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| EL NO SER Análisis filosófico de la idea de Dios 8º edición SAGANDHIMEO COMENTARIOS Y PEDIDOS: TELS: 52648044, 0445510210762 mau_dimeo@hotmail.com Obras del mismo autor: http://profiles.yahoo.com/mauri_dimeo A mi madre, Por una feliz navidad INTRODUCCIÓN En esta obra se analizará la idea de Dios mediante las posibles definiciones y características de dicho concepto, esclareciendo su posible existencia mediante su congruencia intrínseca. DEFINICIÓN Antes de analizar las posibles características de Dios, es imprescindible encontrar una definición adecuada. Etimológicamente hablando la palabra Dios significa “lo que sustenta lo existente”, sobre esta definición es evidente que Dios no puede ser compelido por nada, dado que está “más allá de lo existente”, en tanto lo sustenta. Por otro lado, otra característica fundamental del concepto de Dios es la perfección, que puede entenderse como aquello que posee todas las cualidades y ningún defecto, pero no sólo todas las cualidades, sino que todas las cualidades elevadas al infinito, de modo que es omnisciente, omnipotente y posiblemente esto nos llevaría a una lista infinita de “omnis”. Por lo que podemos definir a Dios como el ente sumamente perfecto que sustenta todo cuanto existe. A lo que pudiera objetarse “yo no quiero definir a Dios como aquello que sustenta lo que existe”, de ser así, Dios se encontraría en el plano de los demás elementos existentes y nos veríamos obligados a inventar otro concepto para definir lo que sustenta lo que existe, o bien, el propio Dios se vería subordinado por aquello que es su sustento. Por tanto Dios debe sustentarse a sí mismo para poder ser Dios y no otra cosa. La otra objeción sería “yo no quiero definir a Dios como un ser perfecto”, de ese modo cualquier cosa podría ser un dios y nuevamente dicho dios se vería compelido por aquello que fuera sumamente perfecto. Cuando no se entiende cabalmente el concepto de Dios, se llega a afirmar incongruencias como “yo soy mi propio Dios”, ¿es que está uno sustentado por sí mismo?, ¿Es que uno es sumamente perfecto? Lo cual evidentemente es erróneo. También se llega a decir “lo que más amo en la vida es la fama, por lo que mi dios es la fama”, de igual forma la fama (o la riqueza o el poder, o cualquier otro elemento idolatrado) no es lo que sustenta lo que existe o lo que disfruta de perfección. Lo que sucede en estos dos ejemplos es que se usa el concepto de dios en su característica de “ídolo” y se hacen afirmaciones sobre esta base ignorando su condición. Queda aún una objeción a cualquier definición que quiera darse de Dios, “yo no creo que Dios pueda definirse como lo que sustenta o lo que es perfecto, ni ninguna otra cosa; sino que Dios está tan fuera del alcance de la mente humana que sólo por la fe podemos conocerlo, pues es incognoscible mediante la razón”. Si es incognoscible lo mismo daría que no existiera, pues tener fe en lo que no se tiene ni idea de lo que es, es lo mismo que no tener fe en nada, por tanto debemos poseer una concepción mínima de lo que es Dios para poder creer en él, pues correríamos el riesgo de creer en otra cosa. De este modo la fe en cuanto tal no disfruta de autonomía cognoscitiva, pues no se puede tener fe de modo vacío, sino que se debe tener fe sobre algún elemento y dicho elemento forzosamente necesita de una idea. POLITEÍSMO En el politeísmo los dioses efectivamente sustentan lo que existe, pero nos enfrentamos a un nuevo problema: los dioses en tanto existentes no pueden sustentar a otros dioses, porque dejarían de ser dioses al ser compelidos por algún dios, por tanto, de existir más de un dios, sus fuerzas sustentadoras se verían en permanente conflicto y al no ser mantenedores de todo cuanto existe incluyendo a los demás dioses, ninguno sería verdaderamente un dios. Por la misma línea, no podría existir más de un dios, pues al poseer cada cual la perfección, todos serían omnipotentes y la omnipotencia de cada dios se vería limitada por la potencia de otro dios o dioses y por tanto dejarían de ser lo que son. Tanto con la primer definición del “sustento” como la segunda de la “perfección” se podría objetar que no todos los dioses son el sustento o lo perfecto, sino sólo uno de ellos y los demás están subordinados al principal (lo que propiamente no es