de los escritores. Muchas demandas son desechadas porque no existen ofertas, o porque las que hay, no necesariamente son viables, rentables o legalmente posibles de realizar; algunas pocas son tan prometedoras que ameritan un estudio de mercado más detallado y, si luego de esto, se determina que se trata de una empresa rentable, se procede a programar su publicación.

Alguien se encarga de revisar el material desde un punto de vista técnico mientras que alguien más revisa que el uso del lenguaje sea el correcto; se eliminan y corrigen los errores ortográficos y gramaticales, se evalúa que el significado de las oraciones, frases y enunciados sean correctos desde el punto de vista lógico y, si es necesario, se modifican los razonamientos circulares o falaces. Incluso hasta se puede llegar a aclarar, comentar o extender alguna información que el autor omitió o trató en su trabajo desde un punto de vista equivocado. Cuando se ha pulido y enriquecido así el material, pasa a manos de otras personas quienes se encargan de formar el texto utilizando tipos, tamaños y estilos de letra que ayuden a su lectura, además de ir ilustrando o resaltando gráficamente los conceptos más importantes. Cada capítulo o sección ya formado, se regresa a un corrector que debe cotejar el manuscrito revisado contra lo formado a fin de señalar los cambios, omisiones y adiciones que pudieran haberse filtrado con los formadores; se hacen las correcciones necesarias y, finalmente, estas pruebas se mandan a fotografiar para obtener un negativo. Otro grupo de personas revisa que el negativo sea copia fiel de las pruebas, porque a veces sucede que lo que se ve en la prueba o no se ve o no se aprecia en el negativo, y lo corrigen de ser necesario. Luego se mandan los negativos para crear unas placas metálicas que se insertan en una máquina que transfiere la tinta sobre ellas a un papel. El papel se dobla, se corta, se pega y se empasta, y tenemos un libro que ha sido cuidadosamente elaborado por todos los participantes.

Pero la función de la casa editorial no termina aquí. Si así fuera, hablaríamos de ellos como impresores más que como editores. Ahora que ya tiene miles de libros de aquel manuscrito original que entregó el autor, viene la función más importante: distribuirlos en librerías, cobrar las ventas realizadas y tratar de recuperar su inversión para que haya algo que repartir entre el editor y el autor del libro. Una casa editorial que no produce suficientes ganancias como para mantener su infraestructura, pronto deja de existir porque los inversionistas o están perdiendo su capital o no reciben los intereses deseados por su inversión.

Efectivamente, la industria editorial (al menos quienes se dedican a hacer libros para popularizar el conocimiento) gastan mucho y ganan poco. Indudablemente se trata de una excelente fuente de empleos, pero como negocio -y quitando cualquier consideración filosófica, humanística o ética- es tan malo que no es de extrañar que tienda a desaparecer. Y es que la industria editorial sigue empleando esquemas que ya en el Siglo XIX eran añejos en pleno XXI y ha fallado en adoptar los paradigmas de esta modernidad.

Casi todas las casas editoriales dependen de las librerías para mover sus productos y concretar las ventas. Este caso del intermediario que usa a otro intermediario para empatar al escritor con el lector es, desde luego, un sinsentido económico que siempre ha demostrado sus fallas al elevar el costo de los productos más allá del valor que el consumidor está dispuesto a pagar. Por el contrario, las casas editoriales que han adoptado el esquema de venta directa adicionalmente al de venta por librerías, están generando jugosas utilidades. El precio de venta de un libro cualquiera es el mismo, sea directa o en librería, pero es lógico que su utilidad sea mayor en el primer caso. Esto a su vez, ha causado que las librerías cambien su esquema de trabajo y, en lugar de recibir los libros "a vista", los compren como cualquier otro cliente. El resultado neto de este binomio es una mayor ganancia tanto para editor como autor, como un costo menor para el lector.

Otra desventaja que aqueja a la industria editorial es que, debido a la gran inversión que deben realizar para publicar un libro, sus contratos son excesivamente largos (de diez años, por lo general). Quizá en el ámbito de la literatura convencional dicho período sea apropiado, pero en lo que se refiere a la literatura técnica es demasiado. Considerando que la vida media de un programa es inferior a los cinco años y que los fabricantes acostumbran liberar nuevas versiones cada año en promedio, contratar una obra por diez años garantiza "matar al caballo y aún así continuar azotándolo para que jale la carreta". Y es que son diez años en los que el autor no puede escribir absolutamente nada sobre el tema, a menos que sirva para una reedición de la obra original, mientras que la editorial, en su necesidad por maximizar las utilidades de su inversión, llega al resultado precisamente opuesto.

Hay que ser ambicioso, codicioso y voraz en los negocios, pero no al grado en que esta avidez acabe con las oportunidades de hacer dinero. Efectivamente, hay algunas obras clásicas (como Los Elementos de Euclides) que siguen generando ingresos con poco más que un cambio de portada, pero éstas son las excepciones que confirman la regla. La mayoría de las obras pierden su valor con el tiempo si no se actualizan o se reescriben con la frecuencia necesaria.

La industria editorial en México o cualquier otra parte del mundo que esté pasando por lo mismo, tendrá que adaptarse a las nuevas condiciones o seguramente perecerá a manos de la piratería (en el mejor de los casos). Y solo es cuestión de hacer más eficientes sus procesos para que sean menos costosos, buscar fórmulas de comercialización más conformes a la actualidad y encontrar los mecanismos adecuados para que los autores escribamos más y que nuestras obras se actualicen con mayor frecuencia al mitigar su voracidad por las ganancias.

Hoy en día, cualquiera puede publicar sus conocimientos, experiencias u opiniones y tener un foro al que ya quisiera tener acceso cualquier casa editorial de primer nivel. La red mundial de computadoras ofrece millones de lectores ávidos por consumir cualquier tipo de material y, para los autores, éste el medio más económico de distribución masiva. Incluso existen novedosos esquemas que le permitirían a quienes estén interesados recibir una ganancia por sus obras, así que realmente la industria editorial es un dinosaurio que va camino a la extinción.

César Monroy, MSAI
Enero 22, 2008.

 

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