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Enrique Altazini
A OTRO PERRO CON ESE HUESO La expresión se usa como una forma de desanimar a quien quiere
hacernos creer una mentira o bien nos ofrece algo cuya calidad es inferior,
invitándolo a que lo intente con otra persona, aludiendo de esta forma a la
ingenuidad del perro, que corre detrás de cualquier cosa que se parezca a un
hueso, sea una piedra o un hueso de plástico. DEL TIEMPO DE MARICASTAÑA No hay certeza acerca de la existencia de este personaje, como
tampoco se conoce el motivo por el cual se lo asocia con épocas remotas. Hay
quienes afirman que, efectivamente, existió en la provincia de Lugo (España)
una Maricastaña quien, junto con su marido y hermanos, encabezó un partido de
extracción popular que se oponía al pago de los tributos exigidos
abusivamente por el obispo del lugar. Incluso, se afirma que habría sido ella
misma la que ordenó matar -como represalia- al mayordomo del prelado.
Aparentemente, la fama de esta mujer se cimentaba no tanto en sus principios
morales y actitudes de arrojo cuanto en su aspecto muy varonil. Sin embargo,
también hay quienes afirman que el personaje Maricastañas no es real sino
ficticio y pertenecería a la leyenda celta, a través del cuento "La
batalla de los pájaros", cuyo personaje central es una tal Auburn Mary
(traducible como María de color castaño). De todas formas, real o inventada,
esta mujer forma parte del léxico de la mayoría de los hispanohablantes en el
dicho del tiempo de Maricastaña, para hacer alusión a algo o alguien que hace
mucho tiempo que está en este mundo. DORAR LA PÍLDORA Desde siempre, los medicamentos (infusiones, polvos,
brebajes...) se han caracterizado por tener un sabor amargo, lo cual los
hacía molestos en el momento de tener que tragarlos, pero eso era considerado
algo natural, tanto como lo era el hábito de tener que soportar el dolor.
Hoy, todos sabemos que esos botoncitos compuestos por distintas variedades de
productos medicinales llamados píldoras suelen estar integrados -por lo
general- por elementos de sabor amargo y desagradable al paladar. De ahí, que
los antiguos boticarios, tal como se sigue haciendo en el día de hoy en los
modernos laboratorios farmacéuticos, para disfrazar o disimular ese
desagradable sabor, acudiesen al recurso de dorar la píldora con alguna
sustancia de gusto azucarado y suave al paladar, de manera que se facilitara
la acción de tragar el medicamento. Ese es el sentido de la expresión dorar
la píldora, que hoy aplicamos en el lenguaje diario para hacer o decir algo
de una forma más suave y tratando de no herir a quien nos escucha. EL QUE SE FUE A SEVILLA, PERDIÓ SU SILLA Cuentan que durante el reinado en Castilla de Enrique IV de
Trastámara, un sobrino de don Alonso de Fonseca -arzobispo de Sevilla- fue a
su vez designado arzobispo de Compostela, pero suponiendo el tío que, a causa
de las revueltas que agitaban Galicia, a su sobrino le costaría mucho tomar
posesión de su cargo, se ofreció para adelantarse a Santiago para allanarle
las dificultades, pero a cambio, le pidió a su sobrino que lo reemplazase en
los negocios de su sede en Sevilla. Efectivamente, así se hizo y con el mejor
resultado, de manera que una vez que don Alonso, concluida la gestión,
regresó a Sevilla, se halló con la desagradable sorpresa de que su sobrino se
resistía a abandonar la sede que regenteaba, alegando que el arreglo había
sido permanente. Para reducirlo, se hizo necesaria la intervención del Papa y
hasta la del propio rey Enrique. El joven, una vez que regresó a Santiago,
terminó preso y sentenciado a cinco años de condena por otros delitos, pero
su carrera continuó y llegó a ocupar los más altos cargos eclesiásticos,
teniendo que ceder su arzobispado a su propio hijo. De aquel suceso, muy
comentado en su tiempo, nació el dicho que seguramente en su origen debió ser
el que se fue "de" Sevilla, perdió su silla y no como lo conocemos
hoy, el que se fue "a" Sevilla, perdió su silla, porque en
realidad, don Alonso no fue a Sevilla sino a Santiago de Compostela, para lo
cual debió irse de Sevilla y... dejar su silla. EL TIEMPO DE LAS VACAS GORDAS Según cuenta la Biblia (Génesis), cierta vez el faraón tuvo un
sueño singular e inquietante: vio cómo siete vacas gordas eran devoradas por
