Tríptico Adán
Luego
de comer el fruto prohibido salió del Edén. Sus pasos lentos nunca imaginaron
el tormento de la eterna búsqueda. Su alma recelosa se volcaba completa en odio
contra Dios y los ángeles, sin idea alguna de arrepentimiento. Él, hombre
gigante, usurpador del poder divino –sin atisbar siquiera la cantidad de
golpes por sufrir–, aún no percibía su ser mortal, lloraba la ausente
esperanza de volver –tan siquiera a mirar de lejos – el árbol central del
paraíso.
Siguió, fija la vista delante, en su avidez. Eva corría tras él, lo buscaba
con ardor; pero sus cortos pasos, la falta de costumbre a la túnica o quizá la
vergüenza, se lo impidieron. Ni un segundo lo perdió de vista, tratando –inútilmente–
de llamarlo, Adán caminaba tan ensimismado que confundía el canto de las aves
en los gritos de ella.
Pasaron días desiertos, montes, ríos, sendas; al fin descansó sobre una
piedra. Eva –junto a él– lo miró a los ojos sin poder decir nada. Dos
seres extraños, objetos sin función alguna.
Adán descubrió el hambre, un dolor en el sitio donde volaron mariposas cuando
comió del fruto. Trató de fundar la palabra, de imaginar el placer, el tacto,
encontrar algún modo de comprender y explicarle que estaban irremediablemente
juntos. Nada dio resultado.
Dos árboles de distinta especie plantados en huertos vecinos.
***

Si
la memoria de la tierra no miente, si tienen razón las aves –entidades
sabedoras desde la creación–, el padre del hombre lloró sólo dos veces. Y
como para el llanto no hay tiempo, ninguna fue antes ni después, cada lágrima
suya pudo ser un mar o un lunar efímero en el polvo.
Nunca
las piedras han negado haber escuchado el grito, y visto con su innato mutismo
la desheredad innoble a que fue expuesto, luego de comer del fruto central del
paraíso…
La
piel quemada de Lilit, ávida y a la vez repelente, desgarraba las miradas del
Adán –púber, candoroso–, capturándolas en cada uno de sus poros. De ahí
que el deseo –inextinguible, destructor– sea de la noche, del moreno manto,
de los ojos negros o, al fin, de la ausente luz.
Luego que Dios ocultara a Lilit hasta de las sombras, Adán –arrastrándose
como los animales– comenzó la tarea de cualquier cosa, recorriendo el Edén sólo
para cuidar que bestias de cielo, tierra y agua estuviesen bien. Como el tiempo
no existía, pasó así una eternidad creando la rutina. Hasta una noche que un
gemido de dolor hizo a Dios volver los ojos a su –olvidada– criatura: él, sólo,
se había arrancado una costilla, quizá intuyendo la muerte.
***
Apenas
puesto el primer pie fuera de la choza, Eva vio huir una serpiente. La asechanza
removió temores casi olvidados y clamó a Dios sin respuesta y Adán no le dio
demasiada importancia. Mas el alma de ella quedó suspendida en dudas, las
palabras de la condena nada le ponían en claro. El creciente desconcierto se
volvía pánico, Eva esperaba en cada vuelo de las aves, en cada sonido del
viento que surgiera la respuesta, suponía
lo fatal.
Adán trataba de apaciguar su alma con las palabras que ocupaban a diario, pero
nada daba resultado, esos sonidos eran vacíos, nada había en ellos. Una tarde,
cuando Eva regresaba de cerrar el cerco de los corderos, una piedra filosa se
enterró en su calcañal. Al entrar a la choza notó que el rastro de sangre era
sinuoso, había llegado a su casa dando tumbos por una serie de mareos
incontrolables. Fue la única sangre que brotó de su cuerpo por mucho tiempo.
Entonces, buscaba con ardor la compañía de Adán y él se le desprendía
algunas horas, que ella ocupaba sólo para dormir y llorar. Ahora sabía de las
palabras divinas; volvieron a su cabeza con todo sentido. Pero de la noche a la
mañana sentía repulsa por su nueva condición; era una Eva inimaginable, era
ella y el otro ser que moraba en su vientre.
Un día la serpiente regresó para hablarle al oído; la esperaba sin saberlo,
por ello se asía a los brazos de Adán. La bestia se le escurría
entre las piernas, le recordaba de dolores, de partirse por el medio y
ella lloraba de pánico.