EL BIENESTAR SOCIAL EN MÉXICO, 1960-1999.
REFLEXIONES PARA EL SIGLO XXI
Publicada
en Denarius, No.4, Enero 2002
Por
Eliézer Tijerina
Profesor
Titular C
Tiempo
Completo.
Departamento
de Economía
Área
de Economía Política
UAM-Iztapalapa
Octubre
25, 2000.
RESUMEN
En este trabajo se
discute el concepto de bienestar social. En concordancia con los argumentos de
Aristóteles, el gran filósofo de la antigüedad, y de Alfred Marshall, uno de los padres
de la economía neoclásica, se propone que el bienestar social sólo se puede alcanzar si
existe una administración sabia de los recursos que permita reconocer que la riqueza
material suficiente debe ser un medio para la autorrealización plena del hombre en
sociedad. Lo anterior implica refutar los errores de la economía convencional referentes
al bienestar social, la razón humana, los factores institucionales y de largo plazo, y
las características especificas del dinero, el crédito y las finanzas. La comprensión
adecuada del papel de factores coyunturales y estructuras, internos y externos, monetarios
y reales, sólo se logra si la macroeconomía contemporánea se complementa con las
aportaciones de la teoría del bienestar, y aquellas afines a la economía política
clásica, como el neo-institucionalismo, el estructuralismo latinoamericano, el
regulacionismo francés y el poskeynesianismo. Es decir la heterodoxia debe complementar y
cuestionar a la ortodoxia. Se presentan estimaciones empíricas para el bienestar social
en México de 1960 a 1999. se demuestra así que, contrariamente a opiniones ampliamente
difundidas, es posible medir empíricamente el bienestar social en México en el largo
período y articular plausiblemente contenidos humanos, sociales e históricos, al tiempo
que se muestra la necesidad de vincular el análisis de los factores coyunturales y
estructurales, internos y externos. La crítica de la economía convencional se acompaña
de evidencias empíricas y argumentos teóricos en respaldo de la propuesta que acredita
enfoques heterodoxos. Por primera vez en México se mide el comportamiento cíclico de la
economía mexicana en casi medio siglo, presentando evidencias para periodizaciones
alternativas a las conocidas.
I. INTRODUCCIÓN
En este escrito se esclarece el concepto de bienestar social y se arguye que, dado que los hombres sólo pueden realizarse plenamente en sociedad, y son el origen y fin de las actividades económicas, la economía futura deberá reorientarse en un sentido humano y social, con el estudio del bienestar social como área de importancia primordial. Lo anterior exige exponer los errores y limites del pensamiento económico convencional, mismos que se han coludido con otros determinantes de carácter estructural, coyuntural y superestructural, para obstruir el desarrollo de la economía como ciencia humana, social e histórica. Se entiende por estructural lo correspondiente a las fuerzas productivas y su interacción con los arreglos institucionales, de carácter social e histórico. También incluye aquellos obstáculos que el mercado no puede resolver, como la desarticulación productiva entre sectores y regiones, las políticas económicas incongruentes desde el punto de vista del bienestar social, la inserción asimétrica en la globalización, etc. Lo estructural tiene también la connotación de largo plazo, por lo que es importante analizar periodos históricos de varias décadas, tal como se hace en esta investigación. Al hablar de coyuntural, se refiere fundamentalmente al corto periodo y a comportamientos transitorios. Así, el análisis macroeconómico keynesiano corresponde a la coyuntura, a diferencia del marxismo, la economía política clásica, el neo-institucionalismo y el poskeynesianismo, que enfatizan el largo plazo y, en el caso de las dos últimas escuelas, proponen la articulación de ambas perspectivas. Es coyuntural también el estudio del efecto de las recesiones externas de corto plazo, del comportamiento transitorio de los precios del petróleo o de las tasas de interés externas o de las políticas incongruentes e incapaces de resolver los problemas de carácter estructural, debido fundamentalmente a que atienden la esfera de la circulación y marginan no sólo la producción y distribución, sino también las relaciones sociales, las formas de organización y participación y los contenidos superestructurales. Finalmente, conviene aclarar desde el principio que lo superestructural corresponde básicamente a la cultura, el Estado y el marco legal y regulatorio, de manera compatible con el materialismo histórico y el neo-institucionalismo (North, 1993) y reconociendo, como lo hizo Marx, que la superestructura se puede convertir en estructura, por ejemplo, con la aplicación creciente de la ciencia y el conocimiento como fuerza productiva axial del capitalismo desarrollado.
En virtud de que la discusión del bienestar social esta íntimamente ligada a la de los fines del hombre y de la economía, el papel de los seres humanos y sus motivaciones, las relaciones entre el avance económico material y el desarrollo humano, etc., la exposición se centra en revelar errores y limitaciones cruciales de la economía convencional, retomando contribuciones recientes de A. Sen en el campo del bienestar social (Tijerina, 1999, pp. 187-196; Nath, 1975 es una referencia útil), de P. Davidson y el poskeynesianismo para una comprensión adecuada del dinero y de las interacciones reales y monetarias, y se ubica, como es indispensable, en un marco amplio iluminado por aportaciones de la filosofía, la sociología y la administración.
El análisis empírico incorpora veinticinco variables que definen el bienestar social y comprende de 1960 a 1999. Las veinticinco variables se exponen en el anexo y cubren áreas principales del bienestar económico, como las condiciones de vida, las productivas, la estabilidad y la independencia económica. En esta ocasión sólo se expondrán los resultados globales correspondientes al bienestar social. El lector interesado en el análisis del índice de bienestar social y sus cuatro componentes puede consultar otros ensayos de este autor (Tijerina, 2001, pp. 143-165 y Tijerina, 1992).
