LA MORAL Y DOCTRINA DE LA IGLESIA CATOLICA

DOMINGO DE SEPTUAGESIMA

20 DE ENERO DE 2008

 

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SERMON DOMINICAL

Queridos Hermanos:

 

 Nuestros padres todos caminaron a la sombra de la nube, y todos pasaron el mar y todos fueron bautizados en la nube y en el mar por Moisés; todos comieron el mismo manjar  espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual (porque bebían de la piedra que les iba siguiendo, la cual piedra era Cristo). Pero no en todos se agradó el Señor.

 

Dios nos llama a todos a trabajar en Su viñedo. Algunos los llama antes y a otros después, pero todos somos llamados. Y los que trabajan en su viñedo reciben su recompensa según su desempeño. Sin embargo, como nos indica San Pablo en la Epístola de hoy, con la mayoría de ellos Dios no estaba contento. En el evangelio vemos que los que trabajaban mas no estaban contentos con su pago aún recibiendo lo que habían ellos mismos acordado. Al final del día su naturaleza caída les permitía ser envueltos por la envidia. No estaban de acuerdo que quienes trabajaban una hora recibieran el mismo pago que ellos recibían por trabajar más tiempo.

 

Estas pobres almas no fueron capaces de ver la bondad de su amo al darles a quienes se encontraban en necesidad de recibir un salario por día aunque laboraran sólo unas horas. Su alma estaba separada de la caridad. Y debido a esta falta de caridad el valor de su salario fue privado de su verdadero valor. Conservaban el valor material del salario, sin embargo, el valor espiritual fue erosionado por su envidia, al grado de no encontrar placer ni alegría en lo que poseían toda vez que vieron que todos tenían lo mismo que ellos.

 

El viñedo de sus corazones no fue diligentemente liberado de la maleza. Permitieron que los vicios se enraizaran y creciera en sus corazones.  Una “escarda” superficial nunca es suficiente. Muchísimos jardineros sin éxito tratan de eliminar las hierbas al cortarlas de manera superficial y sólo arrancando la parte alta de esta, dejando las raíces fuertemente sujetas a la tierra. Tiene la apariencia de un buen jardín, pero solo son una ilusión.  Las hierbas regresarán más fuertes que antes y se llevaran más nutrientes de la tierra. Crecerán altas y fuertes y robaran la luz del sol. Si queremos salvarnos debemos no cuidar nuestro jardín como lo hace el resto de los hombres. La mayoría se conforma con una vida espiritual superficial. La minoría nunca está satisfecha con la superficialidad, sino que constantemente buscan eliminar de raíz los vicios de sus corazones, hasta el más mínimo detalle. Los vicios obvios no están tan cerca de ser peligrosos como los vicios que se esconden en lo profundo de nuestro corazón.

 

Nuestros padres en la fe que dejaron la esclavitud de Egipto y viajaron por cuarenta años en el desierto con Moisés fueron igualmente privados del valor espiritual de su recompensa porque permitieron a su naturaleza caída colocar obstáculos en el camino de la práctica de la verdadera caridad. Por eso es que san Pablo dice: “pero no con todos se agrado el señor”.

De los 600 000 israelitas que salieron de Egipto, sólo dos, Josué y Caleb, entraron a la tierra prometida, todos los demás murieron en el desierto.

 

Esto es verdaderamente una señal para nosotros como cristianos. Dios amo a los israelitas como la gente escogida y manifestó todo tipo de bendiciones sobre ellos.  Todos fueron invitados a entrar a la ciudad maravillosa de Canaán que contaba abundantemente con leche y miel. Sin embargo de esos 600 000 que después de partir de Egipto ya habían crecido en edad, sólo dos Josué y Caleb entraron a la ciudad prometida. Qué cantidad tan reducida! ¿Por qué? Porque fueron ingratos a las bendiciones de Dios y siempre regresaron a sus pecados anteriores.

 

Lo mismo sucederá con todos los cristianos que no aprovechan todas las bendiciones que Dios envía para su salvación, serán excluidos del reino de los cielos. Y así como más de medio millón de israelitas sólo dos entraron a la tierra prometida, de la misma manera sólo algunas personas o algunos cristianos entraran al Cielo. Cristo enfáticamente dice en el evangelio: “Muchos son los llamados pero pocos los elegidos”.  Como la gran mayoría de cristianos no viven de la manera requerida para la salvación, no necesitamos maravillarnos al saber que la mayoría se perderá.

Si no queremos perdernos entre la multitud de quienes se han de condenar, y salvarnos con la minoría, debemos trabajar con gran ahínco nuestra salvación. Debemos tomar en serio las palabras de Jesucristo: “el reino de los cielos esta en tensión y los esforzados lo arrebatan” (San Mateo 11:12). Las personas mundanas en busca de bienes materiales y pasajeros no gastan un solo instante en procurar ni sufrir por lo bueno. A este grado debemos tomarlos como a nuestra regla. Imitemos a los santos de Dios, que sus actos heroicos nos animen y den fuerza. Como ellos trabajemos constantemente con valor y perseverancia. El Cielo bien que lo vale!.  

 

Así sea.

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