LA TEORÍA ECONÓMICA CONTEMPORÁNEA, 1969-1998.
UN EXAMEN CRÍTICO.
Publicado en Anuario, Departamento de Economía, UAM Iztapalapa, 2000-2001
Por Eliézer Tijerina.
Profesor Titular C
Departamento de Economía, Área de Economía Política
Universidad Autónoma Metropolitana-lztapalapa
Noviembre 30, 2000.y Enero 2, 2002.
Resumen
En este escrito se exponen las principales razones por las que la economía es una disciplina crítica, humana, social e histórica, y algunos puntos importantes en que la economía contemporánea ha abandonado esas cualidades. Luego se exponen las principales propuestas de la economía neoliberal dominante en las últimas dos décadas. Por último, se incluyen algunas críticas sustantivas al enfoque neoliberal.
LA TEORÍA ECONÓMICA
CONTEMPORÁNEA, 1969-1998.
UN EXAMEN CRÍTICO.[1]
En una obra reciente, el autor expresó de manera concisa y crítica las principales aportaciones de la teoría económica contemporánea con base en el pensamiento económico de los premios Nobel de economía, desde que se otorgó el primero en 1969 y cubriendo hasta 1998[2]. De esta manera, considerando que la obra premiada de algunos Nobel de economía data principalmente de los 30 y 40 del siglo pasado (Hayek, Myrdal, Hicks, Haavelmo, entre otros), me refiero a las aportaciones más reconocidas internacionalmente en alrededor de seis décadas. Pienso que este esfuerzo puede ser muy útil dadas las confusiones, la fragmentación del pensamiento económico contemporáneo y la escasez de estudios amplios y sintéticos que faciliten una comprensión mas integradora y eventualmente, un nuevo paradigma (autores que señalan la dispersión de escuelas y la necesidad de estudios integradores son entre otros: Bagchi, 1994; Heilbroner y Milberg, 1995).
Con el propósito de exponer los puntos más controvertidos en el dominio de la economía convencional por la Escuela de Chicago y por la llamada corriente neoliberal, el ensayo se centrará en cuestionar el abandono del carácter crítico, humano, socio-institucional e histórico por la corriente dominante. A continuación, expongo el contenido básico de las propuestas de Hayek, Friedman y Lucas, personajes que desplazaron a la síntesis keynesiana neoclásica dirigida por Hicks y Samuelson, como figuras dominantes del auge de posguerra, concluyendo con su crítica.
II. La Economía como Ciencia Crítica, Humana, Social e
Histórica.
Conviene precisar el sentido crítico, según lo entiende el autor. En primer lugar, toda teoría por fundarse en razonamientos deductivos e inductivos es, por ambos tipos de razonamientos, una verdad relativa y provisional (Popper, 1965 y Schwartz, 1994, pp. 17-19 y 30-31). En efecto, las teorías son argumentos que bajo supuestos y condiciones A, le siguen conclusiones B. En consecuencia, si hay consistencia lógica o matemática en las derivaciones y si se observa B, se concluye no que la teoría ha sido probada sino que no ha sido falseada ( lb ). Esto es así por que A es condición suficiente para B, mas no necesaria. De modo que la observación B pudo ser determinada por otros factores. Por el lado de las observaciones, o de la inducción, tampoco se puede asegurar que no hay cisnes negros sólo por que hasta ahora no se han observado. Esto último es particularmente relevante en la economía, pues si no se tiene suficiente cuidado con el nivel de abstracción, con frecuencia la cláusula ceteris paribus no se cumple, porque generalmente varias variables interdependientes no se mantienen constantes, o bien, las mediciones no se corresponden con el criterio económico supuesto. En consecuencia, se comete frecuentemente la falacia de post hoc, ergo propter hoc.
