LOS NOBEL DE ECONOMIA Y EL PROFESOR TIJERINA: un comentario.

 

 

                                                                                                José C. Valenzuela Feijóo.[1]

 

 

 

                        Quisiéramos partir por una constatación más o menos obvia: los Premios Nobel no se otorgan por algún ensayo preclaro, ni siquiera por un libro. Estos laureles premian al conjunto de una obra y, por lo mismo, por lo general son otorgados a economistas de edad relativamente avanzada. Se trata de obras vastas y complejas, que por lo común no son de fácil o inmediata asimilación.

                        Ahora bien, si de por si no es sencillo estudiar cabalmente a solo uno de estos académicos, se puede comprender lo terriblemente complicado que es revisar y sintetizar a todos los autores que el premio han recibido. En este sentido, queremos iniciar nuestros comentarios agradeciendo al profesor Tijerina por su arduo y laborioso trabajo.[2] Y advertirle al lector: lo que en el texto aparece como claro y no excesivamente complejo, en las fuentes suele ser algo bastante complicado. La útil bibliografía que el autor nos proporciona sobre la obra de los diversos Nobel, amen de orientar al lector que desee profundizar, es también útil para comprobar lo duro de la tarea y la capacidad del profesor Tijerina para tornar asequibles argumentos que suelen ser muy sofistificados. En suma, tenemos un esfuerzo pedagógico y de divulgación que se debe agradecer en lo mucho que vale.

                        En segundo lugar, debemos subrayar que no estamos en presencia de una simple descripción. Se trata, en el libro de Tijerina, de una revisión crítica. O sea, sobre la base de una comprensión acabada de las teorías en cuestión, de su exposición no deformada, el autor avanza a una evaluación crítica de sus eventuales méritos o deméritos científicos. El autor apunta que “es innegable el progreso experimentado por el pensamiento económico contemporáneo”, pero agrega que “junto a estos avances se advierten también retrocesos”. Por ejemplo, “se han atribuido poderes ilusorios al mercado y al comportamiento humano individual, bajo una supuesta racionalidad que se declara universal, aunque en realidad no sea más que una razón parcial, descoyuntada y mal entendida”.[3] Según el autor, se confunden los modelos más abstractos (economía “pura”) con la economía aplicada, “con la gravísima consecuencia de instrumentar dogmáticamente políticas y modelos económicos sin adaptación a las condiciones institucionales y sociales de cada país, en contradicción con la economía y sociedad abierta que se proclaman”.[4]

                        En la evaluación de los autores premiados, se traduce la visión más general  de la economía que maneja el profesor Tijerina. Y en este punto quisiéramos detenernos mínimamente. Pensamos que explicitar y subrayar esta postura es tan o más interesante que el repaso que se hace de los Premios Nobel. Esta postura la podemos inferir del texto, aunque nosotros también nos aprovecharemos de la largo y fructífera cercanía personal que hemos tenido con Tijerina. Por obvias razones de espacio, indicaremos sólo lo que pensamos son las dimensiones o aspectos más generales de este pensamiento. Cuatro serán los temas a mencionar: 1) el criterio metodológico que utiliza el autor; 2) su análisis del equilibrio general competitivo; 3) su concepción de la economía como parte de un conjunto o totalidad –el sistema social en general- más compleja; 4) su visión de la política económica.

                        La norma epistemológica. Se trata, simplemente de someter las teorías que se revisan al cedazo de las normas que tipifican a las ciencias contemporáneas. Apuntando a lo más básico, ellas son: i)las teorías deben ser, desde el punto de vista lógico, impecables. Es decir, deben salvar el test de la coherencia lógico-formal;  ii) las teorías también deben superar el test de la coherencia externa. Es decir, las teorías o hipótesis deben también aprobar el cotejo o contraste empírico, sea en términos indirectos (para el caso de las hipótesis más abstractas y generales) o directos.

