Jaime Sabines

Jaime Sabines (1926)


LENTO, AMARGO ANIMAL...

Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.


Amargo como esos minerales amargos

que en las noches de exacta soledad

--maldita y arruinada soledad sin uno mismo--

trepan a la garganta

y, costras de silencio,

asfixian, matan, resucitan.


Amargo como esa voz amarga

prenatal, presustancial, que dijo

nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,

que murió nuestra muerte,

y que en todo momento descubrimos.


Amargo desde dentro,

desde lo que no soy,

--mi piel como mi lengua--

desde el primer viviente,

anuncio y profecía.


Lento desde hace siglos,

remoto --nada hay detrás--,

lejano, lejos, desconocido.


Lento, amargo animal
que soy, que he sido.

 

Horal, 1950

 

 

 

YO NO LO SE DE CIERTO...

 

Yo no lo sé de cierto, pero supongo

que una mujer y un hombre algún día se quieren,

se van quedando solos poco a poco,

algo en su corazón les dice que están solos,

solos sobre la tierra se penetran,

se van matando el uno al otro.


Todo se hace en silencio. Como

se hace la luz dentro del ojo.

El amor une cuerpos.

En silencio se van llenando el uno al otro.


Cualquier día despiertan, sobre brazos;

piensan entonces que lo saben todo.

Se ven desnudos y lo saben todo.


(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo).

                                              

Horal, 1950

 

 

 

LOS AMOROSOS

 

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.


Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,

siempre, hacia alguna parte.

Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables.

Los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.


Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.

las venas del cuello se les hinchan

también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir

porque si se duermen se los comen los gusanos.


En la oscuridad abren los ojos

y les cae en ellos el espanto.


Encuentran alacranes bajo la sábana

y su cama flota corno sobre un lago.


Los amorosos son locos, sólo locos,

sin Dios y sin diablo.


Los amorosos salen de sus cuevas

temblorosos, hambrientos,

a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo,

de las que aman a perpetuidad, verídicamente,

de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.


Los amorosos juegan a coger el agua,

a tatuar el humo, a no irse.

Juegan el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse.

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.


Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,

la muerte les fermenta detrás de los ojos,

y ellos caminan, lloran hasta la madrugada

en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.


Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,

a mujeres que duermen con la mano en el sexo,

complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios

una canción no aprendida.

Y se van llorando, llorando

la hermosa vida.

 

Horal, 1950

 

 

 

 

NO ES QUE MUERA DE AMOR, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
Inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Nuevo recuento de poemas, 1977

 

 

 

 

 

 

ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES


PRIMERA PARTE

I

Déjame reposar,

aflojar los músculos del corazón

y poner a dormitar el alma

para poder hablar,

para poder recordar estos días,

los más largos del tiempo.


Convalecemos de la angustia apenas

y estamos débiles, asustadizos,

despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño

para verte en la noche y saber que respiras.

Necesitamos despertar para estar más despiertos

en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.


Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,

por eso es que este hachazo nos sacude.

Nunca frente a tu muerte nos paramos

a pensar en la muerte,

ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la

alegría.

No lo sabemos bien, pero de pronto llega

un incesante aviso,

una escapada espada de la boca de Dios

que cae y cae y cae lentamente.

Y he aquí que temblamos de miedo,

que nos ahoga el llanto contenido,

que nos aprieta la garganta el miedo.


Nos echamos a andar y no paramos

de andar jamás, después de medianoche,

en ese pasillo del sanatorio silencioso

donde hay una enfermera despierta de ángel.

Esperar que murieras era morir despacio,

estar goteando del tubo de la muerte,

morir poco, a pedazos.


No ha habido hora más larga que cuando no

dormías,

ni túnel más espeso de horror y de miseria

que el que llenaban tus lamentos,

tu pobre cuerpo herido.

 

 

 

II

 


Del mar, también del mar,

de la tela del mar que nos envuelve,

de los golpes del mar y de su boca,

de su vagina obscura,

de su vómito,

de su pureza tétrica y profunda,

vienen la muerte, Dios, el aguacero

golpeando las persianas,

la noche, el viento.


De la tierra también,

de las raíces agudas de las casas,

del pie desnudo y sangrante de los árboles,

de algunas rocas viejas que no pueden moverse,

de lamentables charcos, ataúdes del agua,

de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,

y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,

viene Dios, el manco de cien manos,

ciego de tantos ojos,

dulcísimo, impotente.

(Omniausente, lleno de amor,

el viejo sordo, sin hijos,

derrama su corazón en la copa de su vientre.)