Aun más importante, es la interacción entre el análisis y la síntesis, entre la abstracción y la concreción, entre los modelos puros e ideales y los aplicados o concretos (Marx, 1977, p. 28). Aquí Marx clarifica una vez más que sólo después de un minucioso análisis del material de estudio puede describirse dialécticamente su movimiento, aunque luego parezca que esto último se ha diseñado a priori. Antes, cita aprobatoriamente una reseña del Capital en la que se afirma que para Marx no hay leyes abstractas. De manera similar, Max Weber, uno de los más grandes intelectuales de occidente, coincide con Marx en la distinción entre modelos puros o ideales y los concretos o aplicados (Weber, 1984, pp. 7-18). Esta distinción es ignorada con frecuencia en la metodología económica convencional, al grado que los resultados catastróficos, signados por la crisis económico-bancarias recientes en diversos países del mundo, como Chile, Argentina, México, Brasil, Rusia, Japón y el sudeste asiático, pueden atribuirse en buena medida al desconocimiento de las condiciones concretas en que se aplican los modelos abstractos. Este error metodológico se comete en tres aspectos fundamentales: desconocen el marco institucional[3] (véase North, 1993 y 1998), ignoran dogmáticamente las posibilidades de desequilibrios por exceso de oferta (Vickrey, 1996) y, finalmente, excluyen las especificidades del sector monetario, crediticio y financiero, mismas que invalidan los dogmas de la optimalidad de esos mercados desregulados (Coase, 1990; Stiglitz, 1980 y 1982; Allais, 1972; Bhattacharya, 1988; Tijerina, 1999). Más concretamente, las políticas neoliberales, avaladas por el llamado Consenso de Washington, consistentes básicamente en la apertura externa, la eliminación de las trabas al capital extranjero, particularmente financiero, la minimización del Estado, la desregulación del sistema bancario y financiero, la austeridad fiscal y monetaria y la reducción de los salarios reales (directos e indirectos), aunada a la pérdida del poder de negociación sindical y al aumento de la desocupación abierta y/o informal, serían válidas sólo si todas las mercancías fueran privadas, en primer término, y si todos los objetivos deseables en una sociedad fueran transables como mercancías. Esto último es el ideal del imperialismo de la teoría económica a la Becker (Becker, 1991 y 1993; Tijerina, 1999, pp. 151-152), que busca interpretar toda decisión humana en términos de precios y costos, de modo que, por ejemplo la decisión acerca del tamaño de la familia pretende analizarse equiparando a los hijos con bienes de consumo durables (televisores, videograbadoras, automóviles, etc.). Aparte de que el enfoque de Becker puede ser criticado por tautológico e irrefutable, porque simplemente se parte de la validez del modelo maximizador de utilidades, ajustándolo para acomodarlo a las anomalías observadas aun cuando los ajustes contradigan la esencia del enfoque neoclásico. Así, por ejemplo, si los salarios pagados no se corresponden con la productividad marginal del trabajador, no se rechaza la teoría, como debería ser en un falsacionismo estricto, sino que se incorporan factores ex-post, como la discriminación racial, introduciendo un coeficiente de discriminación para mantener la teoría. De esta forma se incurre en un estratagema violatorio de la falsación de Popper (Blaug, 1985, pp. 265, 285 y 288 y Blaug, 1997, pp. 14-15 y 276) y, por lo mismo, científico sólo en un sentido poco estricto, según los cánones establecidos por Popper y aceptados por la mayoría de los economistas convencionales. Estrictamente, la utilidad de los modelos a la Becker, que extienden universalmente el análisis en términos de precios y costos de las mercancías, equiparando a los hijos con bienes de consumo duradero, como antes se dijo, deriva no de un comportamiento humano racional sino, por el contrario, porque representan la enajenación humana exacerbada. Debe denunciarse, en consecuencia, como demenciales y monstruosas a las teorías que proponen universalizar los mercados y el reino de las mercancías y transacciones[4], y a sus autores como torpes sirvientes de una auto-expansión del capital que por salvaje sería insostenible, e inconveniente para los capitalistas que pretenden beneficiar. En este sentido, se ha olvidado la experiencia del siglo XIX, que el abuso de los trabajadores, particularmente mujeres y niños, obligó a intervenir a la sociedad civil organizada y al Estado en los mercados laborales, no sólo por razones de justicia social sino por que, como Smith y Marx arguyeron, por supuesto con diferentes argumentos, la acumulación de capital y la existencia del capitalismo como sistema, totalmente desregulados, eran insostenibles (Tijerina, 2000).
