XANUM, Editoriales,
Septiembre 2003
El 22 de agosto de 2003, será recordado como el día en que las fuentes musicales no funcionaron. Pocos minutos después de las nueve de la noche, ni las luces ni el agua siguieron los compases de la melodía “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss, que apenas pudo ser lo notablemente gloriosa para engrandecer el bochorno. “Uy”, dijo un viejo, de esos que acostumbran a beberse la tarde en los cafés, “parece que el sexenio caducó con la garantía.”
Un visitante se rascó la calva: “¿Y para eso vine desde Morelia?”. “No se preocupe”, le respondió el anciano, “por lo menos se ahorró usted el ridículo de andarle aplaudiendo a un chorro de agua.”
Más tarde, la “Badinerie” de Bach sufría una remezcla inexplicable: parecía que alguien estaba jugando al DJ en la caseta de control. Unos niños corrían de un lado al otro de la fuente, como si la escena no fuera suficientemente desastrosa.
Los encargados se acercaron para ver qué sucedía. Reconocí a uno de ellos y no pude disimular el temor de que aconteciera algo peor. Se trataba del celebérrimo Panchito May, alias “el Blaster”, un hacker involuntario que, una vez, propició la caída en el sistema de celulares y, en otra, la pérdida de la contabilidad anual de conocido súper, al formatear la máquina sin respaldar la información. Su leyenda de “Mr. Bean de la informática” se había extendido a todos los terrenos del servicio público. Mientras el ingeniero May intentaba una pronta reparación, los turistas pensaban que todo era parte de un performance: el drama de un hombre luchando contra la tecnología. El ingeniero giraba una llave perica con la misma agonía con la que un buzo intenta sacarle más oxígeno a su tanque. La música de Tchaikovsky había revestido la escena de un halo trágico: los movimientos del tipo aquel se acoplaban de manera inmejorable a las cadencias sentimentales del compositor ruso. En un momento casi ceremonial, el ingeniero May alzó la pieza descompuesta como si se tratara de un cuchillo de jade. La gente aplaudió emocionada. “Que no lo dejen continuar”, se alarmó un señor detrás de mí, “que si este individuo conecta los cables, se va la luz en San Román”.
“Parece que la reparación va a ser sólo parcial”, anunció uno de los encargados. Y concluyó: “o tienen luz o tienen agua.”, que es una de esas frases que no sabe uno si es la de un presidente municipal dirigiéndose a los habitantes de una colonia pobre.
En un momento en que los responsables ya se daban por vencidos, les sorprendió el primer chorro. Una emoción cercana a encontrar agua a mitad del desierto les sobrevino de tal manera, que no resistieron la tentación de beber el líquido con la cuenca de la mano. El espectáculo se repitió y los aplausos no se hicieron esperar. Según pude enterarme después, todos los involucrados amanecieron con amibiasis a la mañana siguiente.
Dice una ley industrial que cuando un sistema tiene probabilidades (no importa si mínimas) de fallar, sin duda alguna fallará. Pero nunca supuse que eso sucedería de una manera tan inolvidable.
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Página realizada por Juan Daniel Perrotta
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