politeísmo sino henoteísmo), siendo así no podría llamársele dioses a los demás, sino sólo al principal, pues sería el único perfecto y sustentador. MONOTEÍSMO La característica principal del monoteísmo es la intervención de Dios en la vida humana, pues el análisis de su existencia se tratará en el apartado siguiente. Ahora bien, ¿en qué consiste esta intervención de Dios en los humanos?. Podemos proponer a grandes rasgos que protege, ayuda, perdona, ama y recompensa a los hombres. Primero hablaremos del concepto del amor, ¿A quien amaría Dios?, si ama a unos y a otros no, sería elitista, lo cual lo haría odiar o despreciar o ser indiferente con los humanos que no ama. Odio y desprecio son ausencia de amor y aprecio, lo mismo que la indiferencia, por lo que no son cualidades sino defectos, y como dijimos en el apartado anterior que Dios es sumamente perfecto, no podría sino amar a todos los humanos. Lo mismo pasaría si amara a unos más que a otros, por lo que debe amar a todos por igual. Por la misma línea no puede proteger, ayudar, perdonar o recompensar a unos más que a otros o a unos y a otros no, por lo que tiene que hacer todo ello para todos los humanos por igual. En este punto nos enfrentamos a un problema: supongamos que un día despertamos y el tiempo pasa el doble de rápido que de costumbre, ¿cómo podríamos saberlo? Si miramos el reloj también éste pasaría el doble de rápido, si sentimos nuestro corazón también latería el doble de rápido, si queremos sólo “intuirlo con el pensamiento” nuestro pensamiento también iría al doble de rápido, por tanto, como todo es doblemente rápido da lo mismo que si no fuera así, pues no tenemos un punto de referencia para percibirlo. Así mismo, si Dios ama (o cualquier otro concepto que hemos mencionado) a todos por igual, lo mismo da si no ama a nadie, pues no tenemos un punto de relación para distinguirlo. Por tanto, la intervención de Dios en la vida humana no es posible de forma directa (o en caso de existir no sirve de nada). Aun queda otra vía de intervención, la que propuso Santo Tomás: nos plantea que Dios es causa del aquí y el ahora de cada evento (al menos) humano, por ejemplo: que yo esté escribiendo ahora o que usted esté leyendo ahora es causado por Dios, o que estemos respirando ahora también es causado por Dios y así con todo evento en el aquí y en el ahora. Este argumento es igualmente refutable con el ejemplo de la aceleración del tiempo: si Dios es causa de cuanto ocurre da lo mismo que no fuera causa de nada, pues no tenemos un punto de referencia para distinguirlo. DEÍSMO Una vez que se ha aclarado que no es lógicamente posible más de un dios y que ese dios pueda intervenir en la vida humana directa o indirectamente; es momento de analizar la propia existencia de Dios, ya que para el deísmo Dios creó el universo como una máquina autónoma sin que intervenga en él en lo más mínimo (o si se quiere interpretar a Spinoza como Deísta: Dios es la causa eterna de las causas de lo existente). En este apartado se analizarán los principales argumentos que tratan de comprobar la existencia de Dios mediante la razón, los cuales son: causa, necesidad, perfección y finalidad. CAUSA El argumento de la causa consiste en postular que todo tiene una causa y cada causa tiene a su vez otra causa, como no podemos proceder al infinito, debe existir una causa primera que no sea causada por nada, o en el caso de Spinoza: una causa de sí. El argumento de la causa se refuta con la explicación de Hospers: “miremos el universo alrededor nuestro, los millones de estrellas y nebulosas, la amplia gama de seres vivientes y todo el panorama de la vida humana. Debe provenir de alguna parte. Alguna gran causa debe haber producido todo esto. ¿Y cuál puede ser esta causa si no es Dios? La creencia en Dios, pues, es necesaria para explicar la existencia misma de todo. (...) Pero si esto es así, ¿Qué hemos ganado con postular un Dios como causa del universo? ¿Acaso no tenemos ahora dos misterios para explicar en lugar de uno: el universo y la deidad que postulamos como causa del primero? ¿Qué hemos ganado con este procedimiento?”