OPINION DEL PARTIDO DE LOS
  COMUNISTAS  MEXICANOS

  LA REFORMA DEL ESTADO
  MEXICANO.

 Históricamente el tema del Estado se ha colocado en el centro del debate
 ideológico y político.  Las clases dominantes han oscurecido, intencionalmente,
 su verdadera naturaleza; han justificado su existencia y sus funciones invocando
 la dirección de los más capaces sobre el resto de la población, como lo hizo
 Aristóteles bajo el esclavismo, o bien le atribuyen origen divino como en la
 monarquía, o lo presentan como el gobierno de todo el pueblo, en el Estado
 representativo moderno.

 Tuvieron que pasar muchos siglos, hasta que la humanidad alcanzó cierto grado de
 desarrollo general, para descubrir la verdadera esencia del Estado, definido a
 la luz de la ciencia mas avanzada como el instrumento en manos de una minoría
 acaudalada, para garantizar sus intereses, dominar y sujetar a la mayoría.
 Dicen Marx y Engels: "El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que
 administra los negocios comunes de toda la clase burguesa".

 A pesar de todo, sobre el Estado se mantiene un velo denso que impide a las
 masas populares la comprensión de lo que es y los intereses que representa.

 México no se ha desarrollado, aún con sus características propias, al margen del
 camino que ha transitado la humanidad, no porque aquí se hayan repetido todas
 las etapas del avance humano tal y como se dieron en Europa o en otras latitudes
 del planeta.
 

 Por ejemplo no conocimos el esclavismo como sistema, pero sí hubo esclavos; el
 régimen monárquico no tuvo las características clásicas, porque sufrimos 300
 años de colonizaje español, y el Estado surgido de la Revolución Mexicana nació
 como un Estado antifeudal y antiimperialista, al lado del primer Estado
 Socialista y en medio de la profunda crisis económica, política y social que
 significó la primera guerra mundial.

 La clase social que triunfó militar y políticamente en la Revolución de 1910, y
 que ha dirigido al Estado mexicano desde entonces, se vio obligada a reconocer
 reclamos populares e incorporarlos en el más alto nivel de la estructura
 jurídica, como es la Constitución, pero no por razones morales, sino por
 intereses de clase.  Bastaría citar la urgencia de liberar a los peones
 acasillados, que era la mayoría de la población mexicana de ese tiempo, para
 comprender que la burguesía rural, en camino de transfor-marse en burguesía
 industrial, necesitaba compradores, requería consumidores que tuvieran dinero en
 el bolsillo y que, por lo tanto, fueran liberados de la férrea estructura feudal
 de la hacienda.

 El Estado emanado de la Revolución Mexicana, para romper las trabas feudales del
 campo, para industrializar al país y, en general, para desarrollar las fuerzas
 productivas, tuvo que establecer disposicio-nes orientadas a fortalecer el
 mercado interno.  Necesitaba implantar medidas protectoras de obreros y
 campesinos principalmente, sin las cuales no lograría su propia fortaleza y el
 crecimiento de la burguesía.

 El Estado mexicano, como lo conocemos ahora, no se puede atribuir a la buena o
 mala fe, a las buenas o malas intenciones o a un cumulo de errores de los
 gobernantes, sino a la vigencia del sistema capitalista y a las consecuencias
 que acarrea este sistema.

 La burguesía mexicana que se ha desarrollado y creció como en otras partes del
 mundo, a costa de los trabajadores, encontró en el sector estatal de la economía
 un punto de apoyo para fortalecerse; se pegó a ese sector, y a partir de allí
 acumuló grandes fortunas.

 Desde el punto de vista político la burguesía resultó una clase social
 beneficiaria del Estado protector.  Hoy que le estorba el Estado, le denomina
 despectivamente Estado obeso o estado populista y exige, en nombre de la
 libertad económica, acabar con las normas que le impiden acentuar la explotación
 más despiadada del trabajo.