otras tantas vacas extremadamente flacas. Desconcertado por tal visión,
convocó a los adivinos y agoreros más afamados del país, pero ninguno de
ellos supo interpretar satisfactoriamente la pesadilla. Ante tal
circunstancia, hizo comparecer ante sí a José, hijo de Jacob y Raquel, que se
hallaba en prisión y éste le explicó que las siete vacas gordas simbolizaban
"los siete próximos años, que serían de abundancia y prosperidad",
mientras que las siete vacas flacas representaban la "escasez y penurias
que harán que se olvide toda la abundancia de la tierra de Egipto durante otros
siete años, y el hambre consumirá la tierra". Con el tiempo, la frase el
tiempo de las vacas gordas adquirió el valor de aludir a cualquier período de
prosperidad material, pero con la advertencia implícita de que a ese período
habrá de sucederle otro de necesidades y apremios. HAY (O NO HAY) MOROS EN LA COSTA La historia relata que, durante varios siglos el Levante
español (la zona mediterránea que abarca Valencia y Murcia) fue objeto de
frecuentes invasiones por parte de los piratas berberiscos (habitantes de la
región noroeste de África, entre el Mediterráneo y el Sahara). Los pueblos que vivían en la ribera, a causa de ello, se
encontraban en constante zozobra y para prevenir el peligro, se levantaron a
lo largo de la costa numerosas atalayas de mampostería ciega, a las que se
ascendía por medio de escalas de cuerda que luego eran retiradas. Desde lo
alto de esas torres se vigilaba el ancho horizonte y, no bien se avizoraban
las velas de las naves berberiscas, el centinela de turno comenzaba a gritar:
"¡hay moros en la costa!". Sonaba
entonces la campana, se encendían las hogueras de señal y la gente -alertada-
se preparaba para la defensa. El sistema perduró hasta muchos años después,
cuando se firmó la paz con los reyes de Berbería, pero el proverbial grito de
¡hay moros en la costa! pasó a ser expresión de uso familiar
para advertir a alguien sobre la presencia de quien representa cierto
peligro, o bien no conviene que escuche algo de lo que estamos diciendo. En
sentido opuesto, se usa la expresión antónima no hay moros en la costa, para
dar a entender que no existe peligro inminente para una persona que debe
realizar determinada tarea. HACERSE AGUA LA BOCA Es por todos sabido que la presencia de un manjar apetitoso no
sólo despierta el deseo de saborearlo, sino que activa de manera automática
la secreción de las glándulas salivales, ubicadas en nuestra boca. Tanto es
así, que a veces, la sola mención de un plato determinado es suficiente para
producir ese efecto; y lo mismo sucede cuando estamos presenciando una película
o un programa de televisión y en la pantalla se nos presenta un delicioso
platillo: automáticamente, nuestras glándulas salivales comienzan a secretar
su líquido. Este fenómeno que más de una vez hemos experimentado, da origen a
la frase que metafóricamente utilizamos para aludir a algo que nos produce
esa sensación de saborear cierto manjar. Pero, atención, la expresión hacerse
agua la boca no se limita a la ingestión y saboreo de una comida, sino que se
extiende al sentido figurado y suele aplicárselo en referencia a un hecho muy
deseado y de inminente realización, aunque no tenga relación alguna con la
comida. LA ESPADA DE DAMOCLES Según cuentan Horacio en una de sus "Odas" y
Cicerón, en sus "Tusculanas", Damocles era cortesano de Dionisio I,
El Viejo (siglo IV, AC), tirano de Siracusa, a quien envidiaba por su vida
aparentemente afortunada y cómoda. El rey, con el propósito de escarmentarlo,
decidió que Damocles lo sustituyera durante un festín, pero para ello dispuso
que sobre su cabeza pendiera una afilada espada desnuda suspendida de una
crin de caballo. De esta manera, Damocles pudo comprender lo efímero e
inestable de la prosperidad y del lujoso modo de vivir del monarca. La frase
la espada de Damocles se utiliza desde hace mucho tiempo, para expresar la
presencia de un peligro inminente o de una amenaza. LÁGRIMAS DE COCODRILO Por motivos que se ignoran o quizá porque la imagen del reptil
ha estado siempre ligada a hechos misteriosos, muchas son las leyendas que se
cuentan acerca de la conducta del cocodrilo, algunas de ellas relacionadas
con su actitud ante sus presas. Desde tiempos remotos, se sostenía que el
saurio, para atraer a sus víctimas emitía un extraño e insinuante gemido.
