Crinolinas
...por Sergio Perelló

Crinolinas


Las crinolinas envolvían con anchos sueños los cuerpos juveniles de las muchachas; y una colección de estrechas corbatas afilaba las sonrientes caras de los jóvenes galanes, enmarcadas por un pelo corto y bien peinado, que miraban esas crinolinas como quien mira el vuelo de los ángeles. El conjunto musical en torno de una marimba iniciaba los primeros acordes de una fiesta cuidadosamente preparada desde meses antes, quizás desde años antes, quizás desde el tiempo de antiguas generaciones que pactaron con los cielos la seguridad de un perpetuo ritual iniciático para cada una de las hijas de toda su descendencia. Los chavos enfundados en trajes estrechos, pantalón de tubo, algunos con saco sin solapa —así lo usaban los Beatles, conjunto musical inglés que se estaba poniendo de moda—, contemplaban casi en éxtasis los cuidados que ellas habían puesto en su arreglo personal. El salón de belleza, la pastelería, la casi orquesta, la tintorería, la peluquería, las clases de vals, la familia, la florería, los vecinos, el licor y los canapés, los meseros, los amigos y amistades, el maestro de ceremonias con sus frases rimbombantes de las cuales el contenido había sido burdamente extirpado con el bisturí de la grandilocuencia y los halagos a la festejada y al momento; todo estaba presente en el cumpleaños de Esmeralda. Podía decirse que sus padres habían echado la casa por la ventana, pero en realidad, las costumbres, maltrechas por la vida, escurrían por el caño de ese salón de fiestas en algún rincón de la ciudad de México. Porque nadie es dueño de lo que cree ser dueño, porque nadie tiene en la mano lo que sus engaños le dicen tener. Ahí está la gente y punto; haciendo lo que quiere pero, sobre todo, lo que puede. Y ahí es donde el lenguaje ampuloso y la retórica como método para parchar los arañazos de la experiencia cotidiana cobran totalmente su sentido.

Vestida como piñata, la quinceañera, a falta de escaleras, penetró al gran salón rentado para el caso por la puerta de la cocina entre una nube de lugares comunes totalmente acostumbrados y previsibles. Pero era lo de menos. El fluir nocturno del firmamento también es previsible y eso no le quita belleza ni encanto para quien aprecia su contemplación.

“La vida es así”, dijo el viejo con melancolía. “Da vueltas y vueltas como un eterno primer vals”. Nadie sabrá lo que pensaba al asentar tamaña sentencia, pero así lo creía, así lo sentía y así lo dijo en ese momento de euforia desvelada. Y todos los años que llevaba a cuestas entre sus tortuosas observaciones lo atestiguaban como una verdad irrefutable. “La vida es así. Así ha de ser. ¿O no?” La fiesta estaba en su apogeo. Ya había pasado la tensión de los formalismos necesarios. Las presentaciones, los discursos. “¡Salud!”, había dicho lacónicamente el abuelo antes de empujarse a las entrañas de la conciencia el whisky de su vaso. El primer vals fue largo, con aire tropical y repartido entre el chambelán, el papá, el padrino, el novio celoso, un amigo guapísimo de la familia, el abuelo y un simpático advenedizo (espontáneo, dirían en la fiesta brava) que siempre sonriente y amable insistió en corregir los pasos diseñados por un improvisado coreógrafo contratado especialmente para el evento. El ritual había transcurrido casi en perfección, diría el viejo. Las cosas ya en su lugar, podía empezar la fiesta, y la música se soltó como lluvia de verano: estruendosa y amenazante. Unas faldas revoloteaban arriba de la rodilla y otras casi a ras de piso (las modas se mezclaban al gusto), pero la imaginación las levantaba lo suficiente como para caldear las miradas, los sentidos, los ánimos de los varones amaestrados en la arrogancia de su sexo. Los deseos se desbarataban por el piso y traspasaban las paredes de la educación. Los instintos atropellaban la cultura. Bajo los efluvios del alcohol ya nada era como debía ser. Nada correspondía ahora a lo previsto. Las cosas transcurrían entre lo esperado y la capacidad del espíritu colectivo para aprovechar las circunstancias. Tanto tiempo preparando el espectáculo y nadie se detenía a aplaudirlo con el merecido respeto, con la admiración programada por la familia y la propia quinceañera. ¡La fiesta, la diversión, las felicitaciones, el baile, el calor, las miradas, las necesarias presunciones, el jolgorio, la euforia, los regalos, las promesas!