 Prácticamente la burguesía ejerce el poder en México.  Con ella acordaba la
 política del país, en los Pinos, con 300 empresarios, amos y señores de vidas y
 haciendas, cúpula que se ha reducido para formar la oligarquía.

 El siguiente dato es importante: en el Congreso de la Unión, los partidos
 representados han incorporado 62 legisladores conocidos y reconocidos como
 empresarios, situación que cambia cualitativamente la naturaleza del legislativo
 federal, que está dejando de ser el poder popular por excelencia para
 convertirse, cada vez más, en un poder de la clase económicamente pudiente.

 Hasta 1982 el Estado mexicano fue el que surgió del movimiento armado de 1910,
 plasmado en la Constitución de 1917, actor y motor de las transformaciones que
 experimentó México en siete décadas.

 Desde el punto de vista formal, en el texto constitucional, y desde 1824, nace
 el Estado mexicano como un Estado Federal, con un régimen republicano,
 representativo y democrático, que se mantiene hasta la fecha.

 El Estado mexicano no ha estado ni está sobre la sociedad, a pesar de haber
 surgido de un movimiento revo- lucionario; responde, en su esencia y naturaleza,
 a los intereses de la clase social que triunfó ideológicamente y en el campo de
 las armas; nace con una orientación antifeudal, antiimperialista, pero al mismo
 tiempo democrático-burgués.

 El Estado mexicano, con estas características, en siete décadas hizo de México
 un país industrial-agrario, superando el carácter agrario atrasado y primitivo
 que tenía en la segunda década del presente siglo.

 El desarrollo industrial, que fue demanda de los sectores más avanzados poco
 después de expedida la Constitución de 1917 generó, necesariamente, el
 crecimiento de una burguesía que fue ocupando posiciones importantes en el
 aparato estatal, pero sobre todo se fue conformando como clase homogénea.  Al
 mismo tiempo provocó el crecimiento cuantitativo de la clase obrera.

 Un Estado antifeudal, para romper las trabas que impedían el desarrollo
 económico, se vio precisado a proteger a grandes sectores sociales tenía que ser
 un Estado que reconociera derechos a los campesinos y a los obreros
 principalmente.         Por eso tenemos en México una legislación laboral avanzada, y
 tuvimos normas constitucionales y legales que reconocieron el derecho de los
 mexicanos a la tierra, legislación sin la cual no hubiera sido posible romper el
 sistema de la hacienda.

 De algún tiempo para acá se ha venido hablando de reformar el Estado, y hace
 algunos meses se publicó en amplia relación de temas que acordaron dos para
 discutir absolutamente todo.  Esto en realidad si  acaba no una reforma del
 Estado sino una refundación del mismo.

 Entonces había que preguntar, ¿se trata de reformar el carácter antifeudal,
 antiimperialista, y democrático-burgués del Estado mexicano o se trata de
 reformar el Estado en su acepción constitucional?; ¿se busca reformar el Estado
 surgido de la Revolución Mexicana o el que surgió, formalmente desde 1824?

 Los neoliberales han cambiado ya la naturaleza del Estado que surgió de la
 Revolución Mexicana. El neoliberalismo ha dejado un Estado rector, con la
 economía abierta y penetrada; se trata de un Estado que protege a los
 empresarios.  Desde el punto de vista político ha implantado, a sangre y fuego,
 el bipartidismo de una misma clase social.  A pretexto de la globalización
 abandonó la histórica política internacional, en defensa de la soberanía de
 México y de todos los pueblos de la tierra, por una de carácter entreguista a
 los intereses del gobierno y los monopolios yanquis.  Se ha erigido en promotor
 del latifundismo y en defensor a ultranza de la propiedad privada.