II.- Bienestar Social y los Limites del Pensamiento
Económico Dominante
Si se parte de que todos los hombres buscamos la felicidad ( tal como se reconoce en la constitución de Estados Unidos, por ejemplo; Thomas Jefferson incorporó en la Constitución de Estados Unidos el derecho a buscar la felicidad, a la libertad y la vida de todos los seres humanos. S. K. Nath, Op. Cit, iguala el bienestar con la felicidad.), el bienestar social óptimo sólo existiría si todos los hombres integrantes de una sociedad fueran felices. Ahora bien, como se parte del respeto a la libertad y dignidad humanas y de que nadie puede realizar por otro la felicidad, no se pretende en modo alguno la imposición paternalista o autoritaria de un supuesto bienestar social o colectivo sobre cada individuo. En consecuencia, el estado sólo puede establecer estrategias, planes, programas y políticas que permitan a todos los integrantes de la sociedad la búsqueda de la felicidad con igualdad de oportunidades. Puede afirmarse también que la felicidad humana no sólo depende de condiciones materiales externas sino también y fundamentalmente del desarrollo humano y que éste a su vez determina a aquéllas. En efecto, ya Alfred Marshall reconocía esto cuando apuntó en sus clásicos Principios que la salud y la fortaleza física y mental y moral... son la base... de la riqueza material; al mismo tiempo, la importancia de fundamental de la riqueza radica en el hecho de que si se administra sabiamente, incrementa la salud y la fortaleza física, mental y moral del género humano (énfasis añadido)(Marshall, 1966, p. 161). Es decir, existe una interacción entre lo que podríamos llamar el desarrollo humano pleno o integral y el desarrollo material, y que éste influye sobre aquél únicamente cuando hay una administración sabia de los recursos materiales, por lo que sólo en estas condiciones la interdependencia existe realmente, sobre todo en cuanto a privilegiar el efecto del avance material sobre las condiciones humanas.
Es notable que el fundador de la economía neoclásica haya tenido esta comprensión tan profunda y sucinta, en el sentido de darse cuenta de que el desarrollo cabal de las personas es lo que subyace al desarrollo material y que éste interesa no como fin es sí mismo sino por que es un medio para lo que podríamos llamar el desarrollo humano integral. Asimismo, al hablar de administración sabia, se implica una comprensión profunda de la realidad que trasciende la racionalidad instrumental o teleológica característica de la modernidad[1] y la confusión general todavía hoy día entre la administración de los objetos y la administración de las personas.[2]
Es interesante también destacar que la concepción de Marshall nos remite a la distinción que desde la antigüedad el gran pensador Aristóteles hiciera entre economía como administración prudente (es decir, con moderación y de acuerdo a lo que es realmente beneficioso, en las condiciones concretas existentes para el logro de la felicidad humana, objetivo último y correcto de la existencia humana según Aristóteles) y la crematística, interesada en la acumulación material ilimitada[3], distinción que se ignora frecuentemente y que está en la raíz, tanto de los desafíos económicos y sociales actuales más importantes, como de las críticas de la modernidad. [4] Asimismo, conduce al reconocimiento explícito por Aristóteles de que la riqueza material, al ser necesaria en magnitud suficiente para la felicidad, no puede ser el fin último.[5]
Como la salud humana depende de las condiciones ambientales, puede decirse que el cuidado del medio ambiente, que ahora se ha convertido en condicionante de la salud física y mental, está implícito en la concepción de Marshall, así como en el logro del desarrollo mental y moral.
En relación con este último, podemos decir que su pertinencia actual se desprende de su reconocimiento como problema importante en las sociedades modernas, por una parte, y de los estudios clásicos de Weber y Tawney sobre la influencia de la moral en el desarrollo del capitalismo y de las contribuciones recientes tanto en economía, como en la administración, la sociología, la filosofía, la sicología y la política sobre la influencia decisiva de la cultura, el desarrollo de la conciencia y de la moral en la riqueza material y en el progreso de las naciones[6] , por la otra. En las contribuciones clásicas de M. Weber y R. H. Tawney, ambos se dieron cuenta de las contradicciones morales de un sistema que promueve la codicia material e ignora las necesidades morales y espirituales del ser humano. En particular, ante la gravedad de los problemas desatados por la modernización podríamos enjuiciar severamente con Weber a los apologistas del crecimiento económico sin consideración de los aspectos humanos y culturales: especialistas carentes de espíritu, sensualistas sin corazón, ineptos que pretenden haber escalado una civilización jamás antes alcanzada[7] . Asimismo, con perspicaz agudeza Weber cayó en la cuenta de que lejos de que la preocupación por la riqueza no debía pesar sobre los hombros de sus santos más que como un manto sutil que en cualquier momento se puede arrojar al suelo, como acotaban los panegiristas del materialismo, la fatalidad hizo que el manto se transformara en jaula de hierro... la jaula ha quedado vacía de espíritu quien sabe si definitivamente. El capitalismo descansa ya en fundamentos mecánicos[8]. De igual manera, consideró que la racionalización, la intelectualización y el desencantamiento del mundo moderno, expulsaron los valores últimos y más sublimes al reino ultraterreno de la vida mística o bien al de la fraternidad de las relaciones de los individuos entre sí[9]. Aún más, J. Habermas arguye convincentemente que el crecimiento endógeno del conocimiento no sólo técnico sino práctico-moral precede a la evolución social, como condición necesaria, en tanto que la existencia o creación de instituciones que permitan su aplicación para el avance productivo en unión con la madurez en la integración social, es la condición suficiente para el progreso. (Habermas, 1992, p 163).
Por otra parte, en escritos recientes Francis Fukuyama, desde un punto de vista diferente al de Habermas, sostiene que el carácter de la sociedad civil y sus asociaciones intermedias, arraigado de hecho en factores no racionales como la cultura, la religión, la tradición y otras fuentes premodernas, será la clave del éxito de las sociedades modernas en una economía global(Fukuyama, 1995, p.103). Introduce así, acertadamente, la insuficiencia del mercado y del estado en la solución de los problemas sociales, añadiendo que ignorar el papel de la cultura y el entorno político e histórico es la causa principal de la pobreza del debate en E. U. entre economistas neo-mercantilistas, partidarios de una mayor intervención del estado, y los neoclásicos. (Fukuyama, 1995, p.100-103)
Desde otra perspectiva, se puede decir que el desarrollo humano pleno de todos es coincidente con la felicidad y con la optimización del bienestar social, pues el hombre sólo puede realizarse completamente en sociedad, y el bienestar social depende del bienestar individual, aunque no exclusivamente, porque, entre otras cosas, al existir complementariedades de orden social (y sustituciones), el bienestar social no es simplemente la suma de los bienestares individuales (Tijerina, 1999a). Únicamente con la plenitud humana se puede superar el sentido de angustia y de extrañamiento en el mundo, logrando que la triple relación humana: con las cosas y el mundo, con las personas, y con el absoluto, sea esencial, es decir, con la totalidad del ser (Buber, 1990, p. 112). Sólo así se superaría la falta de armonía consigo mismo, con la sociedad y con el mundo que otros estudiosos investigan como las causas humanas fundamentales del malestar social (Thon, G. B., 1988). Este diagnóstico proviene de Hegel que ya a principios del siglo XIX se dio cuenta de la triple escisión del yo moderno: de su mundo interior, de su mundo exterior y de la sociedad (Habermas, 1992, p.94). De manera general, la tradición eudemonista es el sustento filosófico de la reorientación de la economía en términos humanos, sociales e históricos (Tijerina, Julio - Agosto 2001).
