La llamada


Tania Smith

     

Ya era bastante tarde, creo que estaba dormida, sonó el teléfono y lo dejé timbrar, pero era tan insistente que de mala gana me paré a contestarlo.  Una voz extraña, que nunca había oído me decía cosas que no lograba comprender.   “¿Pero quién habla?, ¿cómo pasó?, ¿dónde está?”.   Tuve que ir por ti, a deshoras de la noche.    Llegué al departamento de policía, frente a la pérgola.  Una mujer tenía tu cartera entre las manos y apuntaba los datos en una forma, pude ver la foto de tu credencial de elector.  “¿cómo está?¿dónde lo tienen?”  pregunté. 

 “Está muerto, lo pusieron en el patio”

contestó ella.

 

  

 

Yo ya lo sabía, me lo dijo esa misma voz por teléfono, pero no podía creerlo.  Salí de la oficina temblando, entré en la puerta de al lado y un oficial señaló una puertecita que estaba entreabierta.  Entré,  y no puedo calcular el tamaño de la loza que cayó sobre mi espalda ni tampoco su temperatura, nunca he tenido mas frío en mi vida.            Estabas tendido sobre una camilla, tenías los ojos entreabiertos viendo al infinito, semblante apacible y los brazos y piernas amarrados con un mecate.  Te veías intacto. 

Entró la mujer de la oficina , empezó a preguntar cosas que supongo  respondí, “ya lléveselo tiene muchas horas muerto y se le va a descomponer”.  Para entonces, había un mundo de gente,   te metieron en una bolsa y te llevamos a que te hicieran la autopsia, porque alguien dijo que era lo mas conveniente.  Esperé a que salieras del forense, nos dieron el acta y te llevó la funeraria.  No me dejaron ir contigo.  Llegamos al velorio y después llegaste tú. 

Entraba y salía gente.  Venían  a ofrecer sus condolencias, algunos hasta lloraban y   trataban de convencer.   Quise esconderme de todos, no me interesaba oír ni sus lamentos ni las pláticas vanas que sostenían con los demás  al darse la vuelta.    Permanecí todo el tiempo en un rincón, sentada entre un jardín de flores blancas que te habían traído especialmente a ti, con tarjeta y todo.  Imaginé que estabas sentado a mi lado platicando como lo hicimos tantas veces.  La plática, amena como siempre, trataba de las historias que tuviste con los que vinieron a despedirte.  Casi todas ya me las habías contado, solo tuve que inventar unas cuantas.  La noche transcurrió rápidamente,

llegó la hora de llevarte al crematorio, alguien me dijo “ahórratelo”, pero ¿ahorrarme qué?, ¿exactamente que quería que me ahorrara?, yo no iba a pagarlo; no podía fallarte tenía que estar contigo hasta que ya no pudiera estar. Así que te acompañé hasta las puertas del horno abrí tu caja y te vi por última vez.                                    Ya no eras tú,                             tenías un color amarillento como si fueras un muñeco,                 estabas     tan    frío.

Tomé un crucifijo que pusieron en tu pecho y que querían de vuelta, unas estampas que colocó tu hija entre tus manos, besé tus acartonados labios y salí. 

No es cierto eso que dice la gente, estuve  como 2 horas justo afuera del edificio donde tienen el horno, y ni cuando te quemaron olía a carnitas ni cuando te molieron oí crujir tus huesos.  Solo vi salir el humo negro de la chimenea.

Salió el encargado a avisarnos que el proceso había terminado.  Ahí estabas en una anforita de plata.  Nadie se movía.  Me decidí a tomarte y abracé tu último calor hasta que se consumió.

Llegó el momento de dejarte ir,       tuve que entregarte,     ya no podía estar,   ella te reclamaba, te arrancó de mis brazos sin siquiera voltearme a ver, ¿no sabía?, ¿no le importaba?, ¿o será que la tonta que nunca se percató  de nada fui yo?. 

 

Ya pasó todo. Ahora tú estás en tu cripta y yo estoy nuevamente en mi cama. No puedo dormir, divago y me pregunto ¿por qué me llamarían a mí?, ¿lo habrás pedido tú?, ¿por qué me dejaron estar tan cerca?, ¿qué fue lo que pasó?, ¿por qué acabaste muerto en ese pueblucho?, ¿habrás pensado en mí alguna vez?, ¿realmente tuve aunque fuera un pedacito de tu corazón?, ¿de dónde sacó mis datos la vieja esa que me llamó y que estaba tan preocupada por tu descomposición?, ¿a quién carajos le importa que estés muerto?, y después de tanto preguntar  llego a una conclusión que por cierto no concluye nada:

 

 

¿cómo diablos voy a vivir sin ti?

 

 Volver a página de Textos                                                                                    Volver a página de Integrantes

 

                                                                      
1