 El Estado neoliberal otorga, sobre cualquier consideración, privilegios y al
 capital extranjero, y fomenta el individualismo en las actitudes de los
 mexicanos; atenta violentamente contra la seguridad social y todas las
 conquistas laborales, y busca convertirse en un Estado clerical.  Otorga
 protección e impulsa los intereses de la minoría estableciendo la desalmada
 libertad de comercio.  Ha despojado al pueblo mexicano de su patrimonio,
 mediante el proceso privatizador, que dio lugar, además, al crecimiento
 inusitado de la corrupción.  Se trata de un Estado al servicio incondicional de
 la minoría enriquecida y empobrecedor de las grandes mayorías populares.  En
 fin, se trata de un Estado profundamente reaccionario, que ha conducido a una
 excesiva concentración de la riqueza y a manifestaciones extremas de pobreza
 Este es el Estado que hay que cambiar y no sólo reformar, porque si no se
 cambia, con sentido popular y nacional, lo que cambiaron los neoliberales, no
 habrá reforma del Estado.  Todo esto demuestra que la burguesía gobernante ha
 conducido al país a un proceso, cada vez más intenso, caracterizado por la
 pérdida de la soberanía, la más ominosa corrupción y a un proceso de degradación
 moral y descomposición política, demostrando, a la vez, una absoluta incapacidad
 para dirigir la economía y las finanzas nacionales.  En estas circunstancias, la
 nación prácticamente se les desmorona en las manos.

 La burguesía burocrática y neoliberal que ha gobernado a México en la última
 década, no puede seguir gobernando a este país.

 Hoy la única clase que puede salvar a México del riesgo de desaparecer como
 nación, es la clase trabajadora.  Es entonces impostergable el establecimiento
 de una Nueva Democracia Popular que se exprese por medio de un gobierno de
 coalición, integrado por las diferentes clase sociales progresistas,
 antiimperialistas y democráticas, dirigido por la clase trabajadora.

 Ese gobierno de Democracia Popular tiene que ser, necesariamente,
 antineoliberal, y deberá expresarse a través de un Estado que promueva la
 democracia económica, política y social.

 Democracia económica, porque se requiere un desarrollo acelerado de las fuerzas
 productivas, con una justa distribución de la riqueza nacional.  Rescatar el
 papel del Estado en la economía nacional, mediante una intervención más
 acentuada y, por lo tanto, el fortalecimiento del sector público en los niveles
 federal, estatal y municipal, manteniendo y ampliando las áreas estratégicas en
 manos del Estado exclusivamente

 Democracia política, porque es urgente establecer un régimen político dirigido
 por los trabajadores con representativos de otras clases sociales que compartan
 el propósito de construir una nación independiente, progresista y soberana,
 régimen donde el pueblo tenga, en todo tiempo, el poder real sobre los asuntos
 de su gobierno.

 Democracia social, porque tanto el desarrollo económico como el político no
 tendrían sentido si se fincan en la pobreza del pueblo. El crecimiento
 económico, la producción, la técnica y la ciencia no tienen sentido más que
 puestas al servicio del hombre.  Por lo tanto, se requiere un progreso económico
 creciente cuyo propósito esencial sea el de elevar permanentemente la calidad de
 vida de los mexicanos, a través de asegurar empleo decoroso y bien pagado para
 los trabajadores, terminando, para siempre, con la inseguridad en el empleo.
 La seguridad social debe tener un carácter universal y no selectivo.

 Todo lo anterior significa que la reforma del Estado que necesitamos los
 mexicanos no debe, ni puede reducirse a cambios formales en la relación entre
 los poderes de la Unión, o en la de éstos con los poderes estatales y
 municipales que, aún cuando tuviera relativa  importancia dejaría las cosas como
 están, sin que el pueblo recibiera los beneficios de esa reforma.

 Por lo tanto, y en virtud de los graves daños que el Estado neoliberal está
 ocasionando a los mexicanos y a la nación, en su conjunto, es necesario, urgente
 e inaplazable cambiarlo, para construir uno de tipo nuevo al servicio
 incondicional de la patria y de los mexicanos.
 
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