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REFLEXIÓN
TIEMPO ESPECIAL PARA CADA UNO
María Elena Hernández de Chávez
Una noche, cuando me disponía a dormir, me encontré en mi buró
una nota de mi hijo adolescente de catorce años que decía así:
Mamá: como las relaciones entre tú yo van de mal en peor, he
decidido no volverte a hablar nunca jamás, sólo para lo
estrictamente indispensable... firmado: tu hijo.
¡Ah caray!, me dije, ¡esto es una declaración formal de guerra!
Obviamente, el diálogo entre hormonas (las suyas adolescentes y
las de mis cuarentas) no eran en ese momento el mejor caldo para
encontrarnos en una mínima armonía. El estaba muy enojado, yo
también, y ambos con mucho dolor.
¿Por qué las cosas llegaron a estos puntos tan álgidos?... No lo
sé del todo. Se supone que los papás tenemos todas las
respuestas, y si no, las inventamos. Pero la verdad, en nuestro
caso, las cosas nos tenían hechos nudos. La falta de
comunicación con mi hijo en esos momentos me confundía.
Afortunadamente, de algo sí estaba segura: me dolía mi relación
con él y me avergonzaba que mi esposo y nuestra hija respirasen
en casa malos modos y contestaciones... Ahora ya sé que ese
dolor y enojo no eran otra cosa que el censor del mucho amor
frustrado que ambos, mi hijo y yo, no dejábamos asomar.
Pero, ¿quién es el que no dejaba asomar el cariño? ¿Acaso mi
hijo tenía la responsabilidad de cultivar el mío? ¿Qué el adulto
era él y yo la que me hacía la lastimada?
Confieso que me resistía a contestar estas preguntas y, con mi
ego dolido, mejor me iba a pasear por los cómodos y rebuscados
terrenos de la racionalidad adulta. Así, me sumía deliciosamente
en el océano interminable de las ‘explicaciones lógicas a lo que
no es lógico’: Es que siempre fue un chico hiperactivo,
inalcanzable en sus travesuras, había que estar deteniéndolo en
temeridades o verborreas a veces excesivas... en serio, es
agotador seguir su ritmo... debimos de haberlo mandado un año de
interno para que nos extrañara... es que gruñe todo el día,
siempre le quedamos a deber, todo es una injusticia... es que su
fuerte impulso por iniciar su independencia de la autoridad la
ensaya cruelmente con nosotros. ... claro, mi esposo tiene su
propio punto de vista y además él no la lleva del todo mal con
nuestro hijo y sólo se fastidia de estar interviniendo ’entre
dos fuegos’... ¿Cómo y qué hago? Si nunca he sido mamá de
adolescentes, mis papás ya murieron, y además, yo también
recuerdo haberles casi odiado en esa edad..., etcétera,
etcétera, etcétera. Todo esto y muchas otras razones me tenían
muy ocupada, pero en la realidad, poco me ayudaban a resolver el
malestar que había llegado a niveles peligrosos en mi familia.
Es bien cierto que muchas veces, las especulaciones racionales
de los papás más que todo lo que hacen es enunciar
justificaciones autoritarias, acusar a nuestros hijos y
propiciar que la relación se aleje, se enfríe o, en el peor de
los casos, orille a dolorosas rupturas.
Sin embargo, y afortunadamente, paralelo a todo aquel círculo
vicioso al que habíamos llegado, una gran nostalgia palpitaba
también en mi corazón por el gran cariño vivido con mi hijo en
muchos momentos de su infancia. Supongo que ese cariño comenzó a
hablar y a aclarar mi mente; en este sentido, iba entendiendo
que si se estiraba más la liga, el asunto no terminaría en buen
fin, ni para él ni para ninguno en la familia. Comprendí que,
como esposa y madre, estaba más en mí evitar la ruptura ya que,
bien conocemos las mujeres que a nosotras se nos facilita más el
ser tierra y base; que tenemos la casa en nosotras y que la vida
nos ha dotado de singulares y valiosas herramientas para
construir, rescatar, conservar y acrecentar la armonía familiar.