. Por tanto, el argumento de la causa provoca más problemas y ninguna solución. NECESIDAD Este argumento de Santo Tomás fue retomado por Leibniz. Se refiere a que todos los seres han sido creados, por ende debió haber un ser que no haya sido creado, sino que necesariamente existe para poder crear a todos los seres: Dios. Esta postura se empalma con el argumento de causa en el sentido de que es una negación de la infinitud misma, pues se entiende que no puede haber causas hacia el infinito, sino una causa primera, de la misma forma que los seres no existen infinitamente, sino que son creados por un ente necesario. Ante este criterio de la no-infinitud Reichenbach (citado en Hospers) argumenta que no es necesario un ser que exista para crear a los demás, pues lo que existe pudo haber existido siempre (infinitamente hacia el pasado e infinitamente hacia el futuro), sin ser por ello incongruente, del mismo modo que nuestro sistema de numeración es infinito hacia delante (números positivos) y hacia atrás (números negativos), sin que por ello represente una paradoja al momento de ocuparlo en nuestra cotidianeidad. FINALIDAD Este argumento postula: De la finalidad que advertimos en la naturaleza, un ser inteligente que dirige el mundo hacia un fin: Dios. Tal argumento da por hecho que el mundo posee una finalidad intrínseca, y si bien como seres humanos tendemos a actuar mediante fines, los fenómenos naturales no proceden necesariamente de tal forma. Por ejemplo: se podría pensar que la finalidad de la lluvia es proveer de agua a las plantas, lo cual suena razonable, pero si consideramos que en nuestro planeta llovió en un periodo de más de mil millones de años antes de que los seres vivos existieran, dicha finalidad pierde sentido; y más aún cuando nos enteramos que la precipitación de líquidos ocurre en otros planetas en los que no existe la vida. Por tanto, no podemos postular una finalidad necesaria en la naturaleza, por lo que resulta innecesario un ser inteligente que dirija al mundo. Y en todo caso la supuesta finalidad de la naturaleza sólo demostraría un ente “organizador”, pero de ningún modo sustentador o perfecto. Cabe mencionar que Kant trató de fundamentar la existencia de Dios por medio de la razón práctica, pero tomó su base de una supuesta finalidad en la naturaleza, por lo que quedó implícitamente refutado en este parágrafo. PERFECCIÓN A este argumento se le suele llamar el argumento ontológico, que fue formulado por San Anselmo y retomado por Santo Tomás, Descartes y Spinoza: La existencia es necesaria para que haya una completa perfección. Y puesto que Dios es absolutamente perfecto, debe existir, si no es así, carecería de la perfección completa. Este argumento lo refuta Hospers de la siguiente forma: “si el argumento ontológico fuese válido, podríamos demostrar la existencia de una isla perfecta de la siguiente manera. Yo imagino una isla perfecta, podemos argüir, usted ve que es realmente perfecta, pero no lo sería si no existiera. Si no existiera sería menos perfecta que si existiera; la existencia como ve usted es una condición necesaria para la perfección. Por tanto, esta isla perfecta debe existir. Lo mismo podríamos demostrar la existencia de un automóvil perfecto, de una hoja de afeitar perfecta, de un sistema de impuestos perfecto, etc.” Otra versión de tal argumento es el siguiente: Existen cosas más bellas y más buenas que otras, es decir, unas con más cualidades y otras con más defectos, pero debe haber algo infinitamente perfecto que proporcione las cualidades a las cosas: Dios. Esta postura es refutable de esta forma: tenemos la capacidad de analizar nuestro entorno y juzgarlo, además poseemos una habilidad para aplicar categorías a los objetos, es decir, evaluamos que algo es bello o bueno o grande o alto en la medida que conocemos objetos que no tienen dicha cualidad, en otras palabras, si todo fuera igualmente bello o bueno o justo, no podríamos compararlo con nada y no sabríamos si posee dichas cualidades; inclusive no podemos determinar que el universo es perfecto, pues no poseemos otro universo para compararlo y si lo comparamos con un defecto dentro del universo ya sería en sí mismo imperfecto, por lo mismo no puede existir nada perfecto en sí mismo, es sólo nuestra tendencia a idealizar los atributos. En una tercera vía, retomando el concepto que dimos en el apartado de la definición, la perfección consiste en poseer todas las cualidades y ningún defecto. Ahora bien, si es Dios mismo el que determina tales cualidades es algo que no podemos saber, por lo