Los argumentos anteriores son parte del conocimiento universal. Los economistas que los ignoran y hablan al mismo tiempo de información perfecta y de racionalidad estrecha (instrumental o en términos exclusivamente de consistencia) y auto-centrada se contradicen a sí mismos (R. E. Lucas, como ejemplar prominente, entre otros).
Si nos referimos ahora al pensamiento económico dominante en la actualidad, en búsqueda de apoyo para nuestro trabajo empírico, el panorama es realmente desolador.
En efecto, aunque como antes se señaló, Alfred Marshall, uno de los fundadores del pensamiento neoclásico dominante en la actualidad, sorprende por la amplitud de su comprensión de algunos problemas centrales de la posmodernidad, por ejemplo, de la relación entre el desarrollo económico y el humano, en condiciones de sostenibilidad, al enfocarse a la determinación de los precios de mercado de corto plazo (mediante el equilibrio parcial), abrió la puerta para la conceptualización crecientemente abstracta de las relaciones económicas en las que, en el mejor de los casos, sólo hay hombres racionales pero tontos (Kramer, 1989, pp. 135-150) (porque se les concibe como individuos egoístas-auto-centrados, incapaces de valorar y de elegir, realmente, y su racionalidad se limita a la consistencia), o simple y sencillamente no hay hombres, sino capital humano, expresión cosificada y enajenada en sí misma, revelando una valoración implícita del ser humano como instrumento o medio, ¡libre de juicios de valor!, en contradicción no sólo con conclusiones de la antropología filosófica, la filosofía del derecho y la cultura cristiana, sino con sus propios postulados de asepsia moral. Por el lado de la macroeconomía, para las escuelas de expectativas racionales y de la llamada nueva economía clásica, todavía dominantes en la actualidad, los únicos problemas que reconocen son los creados por los gobiernos o por choques externos, simplemente porque suponen que la realidad debería comportarse como mercados perfectos y universales, sin costos de transacción y ajuste, con información perfecta de los participantes privados (pero no del sector público), equilibrio único y estable y, para colmo de males, con un dinero cuya liquidez no se ve afectada de la flexibilidad perfecta de precios y salarios (de aquí que, por ejemplo, M. Friedman abogara por la indización de precios y salarios como mecanismo de estabilización, sólo para ser refutado por las experiencias latinoamericanas y en otras partes del mundo, pues condujo por el contrario a la desestabilización). La ausencia de costos de transacción conduce no sólo a negar la relevancia del marco legal y regulatorio sino de las propias empresas y ¡la eternidad de reduce a un instante!,(Coase, 1988, pp.14-15) eliminando la existencia de plazos de diferente duración y el problema económico fundamental de cómo vincular el análisis económico de corto plazo con el de largo plazo (Keynes y los clásicos en la macroeconomía, por ejemplo). La demanda se hace también irrelevante en la macroeconomía no porque lo sea en la realidad, sino porque se ignoran las evidencias empíricas que contradicen esta conceptualización y por un prejuicio que niega no sólo las contribuciones de Keynes sino incluso de A. Smith, (Smith, A.,1937, pp. 3-21; Kregel, 1976, pp. 20-23) este último invocado tan frecuente como incoherentemente por las diferentes sectas defensoras de lo que ellas denominan mercado libre pero que realmente es un capitalismo salvaje, irreconocible para los propios padres fundadores de la economía convencional como Adam Smith y Alfred Marshall.
Para las expectativas racionales, la nueva economía clásica y los defensores del ciclo económico real, el desempleo abierto, el subempleo y el desempleo parcial, todos ellos de largo plazo, no existen como problemas sociales, porque para ellos se trata de ¡vacaciones de largo plazo totales o parciales elegidas voluntariamente! (para un análisis keynesiano neoclásico crítico excelente: F. Hans y R. Solow, 1995), en condiciones en que existen cerca de mil millones de desempleados, o subempleados, en un panorama que la OIT califica de sombrío.(OIT, 1997)[10]
Si nos remitimos al marco conceptual ofrecido por la economía del bienestar, la opinión dominante es de que se trata de un falso problema, porque, en la opinión vulgar supuestamente informada, K. Arrow ya demostró que las funciones de bienestar social, no existen, cuando lo que demostró es que lo que no existe es una función de bienestar especial que, entre otros supuestos, excluye las comparaciones valorativas interpersonales y la existencia de normas y compromisos sociales, ya sean internalizados por las personas o impuestos externamente por los acuerdos sociales, principios de validez universal, como los relativos a los derechos humanos sancionados universalmente, o las leyes (Tijerina, 1999, pp. 187-196)).
Se mostrará, de acuerdo con las evidencias empíricas y con una conceptualización amplia, conforme a lo discutido previamente, que los análisis convencionales son insuficientes para dar cuenta de la evolución cíclica y las tendencias de largo plazo, así como de las recuperaciones interrumpidas y sus interdependencias.
