Recibido por correo electrónico
|
|
Las armas de América del Sur. DOMINGO 12 DE JUNIO DE 2005 De Raúl Zibechi (En Aprendiendo de la historia, grupo de correos en MSN) |
|
¿La política estadounidense propicia un nuevo militarismo? Las tensiones por el posible desplazamiento de Estados Unidos como única potencia en el subcontinente, merced la fuerza brasileña y la reconfiguración del mapa geopolítico regional, podrían desembocar en "una escalada armamentista y disparar el militarismo". Este artículo trata de los factores gobiernos y ejércitos que no aceptan dócilmente los planes de Washington, sociedades que resienten los efectos del neoliberalismo y resisten que podrían evitar que la guerra colombiana se "derrame" a toda la región sudamericana Hace pocos meses una comisión oficial de militares brasileños visitó Vietnam. La comitiva, integrada por coroneles y tenientes coroneles, visitó Hanoi, Ho Chi Min (antigua Saigón) y la provincia de Cu Chi, donde se conservan 250 kilómetros de túneles construidos durante la guerra con Estados Unidos, con el objetivo de hacer "intercambios sobre doctrina de resistencia". En la página web del ejército brasileño, el general Claudio Barbosa Figueiredo, jefe del Comando Militar de la Amazonia, asegura que Brasil va a enfrentar acciones similares a las que sucedieron en Vietnam, y ahora en Irak, en caso de un conflicto que involucre a la Amazonia. "La estrategia de la resistencia no difiere mucho de la guerra de guerrillas y es un recurso que el ejército no dudará en adoptar ante una posible confrontación con un país o grupo de países con potencial económico y bélico mayor que Brasil". Añadió que "se deberá contar con la propia selva tropical como aliada para combatir al invasor". La noticia tuvo escaso impacto, pero pone de relieve que las fuerzas armadas de Brasil tienen planes estratégicos propios y que vislumbran a Estados Unidos como enemigo militar potencial. En diciembre pasado Venezuela firmó un acuerdo con Rusia para la compra de 110 mil fusiles Kalashnikov, 33 helicópteros de asalto, ataque y transporte pesado y 50 cazabombarderos; otro con España para adquirir material naval aeronáutico, que incluye cuatro corbetas, y 50 aviones de combate y entrenamiento a Brasil. Las compras forman parte de la "constante actualización de las fuerzas armadas venezolanas, su buen nivel de mantenimiento y la permanente puesta al día de sus planes de modernización y adquisición de armamentos", afirma el Balance Militar de América del Sur. La noticia fue recibida con fuertes críticas por el secretario de Defensa de la Casa Blanca, Donald Rumsfeld, y el Departamento de Estado aseguró que se trata del "inicio de una carrera armamentista". En paralelo, la nación sudamericana activó a mediados de abril su comando de reserva, "que debe alcanzar dos millones de miembros y se incluye en la nueva doctrina de defensa de Venezuela"3. La decisión se tomó el 13 de abril, tercer aniversario del golpe de Estado que apartó a Hugo Chávez durante unas horas del gobierno. Fuentes de prensa aseguran que Peter Goss, director de la CIA, denunció a fines de febrero ante una comisión del Senado de Estados Unidos, que la agencia cuenta con "evidencias" de reuniones entre las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y la red islámica de Bin Laden, para coordinar ataques terroristas en la región4. Según esta versión, la "amenaza terrorista" sería inminente en América Latina, poniendo como ejemplo y modelo los atentados en Buenos Aires a la embajada de Israel y a la AMIA (institución judía de solidaridad), en los 90, en los que murieron cientos de personas. Sacadas de su contexto, las tres noticias anteriores y otras muchas que se pueden sumar pueden dar la impresión de que Sudamérica se encamina hacia confrontaciones militares inminentes y que la militarización avanza a pasos de gigante. La realidad, sin embargo, va por otro camino. Venezuela, pese al reforzamiento de sus fuerzas armadas, está situada en sexto lugar en el ranking continental de poder militar en América del Sur, elaborado por la