De los huesos también,

de la sal más entera de la sangre,

del ácido más fiel,

del alma más profunda y verdadera,

del alimento más entusiasmado,

del hígado y del llanto,

viene el oleaje tenso de la muerte,

el frío sudor de la esperanza,

y viene Dios riendo.


Caminan los libros a la hoguera.

Se levanta el telón: aparece el mar.


(Yo no soy el autor del mar.)

 

III


Siete caídas sufrió el elote de mi mano

antes de que mi hambre lo encontrara,

siete veces mil veces he muerto

y estoy risueño como en el primer día.

Nadie dirá: no supo de la vida

más que los bueyes, ni menos que las golondrinas.

Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro,

hijo de Dios desmemoriado,

hermano del viento.

¡A la chingada las lágrimas!,dije,

y me puse a llorar

como se ponen a parir.

Estoy descalzo, me gusta pisar el agua y las piedras,

las mujeres, el tiempo,

me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba

(si es que tengo una tumba algún día).

Me gusta mi rosal de cera

en el jardín que la noche visita.

Me gustan mis abuelos de Totomoste

y me gustan mis zapatos vacíos

esperándome como el día de mañana.

¡A la chingada la muerte!, dije,

sombra de mi sueño,

perversión de los ángeles,

y me entregué a morir

como una piedra al río,

como un disparo al vuelo de los pájaros.

 

IV

 

Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,

Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata,

que se divierte arrojando dardos

a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,

a las ingles multitudinarias.


Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer

en la raíz del cuello, sobre la subclavia,

tubérculo del bueno de Dios,

ampolleta de la buena muerte,

y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.

El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,

es sólo un instrumento en las manos obscuras

de los dulces personajes que hacen la vida.


En las cuatro gavetas del archivero de madera

guardo los nombres queridos,

la ropa de los fantasmas familiares,

las palabras que rondan

y mis pieles sucesivas.


También están los rostros de algunas mujeres

los ojos amados y solos

y el beso casto del coito.

Y de las gavetas salen mis hijos.

¡Bien haya la sombra del árbol

llegando a la tierra,

porque es la luz que llega!

 

V

De las nueve de la noche en adelante,
viendo televisión y conversando
estoy esperando la muerte de mi padre.
Desde hace tres meses, esperando.
En el trabajo y en la borrachera,
en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
en su dolor tan lleno y derramado,
su no dormir, su queja y su protesta,
en el tanque de oxígeno y las muelas
del día que amanece, buscando la esperanza.

Mirando su cadáver en los huesos
que es ahora mi padre,
e introduciendo agujas en las escasas venas,
tratando de meterle la vida, de soplarle
en la boca el aire...

(Me avergüenzo de mí hasta los pelos
por tratar de escribir estas cosas.
¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

Quiero decir que no soy enfermero,
padrote de la muerte,
orador de panteones, alcahuete,
pinche de Dios, sacerdote de penas.
Quiero decir que a mí me sobre el aire...

 

VI

 

Te enterramos ayer.

Ayer te enterramos.

Te echamos tierra ayer.

Quedaste en la tierra ayer.

Estás rodeado de tierra

desde ayer.

Arriba y abajo y a los lados

por tus pies y por tu cabeza

está la tierra desde ayer.

Te metimos en la tierra,

te tapamos con tierra ayer.

Perteneces a la tierra

desde ayer.

Ayer te enterramos
en la tierra, ayer.

 

VII

 

Madre generosa

de todos los muertos,

madre tierra, madre,

vagina del frío,

brazos de intemperie,

regazo del viento,

nido de la noche,

madre de la muerte,

recógelo, abrígalo,

desnúdalo, tómalo,

guárdalo, acábalo.

VIII

 

No podrás morir.

Debajo de la tierra

no podrás morir.

Sin agua y sin aire

no podrás morir.

Sin azúcar, sin leche,

sin frijoles, sin carne,

sin harina, sin higos,

no podrás morir.

Sin mujer y sin hijos

no podrás morir.

Debajo de la vida

no podrás morir.

En tu tanque de tierra

no podrás morir.

En tu caja de muerto

no podrás morir.

En tus venas sin sangre

no podrás morir.

En tu pecho vacío

no podrás morir.

En tu boca sin fuego

no podrás morir.

En tus ojos sin nadie

no podrás morir.

En tu carne sin llanto

no podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

Enterramos tu traje,

tus zapatos, el cáncer;

no podrás morir.

Tu silencio enterramos.

Tu cuerpo con candados.

Tus canas finas,

tu dolor clausurado.