Se sugerirá que es posible encontrar explicaciones complementarias, por el lado macroeconómico, en el pensamiento clásico, sobre todo en cuanto a la necesidad de articular el hallazgo de la tendencia declinante en la tasa de ganancia tanto en México como en Estados Unidos, y de nuevos arreglos sociales que superen equilibrios y políticas evidentemente precarios (transitorios) y sub-óptimos (nuevo conocimiento práctico moral a la Habermas que permita nuevos arreglos menos onerosos socialmente) por cuanto las políticas tradicionales han excluido y continuarán excluyendo de los beneficios económicos y sociales a sectores muy importantes de la población de México. En este sentido, es también útil el pensamiento neo-institucionalista, a fin de entender las fuerzas macroeconómicas del auge y de la declinación en el largo plazo.[11] Por el lado microeconómico, los hallazgos teórico-empíricos sugieren la necesidad de abrir la caja negra de la organización y la innovación microeconómicas, rescatando las voluminosas evidencias de la investigación sobre la administración de los negocios en este sentido. La argumentación en los términos anteriores se expone con más detalle en otro escrito (Tijerina, 2001, pp. 143-165).
Por otro lado, dado que se parte de una conceptualización que incorpora factores distributivos y objetivos propiamente sociales, la organización de las clases sociales y grupos de interés es determinante en los resultados.
Un aspecto adicional que merece comentarse es el de las ponderaciones de la función objetivo que se proponga. Los hallazgos muestran que es posible estimar una función de bienestar socialmente plausible para México con impactos marginales variables pero con elasticidades de bienestar constantes. Estos resultados, cubriendo hasta 1993, se presentan en otro trabajo del autor (Tijerina, 1998).[12]
1. La Distribución
del Ingreso como Problema de Justicia.
Debido a que los problemas del empleo y de la distribución del ingreso se han agravado en las últimas décadas en el país y en el extranjero, con algunas excepciones, cuya credibilidad se reduce por excluir de las mediciones del empleo, el empleo parcial, el subempleo y la precarización del trabajo, etc.
Con el fin de tratarlo concisamente, sólo se expondrán algunas ideas sustantivas que aclaran el tratamiento marginalista del empleo y la distribución del ingreso:
i) como la distribución de la propiedad, del ingreso y los recursos de que se parte, está afectada por la "lotería natural" de las habilidades propias y del país o región en que se nace, por una parte, y por el sesgo introducido por la conquista de la distribución original por medios violentos, deshonestos o injustos, hay un vicio de origen que hay que corregir antes de dictaminar sobre la justicia o la libertad de contrato (esto generalmente se ignora en los tratamientos convencionales),
ii) en el mejor de los casos, la justicia que se asume en la economía es sólo un aspecto parcial de la justicia distributiva que en si misma es parcial,
iii)la teoría marginalista falla en dar cuenta del empleo y de la distribución del ingreso porque:
a) como se aceptó en el debate entre los dos Cambridge la teoría es incongruente (así lo aceptó Samuelson en su momento.
b) a un nivel más fundamental, la teoría es incongruente con el subjetivismo en la demanda, en la tasa de interés y en la justificación de la ganancia como abstinencia, pago al riesgo o la incertidumbre,
c) como lo señalara Marx, es absurdo relacionar el capital como objeto con la ganancia como relación social,
d) el carácter objetivo e impersonal de los resultados del mercado, base para que libertarios ultraconservadores como Hayek se opongan a las políticas redistributivas del Estado se basa en concepciones inaceptables de la propiedad (ignora entre otras cosas que el capital no puede existir sin un sistema legal y regulatorio, sin una moral, religión y visión teórica-ideológica de apoyo: Calvino hizo por el capitalismo del siglo XVI lo que Marx hizo por el proletariado del siglo XIX: Tawney), y es inaceptable por el poder que concede a los propietarios en condiciones generales de gran desigualdad, porque las motivaciones egoístas autocentradas supuestas rayan en la psicopatología, fallan como descripciones, son contra producentes y se anula la responsabilidad personal sólo si hay competencia entre muchos y el capital está muy disperso, etc.,
e) en el equilibrio general, en condiciones muy restrictivas (normativas más que descriptivas), no se puede garantizar que la distribución sea justa,
f) la intervención generalizada de los gobiernos en la distribución responde a aspiraciones sociales sancionadas constitucionalmente (como en México), su falta de cumplimiento tiene que ver con restricciones impuestas por la propiedad y el poder, por la articulación específica de los grupos de interés y las fracciones de clase, con las instituciones (particularmente de impartición de justicia), la cultura y las ideologías (como North arguye respecto a la abolición de la esclavitud en E, U.), etc.,
g) a manera de sumario, podemos decir que el objetivismo de los resultados, la falta de responsabilidad personal, institucional y legal, así como sus implicaciones panglossianas -no sólo esta bien, sino que ess lo mejor- no son representaciones de la realidad sino productos de supuestos chapuceros sobre la psicología humana, el carácter de la propiedad y la existencia de los mercados (Shubik, M., 1972, p. 75).
iv) la justicia general correspondería a lo que los antiguos identificaban como plenitud humana, libertad y felicidad verdaderas, consecuentemente, lo justo en general sería "cualquier cosa que produce y mantiene la felicidad y sus partes para una comunidad política" (Aristóteles, -Solomon y M. C. Murphy, eds.-, 1990 en la versión de Aristóteles, la justicia general implica también la sabiduría, la equidad y la prudencia).
5) para el caso general de las sociedades democráticas y constitucionales, J. Rawls[13] ha propuesto una teoría de la justicia que incorpora como prioritario el respeto a los derechos y libertades humanos, y, como segundo principio, la igualdad de oportunidades y la maximización de los bienes primarios (que incluyen no sólo al ingreso y la riqueza sino también componentes no materiales como las libertades y derechos básicos del hombre, la igualdad de oportunidades y el auto-respeto, en base este último, en los poderes morales del hombre para encontrar el bien y la justicia de los grupos sociales más débiles).
Se piensa que con esto basta para mostrar que la economía tiene mucho que ganar reduciendo la ignorancia (¿racional?) que prevalece en el gremio sobre una fundamentación más completa de la justicia, la distribución del ingreso y del empleo, aspectos esenciales del bienestar social.
III.
El Ciclo de Largo Plazo del Bienestar Social en México, Crisis y
Recuperaciones
Transitorias,
1960-1999.
Estimaciones empíricas y análisis econométricos del autor muestran que es posible medir empíricamente el bienestar social en México y obtener resultados plausibles y útiles. En efecto, se encuentra un ciclo del bienestar social en México, de 1960 a 1986, con una fase ascendente cuyo pico se registra en 1974 y una descendente a partir de este año y que dura hasta 1986, aunque interrumpida temporalmente por el boom petrolero de 1978-1981.