revista Military Power Review en 2004. El primer lugar lo ocupa Brasil (653 puntos), el segundo Perú (423), el tercero Argentina (419), y le siguen Chile (387), Colombia (314) y Venezuela (282). Por otro lado, América Latina es una de las zonas de menor tensión en el mundo y una de las que menos recursos de su Producto Interno Bruto (PIB) dedica al presupuesto militar, apenas el 1.5%. Esta cifra contrasta con 4% del PIB que dedica la Unión Europea a gastos militares, 3% de Estados Unidos (47% de los gastos militares del planeta) y 12% de Medio Oriente. Buena parte de las compras e inversiones en armamento que están realizando países sudamericanos, sólo se proponen renovar el material bélico de los sesenta, que ha finalizado ya su vida útil y se encuentra anticuado. Pese a ello, y aunque parezca contradictorio, puede hablarse de una creciente militarización del continente. Pero ahora transita por caminos nuevos, que poco tienen que ver con las estrategias militares anteriores. A grandes rasgos, pueden establecerse cuatro razones para el ascenso de un nuevo militarismo: el Plan Colombia como emergente de la nueva estrategia regional de Washington, que incluye el combate al narcotráfico y la guerrilla, y el control de la biodiversidad de la región andina, desde Venezuela hasta Bolivia; las nuevas formas que adopta la guerra en el período neoliberal (la privatización de la guerra); y el nuevo papel de Brasil en el continente, única nación del Sur pobre que tiene autonomía estratégica militar. El cuarto factor proviene de los intentos de las elites de cada país, impulsadas por Washington, para contener la protesta social a través de la militarización de las sociedades y la criminalización de los movimientos sociales. Viejo militarismo, nuevos controles Con el objetivo de mantener la supremacía mundial, el empresariado estadounidense pretende controlar las nuevas fuentes de poder económico (vinculadas a la diversidad biológica) a la vez que busca no perder el control de las viejas (en particular los hidrocarburos). Sobre este último tema existe una amplia bibliografía y decenas de artículos periodísticos. Basta recordar las palabras de George W. Bush, pronunciadas en 2000: "Nunca antes en su historia Estados Unidos había sido más dependiente del petróleo extranjero. En 1973, el país importó el 36% de sus necesidades petroleras. Hoy en día, Estados Unidos importa 56% de su petróleo crudo". Asegurar el control sobre los recursos petroleros sudamericanos (Venezuela es el cuarto proveedor de petróleo de Estados Unidos, al que abastece 15% de sus necesidades, y Colombia es su quinto proveedor), requiere un control territorial de enclave (control intenso en áreas reducidas) en aquellos sitios donde se producen riquezas. Por otro lado, la supremacía económica requiere mantener la delantera en las nuevas áreas que pueden llegar a permitir un relanzamiento de la economía, y por lo tanto de las ganancias. Este objetivo implica el control y posesión de los llamados "territorios complejos", aquellas zonas de elevada biodiversidad generadora de endemismos, cuyo control puede permitirle a la superpotencia enfrentar los desafíos que provienen del Este (China, India y Japón). Pero aprovechar y monopolizar la biodiversidad exige una presencia sobre el amplio terreno que abarque de la región del Amazonia hasta el sur de México, la región más rica en biodiversidad de todo el planeta. Para afrontar estas tareas, la Casa Blanca parece haber dado prioridad al Southern Command (Comando Sur) con base en Miami. Su creciente importancia hace visible el grado de centralidad adquirido por la dimensión militar en el reordenamiento mundial post 11 de septiembre. Lo que Brian Loveman denomina "full spectrum threat dominance" (dominio del amplio espectro de amenazas)6 , que implica enfocar los principales asuntos de la sociedad desde la salud y la inmigración hasta la agricultura y la economía como cuestiones de seguridad. Según algunos analistas, el Comando Sur se ha convertido en el principal interlocutor de los gobiernos latinoamericanos y