Éramos los elegidos del sol y no nos dimos cuenta fuimos los elegidos de la más alta estrella y no supimos responder a su regalo angustia de impotencia el agua nos amaba la tierra nos amaba las selvas eran nuestras el éxtasis era nuestro espacio propio tu mirada era el universo frente a frente tu belleza era el sonido del amanecer la primavera amada por los árboles ahora somos una tristeza contagiosa una muerte antes de tiempo el alma que no sabe en que sitio se encuentra el invierno en los huesos sin un relámpago y todo esto por que tu no supiste lo que es la eternidad ni comprendiste el alma de mi alma en su barco de tinieblas en su trono de águila herida de infinito.
Vicente Huidobro
me jode confesarlo pero la vida es también un bandoneón hay quien sostiene que lo toca dios pero yo estoy seguro que es troilo ya que dios apenas toca el arpa y mal fuere quien fuere lo cierto es que nos estira en un solo ademán purísimo y luego nos reduce de a poco a casi nada y claro nos arranca confesiones quejas que son clamores vértebras de alegría esperanzas que vuelven como los hijos pródigos y sobre todo como los estribillos me jode confesarlo porque lo cierto es que hoy en día pocos quieren ser tango la natural tendencia es a ser rumba o mambo o chachachá o merengue o bolero o tal vez casi no en último caso valsecito o milonga pasodoble jamás pero cuando dios o pichuco o quien sea toma entre sus manos la vida bandoneón y le sugiere que llore o regocije uno siente el tremendo decoro de ser tango y se deja cantar y ni se acuerda que allá espera el estuche.
Mario Benedetti
Tomado de "Botella al mar" del libro Cotidianas
¿En qué rayo de luz, amor ausente tu ausencia se posó? Toda en mis ojos brilla la desnudez de tu presencia. Dúos de soledad dicen mis manos llenas de ácidos fríos y desgarrados horizontes. Veo el otoño lleno de esperanza como una atardecida primavera en que una sola estrella vive el cielo ambulante de la tarde. Te amo, amor, y nada estoy diciendo para llamarte. Siento que me duelen los ojos de no llorar. Y veo que tu ausencia me encuentra como el cielo encendido y una alegría triste de no usarla como esos días en que nada ocurre y está toda la casa inútilmente iluminada. En la destruida alcoba de tu ausencia pisoteados crepúsculos reviven sus harapos, morados de recuerdos. En el alojamiento de tu ausencia todo lo ocupo yo, clavando clavos en las cuatro paredes de la ausencia. Y este mundo cerrado que se abre al interior de un bosque antiguo ve marchitarse el tiempo despolvorearse la luz y mira a todos lados sin encontrar el punto de partida. Aunque vengas mañana en tu ausencia de hoy perdí algún reino. Tu cuerpo es el país de las caricias, en donde yo, viajero desolado -todo el itinerario de mis besos- paso el otoño para no morirme sin conocer el valor de tu ausencia como un diamante oculto en lo más triste.
Carlos Pellicer.