(Parte 1)

Por Coas

Me detuve delante de la pastelería sin saber bien el por qué. Yo no tenía a una media naranja a la que complacer. Contemplé los bombones del día de San Valentín durante unos segundos y negué violentamente con la cabeza, intentando sacarme del cerebro la idea que me andaba rondando desde hacía una semana. Miré fijamente aquella perdición de chocolate, aquella tentadora imagen con forma de sonrosado corazón. ¿Debería comprar uno? Es verdad que yo estaba interesada en cierta persona, y... que el día de San Valentín es la mejor fecha para demostrarle a esa persona lo mucho que te importa, pero... ¿Bombones? No creo que le gustaran. El pastelero, un muchacho plagado de acné y hormonas revolucionadas, me miró encantado cuando le pedí que me vendiera aquel pequeño corazoncito de chocolate. Me preguntó si quería una tarjeta que lo acompañara y le dije que no. Bastante avergonzada me sentía ya por haber caído en la trampa infantil del corazoncito de chocolate como para, encima, tener que aguantar la humillación que supondría soportar aquella mirada penetrante traspasándome, burlona, después de haber leído la tarjetita. Salí de la tienda y me detuve en la calle, suspirando, pensativa.

 

Ya había comprado los bombones, ahora sólo me quedaba lo más difícil. Dejarlos en la taquilla de la persona que envenena mi mente con románticas visiones de atardeceres junto al mar, con cenas a la luz de las velas y noches de luna llena. No me atrevía a dar el primer paso pero sabía que si no lo daba yo, nadie lo daría. Me dirigí, vacilante, al colegio, sopesando los pros y los contras de tomar la iniciativa y exponer mis sentimientos a alguien como Haruka. Haruka... en japonés significa 'distante', y en verdad que lo es. Tiene un caparazón que escuda sus sentimientos, me recuerda a un cangrejo: una fuerte y resistente carcasa que alberga la carne más tierna que pueda existir. Hacía ya un mes y medio que seguía secretamente a Haruka. Ya me sabía su horario a la perfección y, aunque no nos habían presentado, yo pensaba que la conocía mejor de lo que ella misma se conocía, pues era capaz de prever sus movimientos, y a veces incluso me llegaban flashes con sus pensamientos. No tengo ningún tipo de poder mental pero cuando estoy cerca de ella, tengo el presentimiento de que puedo leer su interior como si se tratase de un libro. Casi tenía la certeza de que ella era la otra Guerrero que buscaba. La Guerrero que estaba destinada a acompañarme en una misión de suma importancia: salvar el mundo del Silencio que se avecinaba, de la ola de terror que, como un tsunami devastador, iba a cubrir el mundo de sombras y demonios. Cuando, desde la distancia, me fijaba en la verde espesura de sus ojos, creía ver reminiscencias de las pesadillas que, seguramente, la atormentaban. Pesadillas llenas de muerte y desolación, como las mías. Lo sentí por ella... yo sabía que ella quería convertirse en piloto de Fórmula 1, a pesar de su condición femenina. Como si eso fuera algo que se lo pudiera impedir. Haruka viste como un chico, se parece a un chico y actúa y habla como un chico, así que no creo que le costase demasiado tomar el pelo a esos engreídos pilotos del circuito y enseñarles cómo se conduce un coche de carreras.

 

Uhm, comenzaba a pensar con el corazón en lugar del cerebro. Miré el reloj: las 12:25. A aquellas horas Haruka debía estar preparándose para la clase de atletismo. Ella estaba inscrita en el equipo del colegio y según todos, era la máxima baza para ganar el campeonato ínter escolar de aquel año. Yo no iba a ser quien lo dudara, la había visto correr y a mi me parecía que se trataba del viento personificado. Me dirigí a toda prisa a la pista de atletismo.

 

Allí también iba a estar Erza Gray, una amiga mía... ¿Y si le pedía que me presentase a Haruka? Guardé el corazoncito de chocolate en un bolsillo y saludé con la mano a Erza, que estaba haciendo ejercicios de estiramientos. Mi amiga se acercó, charlamos un rato y, como quien no quiere la cosa, le pregunté por la alta rubia que estaba al fondo de la pista haciendo ejercicios de calentamiento. Le pedí que me la presentase, pues me interesaba que posara para mi. Siempre me ha encantado la pintura y creo que Haruka podría ser una modelo excepcional... vaya, creo que me estoy dejando llevar otra vez por el corazón...

 

 

Vi la carrera y, consciente de su resultado, fui testigo de cómo Haruka sobrepasaba la línea de llegada sin apenas esfuerzo. Me acerqué a Erza, que respiraba de forma entrecortada, y a ella. Erza nos presentó. Apreté la carpeta de dibujo contra mi cuando le comenté que no había sudado nada. Ella respondió que de qué estaba hablando y entonces, impulsada por las olas del mar, la miré intensamente, hipnotizada por la furia verde azulada que transmitían sus ojos y le dije que ella ya sabía perfectamente de qué le hablaba. Me miró, una mezcla de asombro, ira, confusión y algo más que no supe definir. El tiempo pareció haberse detenido. Ella separó la vista de mi, rompió el trance que me había hecho traspasar el caparazón y se alejó. Debo retenerla, pensé, impedirle que se aleje, como sea. Le pregunté si quería posar para mí y ella me miró de soslayo, burlona, con ojos duros y crueles (dios, cómo puede ser tan fría) y me dijo que no le interesaba la pintura. Bajé la vista triste, avergonzada y en ese momento decidí que aquel año no iba a entregarle a nadie el corazón de chocolate que había comprado para el día de San Valentín, pero que intentaría conseguir el de Haruka como fuera

 

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