Se trata en última instancia de reconocer el carácter humano del quehacer económico. J. M. Keynes, A. Smith y numerosos estudiosos de los siglos XVIII y XIX reconocieron el carácter moral de la economía, en el sentido de que no es una ciencia natural de objetos, sino de seres humanos, cuyos valores, razones y comportamientos deben analizarse con métodos específicos (Tijerina, 2000; Keynes, 1973, p. 297; Davidson, 1991, p. 45). Aún más, fundadores de la economía neoclásica, como A. Marshall y L. Walras, tuvieron preocupaciones humanas y sociales que han sido incorrectamente abandonadas por la mayoría de los economistas convencionales, particularmente por Hayek, Friedman y Lucas, los padres del neo-liberalismo contemporáneo, pues con sus enfoques parciales y sesgados en contra del Estado han sido corresponsables del ataque a la acción pública y de los delirios de los mercados libres que se han padecido en el mundo, particularmente en los últimos 15 ó 20 años, con el consecuente agravamiento del desempleo, la injusticia, la inseguridad y el extravío humano, entre otros problemas sociales importantes que se han agravado a escala planetaria en los últimos lustros (PNUD, 1997, 1998, 1999; Taylor, 1994, pp. 45-46). En el caso de Marshall, resulta claro que él percibió acertadamente que el avance material-económico importaba como medio para mejorar la calidad de la vida humana y que sólo sí los recursos se manejaban prudentemente o con sabiduría (wisely es el término empleado por Marshall. Véase Marshall, primera edición 1890, séptima reimpresión 1964, p. 161) era posible conciliar el desarrollo humano integral y el desarrollo económico. Por lo que corresponde a Walras, los walrasianos olvidan en general el socialismo cooperativista de su maestro y su recomendación de nacionalizar la tierra, a fin de que las rentas fueran de beneficio público, para mejorar distribución del ingreso y desalentar el parasitismo, permitiendo así el adecuado funcionamiento de los mercados, una vez corregida la principal causa de la desigual distribución de la riqueza, y de un funcionamiento inadecuado del libre mercado según Walras. Sin embargo, la solución da Walras fue incompleta (véase: Allais, 1943; Tijerina, 1999, p. 129).
Asimismo, se advierte que J. Buchanan, discípulo de K. Wicksell y F. H. Knight, y los economistas que se preocupan por el principio de las finanzas sanas, en términos exclusivamente de garantizar el adecuado financiamiento del gasto público, previo acuerdo de los contribuyentes para sufragarlo vía impuestos, ignoran que K. Wicksell advirtió que sólo era consistente si la justicia y otros objetivos sociales eran cumplidos (Tijerina, 1999, p. 118; Wicksell, 1934, I, pp. 82-83). Por lo que respecta a F. H. Knight, uno de los fundadores de la Escuela de Chicago y maestro de J. Buchanan, como antes se dijo, señaló tres críticas fundamentales a la tendencia contemporánea para reducir la economía al intercambio (Buchanan se ufana de haber fundado la economía del intercambio, cataláctica, o según sugirió Hayek, catalaxis. Tijerina, 1999, p. 117), al precisar que el intercambio presupone la propiedad de mercancías intercambiables, que nadie ahoga por el intercambio irrestricto, y que el régimen de propiedad privada no debe eximirse del rendimiento de cuentas o auditoría social (Id.). Debe advertirse que Marshall también criticó las defensas supersticiosas de la propiedad privada (Marshall, op. cit., p. 628) y que Marx planteó previa y más completamente el carácter histórico-social, y la crítica radical del capitalismo, así como la unidad dialéctica del intercambio, la producción, la distribución, la realización y consumo (Marx, 1966, pp. 235-273).
Independientemente de las críticas que puedan formularse al análisis de Marx, su concepción interrelacionada de las principales esferas del proceso económico, consustancialmente dinámico, con la acumulación de capital, el cambio tecnológico y la tasa media de ganancias como variables centrales, generando simultáneamente nuevos desequilibrios y tendencias hacia el equilibrio, en un contexto social e histórico determinado, sigue estando en la frontera del pensamiento económico.
