Dios está aburrido y no sabe qué hacer. El tiempo le pasa
dolorosamente. Los planetas giran con lentitud, los sistemas solares se
mueven aún más despacio y las galaxias parecen inmóviles de tan poco que se
trasladan. No es cierto que el tiempo no pasa para Dios. No, no es
cierto. El tiempo es igual para él; aún más lento, pues tiene
conciencia de cada segundo desde que empezó a tener conciencia.
Dios no se piensa como dios. Está solo y sólo piensa en él.
Casi no hay nada más en lo que pueda pensar.
Como está aburrido, se inventa átomos, estrellas, planetas. Se cuenta
historias de seres que lo habitan. Algunas son buenas y las recuerda.
Otras no valen la pena, pero los seres que imagina son capaces de imaginar sus
propias historias y en esas historias lo distorsionan a él. Lo imaginan
bueno, malo, indiferente. Y él se da cuenta que es imaginado y siente
menos su aburrimiento. Pero nada dura y él se olvida. Vuelve a
estar consciente de cada momento, de cada movimiento universal.
Imagina que sus seres mueren porque él no sabe si
alguna vez va a morir. Eso es lo que más desea: dejar de estar inmóvil,
encerrado, concentrado en sí. Dejar de oír los giros lentos, las pequeñas
explosiones, los desvanecimientos silenciosos de todas sus partículas.
Pues en eso consiste su conocimiento: en discernir cada minúsculo cambio de
su materia.
De alguna forma sabe que se expande, que la piel de
nada que lo rodea se ensancha sin descanso. Se siente cada vez más
estirado, borroso; cada vez más hueco. Fuera de él no hay nada, aunque
no puede saberlo porque en él termina su conocimiento. Imagina, y es lo
que más le gusta, que alguna vez se dilatará lo suficiente para tocar la
piel de vacío de otro dios como él, que también está solo y no sabe lo que
hay afuera. Y que sus pieles se tocarán, y sus partículas se irán
entremezclando. Tal vez entonces se unan las dos conciencias, o se
subyugue una, o las dos desaparezcan. Y ese fin tiene un atractivo
infinito. Pudiera ser un lento despanzurrarse o una explosión
inenarrable. Pero entonces, por fin, podría dejar de mirarse en el
espejo inmóvil que es él mismo.
Pero la imaginación se detiene y él sigue
escuchando, palpando, auscultándose. El polvo se separa, las estrellas
desaparecen, las galaxias giran. Y él inmóvil, atento, acechándose.
Hasta que pueda imaginar alguna otra cosa que lo haga olvidarse, que le quite
la angustia de estar siempre consciente. Hasta que sienta que se mueven
seres pequeños, perdidos muy dentro de él. Seres que gritan,
vociferan, lloran e imaginan que hay un Dios que los mira y se preocupa.
Imaginan a un dios salvador, mesías vicario, redentor universal. Pero
Dios no entiende, se fatiga, está más sólo y más aburrido. Se sacude
y algunas novas vibran, varias estrellas se apagan, la piel se le estira otro
poquito hacia el vacío.
Dios dormita en sus entrañas.