que correríamos el riesgo de creer en algo que no fuera perfecto, y si nosotros somos los que determinamos dichas cualidades, necesitaríamos un criterio perfecto para determinar la idea de perfección, lo cual nos mete en una petición de principio, por lo cual es imposible saber si algo es perfecto y cómo es lo perfecto. Retomando la definición que otorgamos a Dios al inicio de este escrito, el sustento puede entenderse como causa y necesidad (pues vimos que la finalidad no implica sustentación), y la definición de perfección se consideró explícitamente. Todo lo cual ya ha quedado refutado, pues el politeísmo y el monoteísmo resultaron absurdos en sí mismos y el deísmo trató de fundamentarse en la necesidad, la cual al ser refutada descendió a la mera contingencia y como Dios no puede ser contingente porque sería un ente como cualquier otro, también quedó impugnado. Por lo que el concepto de Dios es absurdo y contingente. PANTEÍSMO Acabamos de ver que no es posible fundamentar la existencia de Dios por medio de la razón, por tanto, sólo nos queda formular la existencia de Dios como la naturaleza misma, y es así como surge el panteísmo: la postura que propone que Dios no es más que la suma de cuanto existe o el orden de cuanto existe, es decir, que Dios es inmanente a la naturaleza y no es trascendente a ella. El panteísmo puede entenderse de dos formas: si se postula que la naturaleza (Dios) constituye la suma de cuanto existe, se cae en el error de atribuir a Dios la característica de la extensión (espacio físico) y como ya dijimos que Dios posee todas las cualidades al infinito: toda la materia existente tendría que ser parte de él. Dicha postura comete el error de tomar la extensión como una cualidad, siendo que sólo es una característica y no necesariamente un elemento perfectible, es decir, lo más grande (en términos físicos) no es necesariamente lo mejor, por lo que Dios puede ser perfecto sin disfrutar de un cuerpo físico (o de todos ellos). La segunda postura consiste en entender por naturaleza (Dios) el orden de lo existente, lo que hacemos al llamarle Dios a la naturaleza es aplicarle un nombre innecesario que no la representa, pues si ya poseemos un concepto suficientemente claro como es la naturaleza para nombrar el orden de las cosas, insertar el nombre de Dios como sinónimo es innecesario e injustificado (así como también lo es llamar Dios al universo como se pretendía unas líneas arriba). Por ejemplo: en la actualidad es inusual utilizar una carroza para transportarse, ahora se usa el automóvil, quien se empeñe en llamar carroza al automóvil no sólo estará llamando incorrectamente al automóvil, sino que causará confusión a quien lo oiga, por lo que debemos procurar llamar a las cosas por su nombre. AGNOSTICISMO Hasta aquí parece ser que el concepto de Dios ha sido totalmente refutado, pero aún queda una postura: “yo no niego que hasta el momento haya impugnado todas las pruebas con las que se ha encontrado, y que el concepto de Dios no tenga congruencia lógica mediante su análisis, pero siempre habrá nuevas pruebas de su existencia, por lo que yo prefiero no negar ni afirmar tal existencia, sino postular que no poseemos la capacidad de validar o invalidar la existencia de Dios, de modo que me mantengo indiferente”. Tal argumentación es refutable de la siguiente forma: para poder tomar en serio un argumento, primeramente se necesita analizar su posibilidad existencial. Todo es empíricamente posible en tanto haya probabilidades de que exista en la experiencia, por ejemplo, los unicornios no existen en la realidad, pero cabe la posibilidad de que un grupo de caballos se aíslen durante miles de años y desarrollen un cuerno como producto de cierta adaptación al medio. Por otra parte, dentro del ámbito lógico todo es posible en tanto sea pensable, aun cuando jamás pueda existir, por ejemplo: un unicornio es lógicamente posible, en tanto pueda imaginarse, aunque llegara a ser empíricamente imposible; de la misma forma si Dios fuera empíricamente posible la postura del agnóstico sería razonable, pero hemos demostrado que Dios ni siquiera es lógicamente posible, es decir, con el unicornio basta con imaginar un caballo con un cuerno en la cabeza, pero con Dios esto es inadmisible, pues a lo largo de este escrito se ha demostrado que no es viable encontrar congruencia