En muchos sentidos, la obra de Marx culmina la economía clásica, compartiendo su preocupación por la riqueza de las naciones, por la dinámica del sistema económico y el papel de las clases sociales, considerando como progresista el desarrollo de las condiciones productivas, la ampliación del excedente económico y su austera aplicación. Así, por ejemplo, dentro del enfoque clásico, A. Smith enfatizará el trabajo productivo, como fuente de la acumulación y del cambio tecnológico, y criticará a los adinerados que despilfarran el excedente económico en consumos suntuarios; D. Ricardo, se centrará en el incremento de las rentas de la tierra como fuente de la caída en la tasa media de ganancias y en la necesidad del libre comercio agrícola para evitar así que la caída en la tasa media de ganancias desanime la acumulación de capital y el avance productivo. Marx continúa con el enfoque clásico al enfatizar la esfera productiva y el papel de las clases sociales, en un contexto histórico. Además, Marx ofreció soluciones para las incongruencias que él detectó en Smith y Ricardo, en particular, en sus concepciones del valor y los precios de producción, y propuso una formulación de la caída tendencial de la tasa media de ganancias como relación social de producción (y no de mercancías vs mercancías, como simples relaciones de objetos, como lo hizo Ricardo, lo hace la economía convencional y Sraffa en su preludio a una critica de la teoría económica), (Sraffa, 1960). Es conveniente aclarar que a diferencia de los enfoques económicos contemporáneos, la economía clásica también se distingue por su formulación de los problemas económicos en términos que merecen calificarse de gran visión, por cuanto el análisis y la cuantificación se referían a los problemas nacionales y del sistema capitalista más controvertidos de su tiempo y porque se asentaban sólidamente en síntesis del pensamiento de su época, en bases filosóficas, de carácter fundamentalmente humano y social, así como en un impresionante conocimiento y poder de abstracción de los rasgos empíricos más relevantes de su época (lo anterior es cierto particularmente en los casos de A. Smith y K. Marx). Una propuesta, en el sentido de regresar al enfoque clásico, con referencia a A. Smith, es la de Hutchinson (Hutchinson, 1978, p.320), al considerar conveniente reincorporar los elementos psicológicos, históricos e institucionales. Esta propuesta se comparte en lo fundamental, pero con las concreciones del materialismo histórico, y del institucionalismo, dentro de la heterodoxia, y del neo-institucionalismo, dentro de la ortodoxia, y con referencia especifica al desempeño macroeconómico de México en el largo plazo (Tijerina, 2001), agregando además, la manera en que el análisis macroeconómico post-keynesiano puede complementarse, aunque sea preliminarmente, con la propuesta referida.
III. Los Teóricos del
Neoliberalismo. Una Crítica.
Con respecto a algunos de los economistas que más ha influido en la llamada contrarrevolución monetarista, en la reducción y reorientación del Estado: Hayek (Nobel 1974),[5] Friedman (Nobel 1976), Buchanan (Nobel 1986) y Lucas (Nobel 1995), destaca el hecho de que los últimos tres pertenecen a la Universidad de Chicago (la Universidad que más premios Nobel ha educado; con Schultz, Stigler, Markowitz, Coase y Becker, suma ocho)[6] y que Hayek, después de haber perdido el debate frente a Keynes en los 30, persistió en sus críticas a la economía mixta y al socialismo hasta que la estanflación de principios de los 70 y las crisis bancarias y crediticias contemporáneas indujeron a su reconocimiento y distinción con el Nobel en 1974. Aunque no puede desconocerse la expansión excesiva del crédito en la explicación de las crisis, de acuerdo con Hayek, habría que preguntarse porqué sólo se manifiestan como estanflaciones en los 70 y no en el periodo intermedio entre estos años y 1939, y reconocer además la responsabilidad de los banqueros nacionales y extranjeros por sus conductas imprudentes y sus tendencias a evadir las regulaciones.
Los economistas de Chicago y Hayek coinciden en sus ataques a la intervención del Estado y en su contraparte: la defensa de los mercados libres. Aquí se encuentra pues una explicación parcial de su premiación. Ofrecieron diagnósticos que atribuyen el origen de los problemas a la intervención del Estado y a la consecuente obstrucción del juego de los mercados libres. Aunque no pueden ignorarse los abusos cometidos al amparo de la acción pública, pareciera evidente que la crisis de la economía mixta ha ido acompañada del fin del auge de la posguerra, con caídas tendenciales en la dinámica de la productividad media del trabajo y de la tasa media de ganancias y que resulta temerario atribuir toda la culpa al sector público (numerosos trabajos han dado cuenta de este fenómeno, entre otros: Mandel, 1975; Bullock y Yaffe, 1979; Moseley, 1991; para México, Tijerina, 1992 y 2001). Por otro lado, resulta incongruente aceptar y rechazar teorías durante cuatro décadas (1936-1974) y luego revertir completamente el veredicto en los últimos 20 ó 25 años, aceptando primeramente a Keynes y rechazando a Hayek, para luego invertir las preferencias intelectuales, a la luz de evidencias teóricas y empíricas no sólo parciales sino coyunturales (esto último, en el sentido de que se apoyan en evidencias y problemas de corto plazo y en intereses económicos y políticos de muy corta visión).
