Indolencias
Pruebas todas de que la muerte existe
para la sustancia; mas la palabra es linfa divina, de ahí que Juan supiera lo
prístino del verbo.
***
Quisiera
tener la certeza de tu ser
cercano más
solo estoy expectante.
Grito
de la otredad, demonio mudo: apenas sílabas susurras sin soñar, cegadas con el
viento de una mueca indescifrable. Cotidiano rito del que no conozco el credo.
Vuelve si la maraña de palabras me ató a tu lejanía.
Ven si tu ausencia no conoce el eco de mi garganta.
Anda, que el tiempo me come los ojos entre signos que invocan en lenguas angélicas.
***
¿Adónde huir del olor de tu piel, nuevo Dios creado al inmiscuirse entero, en mañanas grises de octubres muertos, repletos de seres rondando por la casa, ahora que te muestras como ya no serás nunca, pero todo emana tanto tu aroma que me descubro a cada paso convertido en lo que de tuyo amé, mientras eres otra que nadie, ni tú, concibe?
***
¿Qué
queda
De mañanas tibias
De tu cuerpo sudoroso
Junto a un fantasma?
***
La
urbe de frío tiene luz de farolas, única compañera de quien busca bajo su
piel pegajosa y tibia. Papel y pluma se hermanan al desconcierto, acompañan la
espera de seres inciertos.
—
¡Pero qué callada es la existencia de quien –en noche desértica– aguarda
a quienes conocen su nombre!
¡El
pobre cree estar salvo del juego violento!
Late
una certeza con fe ciega en destino claro: lo peor no ha sucedido.
— Qué triste es ser humano donde todo el mundo es otra cosa.