Después de su breve discurso el abuelo regresó a la mesa que tenía asignada. “Con permiso”, dijo con la mayor cortesía que pudo y tomó asiento entre Lucía, su compañera, y una vecina del edificio donde vivían. Fue bien recibido: sus chistes hasta cayeron en gracia. Se apoderó de la atención de quienes compartían la mesa, pero especialmente de la vecina, bajo la anuente mirada de Lucía, esa guapa cuarentona que nadie sabía de dónde había salido pero que en algún momento decidió compartir su vida con el abuelo de la niña, sin más. Poco después de enviudar el abuelo ella se mudó al departamento del viejo como si nada, como si hubiera estado ahí desde siempre, comenzó a saludar a los vecinos y a los hijos de su compañero, que vivían en el piso de arriba. Sin explicaciones por parte de nadie, se impusieron las evidencias, las normalidades y como de costumbre comenzaron a pasar los años.

“El deseo es la única verdad”, dijo el viejo pelando los ojos. No había en él ni el más remoto rastro de la sobriedad y parquedad con que saludaba en las mañanas. “Era otro”, dirían. “Esa mujer lo tiene desquiciando”. Y Lucía (la “esa mujer”) también estuvo a punto de pensar que era otro, pero simplemente aceptó el instante y dejó que la fiesta se colara entre ellos y dictara sus reglas momentáneas. Mientras el abuelo parloteaba, su mano tentaba una vez más la vida al acercarla con pasión temblorosa a la rodilla de la vecina, queriendo rozarla con comunicativa discreción. Ella sonreía algo desconcertada y miraba de reojo a Lucía con la necesaria vacuidad del caso, como no queriendo darse cuenta, como aceptando circunstancias que sin serle ajenas no la comprometían del todo. ¿Quién era ese viejo (con el paso de las horas y las frases, simplemente ese hombre) que conocía desde hacía tiempo sin conocer? ¿Quién podía ser en verdad ese entusiasmado abuelo de la quinceañera, siempre tan cortés, tan callado, y ahora...? Lucía, imperturbable, se desentendía con amorosa tolerancia de las andanzas circunstanciales de su compañero con la seguridad de quien controla las cosas y su razón de ser.

Vueltas y vueltas de las parejas de baile al compás de Ahí nos vemos, cocodrilo, y en cada vuelta las crinolinas se dejaban ver bajo las amplias faldas; los rostros alegres completaban la fisonomía de la danza, y las risas y las miradas y los ademanes lo confirmaban con deleite. Esmeralda estaba feliz: era el centro del mundo y todos querían bailar con ella. Cuando pasaba cerca de su abuelo sonreía y le enviaba un beso con un ademán de la mano y el abuelo le devolvía el gesto con un guiño y también una sonrisa.

“¿Por qué este dolor que me arrastra cuando quiero amar?”, pensó el viejo. Esa rodilla ajena bajo la palma de su mano y el desentendimiento de Lucía no eran un equívoco casquivano ni una evasión ni una casualidad ni un descuido ni un desliz. Era tirar un ancla en el fondo de la vida para no ser arrastrado por la marea aguas afuera. El hombre era un nostálgico de las sensaciones que se tienen por primera vez y las buscaba de nuevo aun con la certeza de que era imposible encontrarlas como habían sido en su momento. El conocerlas le impedían volver a sentirlas como entonces. Aquella vez que rozó sin querer la mano de esa niña a la que miraba furtivamente en el tranvía, recordó. ¿Nueve años tenía entonces cuando sintió, al margen de su voluntad, el golpe en la ingle, el grito de la especie, del que no pudo nunca olvidarse, particularmente en noches anodinas de sexo rutinario y costumbrista? La sorpresa del descubrimiento de lo imprevisto era una emoción casi muerta en sus recuerdos, irrepetible. Palpar la rodilla de la vecina frente a la mirada de Lucía no era lo mismo. Pero hubo antaño otros descubrimientos sensacionales, ¿verdad? El pudor, el miedo, la identificación con lo nuevo, los nuevos, los desconocidos que con el tiempo se volverían entrañables fantasmas, las noches solitarias, el hastío, la ausencia de uno mismo después de cualquier fracaso, la vida toda. En el fondo él era un himno a cualquier cosa que las circunstancias lo llamaron a ser y realizar. La vida se le fue nomás buscando. Y se daba cuenta de que no había buscado más que lo conocido: sensaciones que serían capaces de hacerle caminar por toda la eternidad con tal de experimentarlas de nueva cuenta. Pero era imposible volver a encontrarlas como fueron y se sintieron por primera vez. Era como querer tocar el horizonte. Volver a vivir lo mismo no era lo mismo. Era suficiente tal como había sido.