lógica en el concepto de dios, por lo que es inimaginable. Por tanto, uno no se puede mantener al margen de la existencia de algo que carece de sentido, de la misma forma que no se pone en duda la inexistencia de un círculo cuadrado, dentro de la geometría euclidiana. EN RELACIÓN CON LA HISTORIA El orden que se llevó a cabo en esta obra obedece a dos razones: que permitió refutar la existencia de dios secuencialmente y que dicho orden coincide en cierta proporción con la evolución histórica del pensamiento humano. Con esto me refiero a que el politeísmo predominó en la prehistoria y en la edad antigua, el monoteísmo en la edad media, el deísmo imperó en los círculos intelectuales en la Francia y en la Inglaterra del siglo XVIII con Toland, Tindal, Voltaire, Rousseau y algunos otros; el panteísmo prevaleció en Alemania, a inicios del siglo XIX con el idealismo alemán y particularmente con Goethe, Fitche, Schelling y Hegel; el agnosticismo fue promovido por Henry Huxley a mediados del siglo XIX, y el ateísmo tuvo su cumbre ideológica con Feuerbach, Marx y Engels en Alemania a finales del mismo siglo. CONCLUSIÓN En resumen, lo que se logró postular en esta obra es lo siguiente: *Dios no existe, pues no hay nada en la existencia real que pueda corresponder con tal idea, debido a que el concepto de Dios es absurdo o contingente. *Si existiera, no podríamos conocerlo, dado que es inimaginable e innecesario. *Si lo conociéramos, no podría influir en nuestras vidas, en tanto que su supuesta perfección no permite la interacción personalizada. Sin embargo, no podemos concluir que no existen seres superiores a los seres humanos, pues el universo es demasiado complejo para afirmar esto, pero sí podemos afirmar que cualquier ente superior que exista no puede ser identificado con la deidad, en tanto que la idea de Dios no disfruta de congruencia lógica. BIBLIOGRAFÍA Introducción al Análisis Filosófico, por John Hospers Crítica de la Razón Práctica, por Immanuel Kant Ética, por Baruch de Spinoza Suma Teológica, por Santo Tomás de Aquino EL YO Análisis filosófico de la idea del alma 12º edición SAGANDHIMEO COMENTARIOS Y PEDIDOS: TELS: 52648044, 0445510210762 mau_dimeo@hotmail.com Obras del mismo autor: http://profiles.yahoo.com/mauri_dimeo Para Angélica por nuestra amistad. INTRODUCCIÓN En el presente ensayo se abordará el problema de la existencia del alma, así como el de la inmortalidad. Se empleará el método analítico y se complementará el discurso filosófico con bases científicas elementales. LA IDEA DEL YO La individualidad humana suele denominarse con el concepto del alma o espíritu, pero no existe un solo criterio, pues los filósofos griegos ocuparon el concepto del alma para denominar lo que le da vida al cuerpo, mas dicho concepto no implicaba la inmortalidad; para los atomistas el alma se componía de átomos físicos, es decir, de un alma material, y el cristianismo y otras religiones sí implican la inmortalidad en la idea del alma. Del mismo modo la idea de espíritu suele tomarse unas veces como el alma y otras veces como las operaciones mentales. Por todo ello, dichos conceptos soportan una carga histórico-religiosa de tal ambigüedad que dificulta su problematización actual. Para evitar esas complicaciones nos referiremos al alma con el concepto del yo y a las funciones del espíritu como funciones mentales. Esto no impide que se pueda afrontar el problema de la inmortalidad, pues no tendría sentido hablar de inmortalidad del alma si no nos refiriéramos a nuestro yo. Ahora bien, deseo saber lo que específicamente soy yo, sé que tengo un nombre y que tengo un cuerpo, pero yo no soy exactamente eso, pues son mi nombre y mi cuerpo, pero no yo mismo. Si eliminara mi nombre seguiría siendo yo, si me cortara los brazos y las piernas seguiría siendo yo, finalmente si me cortara la cabeza y se lograra hacer que mi cabeza tuviera conciencia seguiría siendo yo. Este es el punto que buscamos, pues lo que me hace ser yo mismo es mi conciencia (entendida como la propiedad humana de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta), ya que si tuviera una disfunción cerebral y mi condición fuera vegetativa, podría objetarse que ya no soy yo, sino que es sólo mi cuerpo. INMATERIALIDAD Dentro de la ontología científica actual que expone Bunge, la naturaleza psíquica del humano se puede