Otros autores añadían que, una vez devorada la presa, el temible reptil
lloraba sobre los despojos de su comida, quizás afligido porque el festín
hubiese terminado tan de prisa y no falta quien asegura que suele comerse a
sus propias crías, desconociendo en este caso que la hembra acomoda a los más
pequeños dentro de sus fauces para llevarlos al río, donde luego los suelta
para que comiencen a nadar por sus propios medios. Asimismo, se sabe que las
famosas lágrimas de cocodrilo son una secreción acuosa que mantiene húmedos
los ojos del animal, fuera del agua, pero no tienen nada que ver con el
llanto, debido a que las glándulas salivales y las lacrimales de este animal
están situadas muy cerca unas de las otras y por eso, se estimulan
constantemente, lo que hace que al animal llore mientras come. Todo esto,
sumado a la fantasía popular sirvió para dar origen a la expresión lágrimas
de cocodrilo, con la que se alude al dolor fingido de alguien ante cualquier
suceso desgraciado, dolor que no es tomado en serio por ninguna de las
personas que lo contemplan. LA TERCERA ES LA VENCIDA Expresión de tono optimista que asegura que, luego de haber
fracasado en dos intentos, la próxima vez se logrará lo propuesto, por lo que
se exhorta a la persona a perseverar en su esfuerzo. El origen parece estar
en el vocabulario de la lucha cuerpo a cuerpo (y en otras clases de
enfrentamientos), en la que el luchador que derribaba tres veces a su
adversario ganaba, aunque algunos sostienen que, primitivamente, se
consideraba ganador al que mejor se desempeñaba en un total de tres juegos.
Como vemos, siempre era el número tres el elegido. En el ámbito de la
Justicia de los siglos XVI y XVII, en la práctica procesal del derecho penal,
se establecía la muerte al tercer robo, con lo que para el reo, al igual que
para el luchador, la tercera, era la vencida. LAS PAREDES OYEN Es un modismo que procede de Francia, del tiempo de las
persecuciones contra los hugonotes que culminó en la histórica "Noche de
San Bartolomé" o "Noche de los cuchillos largos", episodio
sangriento de las luchas religiosas que asolaron Francia en la segunda mitad
del siglo XVI. El hecho fue promovido por Catalina de Médicis y el duque de
Guisa quienes instigaron a los católicos a llevar a cabo una matanza de
hugonotes (seguidores de Calvino), la noche del 24 de agosto de 1572. Según
algunos historiadores, en aquellos tiempo, la reina Catalina de Médicis mandó
construir, en las paredes de sus palacios, conductos acústicos secretos que
permitieran oír lo que se hablaba en las distintas habitaciones, para así
poder controlar cualquier conspiración en su contra. La frase las paredes
oyen, con el tiempo, pasó a ser utilizada como señal de advertencia acerca de
lo que se dice en determinado momento y lugar. LO CONOCEN HASTA LOS PERROS El dicho alude a la figura de don Francisco de Chinchilla,
alcalde de Madrid a fines del siglo XVIII. Este buen señor acostumbraba a
presentarse en los mercados, acompañado de sus alguaciles y guardias, al
menor signo de disputa o riña, logrando -con su sola presencia- calmar los
ánimos de los presuntos contendientes, de manera que la calma volvía a reinar
en el lugar. También se cuenta de don Chinchilla que, en cierta oportunidad,
con el propósito de mejorar las condiciones de salud de los madrileños, dictó
una ordenanza que autorizaba a los alguaciles a matar a pedradas a todos los
perros abandonados y vagabundos. La orden fue cumplida al pie de la letra y
muy pronto se pudo ver por las calles Madrid un gran número de lapidaciones
de perros vagabundos. Y llegó a tal punto la cuestión, que la gente comenzó a
decir que los animales realmente conocían a su verdugo, ya que con la sola
presencia de don Chinchilla, los canes empezaban a aullar y salían corriendo.
costumbre consistente en que, cuando un hombre mataba a otro, estaba obligado
a pagar en oro o en plata, el peso de la víctima a sus familiares.