No hay duda de que hay que tomar en cuenta las circunstancias, pero no de la manera parcial, oportunista y poco seria como lo han hecho las "teorías" y políticas de corte neoliberal, al grado de que a la curva de Laffer los economistas sensatos la llamaron curva de la risa (laughing curve); el ex presidente Bush habló de la economía del vudú; Tobin consideró a la Reaganomics como "keynesianismo vergonzante"; Clinton ridiculizó a la teoría y política conservadora que propone que la mejor manera de ayudar a los pobres es ayudar a los ricos, como la teoría del goteo, y como equivalente a recomendar a los agricultores que la mejor manera de alimentar a las gallinas es darle de comer a los pájaros, para que se alimenten del excremento de éstos. De modo que en este contexto, uno de los economistas norteamericanos más inteligentes y activos en la actualidad tituló uno de sus libros recientes Peddling Prosperity (que puede traducirse como los merolicos de la prosperidad, en virtud del contenido ilusorio de las políticas económicas instrumentadas en EU). Apreciación semejante es extensiva, a mi juicio, a los defensores del neoliberalismo, en virtud de sus promesas incumplidas (para las evidencias empíricas, PNUD, op. cit.)De modo que deben tomarse muy en cuenta los elementos no-científicos que han intervenido en las elecciones sociales de las escuelas y políticas económicas, particularmente en los últimos 17 años en el país, que más que de convencionales podrían calificarse de modas, por su cortísima popularidad[7]. En consecuencia, es preciso hablar de racionalidad limitada y de los condicionantes socio-políticos e históricos de las ciencias, especialmente de la economía que, por su naturaleza humana, práctica y concreta, está lejos de ser una ciencia dura (Milic, 1965; Davidson, 1978). Sin embargo, dentro de los cambios de modas y la dispersión del pensamiento económico actual, es innegable el predominio creciente en los últimos veinte años de los enfoques que han centrado los diagnósticos y políticas en combatir la acción del Estado y en favorecer al capital privado, especialmente financiero y transnacional, y al libre funcionamiento de los mercados.
Así, aunque diferentes escuelas heterodoxas reconocieron la necesidad de replantear la política económica y la participación del estado en la economía desde fines de los 60 y principios de los 70: por el agotamiento de la sustitución de importaciones en América Latina por la CEPAL; de la economía mixta por el marxismo (Mattick, 1969); por los errores en la interpretación del pensamiento de Keynes (Davidson, 1978[8] y 1991), los enfoques que han predominado son los propuestos por Hayek, Friedman, Lucas, Buchanan y, en menor medida, Stigler y Coase. Aún más, no sólo la heterodoxia, como la representada por la CEPAL, el poskeynesianismo y el marxismo, ha sido desplazada en su influencia académica y política, sino también el keynesianismo neoclásico (Hicks, Samuelson, Modigliani, Klein, Tobin, Solow, etc.), considerado generalmente como el dominante en el auge de posguerra, partidario de la economía mixta y del Estado como estabilizador y corrector de las injusticias del capitalismo.
Los miembros de la síntesis keynesiano-neoclásica han continuado expresando su desacuerdo con los enfoques neoliberales y, a pesar de sus brillantes carreras académicas y de su condición de Nobel, han sido desplazados (es muy interesante señalar que el profesor Solow unió sus esfuerzos de crítica a la economía neoliberal con el también destacado economista F. H. Hahn en Hahn y Solow, 1995). Pero podrían mencionarse a miles de economistas brillantes que no han sido tomados en cuenta, por lo menos adecuadamente. En este sentido destacan, entre otros, P. Krugman, J. Stiglitz[9] y A. Sen[10], que en modo alguno se pueden considerar simpatizantes del neoliberalismo y de la escuela de Chicago. Sus obras permiten avizorar la posibilidad de una corrección futura las opiniones extravagantes que han predominado en los últimos veinte años, partidarias del estado mínimo y de reducir los salarios, la organización y el peso de los trabajadores y las redes de protección social, a la manera de las propuestas falaces de Senior y otros economistas del siglo XIX que lucharon infructuosamente contra la reducción de la jornada laboral y, en general, de la intervención del Estado y de la protección social a los trabajadores.