                        Sobre los resultados del equilibrio competitivo. Como se sabe, el modelo de equilibrio general de corte walrasiano, plantea muy serios problemas tanto en el sentido de los supuestos que maneja (por ejemplo, no es capaz de funcionar bajo el supuesto de estructuras oligopólicas) como de las deducciones que hace.[5] Es decir, se plantea que si se cumplen tales o cuales condiciones, las resultantes serán estas o las otras. De estas, las resultantes, podemos recordar las siguientes: a) el modelo asegura el pleno empleo de los recursos productivos, en especial de la fuerza de trabajo;   b) también se asegura el empleo óptimo de esos recursos. O sea, se aplican donde su eficiencia es mayor;  c) el modelo también asegura la “justicia distributiva”. Es decir, a cada factor se le paga de acuerdo a la contribución que hace al producto generado; d) como consecuencia de lo anterior, también se asegura el mayor y más estable crecimiento del producto.[6]

                        Sabemos que en economías como la mexicana esos supuestos no se cumplen. Por lo mismo, el modelo amén de no aplicable no se podría testar en sus propios términos. No obstante, como en los últimos 18 años de predominio neoliberal hemos tenido un proceso de desregulación y de apertura que ha sido firme y continuo, podemos sostener que hay un relativo acercamiento a las condiciones de funcionamiento que exige el modelo. Dado esto, el test se puede hacer en términos de los cambios en la tendencia de las variables claves a manejar. O sea, al avanzar la desregulación, los resultados deberían también acercarse a los que predicen estos modelos.

                        Al respecto, ¿qué podríamos decir?

                        Sobre el pleno empleo, la evidencia es muy clara: año con año se integran al mercado de la fuerza de trabajo aproximadamente un millón trescientos mil personas. Entretanto, el empleo se ha incrementado, en promedio, en el orden de los 350.000 o 400.000 empleos anuales. En breve, con la desregulación, se avanza al desempleo y no a una situación de empleo pleno.

                        Empleo óptimo: en esta fase, el crecimiento de la productividad es más lento que en las fases previas. Además, del crecimiento ocupacional la mayor parte se da en las ramas improductivas. Otro ejemplo significativo: la cada vez mayor degradación ambiental y destrucción ecológica que viene provocando el actual estilo de crecimiento. Las deseconomías externas no pecuniarias no parecen ser contabilizadas y ello, caso del elefantiásico tamaño de ciudades como el D.F., Sao Paulo y otras, nos amenaza con verdaderas catástrofes, ecológicas, humanas y económicas. Amén de lo ya conocido: el horizonte de planeación que posibilita el mercado no es demasiado largo (mas bien al revés: es demasiado corto) lo cual impide una asignación eficiente de los recursos a lo largo del tiempo.

                        Justicia distributiva: amén de que no es del caso creer en ese verdadero “chiste” que es la hipótesis de remuneración de los factores conforme al valor de su producto marginal, baste un señalamiento: la distribución del ingreso se ha tornado más y más regresiva y la remuneración real promedio hoy es más baja que la de 1981. Por ejemplo, de acuerdo a nuestras estimaciones, la tasa de plusvalía pasó desde un nivel igual a 4.1 en 1981 a un nivel  igual a 6.8 en 1996.

                        Crecimiento estable y con altos ritmos. La evidencia de estos años de desregulación es muy clara: el crecimiento ha sido notoriamente más lento (de hecho, el producto per-cápita del año 1999 ha sido menor o casi igual al que se daba en 1981) y también más inestable.

                        En suma, conforme se avanza en la desregulación, los resultados económicos del sistema se han distanciado más y más de los que pronostica la teoría.

                        No obstante, valga recordar : tanto las máximas autoridades del país como los economistas que trabajan a su servicio, siguen insistiendo –con rara y no muy académica terquedad- tanto en las bondades del modelo teórico que manejan como en las del esquema de política económica que han venido aplicando.

                        Si bien pensamos, el estatuto epistemológico de los modelos de equilibrio general es muy curioso. Con ellos, no se pretende ni describir ni explicar ningún proceso de desarrollo económico real. Se usan con otro sentido: como la descripción de un “estado ideal” al cual la economía real debería aproximarse si deseamos obtener esos frutos ideales que se nos dice se podrían obtener.             Y como la realidad nunca coincide con el modelo, la respuesta es singular: “tanto peor para la realidad”. En suma, más allá de sus complejidades y sofisticaciones formales, el contenido científico (lo que subyace debajo de su forma) de estos modelos es casi igual a cero.