desglosar de la siguiente manera: En un primer nivel está nuestro cerebro, quien es el sustento fisicoquímico de las funciones mentales. En un segundo nivel están dichas funciones tales como los pensamientos, la memoria y la conciencia, los cuales, si bien no son reductibles a meras funciones cerebrales: siempre emergen de ellas. En ese sentido, la inmaterialidad de la conciencia consiste en que su complejidad supera la mera equivalencia con la actividad química en el cerebro, pero no por ello estamos autorizados a otorgarle una naturaleza ajena al mismo, así como una comunidad humana es algo más que la suma de individuos que la conforman, pero sin ellos no existiría. En el caso particular de los sentimientos, también hallamos tal derivación de la actividad cerebral, por ejemplo: el enamoramiento es producido por una hormona llamada endorfina, la cual también se encuentra en pequeñas cantidades en el chocolate negro, evidentemente que el amor es mucho más complejo que lo que hace una hormona, pero es un hecho que sin ella no seríamos capaces de enamorarnos. Cabe aclarar que, al entender los procesos mentales como propiedades del cerebro y no entidades en sí misma, no debe malinterpretarse que los procesos mentales son lo mismo que procesos cerebrales, Hospers aclara este punto explicando que “cuando surgen pensamientos, se producen procesos neurales en el cerebro; en realidad, parece que los pensamientos nunca surgen en ausencia de procesos neurales (...) Pero que A sea una condición de B no significa que A y B sean lo mismo. A no puede ser una condición necesaria de sí mismo. Si B depende causalmente de A, entonces ipso facto hay dos cosas, A y B”. En un tercer nivel están la mente y el yo, (en donde podemos incluir las ideas del alma y del espíritu), en el caso de la mente no podemos otorogarle una existencia real, pues como expone Hume: “Pensar es siempre pensar algo (...) Por tanto, no existe un puro <pensamiento en cuanto a tal> ni una <sustancia mental> distintos de las percepciones e ideas particulares (...) resulta falso inferir, como hiciera Descartes, la existencia de una sustancia pensante a partir de la actividad del pensar, del mismo modo que es falso inferir una sustancia comedora a partir del comer”. De la misma forma, el yo no es físico como el cerebro, así como tampoco deriva directamente de la actividad neuronal como las funciones mentales; pues el yo no es más que una idea que se deriva de la autoconciencia con el apoyo de la memoria, que adquirimos desde una edad muy temprana y que nos sirve para identificarnos a nosotros mismos y a reconstruir nuestro pasado, pero que no deja de ser un mero concepto. En otras palabras, si buscamos el yo como un elemento químico físico o biótico dentro del cuerpo no lo encontraremos, aun dentro del cerebro sólo hallaremos neuronas y conexiones neuronales, pues el yo como tal no es de esa categoría. Llinás explica la naturaleza del yo con una analogía: “El yo, aquello por lo que trabajamos y sufrimos es tan sólo un término útil, referente a un evento tan abstracto como lo es el concepto del Tío Sam respecto de la realidad de algo tan complejo y heterogéneo como son los Estados Unidos”. Por tanto, el yo y la mente son solamente ideas que nos ayudan a comprender nuestra individualidad, pero no poseen existencia real. INMORTALIDAD La idea de la inmortalidad surge en el ser humano por diversas razones, tales como el factor emocional o el afán de trascender. Ahora bien, si tuviéramos una autonomía mental, sería posible que conserváramos la memoria aun cuando la parte del cerebro que le corresponde se dañara, o bien, sería posible pensar sin que se registrara actividad cerebral, o enamorarse sin la correspondiente segregación de endorfina. Pero todo ello no es posible, pues padecemos una evidente dependencia en nuestras funciones con respecto a la actividad cerebral. Sin embargo, aun podemos imaginar separarnos del cuerpo perdiendo dichas funciones, ¿qué pasaría en tal caso? No podríamos pensar, ni sentir, ni siquiera recordar, lo cual sería desastroso. Al respecto, Hospers menciona que “Si yo no tuviera memoria, aun cuando fuera de una fracción de segundo a la siguiente, no existiría una entidad permanente, el yo. Habría un cuerpo, pero no identidad personal. La memoria es lo que conecta un estado momentáneo con otros estados momentáneos precedentes (...) ¿Qué significaría que una persona ha sobrevivido a la extinción tanto de su cuerpo como de su memoria? Ya no tiene un cuerpo, ni recuerda nada de su estado anterior; es difícil ver qué es lo que podría significar el que se dijera que continúa existiendo la misma persona...”