Es
más fácil reconocerse Chobojo, que demostrar no serlo
05 de Junio de 2008
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Master
Cómo combatir el
crimen en América Latina
Por Bernardo Kliksberg (para Safe Democracy)
Bernardo Kliksberg analiza el fenómeno creciente de la criminalidad en América Latina y dice que el enfoque (únicamente) policial y represivo (de mano dura) ha sido ineficiente y contraproducente hasta ahora. Kliksberg cree que es hora de renovar la lógica del debate sobre la criminalidad y propone algunas soluciones. Sepa a continuación por qué la educación, la familia y el empleo son esenciales para que América Latina pueda luchar contra el crimen de una manera eficaz. Bernardo Kliksberg
es uno de los mayores expertos mundiales en lucha contra la pobreza y dirige
desde Washington la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Ética y
Desarrollo patrocinada por el BID. Es asesor especial de Naciones Unidas,
UNESCO, UNICEF, PNUD y otros organismos internacionales, y autor de 40
libros, el más reciente el best seller "Más ética, más desarrollo"
(publicado en España por el INAP), además de
centenares de artículos técnicos activamente utilizados internacionalmentede.
Ha asesorado a más de 30 países en alta gestión, incluyendo a diversos
presidentes y a numerosas organizaciones públicas de la
sociedad civil y empresariales. LOS LATINOAMERICANOS QUIEREN una respuesta a la inseguridad
ciudadana. Y con toda razón. La tasa de criminalidad ha ascendido un 40 por
ciento en la última década. El número de homicidios es de 40 cada 100.000
habitantes de población por año. Es la segunda región con más criminalidad
del planeta. Buena parte de la población tiene ya la experiencia de haber
sido objeto de algún delito. Existe un acuerdo colectivo en que se debe
combatir la delincuencia. Pero… ¿cómo se hace? UNA PROBLEMÁTICA COMPLEJA El tema es de gran complejidad. El enfoque que ha
prevalecido en amplios sectores de la sociedad hasta ahora se ha orientado a
exigir a las autoridades hacer más de lo mismo. Eso significa, entre
otros aspectos, tratar de reforzar y ampliar el sistema policial, dar mayor
discrecionalidad a la policía, penar las formas más primarias de delito,
aumentar las penas, bajar la edad de imputabilidad para poder meter presos a
los niños y adolescentes, y hay quienes reclaman poder encarcelar a los
padres de los niños delincuentes. Las iglesias, las organizaciones de derechos
humanos, asociaciones de juristas, han reclamado que muchas de estas medidas
violan la legislación internacional, los tratados mundiales firmados, y en
definitiva normas éticas básicas, como el mensaje bíblico de que se deben
hacer todos los esfuerzos por recuperar a los que se salen del camino. RESPUESTAS CONTRAPRODUCENTES Pero hay otra pregunta adicional. El enfoque
puramente represivo ha demostrado ser muy ineficiente. En
Centroamérica algunos líderes políticos resolvieron aplicarlo a fondo en los
últimos años frente al crecimiento de las maras,
peligrosos grupos de jóvenes delincuentes. Esa estrategia gana votos a corto
plazo ante la legítima desesperación ciudadana, pero, ¿responde al interés
colectivo? No parece. El número de miembros de las maras sigue creciendo. Se estima en 100 mil individuos en
Honduras, otros 100 mil en Guatemala, cifras aún mayores en El Salvador. En
este último país se aplicó en los últimos años la mano dura, y ante
sus limitados resultados la súper mano dura. Se llegó a poner fuera de
la ley en varios países a los jóvenes que tuvieran tatuajes, porque las maras los utilizan. Nada de todo ello logró hacer bajar
las tasas delincuenciales. Lo más probable es que quienes han creído que este
era el camino más adecuando tengan que responder ante sociedades cada vez más
preocupadas por el fenómeno. LA MANO DURA QUE GENERA MÁS VIOLENCIA Veinte prominentes organizaciones sociales de la
sociedad civil han dicho recientemente: los planes de mano dura y las
leyes antimaras violan normas de las
constituciones, la Convención de los Derechos del Niño, y Tratados
internacionales... y son ineficaces. No han reducido los índices de violencia
y de criminalidad, por el contrario generan más violencia… Brasil, con cifras graves de delito, subió
progresivamente el gasto en seguridad pública y privada. En 2001 representaba
el 10,3 por ciento del Producto Bruto --según estudios del BID--, el
equivalente al Producto Bruto anual de Chile. Brasil gasta un Chile completo
anual en represión. Sin embargo, esa estrategia no mejoró la situación del
país. En México, el gasto en seguridad pública subió en 3.000 millones de
dólares entre 2000 y 2004. A pesar de ello, el delito siguió creciendo. RENOVAR LA LÓGICA DEL DEBATE Parece haber llegado la hora de renovar la lógica
del debate. Dejar de analizar este tema como una cuestión sólo policial, en
donde la discusión es qué nuevo tipo de endurecimiento se adopta. Eso no va más. No está generando buenos
resultados. El único efecto práctico es que aumenta aceleradamente la
población de jóvenes en las cárceles. Como son a su vez verdaderos infiernos,
se convierten en una incubadora de nuevos crímenes. Louis Wacquant señala en
su agudo libro Las cárceles de la miseria que no hay correlación
estadística entre aumentar el número de presos jóvenes y la reducción del
delito a mediano y largo plazo. No afecta sus causas estructurales. Pero existe otro camino. Algunas de las ciudades