                        La tercera dimensión que nos interesa recoger se refiere a la interacción que se establece entre las variables económicas y las no económicas.

                        En torno a este punto, que sepamos ninguno de los economistas premiados con el Nobel rechaza esta interacción. Pero esto es puro bla´-blá, pues salvo muy contadas excepciones (una de ellas, como lo recalca el profesor Tijerina, es el caso de Gunnar  Myrdal) , en el momento de construír sus modelos, esa interacción desaparece. El problema aquí involucrado, valga la aclaración, no es el de agregar a nuestras investigaciones más y más variables, hasta llegar a un número inmanejable. Como bien sabemos, las buenas teorías no son las más descriptivas sino las que saben escoger un mínimo de variables y que éstas sean las efectivamente más relevantes. Es por ello, y no por el afán de exhibir una falsa cultura enciclopédica, que debemos incorporar, cuando el tema lo exige, las variables no económicas al análisis. Por ejemplo, ¿se atrevería alguien a sostener que en la determinación de los salarios, los factores políticos e ideológicos no juegan un papel crucial?

                        El cuarto aspecto se refiere a las orientaciones de política económica.

                        El tema de la política económica es complejo y también muy polémico. Aquí, no podemos entrar a su discusión. Por ello, nos limitamos a señalar lo que nos parecen las ideas básicas de Eliezer Tijerina sobre el tema.

                        Primero, el autor subraya que la discusión no se debe plantear en abstracto. En corto, debe situarse en un contexto muy concreto, pues –como debiera ser obvio- no es lo mismo una economía como la de EEUU que la mexicana, que sería el concreto de estudio, en nuestro caso, a privilegiar. Segundo, nos señala la necesidad de no ocultar y sí explicitar los juicios de valor o preferencias políticas en juego. En la mejor tradición myrdaliana, nos dice que la discusión no es entre políticas económicas neutras (algo que no existe) sino entre políticas económicas que privilegian a diversos grupos o conglomerados sociales. Tercero, el autor señala diferentes deficiencias del mercado en el plano de la asignación de los recursos. A partir de ello, plantea la necesidad de una intervención estatal capaz de corregir esas deficiencias. O sea, una intervención que complementa y no sustituye. En este sentido, el profesor Tijerina recoge las posturas de autores como Keynes, Amartya Sen y la Cepal clásica. Cuarto, la intervención o regulación estatal debe perseguir tres objetivos fundamentales: i) estimular un crecimiento del PIB que sea alto y a la vez estable; ii) perseguir una distribución del ingreso más equitativa; iii) asegurar la autonomía e independencia económica de la nación. Lo cual, por cierto, no se entiende como un afán por cerrar la economía.

                        El autor, según vemos, se sitúa en la mejor tradición del pensamiento latinoamericano crítico y progresista. Como lo ha declarado en una entrevista reciente, Tijerina reconoce en laureados como Sen, Myrdal y North, amén de la Cepal clásica (Prebisch, Pinto, Sunkel et al) a los autores que más han influido en su visión de los problemas económicos.[7] Asimismo, rechaza las prédicas neoliberales que se han extendido como una plaga apocalíptica durante los últimos veinte años. Esta doctrina, en sus palabras, es falsa en términos “lógicos y empíricos”. Para el caso, además, el autor ha recordado la fe de carbonero con que los impulsores del neoliberalismo (presidentes, ministros, directores de organismos internacionales, publicistas, etc.) defienden al modelo. Y cómo, aunque éste venga provocando crisis recurrentes y acentuando la inestabilidad económica, al modelo siempre lo declaran inocente. Como lo dijera en la presentación del libro, estamos en presencia de verdaderas “fotocopias” del tristemente famoso Doctor Pangloss.