Es de interés destacar que el índice de bienestar social registra una recuperación a partir de 1987 y señales de agotamiento a partir de 1992, a la vez que hay un comportamiento inusual por encima de la tendencia observada en 1994. Se registra la crisis de 1995, con una caída abrupta de alrededor de 30% en el valor del índice, equiparable a la caída entre 1981-1983 y menor que los descensos de 1986 y de 1975-1977. Estos resultados son razonables, tomando en cuenta que el índice es una medida mucho más comprensiva que las variaciones en el producto interno bruto. En este sentido, es conveniente señalar que el índice cae en 1964, a pesar de que el crecimiento del PIB en ese año fue extraordinariamente elevado. Para el llamado sexenio de crecimiento cero, 1983-1988, el índice también denota un estancamiento, con una recuperación en 1983-1984, después de la crisis petrolera de 1982, y una nueva caída en 1985-1986, acentuada por el descenso abrupto de los precios del petróleo en 1986.
Es también ilustrativo que el índice muestra tendencias al estancamiento desde mediados de los sesenta, coincidentes con diferentes investigaciones empíricas que corroboran que la dinámica de la productividad media del trabajo y la tasa media de ganancias comienzan una tendencia declinante de largo plazo en diferentes países del mundo, incluyendo a México. En retrospectiva, el abandono por Estados Unidos del precio oficial del oro en dólares en agosto de 1971, la abolición de los tipos de cambio fijos, la estanflación mundial de 1973-1975, la escasez de materias primas a nivel internacional, el primer choque petrolero en octubre de 1973, y el intento echeverrista en México por enfrentar los retos internos y externos, que comenzaron a agudizarse desde el segundo lustro de los 60, mediante una vía tercermundista, con base en la acción pública y con falta de apoyo de la iniciativa privada, son rasgos importantes de la evolución económica de México a finales del milenio. Es también significativo tomar en cuenta que la expansión echeverrista de 1973-1975 ocurrió contrapuesta a la estanflación mundial de 1973-1975, además de que no se atendió la sobrevaluación del peso, insistiendo en una política incongruente con la coyuntura inflacionaria y especulativa interna y con las nuevas condiciones del entorno internacional. Asimismo, la explicación del desempeño macroeconómico de México, sus recuperaciones transitorias y sus tendencias y ciclos de largo plazo, es imposible si no se considera que las expansiones internas, en condiciones recesivas internacionales, han sido frecuentes y determinantes de nuestra historia económica. Efectivamente, el boom petrolero de 1978-1981 se traslapa con la llamada recesión de Volcker en Estados Unidos en 1980-1982, cuyas consecuencias negativas se agravaron dramáticamente por la caída de los precios del petróleo en 1981-1982 y con la abrupta subida de las tasas de interés internacionales, provocada en buena parte por políticas monetarias restrictivas en Estados Unidos que ignoraron los argumentos keynesianos acerca de su impacto recesivo y su incompatibilidad con un déficit fiscal creciente y la estabilidad de las tasas de interés (Kaufman, 1986, pp.17-33). Similar experiencia se tuvo durante la recuperación salinista durante 1990-1991, ya que en este periodo se registró una recesión en Estados Unidos. (Dornbusch, 1995, p.155).
Además de que el índice registra un incremento fuera de la tendencia en 1994, su interpretación como altamente vulnerable se refuerza al incluir las evidencias de una fuerte expansión crediticia interna y de ajustes insatisfactorios en las tasas de interés y la paridad cambiaria, ante la incertidumbre y expectativas devaluatorias crecientes y el incremento sustancial de las tasas de interés en Estados Unidos (OCDE, 1995).
Ello no obstante, si se considera que se habla de un proceso económico de carácter humano, social e histórico, sólo se puede hablar de tendencias y situaciones preocupantes que, en vez de enfrentarse adecuadamente con el cambio de administración presidencial, se agravaron, conduciendo a la crisis de finales de sexenio y de 1995. Es importante refutar explicaciones mecanicistas, como la ofrecida por el Dr. Ernesto Zedillo,[14] en el sentido de que la crisis de finales del sexenio salinista y de 1995 se debió a que el déficit en cuenta corriente llegó a ser de aproximadamente el 8% del PIB de México. El Banco de México mismo refutó esta opinión (Banco de México, 1995, p. 47, en el que se señala, por ejemplo, que Singapur tuvo un déficit en cuenta corriente promedio de 14% de su PIB de 1970 a 1982). El hecho de que Puerto Rico haya registrado también déficit externos de alrededor del 15% de su PIB sin crisis (Fernández Arias y Hausmann, 2000, p. 25) sugiere que la confianza y la estabilidad en las relaciones económicas, están influenciadas decididamente por el grado de subordinación (p. ej. Puerto Rico es Estado asociado), de modo que, en igualdad de circunstancias, seguir prácticas favorables y congruentes según la opinión de los inversionistas extranjeros es un ingrediente primordial de la sostenibilidad del desequilibrio externo.
Esta condición se refuerza si se considera que a pesar de la situación insatisfactoria de la banca mexicana durante los últimos seis años, por ejemplo, aunque los agentes internacionales la reconozcan, opinan generalmente que los fundamentos económicos mexicanos son sólidos. Esto no sería así con un gobierno que desafiara seriamente esos intereses.
Esto último tiene relevancia para examinar el desempeño macroeconómico de México en 1995-2000, particularmente acerca de evitar una nueva crisis como las ocurridas a finales de los sexenios de Echeverría (1976), López Portillo (1982) y Salinas de Gortari (1994).
Si se examina el gráfico pertinente, se encuentra que la crisis de 1995 costó al país un retroceso a los niveles de 1986, cuando éste a su vez, como fin del ciclo de largo plazo registrado, equivalía a los niveles relativos de 1960. El papel de prestamista de última instancia encabezado por la administración de Clinton y la adopción de políticas económicas congruentes con los intereses estadounidenses y con la dependencia económica y financiera de México, fueron decisivos para la salida rápida de la crisis, pero hay que tomar en cuenta el grave retroceso sufrido por la economía y la sociedad mexicana, mostrando de todas maneras, la falta de oportunidad y eficacia del rescate. El índice registra que en 1999 apenas se regresó a los niveles relativos de 1994. Muy probablemente la información futura para el conjunto del año 2000 señalará que recién rebasamos el nivel que se había alcanzado en 1994.
