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XANUM, Editoriales, Mayo 2003
Distribuidas con malicia a lo largo del mes, los días de asueto harían pensar que mayo es una extensión más o menos saludable de las vacaciones de semana santa. Hay mucho que celebrar, pero puede que nuestros ahorros hayan acabado en las manos de los hoteleros de Cancún o en las ganancias semanales de las cervecerías locales.
El primero y el cinco son más bien celebraciones baratas. Excluyendo a los alcohólicos nadie se queda pobre por festejar la batalla de Puebla. Pero tenemos por ejemplo el diez de mayo. Para los que están empezando a trabajar, una madre puede convertirse en el acreedor más implacable. Buscarle un buen regalo puede presentarnos todo tipo de dificultades. Ya quedaron lejanas aquellas épocas en que íbamos con nuestro padre a pedirle dinero para comprar un obsequio. O cuando nuestra madre quedaba satisfecha por aquel objeto inservible que habíamos hecho con nuestras torpes manos, mientras la maestra del jardín de niños se secaba las lágrimas a mitad del festival. Hoy, todas esas muestras de cariño ocupan un espacio considerable en nuestras casas, pero nadie ha tenido el valor de ponerlas en una bolsa de basura. Los hijos porque piensan que así pueden ofender a sus madres; las madres porque piensan que así pueden ofender a sus hijos. Y la cocina, mientras tanto, se sigue llenando de adornos inexplicables ahora por parte de los nietos. Hay quien piensa que el mejor regalo para una madre es el afecto. No dudo de las buenas intenciones que animen esta opinión, pero la tacañería a veces obliga a volvernos los seres más afectuosos del universo. “Un abrazo no tiene precio”, dicen muchos. Pero muchas de las cosas que nosotros pedimos a nuestra madre sí lo tenían. Quizás la única canción que tiene una persistencia cíclica en nuestras vidas, además de los villancicos, sea “Señora, señora”. La noche del nueve de mayo, cientos de hijos afinan sus voces para llevarles una serenata a sus madres. Los que sólo se saben el círculo de Sol en guitarra, tienen un repertorio formado por “Página blanca”, “Tres regalos” y “Una aventura más”; los que saben más acordes, despliegan su talento interpretando “Reloj”, “Despierta” y “La gloria eres tú”. Los más modernos cantan “A la madre”, aquella canción de Gloria Trevi, proveniente de sus tiempos en que todavía no era madre, precisamente. Personas consideradas hacen que el diez de mayo sea disfrutado por sus madres de la mejor manera posible. A las siete de la mañana ponen “Las mañanitas” con Pedro Infante y dejan que, por única ocasión, en el estéreo se oiga otra música que no sea Eminem, System of a Down o los veinte discos de “La Academia”. Si es posible, los hijos hacen el desayuno, que no es la idea más afortunada en muchas de las ocasiones. Pero con la intención basta, como afirma la mayoría. Así, si tenemos a una madre que también sea maestra, repetiremos la operación cinco días más tarde. Pero si no, no faltará madre que nos recuerde regalarle algo a “la profesora Finita”, aquella dulce señora que nos dio clase durante seis años en la primaria.



Página realizada por Juan Daniel Perrotta   


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