en el articulador de la política exterior y de defensa estadounidense en la región7. El Comando Sur tiene más empleados trabajando sobre América Latina que la suma de los Departamentos de Estado, Agricultura, Comercio, Tesoro y Defensa. La presencia militar directa en la región se ha incrementado y diversificado desde la desactivación de la base Howard en Panamá, en 1999. El Comando Sur tiene ahora responsabilidad sobre las bases de Guantánamo (Cuba), Fort Buchanan y Roosevelt Roads (Puerto Rico), Soto Cano (Honduras) y Comalapa (El Salvador); y las bases aéreas recientemente creadas de Manta (Ecuador), Reina Beatriz (Aruba) y Hato Rey (Curaçao). Además maneja una red de 17 guarniciones terrestre de radares: tres fijos en Perú, cuatro fijos en Colombia, y el resto móviles y secretos en países andinos y del Caribe. Colombia es ya el cuarto receptor de ayuda militar de Estados Unidos en el mundo, detrás de Israel, Egipto e Irak; y la embajada en Bogotá es la segunda más grande en el mundo luego de la de Irak. Varios analistas sostienen que Washington persigue la creación de una "fuerza militar sudamericana" o bien una "fuerza armada única" comandada desde el Pentágono, para enfrentar los nuevos desafíos9. Según esta lectura, ya no es suficiente con entrenar militares en la Escuela de las Américas, como sucedía en los sesenta y setenta, ni crear grupos de mercenarios como la contra nicaragüense en los ochenta, sino que se hace necesario crear un dispositivo bélico continental con mando unificado. Este ambicioso proyecto puede ser interpretado como la versión militar del "mercado único" de Alaska a la Patagonia que es el ALCA. Esta militarización de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, tendría además el objetivo de combatir los desafíos presentes y futuros en la región. Debe recordarse que algunos sectores conservadores del establishment estadounidense consideran que existe un "eje del mal" regional compuesto por Brasil, Venezuela y Cuba . Este proyecto de fuerza armada única se encontraba avanzado antes del 11 de septiembre de 2001. Los cambios mundiales, la atención prestada por Estados Unidos a Afganistán e Irak, y la nueva situación en América Latina, parecen haber aplazado su concreción. En efecto, en agosto de 2001 se realizaron las maniobras Cabañas 2001 en la norteña provincia de Salta, Argentina. El operativo Cabañas se realizó en la misma provincia donde se registraban los cortes de rutas más importantes del movimiento piquetero. Más de mil 200 efectivos de nueve países (Argentina, Estados Unidos, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay) realizaron maniobras durante varios días, enteramente financiadas por Washington, que aportó hasta las raciones de comida. Las tropas ingresaron al país sin autorización del Congreso, como exige la Constitución. Según medios de prensa, las maniobras tenían por objetivo "entrenar a militares latinoamericanos en situaciones de conmoción urbana". Pero lo más interesante es que las maniobras dieron pie a un debate nacional en el que surgieron evidencias de que "Estados Unidos tiene planeadas tres bases en territorio argentino: la Antártica en el Sur, el Delta en el Centro y Salta en el Norte ". Una de las novedades es que en el estratégico delta del río Paraná a muy escasa distancia del estratégico puente Zárate-Brazo Largo y del principal centro industrial argentino, el complejo Zárate-Campana, podría estar operando un contingente militar permanente. Más aún, en esos momentos críticos para Argentina, la brasileña Agencia Estado confirmó que el gobierno de Fernando de la Rúa estaba negociando la deuda total del país a cambio de bases militares. En esas mismas fechas Estados Unidos negociaba con Brasil la cesión de la base militar de Alcántara en plena Amazonia, cerca de la frontera con Ecuador y de la cordillera andina. Pero los cambios políticos sucedidos en esos años en Argentina, Brasil, Bolivia y Venezuela frustraron parcialmente esos planes. La renuncia de Lucio Gutiérrez en Ecuador puede implicar un cambio de rumbo adverso a Bush.