                        En el libro se le concede un gran espacio a los temas referidos a la “economía del bienestar”.[8] Ello, refleja las preocupaciones del autor en los últimos años y que se han concretado en algunos de sus trabajos sobre la economía mexicana. A Tijerina no se le escapa el usual sesgo apologético con que se suele manejar esta rama de la teoría económica. Pero piensa que le puede dar un uso diferente, que de cuenta de los aspectos más sociales (en el sentido de la “cuestión social”) de la economía y que, por lo mismo, sirva a propósitos redistributivos y de justicia social. Al respecto, es muy ilustrativo el examen que hace de las contribuciones de Sen. Con ello, nuestro autor, en algún sentido se inscribe en una larga tradición, de corte anglosajón, que proviene del mismo Bentham, de John Stuart Mill y, sobremanera, de Alfred Marshall. En el caso de este último, aunque se maneje dentro del esquema neoclásico (en todo caso, en su variante de “equilibrio parcial”, de seguro menos elegante que el enfoque de “equilibrio general”, pero bastante más aterrizado), se observa también una preocupación (hoy muy olvidada) no menor por la “cuestión social”. Marshall no era tan fundamentalista como los neoclásicos de hoy y al examinar el problema social no vaciló en exclamar: “Laissez faire, dejad hacer el Estado”.[9]De hecho, el célebre economista de Cambridge se llegó a declarar socialista, entendiendo por ello, una sociedad en que: i) se castigue al ocio y premie al trabajo: “el hombre tiene que trabajar para vivir y es el trabajo el que debe sostenerle y dar sentido a su vida, lo mismo a su cuerpo que a su espíritu”;   ii) un régimen que se preocupe por desterrar la pobreza y por elevar el bienestar social. Es decir, un régimen que permita a todos llegar a ser, para usar el peculiar término de Marshall, “caballeros”. Si “todo aquel que intenta promover enérgicamente la mejora de las condiciones sociales del pueblo es un socialista” entonces yo soy socialista declara Marshall. “Fui un socialista antes de saber algo de economía” y desde “entonces me he ido afirmando como un convencido socialista y he contemplado con admiración la vigorosa y desinteresada devoción al bienestar social mostrada por muchos de los hombres capaces que dirigen al movimiento colectivista.”[10] Valga agregar que el profesor de Cambridge también pide preservar la iniciativa privada. O sea, al final de cuentas, se pronuncia por algo así como un “capitalismo con rostro humano” (Minsky dixit). Pigou, que las oficiara de sucesor de Marshall, también funciona con preocupaciones sociales tratadas con un esquema conceptual conservador. En el mismo Keynes, aunque con un tono menos caritativo y en un marco conceptual diferente, la preocupación se preserva. Por detrás de todos ellos, está la influencia del socialismo de Mill y de los fabianos. O sea, la postura de un George Bernard Shaw y, más en general, del laborismo inglés.

                        A partir de este último punto: las críticas del autor a las posturas oficiales hoy dominantes, quisiéramos pasar a comentar un último aspecto.

                        En los tiempos que corren, que son tiempos en que dominan el pensamiento conservador y las fuerzas políticas más retrógradas, podemos observar una conciencia social altamente ideologizada y manipulada. O sea, abundan los mitos y visiones deformadas de la realidad. Por ejemplo, todos los días podemos ver o leer de las absorciones o fusiones que tienen lugar entre grandes corporaciones. Y, a la vez, escuchamos toda clase de loas a la competencia perfecta, sobre la necesidad de “mantenerla” (¿?) o, de seguir avanzando hacia ella. O sea, lo que es un mundo en que dominan las estructuras oligopólicas, se nos presenta como un mundo en que impera la libre competencia.

                        Así las cosas, tenemos que hablar de un mundo en que campean la “falsa conciencia” o “conciencia alienada”. Algo que se logra por la vía de presiones coactivas, muy poco democráticas, de presiones mercantiles y, sobremanera, con cargo al control monopólico que la clase dominante ejerce sobre los “mass media”, en especial la televisión.

                        En este contexto, valga destacar el impacto que en los Premios Nobel ha tenido el factor político. En los premios se dan, a veces, omisiones lamentables. En literatura, por ejemplo, hay escritores muy conspicuos que nunca recibieron el premio: casos de un Bertold Brecht, de un Jorge Luis Borges, de un Alfonso Reyes y quizá (porque aún, felizmente, sigue muy vivo) de Jorge Luis Amado. Y de otros que aquí no vamos a recoger. La rama de los Nobel de Economía no ha escapado a estos olvidos. Autores notables como Paul Sweezy y Paul Baran, han sido discriminados por sus posturas radicales y marxistas. Y en el campo no marxista, encontramos a profesores notables, como Joan Robinson, Nikolas Kaldor y Raúl Prebisch, ( es inconcebible que el forjador de la CEPAL no lo recibiera y sí se lo regalaran a Arthur Lewis) que también fueron omitidos. Como bien se ha dicho, la Academia sueca, especialmente en los últimos años, se ha tornado especialmente conservadora y , por lo mismo, suele castigar con el olvido a los economistas críticos. Bueno sería que el profesor Tijerina, en una próxima obra, nos hablara también de estos autores.[11]