No podrás morir.


IX

 


Te fuiste no sé a dónde.

Te espera tu cuarto.

Mi mamá, Juan y Jorge

te estamos esperando.

Nos han dado abrazos

de condolencia, y recibimos

cartas, telegramas, noticias

de que te enterramos,

pero tu nieta más pequeña

te busca en el cuarto,

y todos, sin decirlo,

te estamos esperando.

 

X

 

Es un mal sueño largo,

una tonta película de espanto,

un túnel que no acaba

lleno de piedras y de charcos.

¡Qué tiempo éste, maldito,

que revuelve las horas y los años,

el sueño y la conciencia,

el ojo abierto y el morir despacio!

XI

Recién parido en el lecho de la muerte,
criatura de la paz, inmóvil, tierno,
recién niño del sol de rostro negro,
arrullado en la cuna del silencio,
mamando obscuridad, boca vacía,
ojo apagado, corazón desierto.


Pulmón sin aire, niño mío, viejo,

cielo enterrado y manantial aéreo

voy a volverme un llanto subterráneo

para echarte mis ojos en tu pecho.

 

XII

 

Morir es retirarse, hacerse a un lado,

ocultarse un momento, estarse quieto,

pasar el aire de una orilla a nado

y estar en todas partes en secreto.


Morir es olvidar, ser olvidado,

refugiarse desnudo en el discreto

calor de Dios, y en su cerrado

puño, crecer igual que un feto.


Morir es encenderse bocabajo

hacia el humo y el hueso y la caliza

y hacerse tierra y tierra con trabajo.


Apagarse es morir, lento y aprisa

tomar la eternidad como a destajo

y repartir el alma en la ceniza.
XIII


Padre mío, señor mío, hermano mío,

amigo de mi alma, tierno y fuerte,

saca tu cuerpo viejo, viejo mío,

saca tu cuerpo de la muerte.


Saca tu corazón igual que un río,

tu frente limpia en que aprendí a quererte,

tu brazo como un árbol en el frío

saca todo tu cuerpo de la muerte.


Amo tus canas, tu mentón austero,

tu boca firme y tu mirada abierta,

tu pecho vasto y sólido y certero.


Estoy llamando, tirándote la puerta.

Parece que yo soy el que me muero:

¡padre mío, despierta!

 


XIV


No se ha roto ese vaso en que bebiste,

ni la taza, ni el tubo, ni tu plato.

Ni se quemó la cama en que moriste,

ni sacrificamos un gato.


Te sobrevive todo. Todo existe

a pesar de tu muerte y de mi flato.

Parece que la vida nos embiste

igual que el cáncer sobre tu omoplato.


Te enterramos, te lloramos, te morimos,

te estás bien muerto y bien jodido y yermo

mientras pensamos en lo que no hicimos


y queremos tenerte aunque sea enfermo.

Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos

a no ser habitantes de tu infierno.

 

XV

 

Papá por treinta o por cuarenta años,

amigo de mi vida todo el tiempo,

protector de mi miedo, brazo mío,

palabra clara, corazón resuelto,


te has muerto cuando menos falta hacías,

cuando más falta me haces, padre, abuelo,

hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,

pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.


Te has muerto y me has matado un poco.

Porque no estás, ya no estaremos nunca

completos, en un sitio, de algún modo.


Algo le falta al mundo, y tú te has puesto

a empobrecerlo más, y a hacer a solas

tus gentes tristes y tu Dios contento.

XVI


(Noviembre 27)

 

¿Será posible que abras los ojos y nos veas

ahora?

¿Podrás oírnos?

¿Podrás sacar tus manos un momento?


Estamos a tu lado. Es nuestra fiesta,

tu cumpleaños, viejo.

Tu mujer y tus hijos, tus nueras y tus nietos

venimos a abrazarte, todos, viejo.

¡Tienes que estar oyendo!

No vayas a llorar como nosotros

porque tu muerte no es sino un pretexto

para llorar por todos,

por los que están viviendo.

Una pared caída nos separa,

sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.

 

 

XVII

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.


Eras, cuando caía, eras mi abismo,

cuando me levantaba, mi fortaleza.

Eras brisa y sudor y cataclismo,

y eras el pan caliente sobre la mesa.


Amputado de ti, a medias hecho

hombre o sombra de ti, sólo tu hijo,

desmantelada el alma, abierto el pecho,


Ofrezco a tu dolor un crucifijo:

te doy un palo, una piedra, un helecho,

mis hijos y mis días, y me aflijo.

 

 



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