Estoy convencida de que el parte aguas que marcó el inicio de la
relación cariñosa y articulada que hoy disfruto con mí hijo de
dieciocho años partió desde lo siguiente:
Por un lado, mi esposo y yo fuimos formados en la idea de que el
matrimonio y la familia son para toda la vida y de que nada ni
nadie se debe meter entre nosotros (sea lo que sea: dinero,
enfermedad, parientes, amistades, etc.). Comprendemos que en las
crisis no se valen golpes bajos y que en las ocasiones en que el
agua sube a riesgos de derramarse, es válido acudir a los
padrinos de boda u otro profesional para que nos aclaren las
cosas. Tenemos la certeza de que la única salida a cualquier
problema, etapa o crisis, no es hacia los lados, sino únicamente
hacia delante y que, en un momento dado, cuando se pudiesen
desfasar las partes en una familia, se debe cambiar de etapa,
mas nunca de pareja o de familia. También, estamos convencidos
de que fuera de la familia todo puede estar aún peor y, por todo
esto, para remedio de todo mal, no hay mejor recurso que el
afecto al interior de la familia.
Sumado a lo anterior, hemos tenido el inmenso regalo y
privilegio de haber sido cultivados en el valor de la pareja y
de la familia por nuestros padrinos de boda, verdaderos maestros
de vida. Ellos, con gran cariño y valores sólidamente cimentados
en el amor cristiano, nos siguen aportando un esencial
instrumental de relación humana y crecimiento personal el cual
ha sido invaluable para nuestra familia... ¡oro puro para el
corazón!
Sobre estas bases, estaba en mí iniciar la construcción de una
nueva etapa en la relación con mi hijo, y para ello me dije: una
nueva etapa, no un nuevo hijo o nueva mamá. Esto significaba que
era necesario encontrar otro ámbito de relación. Con todo el
apoyo de mi esposo y mi corazón de madre, hice lo siguiente:
Lo primero era acercarme a mi hijo, no como autoridad, sino
desde mi propio sentimiento de amor hacia él, procurando ver
únicamente lo positivo que sí conocía en él, que era mucho, y
compartiéndole mi deseo vehemente de eliminar de la convivencia
lo que había estado haciendo yo para propiciar esas tensiones
familiares. Es decir, para comenzar acepté que el adulto era yo
y no él, y que las bases de nuestra relación las había impuesto
yo, sin preguntarle mucho a él. También acepté que algo en todo
esto no estaba funcionando, pero que en realidad, no me
interesaba mucho averiguar exactamente qué era ese algo, sino
más bien ponerme a trabajar en los cimientos de una nueva
relación.
Entonces, también le escribí a mi hijo y dejé esa noche en su
buró la siguiente nota:
Mijodemicorazón:
Te quiero mucho, eres mi hijo varón, mi primer hijo y esto es lo
que más me importa. Sé que me quieres mucho y por eso te duele
que estemos alejados, y la prueba de esto es que te tomaste el
tiempo y tuviste la iniciativa de escribirme tus sentimientos y
dejarlos en mi buró, cerca de mi corazón.
No sé exactamente que es lo que nos ha alejado, pero sé que es
algo en la casa y también en mí que no me había dado cuenta y
que desde hoy voy a comenzar a cambiar. Sé que ya no quieres
hablar conmigo y respeto tu decisión. Estoy segura de que te
duele mucho haber llegado a eso y quiero que sepas que a mí
también me duele. Sin embargo, me gustaría que nos fuésemos tú y
yo a platicar a otro lugar que no sea en la casa... quiero
conocerte más. Sí te parece bien, te invito a comer; tú dime a
dónde quieres y cuándo. No te preocupes, mijo, ese lugar y
tiempo van a ser sagrados, sin regaños, rollos o consejos de
mamá educadora. Sólo quiero escucharte y platicar un poco.
Te quiero mucho,
Tu mamá
En ningún momento sentí que por ser honesta con mis sentimientos
estaría humillándome ante mi hijo o perdiendo su respeto, ¡por
supuesto que no! Lo que estaba intentando era apostarle a un
nuevo acercamiento en diferente contexto porque en la casa algo
viciado estaba gestando muchas tensiones y frustraciones de las
que todos éramos víctimas.
A la mañana siguiente de que leyó la nota, se acercó, me dio los
buenos días amablemente y me dijo que sí aceptaba la invitación.