Con respecto a evitar la crisis de finales de este sexenio, sobre todo con la toma de posesión de la primera administración presidencial panista y opositora, se puede afirmar que los vínculos y orientaciones empresariales y en pro del capital extranjero del presidente electo y de su equipo disminuyen las posibilidades de una crisis. Sin embargo, hay que recordar que los buenos resultados económicos globales al cierre del periodo 1995-2000 han estado influidos no sólo por el éxito para sortear los efectos de las crisis de sudeste asiático, rusa y brasileña, sino también y decisivamente por el auge estadounidense, el incremento de su déficit comercial y, particularmente, por el importante aumento de los precios del petróleo en 1999-2000. De todas formas, la nueva y repetida sobrevaluación del peso, medida según los precios relativos México-Estados Unidos, que según las evidencias empíricas se imponen en el largo plazo, se tiene que corregir, sobre todo cuando las estadísticas de balanza de pagos al mes de septiembre, según el informe oficial de la SHCP, reflejan un incremento preocupante en el déficit comercial. La vulnerabilidad de la economía mexicana ante el eventual rompimiento de la burbuja financiera estadounidense (analistas serios reconocen la existencia de esta burbuja. Kaufman, 2000) y frente a precios petroleros elevados transitorios y cíclicos, está suficientemente avalada por la teoría macroeconómica y las evidencias empíricas analizadas en este ensayo. Las autoridades del Banco de México también han mostrado su preocupación por la falta de instrumentos para responder a eventualidades adversas, en especial por la posible descoordinación entre las políticas monetaria, fiscal, salarial y de precios del sector público. La ausencia de políticas fiscales contracíclicas, especialmente en relación con factores favorables transitorios como los referidos arriba y la falacia de la concreción fuera de lugar, consistente en desconocer la necesidad de regulaciones monetarias y financieras internacionales, confundiendo al dinero con mercancías como los cacahuates, y en adoptar posturas globalifílicas o de defensores de oficio del capitalismo salvaje, en contradicción con misma teoría económica convencional, logrando así una hazaña que pensadores como Marx hubieran considerado insólitas: vulgarizar la economía vulgar (la vulgarización es palpable en múltiples sentidos; es suficiente señalar que el dinero, el crédito y el financiamiento tienen peculiaridades como el bajo costo marginal de producción, baja elasticidad de producción en términos de empleo, baja elasticidad de sustitución, la tasa de interés no puede determinarse óptimamente en el mercado libre al no estar presentes las generaciones futuras, economías externas y de escala significativas, información asimétrica, etc., determinando que en México y en el mundo el Estado y el marco legal y regulatorio sean primordiales para el funcionamiento del dinero, el crédito y el financiamiento. (Davidson, 1978; Tijerina, 1999, pp. 129-130,141-143, 174-175; Banco Mundial, 1988, 1994 y 1997).
Además, la ignorancia de la teoría convencional del bienestar económico es la que ha permitido que altos funcionarios nacionales y extranjeros aboguen irresponsablemente por los beneficios de la globalización sin consideración alguna por objetivos sociales como la distribución del ingreso, el empleo bien remunerado o la soberanía nacional (el fundamento teórico correcto fue clarificado independientemente por Samuelson y Allais, con la precedencia histórica de éste: Tijerina, 1999, p. 129).
En forma global, conviene destacar que la fase de declinación está asociada de manera importante a las caídas del precio del petróleo en 1981-1982 y en 1986 y a factores externos como las recesiones en Estados Unidos y los aumentos abruptos en las tasas de interés internacionales en 1978-1982 y en 1994, implicando caídas abruptas en los precios de intercambio, sobre todo cuando se corrigen por las tasas de interés. Los factores internos no sólo están representados por políticas incongruentes, sobre todo la cambiaria, sino, en un diagnóstico congruente con enfoques heterodoxos, del estructuralismo, del neo-institucionalismo, del regulacionismo francés y del materialismo histórico de Marx, por teorías económicas vulgares que en el país se han abrazado incluso con mayor dogmatismo que en países hegemónicos productores y divulgadores de estas doctrinas reñidas con la teoría económica seria y con las evidencias empíricas (para el cuestionamiento teórico y empírico: Tijerina, 1999; Krugman, 1994; Aktouf, 1998; PNUD, varios años). Es decir, la superestructura, en términos del materialismo histórico, o la matriz institucional, en términos del neo-institucionalismo, ha sido determinante. De igual manera, se puede señalar a las confrontaciones ideológicas que en tiempos recientes manifestaron una gran inconformidad popular, a la vez que la ausencia de un liderazgo a la altura de los tiempos, misma que fue decisiva para el triunfo de la oposición en varios Estados del país y finalmente en las elecciones presidenciales del 2000.
El empeoramiento en la distribución del ingreso y la redistribución radical del poder en contra de los trabajadores[15] y del Estado, en favor de los capitalistas, particularmente extranjeros y de las finanzas, como coadyuvante de los programas monetaristas de estabilidad, es familiar a las preocupaciones del estructuralismo latinoamericano, particularmente en los escritos de Juan Noyola y Anibal Pinto (Noyola, 1956; Pinto, 1973), y planteado por economistas marxistas, como M. Desai (Desai, 1981). En México, el análisis del bienestar social por componentes muestra que el deterioro en las condiciones de vida ha sido un aspecto principal en la declinación y en las crisis, así como en la atracción del capital extranjero, basando la competitividad en formas fundamentalmente atrasadas de la utilización de la fuerza de trabajo, con los aumentos de productividad beneficiando mayormente a los empresarios, para servir la deuda externa y financiar el reciente quebranto bancario.
