Dios está aburrido


Jorge Gaspar

     Dios está aburrido y no sabe qué hacer.  El tiempo le pasa dolorosamente.  Los planetas giran con lentitud, los sistemas solares se mueven aún más despacio y las galaxias parecen inmóviles de tan poco que se trasladan.  No es cierto que el tiempo no pasa para Dios. No, no es cierto.  El tiempo es igual para él; aún más lento, pues tiene conciencia de cada segundo desde que empezó a tener conciencia.

     Dios no se piensa como dios.  Está solo y sólo piensa en él.  Casi no hay nada más en lo que pueda pensar. 

     Como está aburrido, se inventa átomos, estrellas, planetas.  Se cuenta historias de seres que lo habitan.  Algunas son buenas y las recuerda.  Otras no valen la pena, pero los seres que imagina son capaces de imaginar sus propias historias y en esas historias lo distorsionan a él.  Lo imaginan bueno, malo, indiferente.  Y él se da cuenta que es imaginado y siente menos su aburrimiento.  Pero nada dura y él se olvida.  Vuelve a estar consciente de cada momento, de cada movimiento universal.

     Imagina que sus seres mueren porque él no sabe si alguna vez va a morir.  Eso es lo que más desea: dejar de estar inmóvil, encerrado, concentrado en sí.  Dejar de oír los giros lentos, las pequeñas explosiones, los desvanecimientos silenciosos de todas sus partículas.  Pues en eso consiste su conocimiento: en discernir cada minúsculo cambio de su materia.

     De alguna forma sabe que se expande, que la piel de nada que lo rodea se ensancha sin descanso.  Se siente cada vez más estirado, borroso; cada vez más hueco.  Fuera de él no hay nada, aunque no puede saberlo porque en él termina su conocimiento.  Imagina, y es lo que más le gusta, que alguna vez se dilatará lo suficiente para tocar la piel de vacío de otro dios como él, que también está solo y no sabe lo que hay afuera.  Y que sus pieles se tocarán, y sus partículas se irán entremezclando.  Tal vez entonces se unan las dos conciencias, o se subyugue una, o las dos desaparezcan.  Y ese fin tiene un atractivo infinito.  Pudiera ser un lento despanzurrarse o una explosión inenarrable.  Pero entonces, por fin, podría dejar de mirarse en el espejo inmóvil que es él mismo.

     Pero la imaginación se detiene y él sigue escuchando, palpando, auscultándose.  El polvo se separa, las estrellas desaparecen, las galaxias giran.  Y él inmóvil, atento, acechándose.  Hasta que pueda imaginar alguna otra cosa que lo haga olvidarse, que le quite la angustia de estar siempre consciente.  Hasta que sienta que se mueven seres pequeños, perdidos muy dentro de él.  Seres que gritan, vociferan, lloran e imaginan que hay un Dios que los mira y se preocupa.  Imaginan a un dios salvador, mesías vicario, redentor universal.  Pero Dios no entiende, se fatiga, está más sólo y más aburrido.  Se sacude y algunas novas vibran, varias estrellas se apagan, la piel se le estira otro poquito hacia el vacío. 

     Dios dormita en sus entrañas.

 

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