Danzón


Jorge Gaspar

La tarde se vaciaba.  A lo lejos, se oía el segundo de Arturo Márquez.  Ella se levantó para tirar algo y alcé la vista cuando regresaba.  Me veía y la miré.  Caminaba con un balanceo de la cabeza en cada paso. No había parque ni tarde, sino sus brazos en péndulo, caderas ondeando, sólo su cuerpo en movimiento.

Uno, alzó las cejas y las comisuras de los labios, Dos el aire le tiró el cabello en la cara y ella se lo quitó con un ademán blando, Tres su pie tropezó en un saliente, pisó a un lado y abrió los brazos como planeando, Cuatro nos reímos y allí estaba despeinada frente a mí, mirándome hacia abajo con un resto de risa en los ojos.

Pensé que se iba a sentar en mis piernas pero se sentó a un lado.  Miró alrededor prolijamente, como buscando algo.  No quería encontrar conocidos.  Yo tampoco pero no iba a dejar que se notara.

Me miraba.  No se me ocurría nada para decirle, pero ella siempre encuentra con qué llenar los silencios.  No la escuchaba, veía su boca abrir y cerrar, sus incisivos vistiéndose, los labios adelante y atrás.  Se dio cuenta que no la oía y me empujó con el codo. Miró mis labios y empecé a hablar y nos mirábamos las bocas y lo que yo decía me acercaba a ella aunque no tenía nada que ver.  Y puso su nariz en mi pómulo, cerca los labios, respiraba su aire cabello en mi oreja los hombros juntos busqué su boca.  Y la sentí temblar, enderezarse. Rechazó mi pecho empujando fuerte con su mano. Luego un pedazo de banca en el medio.

No era la de siempre, la de todos los domingos.  Reunión obligada besito en la mejilla, la misma sobremesa: que los niños o los toros o el precio de los carros; algún reducto común de temas, distancia tenuemente establecida.

Recorrí el espacio de banca, intimidado o atraído por la idea de otro rechazo.  Me quedé cerca, sin mirarla.  Ella no quiso llenar este silencio.  Vi el reloj y di la hora, dije no es tarde o hace frío o va a oscurecer.  Me besó.  Un beso firme con sus labios apenas abiertos, apretados fuerte contra los míos.  Puso su mano en mi hombro. La tomé de la nuca con las dos manos, los pulgares delante de las orejas y sentí la base de su cráneo, los músculos tirantes del cuello, su cabeza bajo el cabello largo.  Supe que era tibia, tenía volumen y estaba ahí, cercana concebible y yo podía rodearla sin tener que apartarme o desviar la mirada.  Toqué su lengua con mi lengua, hice paso en la rendija de sus dientes.  Acercó su cuerpo, respiró profundo y abrió su boca con sabor a ocaso y a futuro.

Hablábamos un poco, algunas miradas si no había nadie. La alianza empezaba cuando estaban todos, teníamos que hacer el comentario inconveniente, irritarlos para reducir el tedio. Hay que ignorar la suspicacia. Aquí no pasa nada.

Abrí los ojos y ella me observaba.  Miraba desde muy lejos a través de mí.  Me mordió el labio con fuerza.  Traté de zafarlo pero ella me detuvo.  Apretó los dientes y sentí que la piel se rompía, sabor a sangre, una cinta de dolor recorrió mi espalda.  Su cara aplastaba la mía, la cinta explotando en la cabeza y vi sus ojos apretados pero había algún murmullo entre sus dientes y mi labio, la apreté a mi vez y sentí sus pechos alguien puede vernos cómo explicarlo, el dolor bajó a los testículos y ahí se quedaba, punzante, y yo no sabía qué hacer, si jalar o aguantarme cuando me soltó de repente y pasó su palma por mi rostro, quiero pegarle pero cómo golpear a la mujer de mi hermano que se levantaba antes que yo cerrara el puño y alguna lágrima le saldrá aunque no estoy seguro, lo que sí tenía era sangre en el mentón, lamí la herida y vi que se levantaba sin prisa frotándose el cabello.

Empezó a caminar, balanceando la cabeza levemente.  La música y la tarde se acababan. Ella se alejó sin voltear a verme.

 

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