La falacia fundamental, la concreción fuera de lugar, repetida comúnmente por la economía convencional, es la de considerar al trabajo como cualquier otra mercancía (es decir, carente de motivaciones, ideas, valores, dignidad, etc.) y excluir o subordinar en el razonamiento, la justicia, la equidad, la reciprocidad, y otros objetivos sociales, así como no reconocer, por lo menos adecuadamente, las interdependencias existentes entre esos objetivos sociales y la eficiencia en la asignación de los recursos[11]. En este tenor, se puede decir que la invalidez general de los planteamientos neoliberales a la Hayek-Friedman- Lucas proviene de suponer que sólo hay mercancías privadas, información perfecta (en el sector privado, pero no en el sector público), flexibilidad perfecta (en el mediano plazo según Hayek y Friedman; en el corto plazo, según Lucas, con información conocida desde el principio e implicando además, o bien que el tiempo no existe o que es reversible) y sin costos de transacción. Pero si esto es así, la competencia no puede existir, tampoco la información perfecta, ni las empresas, ni el empresario, ni las ganancias, ni las innovaciones, ni el dinero, etc. Por lo tanto, la argumentación es absurda. De modo que, en sentido estricto, los problemas e imperfecciones de las economías capitalistas de mercado no existen simplemente porque todos han sido eliminados virtualmente.
En contraste, una vez que se reconocen la existencia de economías de escala, objetivos sociales, costos de transacción, economías externas, no rivalidad y no excluibilidad en el consumo, información imperfecta y asimétrica, la tesis del Estado mínimo, de la optimalidad y universalidad de los mercados, pierde su fundamento. Esto fue reconocido por los propios fundadores de la economía convencional, como A. Smith, A. Marshall y L. Walras (Tijerina, 1999, pp. 107-108, 117-118, 129-130, 143; Banco Mundial, 1994 y 1997). De modo que la economía neoliberal no se basa en la economía erudita como se ha pretendido, sino en una vulgarización de la economía neoclásica.
Consecuentemente, basta entender correctamente a la teoría económica neoclásica para refutar las pretensiones delirantes de las interpretaciones y de las políticas económicas predominantes hasta ahora. Por supuesto, una refutación más completa se hace considerando las evidencias históricas que contradicen las implicaciones de las teorías neoliberales, tanto en México como en Estados Unidos y mundialmente, y las críticas externas fundamentales, a la luz de corrientes como el poskeynesianismo, el marxismo o el neoinstitucionalismo (aunque de manera muy concisa, el autor intenta hacer esto aquí y en Tijerina 2000 y 2001).
Desde el punto de vista de la fundamentación macroeconómica deficiente de las propuestas de Hayek, Friedman, y Lucas, habría que recordar las críticas valederas de Marx, Keynes, Myrdal, Davidson, Minsky y Desai a la teoría cuantitativa y, en general, a toda interpretación de las crisis como esencial o exclusivamente monetarias y/o de los mercados en equilibrio óptimo y estable (Tijerina, 1999, p. 80 y comentarios críticos adicionales a Hayek, Debreu y Allais). Asimismo, darse cuenta de la incongruencia de utilizar el rigor académico sólo para interpretaciones con las que no se está de acuerdo y olvidar veredictos públicamente aceptados cuando se trata del enfoque que se defiende (como es el de la invalidez general de la teoría macroeconómica de la distribución del ingreso, de la contabilidad macroeconómica de las fuentes del crecimiento económico y de la teoría del crecimiento sobre bases neoclásicas) (Samuelson, 1966).
De modo que, indudablemente, los fundamentos de la economía y la política económica convencionales, particularmente en su versión neoliberal, muestran severas contradicciones internas. En esencia, se está de acuerdo en que el pecado capital de la teoría económica convencional es la falacia de la concreción fuera de lugar, es decir, hacer simplificaciones, haciendo abstracción de complejidades y concreciones para el diagnóstico, para luego olvidar que se dejaron de lado y confundir el modelo abstracto o puro no sólo con un modelo concreto o específico sino con la realidad misma (Georgescu- Roegen, 1971, pp. 320-21).
