Choque


Jorge Gaspar

     Le pegó arriba del estómago, ahí donde le había dicho su hermano el que sabía de todo; pero sintió duro y le rebotó la mano.  El otro nada más se agachó, dijo uf, se hizo un poquito para atrás y se le dejó ir con un puñetazo y una patada.  El puñetazo le pasó junto a la oreja y la patada apenas la vio de reojo, porque ya iba encorchado corriendo hacia  el salón.  Pasó entre los árboles y vio que el otro se le acercaba. Cruzó un círculo de niños, empezó a sentir los pasos pegaditos a él, giró bruscamente y le tumbó la gelatina a una niña.  Pensó que el salón estaría vacío y no le daría ningún refugio, así que se dirigió a la Dirección.  Se adelantó un poco al dar vuelta en el corredor, bajó las escaleras y brincó sobre un niño sentado.  Volteó a ver todo lo que había saltado. 

     Cuando giró la cabeza hacia el frente, se le oscureció la carrera.  Todo negro y luego gris oscuro con pelusas blancas, un botón negro en la frente, el ojo y la boca aplastados.  El sonido hueco del golpe le recordó aquella guayaba del tamaño de su mano, cuando la dejó caer en el bote de basura porque la maestra Rocío lo obligó a tirarla.  Era hora de clase y tenía la guayaba escondida bajo el mesabanco, pero taquechi el gordo le dijo a la maestra está comiendo y ella lo regañó y le dijo que la tirara.  Él contestó que no, que ya no iba a comer en clase, ella repitió que la tirara y fue la única vez que le gritó; él sintió mucha tristeza.  Fue al frente con la guayaba mordida y la soltó en el bote vacío que sonó hueco.  Los demás se rieron.  A él se le salieron las lágrimas de vergüenza.

     Ahora sonaba igual, él salía rebotado, sintiendo el sabor de las pelusas en la boca.  Le llegó ese olor a perfume y se dio cuenta que era la maestra Rocío.  Volteó hacia arriba mientras ella subía los brazos despacito, con los ojos cerrados y el pelo levantándose como una sábana negra. 

     Ella alcanza a tomarlo del chaleco.  Él queda con la cabeza echada hacia atrás, justo cuando el otro pasa corriendo, como yendo a otro lado.  Ella jala aún más del chaleco y dice cuidado y él empieza a levantarse hasta estar vertical de nuevo.  El impulso lo regresa al suéter gris con pelusas blancas, pero ahora no es un golpe sino un abrazo y ella lo aprieta mientras le pregunta te lastimaste y le queda la mejilla aplastada contra su pecho.  Huele otra vez el perfume y se agarra de su cintura y aprieta más la cara contra el pecho y se queda así, sin moverse, con los ojos cerrados.

     Hasta que ella lo separa y tiene que empujar con firmeza para que la suelte.  Él abre los ojos y se da cuenta que está en el corredor, con maestras y niños mirándolos, algunos riendo.  Ella le pasa la mano por el pelo y él está contento aunque se le salen las lágrimas, como la vez de la guayaba, cuando le gritó.  Pero ahora le pregunta quedito te lastimaste y él mueve la cabeza y la vuelve a perdonar, pues ya la había perdonado antes cuando salió al recreo, recogió su guayaba de la basura y la enjuagó para comérsela. 

     Ella le limpia las lágrimas con los pulgares.  Él sonríe.  Se seguirá acordando de la mejilla contra su pecho.

 

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