Posteriormente, esa práctica se trasladó al ámbito religioso, de manera que
los parientes de un enfermo ofrecían a la Providencia por su pronto
restablecimiento, el peso de aquel en plata, cera, trigo, etcétera. El mismo
significado tienen hoy las ofrendas que se elevan a la Virgen o a algún santo
en los templos; asimismo, entre los ismaelitas parsi de la India subsiste la
costumbre de regalar anualmente a su jefe espiritual, el Aga Khan, su peso en
oro. Todos estos antecedentes dieron lugar a la creación del dicho popular
vale lo que pesa, utilizado para ponderar el valor (moral, intelectual,
artístico o práctico) de una persona en particular. VÉRSELAS NEGRAS Para explicar este dicho, deberemos remontarnos a la antigua
Grecia y explicar la manera en que los ciudadanos llegaban a ocupar cargos
públicos. Estos se otorgaban confiando en el azar, mediante el sistema de
extracción de sortes (bolas o pedacitos de madera marcados, que por otra
parte, dieron origen a la palabra "sorteo") por los que se creía
que se expresaba el oráculo. En este sistema, las bolas blancas simbolizaban
la suerte venturosa y las negras, la suerte adversa. Esta interpretación
mágica de las suertes se ha mantenido a través del tiempo y de él proviene la
expresión vérselas negras, derivada a su vez de tocarle a uno la negra, con
el que, en el lenguaje coloquial se señala el infortunio de alguien en
cualquier cosa determinada por el azar. VÍSTEME DESPACIO QUE TENGO PRISA Seguramente, no debe de haber otro dicho popular tan
cuestionado respecto de su origen, como este. En realidad, se trata de una
sencilla frase, pero ha sido adjudicada a tantos protagonistas de la Historia
que nadie sabe ciertamente quién tiene los "derechos de autor". Desde
Carlos III a Fernando VII, pasando por Napoleón Bonaparte, todos alguna vez
parecen haber pronunciado esta frase que, por otra parte, no demuestra ser
ninguna genialidad y es un hecho que muchos de los protagonistas de
importantes hechos históricos pudieron haberla utilizado en algún momento de
su vida. No obstante, una creíble versión sostiene que fue el emperador
Augusto (y por cronología, precede obviamente a los demás) quien solía
exhortar a sus servidores diciéndoles "Apresúrate lentamente". Con el
tiempo, la expresión habría sufrido variantes, pero manteniendo siempre la
vigencia con la que llegó a nuestros días y a través de la cual se aconseja a
otra persona a que actúe con calma y tranquilidad en el momento más delicado
de una situación, debido a que cuando se procede apresuradamente, lejos de
abreviar problemas, esa premura suele entorpecer y malograr los mejores
propósitos. ¡VIVA LA PEPA! La historia nos cuenta que la primera constitución española
fue jurada en la ciudad de Cádiz en el año 1812. Pero dos años después,
cuando se restableció el absolutismo, el rey Fernando VII la abolió, ayudado
en gran medida por los Cien Mil Hijos de San Luis, nombre dado al ejército
francés comandado por el duque de Angulema. Pero la abolición de la Carta Magna
no sólo suspendió su vigencia, sino que quedó terminantemente prohibida la
sola mención de su nombre, por lo que los liberales no podían utilizar su
tradicional grito de ¡Viva la Constitución!. Lejos de
someterse a esa medida arbitraria, los partidarios de la constitución
encontraron la forma de referirse a ella, sin necesidad de mencionarla: como
había sido promulgada el día 19 de marzo -festividad de San José-, la
bautizaron La Pepa (recuérdese que Pepe es el hipocorístico o diminutivo
cariñoso de José) y así fue como surgió el grito de ¡Viva la Pepa! para reemplazar el de ¡Viva la Constitución!, considerado entonces subversivo. Por
supuesto, con el correr del tiempo la expresión habría de perder toda
intención política para pasar a significar desenfado, regocijo y alboroto,
tal como lo utilizamos actualmente, sobre todo para dar a entender que en
algún lugar reina un total y completo desorden. YO... ME LAVO LAS MANOS Esta frase, muy utilizada para dar a entender que uno se
declara libre de responsabilidad ante cualquier hecho, debe su popularidad al
gesto histórico de Poncio Pilatos, procurador romano de la región de Judea,
cuando tras pronunciar sus célebres palabras "Inocente soy de la sangre
de este justo", se lavó las manos como respuesta a la condena de
Jesucristo, clamorosamente reclamada por la turba enardecida de Jerusalén. En
realidad, el gesto de lavarse las manos era una práctica simbólica en
aquellos tiempos y se utilizaba para dar testimonio de inocencia ante
cualquier grave acusación. Actualmente, la expresión yo... me lavo las manos
o simplemente lavarse las manos, hace referencia a la liberación de toda
responsabilidad ante determinado hecho. ZAPATERO, A TUS ZAPATOS Según los testimonios de los historiadores Valerio Máximo y
Plinio, el Viejo, la frase fue pronunciada en cierta oportunidad por Apeles,
el pintor griego más célebre de la Antigüedad. Este artista acostumbraba a
exponer sus cuadros en la plaza pública y así podía escuchar directamente la
opinión de la gente acerca de sus trabajos. En cierta oportunidad, Apeles
había expuesto el retrato de una persona importante de su ciudad y un
zapatero que pasaba por el lugar, se detuvo a observar la obra y criticó la
forma de una de las sandalias del personaje. Apeles acató la observación del
zapatero, llevó la obra a su taller, la rectificó y nuevamente la llevó al
lugar de exposición. Cuando el zapatero volvió a contemplar el cuadro, al ver
que el pintor había acatado su sugerencia, se sintió autorizado para extender
sus críticas a otros aspectos del retrato, lo que motivó que Apeles, al
escuchar esos comentarios, lo encarara y le dijera: zapatero, a tus zapatos.
La expresión, desde entonces, se usa como consejo a quien pretende juzgar
asuntos ajenos en los que no es experto. |