En un sentido más profundo, se comete la falacia de la concreción fuera de lugar cuando se confunden a las teorías no sólo con mapas sino con el territorio mismo. Por eso todas las doctrinas espirituales sostienen de una manera u otra que la letra mata y el espíritu vivifica, como el cristianismo, o que las enseñanzas son sólo el dedo que apunta la luna pero no la luna misma, como el budismo. Además, toda filosofía que se precie de ser coherente con su objeto (de amar o cultivar la sabiduría), reconoce la diferencia entre la verdad relativa y la verdad absoluta y, en consecuencia, los límites y, necesariamente, el carácter relativo y tolerante, contrario a todo dogmatismo, así como práctico, soteriológico y apofático del pensamiento intelectual coherente. Por esta razón, ya Sócrates decía, sólo sé que no se nada; o Wittgenstein va a decir que con relación a lo que no se puede hablar hay que guardar silencio y que al final las proposiciones postuladas como correctas deben ser abandonadas (parafraseando a Buda que predicó: "las enseñanzas son como un bote que nos sirve para cruzar el río de la existencia insatisfactoria y recurrente, y que, una vez alcanzada la otra orilla, se abandona", veinticinco siglos después) (véase, Wilber, 1995 y 1997; Panikkar, 1997).
Consecuentemente, hay una incoherencia radical en el pensamiento económico dominante, en los fundamentos mismos de su discurso, e incluso de la heterodoxia, cuando se sustituye el dogma del mapa convencional por el dogma del mapa heterodoxo. Básicamente, el dogma del libre mercado es sustituido por el dogma del capitalismo o del socialismo de Estado. Lo anterior conduce también a una contradicción aún más esencial: entre lo que se dice y lo que se hace. Las personas son un recurso, pero sólo aparecen como un costo variable, ajustable a voluntad en la contabilidad y en las políticas convencionales, en contraposición con el carácter intocable del capital, de las utilidades y sueldos de los propietarios y directivos (Aktouf, 1998). O, incluso, a una contradicción con las bases mismas de la cultura cristiana aceptada mayoritariamente en México y en occidente, y aún más con los objetivos de los grandes maestros de la economía convencional y de la marxista, pues tanto A. Smith, como A. Marshall y K. Marx concibieron a la solución de los problemas económicos no como un fin, sino como un medio para mejorar las condiciones del hombre en sociedad (Tijerina, 1999, p. 152; Mc. Carthy, 1990).
En este sentido, más que un extravío de los fines, que diría Taylor ( Taylor, 1994, pág. 45), la pretensión de una economía ajena a cualquier juicio valorativo relativo a los fines es sustituida incoherentemente con la postulación de los óptimos ficticios de Pareto y con la santificación de los fines y los arreglos institucionales convencionales (Tijerina 1999a, pp. 81-82). Así, la pretendida objetividad-positiva acaba vinculada estrechamente con formulaciones ideales y normativas, por lo que resultan inaceptables por ser auto-contradictorias.
En efecto, la incoherencia reside en que en una economía libre bajo condiciones ideales existe una infinidad de óptimos de Pareto, puntos en los que no es posible beneficiar a alguien sin perjudicar a alguien más; alternativamente, si no se está en un óptimo de Pareto, significa que existen posibilidades para mejorar la asignación de los recursos y de esta forma, dadas las preferencias de los consumidores y las condiciones productivas, obtener más producción de todas las mercancías y asignarlas en las proporciones deseadas por los consumidores. En estos puntos infinitos se igualan las tasas marginales de sustitución en la producción y en el consumo. Con base en ellos, se define la frontera de utilidad posibilidad (descubierta independientemente por Samuelson y Allais, Tijerina, 1999, p. 129). Para que el equilibrio eficiente sea único (aún bajo supuestos simplificadores, como los relativos a la exclusión de economías de escala y externas), se requiere determinar la distribución del ingreso y ésta, en general, resultará injusta si se deja actuar a los mercados aún en condiciones ideales de competencia perfecta.
Como existen otros objetivos sociales aparte de la distribución del ingreso que los países consideran deseables, como las libertades individuales, la soberanía nacional, el aliento a la producción y el consumo de bienes meritorios (como la educación, la salud, etc.) y el desaliento de los que son lo contrario (el consumo de cigarrillos, alcohol y drogas p. ej.), los óptimos de Pareto y la eficiencia económica sólo pueden determinarse de manera única si existen juicios teóricos, empíricos y normativos que definan una función de bienestar social[12]. De esta manera, la optimización del bienestar social permitirá elegir un punto de la frontera de utilidad-posibilidad.