A pesar de los logros exportadores de México, no se puede decir que el estrangulamiento externo señalado por el estructuralismo latinoamericano o que la dominación imperialista apuntada por el marxismo sean inexistentes y factores trasnochados irrelevantes. De igual forma, los desequilibrios sectoriales, sobre todo entre las pequeñas y medianas empresas y la gran industria; la industria exportadora y la que abastece al mercado interno; el descuido, tanto de la industria de bienes de capital, como de la de bienes salario; los desequilibrios regionales; el escaso desarrollo del sector bancario y financiero, sobre todo del sector informal; la marginación del esfuerzo educativo, científico y tecnológico; la insuficiencia de las políticas de empleo y de distribución del ingreso, son todos ellos factores que las escuelas heterodoxas han subrayado y que el enfoque neoliberal de libre mercado a ultranza es incapaz de abordar adecuadamente.
La economía convencional no tiene respuestas para explicar dos variables que el marxismo destaca: la caída tendencial de la tasa de media de ganancias en el largo plazo y la dinámica de la productividad media del trabajo en el largo periodo. Como el neo-institucionalismo contemporáneo lo ha destacado, el desempeño macroeconómico de los países en el largo plazo es imposible de entenderse sin considerar determinantes afines al materialismo histórico marxista, como la cultura (teorías, ideologías, valores, mitos), el Estado, el derecho, el marco institucional y las organizaciones, el desarrollo tecnológico y los incentivos, añadiendo componentes convencionales como los costos de transacción y los contratos (Tijerina, 1999, pp. 154-156), pero que el poskeynesianismo ha reconocido en los trabajos pioneros de Davidson (Davidson, 1978). Estas variables ajenas a la ortodoxia panglossiana dominante en la teoría y políticas macroeconómicas contemporáneas de los últimos 25 años son indispensables para dar cuenta también del comportamiento de aquellas dos variables fundamentales para el marxismo y la economía política clásica, así como para el poskeynesianismo y el regulacionismo francés (el autor ha presentado evidencias empíricas para estas dos variables para el caso de México: Tijerina, 1998, y Tijerina 2001; Soria, V., 2000, aplica el enfoque regulacionista al caso de México).
Para concluir, de acuerdo a lo expuesto en la parte II, es conveniente discutir en el futuro la diferencia entre economía y crematística, según la distinción de Aristóteles, y precisar las implicaciones del desarrollo humano auténtico y la trascendencia de la razón por la sabiduría, según se desprende de la lectura de autores tan diferentes, como Aristóteles y A. Marshall.
Los resultados empíricos y las propuestas teóricas de esta investigación permiten reiterar que, por la gravedad del diagnóstico[16] y las pobres o transitorias recuperaciones experimentadas en México en las últimas tres décadas con Echeverría en 1971-1974, López Portillo en 1978-1981, de la Madrid-Salinas de G. en 1987-1992, Zedillo P. de L. en 1995-1999- impotentes para revertir hasta ahora la tendencia declinante en el desempeño macroeconómico de México en el largo plazo (Tijerina, 1998), sólo podrá generarse un nuevo ciclo de auge económico si se realizan transformaciones profundas que atiendan no sólo la apertura externa, sino que se enfoquen a un gran esfuerzo interno (Sunkel, 1991; Guillén, 1999) que abarque radical y comprensivamente los componentes estratégicos de la formación económico-social mexicana (Tijerina, 1992, p. 10), como antes se ha sugerido. La defensa y el impulso de la educación nacional de manera integral, evitando que se imponga el modelo maquilador también en este campo; de las innovaciones ampliamente entendidas, como antes se expuso, serán fundamentales para resolver las contradicciones entre los diferentes objetivos intermedios del bienestar económico y plantear respuestas coherentes y efectivas conciliando sabiamente el desarrollo económico material y el desarrollo humano pleno.
En el enfoque de este ensayo, de articular las controversias fundamentales y estructurales con las coyunturales, no pueden soslayarse las contradicciones no resueltas entre la política cambiaria y de estabilización con los objetivos del desarrollo económico y el bienestar social. Hasta ahora la sobrevalución cambiaria desde el punto de vista comercial reconocida por numerosos investigadores y expresada públicamente en las quejas de los industriales de Monterrey y Guanajuato, no ha hecho crisis debido a que el país esta en recesión y a la continuada compra de empresas nacionales por el capital extranjero (la compra de Banamex, como ejemplo sobresaliente). Así mismo, las tasas de interés activas siguen en niveles altos, como instancia de que los ajustes no son perfectos ni los equilibrio óptimos. Estas inconsistencias se han presentado en el pasado como preludio de las crisis y deben enfrentarse con seriedad, algo que definitivamente es tarea pendiente (el autor planteó esto en Tijerina, 1992).
ANEXO
RELACIÓN DE INDICADORES
PARA REALIZAR UN ÍNDICE DE MALESTAR SOCIAL EN MÉXICO, 1960-1999
1.- Deflactor implícito del PIB
(Variaciones anuales)
2.- Coeficiente del deflactor
implícito del PIB entre el de EUA (Variaciones anuales)
3.- Participación del déficit
financiero del sector público en el PIB.
4.- Desviaciones absolutas de la tasa
de crecimiento real del PIB.
5. Coeficiente de variabilidad
sectorial (Desviación estándar /media sectorial)
INDICADORES DEL DETERIORO DE LA CALIDAD DE VIDA.
(1976=100)
6.- Salario mínimo general real
promedio (Inverso),
7.- Remuneración media anual total
(Inverso)
8.- Ingresos per cápita (Inverso)
9.- Coeficiente salario real
(SMG)/Ingreso per cápita (Inverso).
10.- Brecha de pobreza.
11.-Tasa de desempleo.
12.-Gasto social per cápita
(Inverso).
INDICADORES DEL DETERIORO DE LAS CONDICIONES PRODUCTIVAS
(1976=100)
13.- Presupuesto en educación per
cápita (Inverso)
14.- Horas-hombre trabajadas en la
industria manufacturera (Inverso)
15.
PIB de la industria manufacturera per cápita real (Inverso)
16.- Coeficiente índice de
producción de la industria de bienes de capital / Indice de población total (Inverso).
17.- Productividad: PIB /Población ocupada remunerada (Inverso).
18.- Formación bruta de capital
privado no residencial per cápita (Inverso).
19.- Participación del gasto nacional
en ciencia y tecnología en el PIB (Inverso).
