
Me llamo Carolina y tengo 14 años. Hoy, después de clases, me pasó lo más
extraordinario que jamás me ha pasado.
Enfrente de mi salón está el aula de los de tercero de secundaria y allí
estudia el chavo más guapo que te puedas imaginar. Se llama Rogelio y tiene
15 años. Todos los días platicamos antes de entrar a clases; luego, durante
el recreo, estamos casi todo el tiempo juntos y, a la salida, nos sentamos
juntos en los escalones del colegio para esperar a que lleguen por nosotros.
En fin, nos llevamos súper bien y siempre me hace reír. He soñado con él
desde que empezaron las clases y hoy, por fin, se me declaró.
Al principio no lo podía creer, me quedé como zombi... y cuando estaba a
punto de decirle que sí, me acordé que en mi casa no me dan permiso de tener
novio hasta que cumpla dieciséis. Le dije que tenía que pensarlo y que
mañana le daría mi respuesta.
Cuando llegué a mi casa le conté a mis papás todo lo que pasó con Rogelio,
con la esperanza de que me dieran oportunidad para andar con él. Les
platiqué lo bueno que es, que nunca se pone borracho en las reuniones y que
jamás dice una palabrota enfrente de las niñas.
Aún así me dijeron que en la casa existen reglas establecidas que se deben
respetar y, una de ellas, es la de tener novio hasta los dieciséis. Yo me
sentí como sumergida en una botella de ácido muriático. No entendí porqué
estaban tan aferrados a esa regla y me enojé muchísimo con ellos, les grité
que ya no era una bebita y que podía tomar mis propias decisiones. Acto
seguido, me fui a mi cuarto y le di un cerrón a la puerta, tan fuerte, que
seguramente temblaron las ventanas de toda la cuadra.
Estuve llorando un rato sobre mi cama. Al cabo de quince minutos llegaron
mis papás y tocaron a mi puerta. Yo ya estaba mucho más tranquila para
entonces y platiqué con ellos. Fue una de las mejores conversaciones que
hemos tenido.
Mi papá me dijo que él, como hombre, conoce muy bien el mundo en que vivimos
y le preocupa que alguien pueda lastimarme o engañarme; que los hombres a
esta edad no piensan igual que las mujeres, y que podía resultar herida al
llevarme una desilusión. Me aseguró que los dos sólo desean lo mejor para mí
y que si me dicen que no puedo tener novio no es por arruinarme la vida,
sino porque me desean lo mejor.
También me dijeron que no están cerrados a la idea de que pueda tener novio,
simplemente están esperando que yo esté preparada para ello. Con esto se
refieren a que debo comprobarles, con hechos y no palabras, que soy
responsable y que pueden confiar en mí.
Cuando salieron de mi cuarto me sentí mucho mejor. Yo sé que mañana le
tendré que decir a Rogelio que no, pero la amistad con él continuará y eso
es lo importante.
Sé que no es suficiente tener cierta edad, sino cierta madurez, para empezar
un noviazgo. Sé que parte de la madurez viene de la edad, y que talvez
tendré que esperar. Ahora, debo prepararme bien para cuando llegue ese
momento, y demostrar a mis papás que de verdad pueden confiar en mí.
Primero, y aunque suene horrible, tendré que cumplir con mis tareas y
trabajos del colegio, pues salir bien en las calificaciones es la principal
consecuencia de una actitud responsable. Además, invitaré a mis amigos a la
casa, especialmente a Rogelio, para que mis papás los conozcan y vean que no
son nada del otro mundo; seré muy sincera con ellos, o sea, les diré a dónde
voy y con quién, sería pésimo que me cacharan en una mentira pues se vendría
abajo todo mi esfuerzo. Sobre todo, ya no haré mis berrinchitos, ni me
pondré a gritar como verdulera porque eso sólo demuestra que sigo siendo una
bebé.
Estoy segura que después de esto mis papás se darán cuenta de que pueden
confiar en mí. Yo sé que no se logra de la noche a la mañana; se requiere
mucho tiempo, pero si soy perseverante lo lograré. Ya entendí bien que mis
papás realmente buscan lo mejor para mí y no son obstáculos como yo pensaba,
más bien son mis aliados.
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