Lo anterior no significa que todo es exclusivamente normativo y que, en consecuencia, cualquier punto de vista resulta igual de subjetivo e imposible de diferenciar racionalmente. Significa que toda teoría, por depender de intereses, propósitos, visiones del mundo, supuestos, tanto en la selección de las categorías de análisis como en su objeto y alcances, contiene en general los tres tipos de juicios señalados antes, y que existe entre ellos una interacción susceptible de discusión racional. No reconocer esto, ha conducido a análisis incompletos e inconsistentes y a errores trágicos en los diagnósticos económicos, como atribuir poderes ilusorios al mercado y que, bajo esta fantasía, en consecuencia, éste debe extenderse a todas las esferas del comportamiento humano, convirtiendo en mercancía y objeto de transacción todo lo que interese y beneficie al hombre, lo cual, lejos de ser deseable, es una propuesta demencial, pues, sensu strictu, implica el esclavismo y el fascismo.
Resulta irónico que actores de gran éxito en el mercado financiero, como George Soros, a pesar de su enorme riqueza, rechacen las concepciones delirantes del neoliberalismo, señalando de manera análoga a la economía poskeynesiana, que el equilibrio de mercado no se conoce de antemano ni es fijo, sino que más bien es como un blanco móvil, las condiciones críticas de 1a economía mundial actual y la necesidad, entre otras medidas, de regular los flujos de capital internacionales (Soros, 1987 y 1995; Greider, 1997, pp. 241-248), en tanto que, los dirigentes defensores del neoliberalismo en México y en otros países en desarrollo pertenezcan a sociedades con gravísimos problemas de pobreza, desigualdad y dependencia externa y sean de extracción de clase media-baja o baja.
Resulta así un espectáculo aberrante e infame que los lumpen defiendan al mercado en términos que aún los más poderosos entre los poderosos consideran extravagantes. Es también un caso patético de falsa conciencia o de opresión internalizada, en el que los oprimidos, sea porque reniegan de su origen o porque, cobardemente y sin dignidad, adoptan los valores, intereses e ideologías de sus dominadores (Beard y Cerf, 1995, p. 38).
Bibliografía
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[1] Este texto es una revisión y síntesis del expuesto en la Segunda Semana de Economía y Administración, Departamento de Economía, UAM-I, del 27 de septiembre al 1º de octubre de 1999.
[2] Tijerina E., Aprendiendo Economía con los Nobel. Un Examen Crítico., Plaza y Valdés, México, 1999.
[3] Cultural, legal y organizativo, fundamentalmente.
[4] Un profundo conocedor del funcionamiento de las economías contemporáneas, G. Soros, coincide con esta tesis heterodoxa.
[5] Aunque de la Escuela Austriaca, Hayek, además de haber enseñado en Chicago, comparte tesis fundamentales con la Escuela de Chicago, como la optimalidad de los mercados libres, la dicotomía real-monetaria, sus ataques al Estado, a la economía mixta y al socialismo.
[6] Y nueve con J. Heckman, Nobel 2000.
[7] Del monetarismo se pasó a la economía de la oferta y la curva de Laffer, luego a las expectativas racionales, la nueva economía clásica y la nueva economía. Esta última continuó con la propaganda apologética característica de la intelectualidad que se pervierte al subordinarse a los grupos de interés. Una de sus tesis principales fue la de que las nuevas tecnologías habían eliminado las recesiones, sólo para ser desmentida categóricamente por la brutal caída del precio de las acciones de las nuevas empresas tecnológicas de mayo 2000 a mayo 2001 y por lo que quizá sea la peor crisis económica desde la gran depresión.. En la actualidad, hay un interés mundial por enfoques menos dogmáticos (manifestación de esto fue la reunión de catorce mandatarios progresistas en junio 3 del 2000, abogando por una economía de mercado con responsabilidad social, a la que no fueron invitados presidentes como es E. Zedillo, Excélsior, junio 4 del 2000, pp. 1 y 10).
[8] Primera edición, 1972.
[9] Uno de los premiados con el Nobel 2001.
[10] Premio Nobel 1998.
[11] El profesor Sen ha formulado críticas similares (Tijerina, 1999, pp. 188-189).
[12] Esta división es conveniente porque ayuda a un mejor entendimiento de la invalidez general del objetivismo positivista, pero hay que considerar que los hechos dependen de las redes teóricas y que, la importancia de los temas seleccionados para su investigación depende de juicios normativos.