La privatización de la guerra De alguna manera la evolución de la guerra sigue el modelo de la industria. Hacia los sesenta la producción fabril en cadena entró en crisis cuando los trabajadores se rebelaron contra la alienación de un trabajo monótono, y contra el excesivo control de los capataces y la gerencia. Los empresarios consiguieron recuperar la iniciativa en el taller mediante formas de trabajo flexible, introduciendo nuevas tecnologías como los robots informatizados, reduciendo el personal fabril, externalizando (outsourcing) todas las funciones que en adelante harían "terceros" y fortaleciendo la gerencia. A nivel de la sociedad, estas nuevas formas de organizar la producción se tradujeron en la reducción de los estados, y la privatización de áreas enteras de la producción y los servicios. Estas son las políticas impulsadas por el Consenso de Washington a las que se denominó como neoliberalismo. Una de las características más destacadas del nuevo modelo de producción es que sacar fuera de la fábrica buena parte de las tareas, convierte todas las funciones sociales en parte de la cadena productiva. De esa manera, se puede decir que toda la sociedad comienza a funcionar con la lógica fabril, ya que el nuevo modelo productivo se derrama hacia el conjunto de la sociedad. Algo similar sucede con la guerra. En 2002 había 43 conflictos en el mundo, de los cuales apenas uno era una guerra entre estados soberanos, o sea una guerra "clásica" interestatal. La realidad indica que "las 'viejas guerras' conducidas por estados nacionales soberanos y reguladas por el derecho internacional público, están siendo sustituidas por las 'nuevas guerras', que son conducidas por diversos actores no estatales sin ningún tipo de regulación legal"13. En muchos países africanos, la guerra dejó de ser la interrupción violenta de la vida cotidiana para convertirse "en una economía regulada según sus propias leyes y orientada hacia su reproducción". La idea de fondo, según Robert Kurz, es mantener a distancia a las enormes masas de "superfluos" para que no interfieran en la reproducción del sistema. Esa población excedente debe ser controlada y mantenida a raya, y la forma de hacerlo es la militarización de los flujos migratorios y de los sectores sociales considerados marginales. Según otro especialista en privatización de la guerra, Darío Azzellini, este proceso comenzó con la derrota de Estados Unidos en Vietnam. "Estamos volviendo a algo similar a las economías de enclave del período colonial. Ya no se trata del control territorial ni de la imposición de un modelo de sociedad, ahora las fuerzas militares controlan sólo los puntos económicamente interesantes. En Irak es muy claro, sólo les interesa controlar los pozos petroleros, como antes controlaban los ingenios azucareros, las minas y otros enclaves coloniales ". Existe una relación cada vez más estrecha entre los ejércitos estatales y las empresas multinacionales, ya que los ejércitos privados trabajan para ambos. Algunas empresas, como la célebre Halliburton, son dueñas de ejércitos, y hay empresas militares que tienen acciones en empresas privadas, como el caso de la minería en países de Africa. Uno de los objetivos que llevó a la creación de Corporaciones Militares Privadas (CMP) consiste en eludir cualquier control democrático. "Si Estados Unidos envía 600 soldados a Colombia, esa decisión debe pasar por el Congreso. Pero si quien envía esos soldados es una empresa privada, a raíz de un contrato firmado por el Pentágono, el parlamento no tiene nada que decir y ni siquiera se entera de lo que está sucediendo", señala Azzellini. Según expertos, habría tres tipos diferentes de CMP: las que intervienen directamente en el campo de batalla, las que brindan asesoría militar y capacitación pero no combaten, y finalmente las que sólo ofrecen logística, apoyo técnico y transporte. En Irak existen los tres tipos. En América Latina existen sólo las de los tipos dos y tres, por ahora. Pero en este continente todos los programas antinarcóticos están manejados por empresas militares y las estaciones de radares que controla el Comando Sur son manejadas también por empleados de empresas privadas. En Colombia han muerto en los últimos años ocho estadounidenses, pero como pertenecen a empresas privadas el Pentágono elude toda responsabilidad. Colombia es el laboratorio de las nuevas guerras en América Latina. El Congreso de los Estados Unidos autorizó, en octubre pasado, aumentar de 400 a 800 los militares en suelo colombiano, en tanto hay otros 600 civiles empleados por empresas militares privadas, que algunas fuentes elevan hasta mil. Sólo la DynCorp maneja 88 helicópteros y avionetas del gobierno estadounidense y tendría entre 100 y 355 empleados, un tercio de ellos ciudadanos de los Estados Unidos16 . El Plan Colombia, para no repetir el fracaso de Vietnam, se apoya de manera decisiva en las CMP. Desde que Clinton puso en marcha el plan, el resultado es alarmante: "Cuadruplicó el número de soldados profesionales y multiplicó por veinte los helicópteros del ejército, aviones de inspección y consejeros militares, mientras el número total de los paramilitares que acogían satisfactoriamente al plan aumentó de 5 mil a 12 mil 500 ".
En este punto aparece una notable confluencia entre la actividad de las CMP y la del Pentágono. James Petras la resume así: "La verdadera preocupación del Comando Sur (USSOUTHCOM, por sus siglas en inglés) es que los países vecinos de Colombia, que están sufriendo los mismos efectos adversos de las políticas neoliberales, se movilicen políticamente contra la dominación militar y los intereses económicos de los Estados Unidos"18. En su opinión, se trata de militarizar una región estratégica.
|
|