Con tristeza, el viejo retiró su mano de la rodilla de la vecina mientras el baile continuaba. Los chavos actuaban como debían actuar: irreflexiva, ciega, automáticamente, ensayando pasos, explorando, tratando de quedar bien, como piezas de una máquina que funciona por voluntad de otros y no sabe dónde va o qué hace, y mucho menos lo entienden sus pequeños engranes, tornillos y poleas, como si fueran el instrumento de algo mucho mayor que los impele y controla. “Creo que Esmeralda te está llamando, mi amor”, dijo Lucía como por hacerle un favor a la vecina. El viejo se fue con la finta y se levantó de la silla. En el camino hacia la quinceañera tropezó con las parejas de baile y con el baile mismo. La pieza musical terminó y él se detuvo en medio de la pista a charlar calurosamente con los jóvenes. Les decía que pensaran en lo que hacían, que lo sintieran, que hicieran lo que fuera pero no sin querer ni por mera inercia. Los chavos sonreían y lo miraban con cierta conmiseración, con indulgencia y alguno hasta con respeto. El hombre se quedó por ahí entre los danzantes más de una hora, copa en mano, hablando con quien se dejara, dando consejos, sin realmente molestar a nadie. El viejo hablaba por inercia. Sabía que no lo entendían pero se sentía obligado a decirles que las cosas tienen un sentido, que el tiempo tiene un sentido y que los actos que están sumergidos en ese tiempo personal también tienen un sentido... o al menos deberían tenerlo. Hablaba por oírse, para acomodar las cosas que vivían en caos dentro de sus huesos. “¡Sean ustedes mismos!”, gritó a su pequeño auditorio, a la fiesta, al mundo.

Y la fiesta prosperaba de nuevo con la música, el baile, los conatos de pleito por alguna tontería, por celos o por rencores, por dirimir cuentas viejas o por el dominio de territorios. Se establecían alianzas, se iniciaban romances, concluían otros, se exaltaban pasiones, había rompimientos, se afirmaban jerarquías. La fiesta transcurría como la vida. No eran las horas las que pasaban sino los ritos, cumpliéndose uno tras otro inexorablemente, estuvieran o no previstos. La fiesta se acercaba lentamente a su fin.

Los chavos no sabían como deshacerse del viejo. “Hasta luego, señor. Mucho gusto. Ya nos vamos”. “Ni madres. Yo voy con ustedes. Todavía puedo enseñarles como debe uno comportarse en un burdel, jovencito”. “¡Pero, si no vamos a ningún sitio!” “No se haga loco, muchacho. Ya los escuché haciendo planes en voz baja”.

Mientras uno a uno se iban escabullendo por la puerta, el viejo insistió con la vehemencia de un adolescente en que la vida se va también así entre tumbos y machincuepas y que acontece secamente, sin programa, sin planes ni proyectos, que todo es una fantasiosa veleidad y que por fortuna se va componiendo con el tiempo, como si nada hubiera pasado, como si los fracasos y el polvo de los años fueran la argamasa que une los recuerdos como a las piezas de un edificio de rareza desconcertante que llamamos pomposamente la historia de mi vida. Manoteó, volteó para allá, levantó su copa y cuando se dio cuenta estaba hablando solo. “¿Tendré caspa en las pestañas?”, se pregunto como para no sentirse desairado.