Fue la mejor muestra de que creyó nuevamente en mí y de la
nobleza y cariño que tenía en su corazón. Esto me conmovió
profundamente y me hizo concluir que a los hijos les duele mucho
más el no sentir el cariño de sus papás, pues somos nosotros el
principal y todavía único afecto incondicional que tienen. Me
hice desde entonces el propósito de cumplir lo que había
escrito: ese nuevo espacio entre mi hijo y yo sería sagrado,
tiempo especial de los dos; nada ni nadie lo interrumpiría y
nada habría para mí más importante en ese momento.
Aprovechando que tenía mi hijo un especial interés en aprender a
manejar, le entregué las llaves del coche y me dejé sentir su
dama. Nos fuimos a comer a uno de sus restaurantes favoritos y
él se sintió complacido con ese comienzo de libertad. ¿De qué
platicamos en el restaurante? De nada y de todo, ligerito; mi
hijo hablaba, yo lo escuchaba y seguía y, si por algo se
presentaba algún silencio prolongado, procurábamos los dos
romperlo sutilmente con un dame una probadita... o ¿quieres
tantito pastel? Nada negativo se diría en mis palabras, (aunque
lo hubiese en el ambiente: la mesera, el servicio lento, el pan
quemado, el calor... etcétera; las mujeres muy fácilmente
ponemos el altavoz a nuestro cerebro); y sobre todo: nada se
aclaró, nada se aconsejó y nada se educó, pues éste no era el
momento para esas cosas.
¿Cuánto esfuerzo de ambos hubo en aquella primera ocasión? El
necesario. Mi hijo marcó la pauta en esto también. Fue tan
gratificante para los dos el saber que sí podíamos
reencontrarnos en otro espacio, que decidimos hacer lo mismo
todos los miércoles.
¿A dónde íbamos? A donde él sugería. Hasta que un buen día, él
mismo comenzó a decirme: Mamá, hoy vamos a donde tú quieras.
¿Cuánto tiempo duraban las salidas a comer?... A veces una hora,
a veces cuarenta y cinco minutos, a veces dos horas; él decía a
qué hora había qué regresar, yo apoyaba. Poco a poco comenzamos
a hablar de todo y empezó a compartirme su mundo, sus amistades
y hasta llegó a preguntarme mi punto de vista sobre algunas
situaciones.
A partir de ese día, y por varios años, salimos mi hijo y yo a
comer juntos todos los miércoles. Los dos esperábamos con gusto
ese día y definitivamente, estos momentos de calidad han sido la
mejor inversión para nuestra actual comunicación.
Esto se prolongó hasta que él quiso, pues obviamente entraron en
su vida otros intereses y yo no forcé el compromiso. Sin
embargo, pasó suficiente tiempo de miércoles juntos para que
esta actividad dejara bien cimentada en nosotros una nueva y
sana relación que ahora podemos disfrutar. Hoy en día, mi hijo,
ya adulto, me invita al cine, a conciertos y hasta en ocasiones
cortésmente me acompaña a algunas de mis ocupaciones. Platicamos
muy a gusto, y sobre todo, los dos sabemos que él cuenta conmigo
y yo con él.
Esto es un triunfo definitivo de vida. ¿Que cómo comenzó?, ¿si
cuando él aceptó?, ¿si cuando yo lo propuse? Es lo de menos. Lo
que importa es que en mi familia ahora todos sabemos cómo se
puede construir e integrar un nuevo espacio vital a nuestra
convivencia, y también, cómo ese nuevo espacio permea de salud a
todos los demás espacios familiares.
Nuestros miércoles también marcaron otro parte aguas en la
familia, sumando a nuestra hija a la idea e inaugurando los
jueves con ella. A su vez, mi esposo confirmó también sus
espacios y tiempos especiales para cada uno de nosotros en la
familia, los cuales nos han dado a todos una seguridad
diferente, más madura y libre, de lo mucho que nos queremos, y
la certeza de poder encontrar un nuevo espacio de afecto y apoyo
cuando se enfrente una crisis, nunca hacia los lados, sino
siempre hacia delante.
Resumo todo lo aquí dicho en una sola idea: La familia es el
mejor espacio de crecimiento para el ser humano, cuya
construcción es un camino cotidiano hacia adelante, en donde: lo
verdaderamente efectivo es lo afectivo.
¡Ánimo, mamás y papás! A ratos nos duele mucho a todos la
adolescencia, pero se puede construir bastante desde ella. En
nosotras está el iniciarlo.
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