. Ahora bien, si a la muerte del cuerpo nuestra conciencia queda vacía: necesitaríamos de otro cuerpo para continuar existiendo, lo que provoca que seamos inmortales en tanto conservemos un cerebro determinado. Pero hasta que no logremos transferir las funciones mentales de un cuerpo a otro, o al menos de un cuerpo a una computadora muy sofisticada: continuaremos siendo mortales. Sobre este punto es importante aclarar que la reencarnación sólo sería posible precisamente si nos pudiéramos llevar las funciones mentales con nosotros, como tales funciones poseen una base estrictamente material, la única forma de reencarnación sería por medios electrónicos o fisicoquímicos. SOBRENATURALIDAD Otra vía para buscar la inmortalidad es a través de una condición sobrenatural, entendida como aquello que excede las leyes o límites naturales. Hemos visto que la inmaterialidad no implica sobrenaturalidad, pues las funciones mentales son algo más que las conexiones neuronales, pero no sobrepasan su naturaleza intrínseca. Ahora bien, si ya nos hemos planteado el problema de la inmortalidad y si la explicamos a través de la sobrenaturalidad, lo único que hacemos es generar dos problemas en lugar de uno (la inmortalidad y la sobrenaturalidad). Y debido a la estricta dependencia de las funciones mentales con el cerebro, no es posible hallar dicha sobrenaturalidad dentro de nuestro organismo. Además, para poner en duda la autosuficiencia de la complejidad humana en tanto perteneciente a las leyes y límites de la naturaleza, es preciso conocer a fondo tales leyes, por lo que primero debemos desarrollar integralmente los estudios psicológicos, psiquiátricos y antropológicos, entre otros, y si de ello resulta que el estudio de la naturaleza humana debe complementarse con una posible sobrenaturalidad, entonces procederemos a tomar en serio tal consideración, pero mientras tanto es más prudente centrarse en la complejidad biopsicosocial del hombre que aventurarse a inventar una presuntuosa sobrenaturalidad. Además, si le atribuimos una categoría sobrenatural a los procesos mentales, estaríamos igualmente autorizados a atribuirle dicha cualidad a cualquier propiedad emergente. Así por ejemplo los elementos químicos tendrían un “alma” con respecto a los físicos, lo cual no es digno de considerarse. Finalmente, el hecho de asumir que poseemos un alma inmortal conlleva a suponer que nuestro cuerpo es un mero depositario efímero de nuestro ser, lo que genera que nos sintamos ajenos a nuestro organismo. Esta negación de nuestra naturaleza biológica puede derivar en un repudio a nuestra sexualidad o, como propone Marx, en una cosificación. Es decir, que entendamos nuestro cuerpo como una mera cosa, como una carga o como un cúmulo de tentaciones y no como parte constitutiva de nuestra naturaleza humana. CONCLUSIÓN Hemos visto que la mente y el yo, donde se incluyen el alma y el espíritu: son meras ideas que nos permiten entender nuestra singularidad, también vimos que la inmortalidad sólo es posible mediante la tecnología y que la idea de lo sobrenatural genera más problemas de los que pretende solucionar. Sin embargo, el objetivo de demostrar la mortalidad del humano no es otro que situarlo en su realidad, pues al dejar de creer en una vida después de la muerte podemos revalorar nuestra propia humanidad y, como postula Schiller, no buscar una permanencia de la existencia en su simplicidad, sino reafirmar la existencia presente mediante el desarrollo de las capacidades humanas, y en todo caso buscar la inmortalidad metafórica, es decir, no con la permanencia del yo, sino con la trascendencia artística, científica y filosófica, entre muchas otras. BIBLIOGRAFÍA Introducción al Análisis Filosófico, por John Hospers Cartas sobre la Educación Estética del Hombre, por Schiller El cerebro y el mito del yo, por Rodolfo Llinás. Materialismo y Ciencia, por Mario Bunge Tratado de la Naturaleza Humana, por Hume. Manuscritos económico-filosóficos, por Karl Marx |
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