Se sentó otra vez en su mesa y tomó la mano de Lucía. La vecina acababa de irse. Él pidió perdón en nombre de su apremiante necesidad de sentirse vivo. “Ciertamente”, dijo, “hay quien vive como si buscara una calificación para sus actos. Actúan, piensan y hablan como si todo el tiempo tuvieran a su biógrafo al lado tomando notas. Sus movimientos parecen estar orientados a salir bien librados de lo que llaman el juicio de la historia. ¿Llegarán a pasar el examen?” Y se rió un momento. “Otros viven corriendo”, continuó, “como si tuvieran urgencia por llegar al final. ¿Y para qué tanta pinche prisa?”, dijo y estalló en una carcajada. Ella lo miró con la conmiseración y paciencia que se tiene con quien vuelve de la guerra y sigue pegando tiros. “Eres parte de mi vida”, dijo el viejo a Lucía al sentirse observado. Y agregó: “tuve una infancia, una pubertad, una adolescencia, un adulterio (nadie es perfecto) y tuve una perdición que cambió mi rumbo y esa locura fuiste tú. Por ti lo abandoné todo: mis hijos, mi trabajo, mi nietecita querida que hoy cumple sus primeros quince años, y Dios mediante habrá muchos más”. Lucía hizo una mueca de pícaro reproche como quien atrapa a un niño exagerando sin mesura. “Bueno”, rectificó el hombre, “no dejé nada, pero sí te encontré, para mi fortuna”, insistió, “y fue como haber dejado todo el pasado en el armario viejo de una mansión deshabitada”. Ella era mucho más que una etapa, más que una estación de su existencia: era la fase indispensable de su vida, el lugar necesario de su ser. “¿Que sería de mí sin tu cálida presencia? ¿Qué le habría dado sentido a mi fluir rutinario por el mundo?” Era más que una mera tribulación en la línea casi recta de su vida: era mucho más que una compañera, aseguraba. No había sido una etapa sino un mundo.

“¿Qué sería yo, mi vida, sin tu amor desinteresado, total y sutil? ¿Qué sería de mi vejez? Te juro que mi infancia no tendría sentido sin este final apasionado. Eres mi fiebre y mi salud, mi alivio, mi razón de ser y mi razón de haber vivido. Parece como si antes de ti todo hubiera sido un preámbulo, una preparación para nuestro encuentro, como si el destino de verdad existiera, como si todo hubiera sido dirigido por una voluntad superior. Pero no. Fue así, como bien pudo haber sido de otra forma. Y entonces, ¿que pasó antes? ¿En qué tonterías se me fue el tiempo? ¿Todo pudo haber sido de otra manera para llegar de cualquier modo al mismo sitio? Me pregunto y me pregunto cosas y cada vez que aparece el conato de una respuesta todo se me confunde un poco más. ¿Nada tuvo sentido hasta que llegaste? La única verdad es el deseo, como un axioma biográfico del que nunca me pude desprender. No siempre fui inconsciente de lo que me rodeaba y de lo que sentía. Pero hacía mucho tiempo que ya no descubría nada, que nada me sorprendía, que ya no sentía más que dolencias: hasta que llegaste. Todo fue como fue, aunque lo hubiera preferido de otro modo. Por eso ahora quiero quitarme la máscara que traigo pegada al alma y rescatar todos esos años extraviados no sé dónde, para imaginar la eventualidad de otras contingencias, de sucesos velados por los filtros de la memoria y por los gestos repetitivos que los encubren. Imaginar otras vidas posibles aunque improbables. Imaginar otros recuerdos y otras posibilidades de mí mismo antes de que la fiesta termine entre escobas, jergas, recogedores y comentarios anecdóticos que socialicen la memoria y califiquen mis andanzas en la fiesta”.

Lucía escuchaba con la comprensiva y embelesada atención de siempre. Los meseros invitaban a salir a los ya pocos ocupantes del salón. El viejo decía que hay cosas que se recuerdan y otras que se viven en la cercanía de su ahora, en las posibilidades de su ayer, en las obsesiones de siempre. Lo invitaban a irse, no por deshacerse de él, como alguien podía haber pensado en medio de la resaca, sino efectivamente por acomodar las sillas, por barrer y descansar y mañana seguir viviendo la vida y el recuerdo de la fiesta. Y él no quería irse, no quería oír, no quería salir y se aferraba en silencio al vaho de la vida que se arremolinaba ahí mismo sobre sus horas cansadas.