INDICADORES DE DEPENDENCIA EXTERNA
(1976=100)
20.- Coeficiente de importaciones de
bienes de capital / Formación bruta de capital total.
21.- Coeficiente deuda externa total /
PIB.
22.- Deuda externa total per cápita.
23.- Coeficiente de saldo en cuenta
corriente / PIB.
24.- Coeficiente servicio de la deuda
externa total/ exportaciones.
25.- Coeficiente ingreso per cápita
de EUA / Ingreso per cápita de México.
*En
virtud de que la investigación se inicio con un análisis del malestar social, el índice
de bienestar social se obtuvo con el inverso del índice de malestar social, una vez
obtenido este, para estimar las ponderaciones de los componentes del índice de bienestar
social, se efectúo una regresión doble logarítmica:
log IBS = f(log IE, log ICV, log ICP,
log IIE).
Donde:
IBS=Índice de bienestar social =1/IMS.
IMS= Índice de malestar social.
Log = logaritmo.
IE= Índice de estabilidad
ICV= Índice de condiciones de vida.
ICP= Índice de condiciones productivas.
IIE= Índice de interdependencia externa.
Estos cuatro últimos índices se
obtuvieron con los inversos de los índices
de inestabilidad, deterioro de las condiciones de vida, deterioro de las condiciones
productivas y dependencia externa, cuyos promedios sirvieron para calcular el índice de
malestar social original.

ÍNDICE GENERAL DE BIENESTAR SOCIAL |
|
MÉXICO, 1960-1999. |
|
( 1976=100) |
|
Año |
Índice |
1960 |
63.071 |
1961 |
66.689 |
1962 |
70.243 |
1963 |
76.631 |
1964 |
63.636 |
1965 |
82.26 |
1966 |
86.885 |
1967 |
87.61 |
1968 |
84.301 |
1969 |
88.241 |
1970 |
95.603 |
1971 |
94.124 |
1972 |
101.001 |
1973 |
99.916 |
1974 |
101.025 |
1975 |
104.615 |
1976 |
100 |
1977 |
94.339 |
1978 |
96.529 |
1979 |
96.865 |
1980 |
102.997 |
1981 |
104.815 |
1982 |
84.828 |
1983 |
69.191 |
1984 |
78.922 |
1985 |
76.37 |
1986 |
60.844 |
1987 |
62.675 |
1988 |
65.337 |
1989 |
76.332 |
1990 |
81.591 |
1991 |
83.217 |
1992 |
81.996 |
1993 |
80.096 |
1994 |
86.282 |
1995 |
61.011 |
1996 |
74.403 |
1997 |
84.174 |
1998 |
83.58 |
1999 |
85.199 |
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[1] La escuela de Frankfurt se ha destacado por la crítica de la racionalidad instrumental característica de la modernidad. Véase por ejemplo Jurgen Habermas, La Reconstrucción del Materialismo Histórico, Taurus Ediciones, Madrid,1992 y, el mismo autor, Escritos sobre Moralidad y Eticidad, Paidós, Barcelona, B. Aires, México, 1991, pero hay una amplia corriente filosófica crítica coincidente en este sentido, en la que destacan luminarias como Heidegger, P. Sartre, M. Buber, M, Weber, Husserl, V. Havel, etc. Cf. Arno Anzenbacher, Introducción a la Filosofía, Herder, Barcelona, 1983,2a edición, y Carlos Llano, en su espléndido libro: El Postmodernismo en la Empresa, Mc Graw Hill, México, 1994. En esta última obra se expone con claridad la vinculación entre la conciencia errada de la realidad y las fallas del economicismo y del maquiavelismo político para resolver las necesidades más importantes del ser humano, aquellas expresadas en el mundo de las oportunidades y ligaduras vitales, más allá del mercado y de los gobiernos.
[2] 2 En el campo microeconómico, Stephen R. Covey, El Liderazgo Centrado en Principios, Paidós, Barcelona, B. Aires, México, 1994; William Ouchi, Teoría Z, Fondo Educativo Latinoamericano, México, 1982; Thomas J. Peters y Robert H. Waterman Jr. , En Busca de la Excelencia, Lasser Press Mexicana, S. A., México, 1984. Desde el punto de vista filosófico y socio-político: Václav Havel, La Responsabilidad como Destino, Fondo de Cultura Económica, 1991.
[3] Aun más, Aristóteles reconoció que es una ilusión pensar que la acumulación ilimitada es deseable y que, al incurrir en ella, el hombre se daña a sí mismo y a la comunidad, porque se autoexcluye de las experiencias más gratificantes del alma y del espíritu. History of Western Philosophy, Encyclopaedia Brittanica, Vol.14, p.255; Mortimer J. Adler, Ten Philosophical Mistakes, MacMillan Pub. Co., N.York, 1985. Posteriormente pensadores de la talla de Thoreau, Emerson, Marx, Heidegger, E. From, Schumacher, L. Mumford, han expresado percepciones críticas similares.
[4] Tres de los principales problemas que los críticos de la sociedad moderna han destacado son, en primer lugar, que el hombre, al enfocarse a lo externo, lo material, lo objetivo, a la manera del saber técnico científico, es hombre impropiamente y decadente. En esto coinciden Heidegger, M. Buber, P. Sartre, entre otros. Ver Arno Anzenbacher, Op. cit., p.60. En segundo lugar, la modernidad fragmentó el conocimiento de las cosas y objetos ( el it), del conocimiento práctico-moral (we) y del conocimiento del yo (i), con la consecuencia de confundir el estudio de las superficies con la realidad (ignorando así el papel decisivo del desarrollo interior y de la conciencia social).Václav Havel, actual presidente de la República Checa, añade que en esa forma de conocer y de relacionarse con el mundo y las personas, están los gérmenes de la opresión totalitaria, tanto en países socialistas como capitalistas. Václav Havel, Op. cit., p.83: los sistemas totalitarios son también algo mucho más alarmantes de lo que el racionalista occidental está dispuesto a reconocer. Constituyen, de hecho, un espejo convexo de sus consecuencias legales; una imagen grotescamente amplificada de su orientación esencial. Y previamente comenta que el mayor error que se pueda cometer al evaluar el totalitarismo socialista es no comprender que es en última