con mejores resultados del mundo lo están aplicando. Por un lado hay que
distinguir diversos tipos de criminalidad. La sociedad tiene que defenderse
vigorosamente frente al crimen organizado, los grupos de narcotráfico, las
bandas del secuestro y las mafias. Todo el peso de la ley sobre ellos. Pero
hay una inmensa criminalidad de jóvenes que se inician con delitos menores, o
ingiriendo drogas, y después pueden ir mucho más lejos. Hay que preguntarles:
¿por qué lo hacen? LA DESOCUPACIÓN JUVENIL Hay extensa investigación al respecto, de la
Organización Panamericana de la Salud (OPS), UNESCO, UNICEF, y muchas otras
fuentes. Por lo menos tres grandes causas inciden. En primer lugar, la desocupación juvenil. Excede
el 20 por ciento en todas las grandes ciudades de América Latina. Hay un
ejército gigantesco de millones de jóvenes que han debido desertar del
sistema educativo, por pobreza, y están fuera del mercado de trabajo. El 25 por ciento de los jóvenes latinoamericanos
está en esa situación. Están fuera de todo, desesperados, son vulnerables y
carne de cañón para el crimen organizado. LA DESARTICULACIÓN DE LA FAMILIA En
segundo lugar, la desarticulación de la familia. Los estudios son
concluyentes. Si la familia funciona bien y entrega los códigos éticos, es
ejemplo de conducta cotidiana, y tutorea a los
jóvenes desde el amor, previniendo la criminalidad. Nadie más puede hacerlo
así. En efecto, en diversos países (como Estados Unidos y Uruguay) los
estudios muestran que dos tercios de los delincuentes jóvenes vienen de
familias desarticuladas. La tercera causa es la baja educación. Sobre 40.000
presos en las cárceles argentinas, sólo el 5 por ciento había terminado la
secundaria o la Universidad (según cifras del Ministerio de Educación
argentino de 2004). Es necesario enfrentar el crimen organizado. Pero
al mismo tiempo, hay que romper con el enfoque únicamente policial de un
asunto muy grave. ESTADOS UNIDOS SIGUE OTRO CAMINO Mientras que muchos en América Latina intentan
convencer a la opinión pública de la necesidad de una mano más dura --e
invocan a supuestas experiencias estadounidenses-- lo cierto es que en
Estados Unidos se están dando fuertes tendencias inversas. El aumento de la
población carcelaria y de las sentencias ha llevado a una inflación fenomenal
del gasto en prisiones y juzgados (un 154 por ciento en los últimos 20 años). En 2001, los distintos Estados del país gastaban
tanto en ese rubro como todo lo que gastaba en salud pública y hospitales.
Según indica el New York
Times, ante los escasos resultados de este enfoque y asustados por la
tendencia de la sangría, más de la mitad de los Estados han tomado medidas
legislativas para modificar las leyes duras que aprobaron en los noventa.
En el campo de la drogadicción hay en Estados Unidos una presión creciente
por suplantar prisión por tratamientos. CAUSAS PROFUNDAS El 73 por ciento de los ciudadanos de Maryland, por ejemplo, uno de los estados que cambió su
legislación en tal sentido, consideran que el tratamiento es un camino mejor
que la prisión para parar el uso de la droga. Se estima que cada dólar
gastado en rehabilitación de drogadictos genera 8 dólares de beneficios, por
su incidencia en el descenso de la criminalidad y el aumento de la
productividad. Para reducir la criminalidad en América Latina hay
que actuar sobre las causas profundas. Es necesario crear empleo para jóvenes
a gran escala. Una gran alianza entre política pública y empresa privada al
respecto puede aportar mucho. Al mismo tiempo, hay que proteger la familia,
en serio, con medidas de fondo. INVERTIR EN EDUCACIÓN Por otra parte, la opinión pública debe respaldar
vigorosamente el aumento de la inversión en educación. La decisión de
llevarla al 6 por ciento del Producto Bruto para 2010 es una de las mejores
inversiones que puede hacer una sociedad para enfrentar de verdad el problema
de la delincuencia. UNICEF concluye sobre las maras
centroamericanas que el tema no puede ser visto sólo como un problema de
seguridad. En la misma dirección, el presidente argentino
Néstor Kirchner ha advertido estos días --en un
país alarmado por el problema de la inseguridad-- que la seguridad no se
construye con un palo en la mano. CAMBIAR EL DISCO DURO La seguridad es un camino a construir
colectivamente en una región que ha visto crecer a niveles inéditos el
desempleo y la exclusión social en los años noventa, y generó tasas de
desempleo y pobreza juvenil récord (en diciembre de 2002, el 75 por ciento de
los jóvenes argentinos menores de 18 años eran pobres). Por esta razón, hay que mejorar los instrumentos
de lucha contra el crimen organizado, como la policía y la justicia. Pero
según la encuesta Latinobarómetro, dos tercios de los latinoamericanos
desconfían de la policía y en muchos casos la ven como parte del problema. No podrá haber más dilaciones, ni vueltas: hay que
abrir oportunidades a los jóvenes, fortalecer la familia --que es la mayor
unidad preventora del delito con la que cuenta la
sociedad-- y brindar educación a todos. Para empezar, hay que cambiar el disco duro
mental sobre la criminalidad, y mejorar la calidad del debate. |
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diferencia, al que encuentra la originalidad por atreverse, por participar, por
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