La fiesta terminaba y las crinolinas que sostenían la forma de las faldas ya no daban vueltas más que en su cabeza. Su yerno, su hija, su nieta, los demás, todos, se habían retirado para seguir cada quien con sus anhelos, los adultos, los jovenzuelos, los niños. Recordó ésa su infancia tan personal e incomprendida por su propia madurez, recordó ésa su vejez visionaria y remembrante de las horas todas que le escurrían por la piel. “Qué pesado”, se dijo, “cargar tanto tiempo en la memoria. Que pesada la responsabilidad de haber vivido”. Agradeció a la vida el poder compartir los días con Lucía y pensó que había valido la pena sobreponerse a las críticas de los demás, los velados reproches de su hija, el sutil distanciamiento con la familia, la mirada entre inquisitiva y burlona de los vecinos. El viejo insistió en lo de siempre: ¿valdrá la pena todavía otro mañana? ¿Valdrá la pena enamorarse? Sí, creyó escuchar desde el fondo de su ser. Sonrió. Se miró a sí mismo sonriendo al vacío. Se sintió cansado. Y se sintió, más que viejo, un poco ebrio, un poco ridículo.

La noche intemporal, carente de signos que marquen el paso de las horas, terminaba. El amanecer se venía encima con sus precipitadas luces, prisas, relojes implacables y ruidos. La calle se metería otra vez en su mirada, entre sus pasos, debajo de la cama, encima de sus sueños. La inclemencia de la realidad le ponían de nuevo los pies en la tierra, los dolores de siempre en la espalda, las rutinas acostumbradas, la máscara necesaria para sobrellevar el día. El amanecer se acercaba con su cruda luz de acontecimientos deshilvanados y labrados a fuerza de golpes de otros, de eventos que estaban fuera de sus manos, de su control, de sus querencias, fuera de sus necesidades y deseos. Pero él quería continuar, seguir oyendo en sus propias palabras las versiones de su vida, acariciando las leyendas que hubiera querido como actos verdaderos, como historias acuñadas en su propio vagar por la existencia, antes de que la lejanía y la rutina fueran otra vez la batuta que marcara el ritmo de sus pasos hacia el final de una nueva jornada.

La fiesta había terminado. “Buenas noches, señor. Que tenga buen día. Hasta luego, señora. Adiós”. Para el viejo, la fiesta había concluido. Saldría a la calle para ir a su casa acompañado por Lucía, seguir viviendo y dejar de soñar mientras otros comenzaban apenas a soñar. Con las turbulencias de la noche sobre los párpados, trenzado del brazo de su amada, caminó por la calle como para dejar de nuevo al tiempo hacer de las suyas mientras escuchaba una voz interior, pausada, lánguida, añorante, relatar todas las historias que podían haber sido propias, de nadie o de cualquiera.

“Porque hay historias que no se guardan en la memoria ni se conservan en imágenes detrás de los ojos ni se oyen ni tienen palabras, sino que se llevan en los huesos y en la piel, como los años. Y no soy otro que ellas mismas, porque en vez de recuerdos tengo jirones de vida colocados bajo las arrugas y en los cabellos y entre los dedos de los pies como arena que raspa y va llagando y llenando los poros de texturas desconocidas y dolorosas. Hay historias que no se conocen, que simplemente fueron y son. Y como nunca aprendí a llorar, el tiempo se me quedó fraccionado, perdió continuidad y quedó colgado entre olvidos. La muerte fue ausencia y la inmovilidad fue muerte. Y empecé a correr para no ausentarme de mí mismo. Porque la peor ausencia es la propia, la que nos saca de nosotros y luego nos arranca de la memoria de los demás y termina por ser en verdad la muerte”.

En medio de un amanecer brumoso y tibio el viejo escuchó, entre crinolinas imaginarias, su propia voz narrar a Lucía sus recuerdos, las posibles historias de su vida.


© Sergio Perelló
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