                        Para la ciencia, no es bueno incurrir en posturas apologéticas. Y si aceptamos que la misión u obligación del intelectual  es alcanzar y difundir la verdad, ello también lo obliga a criticar con todo rigor a la ideología oficial hoy dominante. Esto, no obstante, es más fácil decirlo que practicarlo. De hecho, hoy vemos que el grueso del gremio se ha transformado en gente subordinada al poder y que, al final de cuentas, se presta a difundir mitos y a preservar la ideología dominante. En vez de luchar por la verdad, se venden por un plato de lentejas (a veces por platos de langosta) y contribuyen a extender esta conciencia alienada y falsa.[12]

                        Sobremanera, ese es el espíritu que reina en las universidades privadas. Por ello, hoy vemos que es en las Universidades Públicas (no en todas)  donde se ha refugiado el pensamiento crítico. Este, parece ser el último bastión de la verdad en materias socio- económicas y es este hecho el que también explica, en lo fundamental, los ataques (de organismos internacionales como el Banco Mundial, del Gobierno y del sector privado) que una y otra vez se escuchan contra de nuestras universidades, los repetidos afanes por debilitarlas e inclusive por llegar a privatizarlas.

                        Hoy, no es fácil defender la verdad y la conciencia crítica. Junto a un muy sólido conocimiento, se necesita también una muy fuerte dosis de honradez y de valor moral. Y esto – el valor moral- es algo que también debemos agradecer al profesor Tijerina.



[1] Departamento de Economía, UAM-Iztapalapa.

[2] Eliézer Tijerina Garza, “Aprendiendo economía con los Nobel. Un exámen crítico”, Plaza y Valdés editores, México, 1999.

[3] Ibídem, pág. 14.

[4] Ibídem, pág. 14.

[5] Al analizar la obra de Hayek, nuestro autor critica severamente “los supuestos de dudosa validez” que maneja el economista austriaco. Asimismo, el tratamiento “fetichista” y apologético que le da a las economías de mercado capitalistas.

[6] Tijerina acepta la demostración de Arrow sobre las bondades del equilibrio general competitivo, para agregar de inmediato que esa demostración se hace a partir de supuestos del todo irreales: “la demostración corresponde a un mundo ideal o normativo; en consecuencia, es incorrecto decir que la teoría económica ha demostrado que el funcionamiento de las economías de mercado reales alcanzan un equilibrio con eficiencia óptima”. Cf. ob. cit., pág. 47.

[7] Entrevista en radio UNAM, 7/9/1999.

[8] Y tal vez demasiado poco –para nuestro gusto- a autores como Tobin y Solow.

[9] A. Marshall, “El porvenir de las clases obreras”, en Obras Escogidas, pág. 213. FCE, México, 1978.

[10] Ibídem, pág. 211.

[11] Si de pliegos petitorios se trata, nos atreveríamos a adicionar otra demanda académica: ¿Qué tal un libro que repasara a los mayores de todo el siglo: un Keynes, una Joan Robinson, un Schumpeter, un Paul Sweezy, un Mijail Kalecki, un Rudolf Hilferding u  otros de semejante tamaño?  ¿O bien, que repasara los mayores de América Latina, como un Prebisch, un Aníbal Pinto, un Jorge Ahumada, un Noyola, un Furtado y otros? ¿No es acaso bueno cultivar a nuestros clásicos, volver a ellos una y otra vez?

[12] Al decir de Celso Furtado, “las estructuras de poder procuran cooptar a los hombres de ciencia”. Agregando que “ya no se corre el riesgo de la hoguera, como en tiempos de Galileo, sino el de permitir ser cooptado o seducido por prebendas”. Ver Celso Furtado, “El capitalismo global”, págs. 12 y 16. FCE, México, 1999.

1