Crinolinas
...por Sergio Perelló

Ocurrió en 68


Al pobre señor le pusieron una cánula por donde orina, como un popote que le sale entre las cicatrices amoratadas del pene, porque aunque el tejido es cavernoso tuvieron que ligarle un sinfín de conductos sanguíneos para que con el tiempo se le pudiera parar otra vez y eso le dejó varias cortaditas muy visibles en el pito. Para su fortuna el corte con el que se lo mutilaron fue perfectamente hecho con la afilada navaja de peluquero con la que él mismo se afeitaba. Su esposa, con ese poderoso instrumento, se lo cortó de un sólo y preciso movimiento de muñeca impulsado por la ira arrebatada de quien se siente maltratada, mancillada y humillada diariamente por el desprecio y por la costumbre. Después de recibir la paliza de casi todos los días, lo agarró borracho y ya medio dormido. Ahí mero se le bajó el pedo al señor y se puso a gritar cogiéndose y apretando con fuerza el muñoncito que escupía sangre arribita de los huevos.

La señora, por otras razones, también se puso a gritar, con los ojos que se le salían y abrió la puerta del departamento, como quien sale corriendo de un sueño desagradable, como despertando de una pesadilla donde ocurren cosas que no ocurren. Pero aquí sí ocurrieron y el estupor de la evidencia la volvía loca. La tortuosa venganza que había planeado para la próxima vez que su marido regresara del burdel y le pegara y la violara, se revirtió en su contra una vez que fue consumada (el “ello” es canijo). La culpa total pareció despertarla y obligarla a tomar conciencia del falocidio que acababa de cometer, como si las causas no tuvieran relación con el tamaño del efecto. Su esposo le pegaba y la violaba con frecuencia, alegó en las diligencias del Ministerio Público. Parece que la señora ya estaba hasta la madre cuando cansada de tanto martirio le cortó meramente el camote al señor: por malo, por desconsiderado, por sádico, por mal marido, por violador, por hijo de la chingada y putañero. Dijeron que qué pinche vieja, que no aguantaba nada, que estaba loca de remate. “Tiene la obligación de coger con él, ¡qué carajo! Es su mujer, cuál violación”, insistieron algunos opinantes.

Gracias a Dios, el día de los hechos, una vecina que salió al pasillo atraída por los gritos del departamento de al lado y dándose cuenta de la situación en toda su dolorosa magnitud, recogió del suelo el cercenado y mísero colgajo varonil el pedacito de hombre, según dijo después a los reporteros , y tras sacudirle las pelusas de la alfombra con todo cuidado, a la llegada de la ambulancia lo entregó a la autoridad competente, es decir al camillero, que con cara de asco lo puso en la mano del propio agraviado demostrando, como se vio después, las bondades de aquello que dice que más vale pájaro en mano que un futuro promisorio pero incierto. Cuando llegaron al Hospital General, los galenos se disponían simplemente a cerrar la herida y reparar el trauma cuando una curiosa y piadosa enfermera se percató de que el paciente traía dentro del puño engarruñado la prueba de su desgracia y se lo pasó al cirujano por no saber qué hacer, dado que estos casos no están previstos ni en el reglamento ni en el contrato colectivo del personal adscrito al hospital. Por furor profesional, enjundia o puro cotorreo, el médico de guardia responsable del quirófano decidió entre bromas y curiosidad, conectar de nuevo el órgano extirpado. Pidió un Resistol y le trajeron una aguja quirúrgica, pidió ColaLoca y le dieron el hilo de sutura. Y el joven médico jaló con la provocación y terminó por vincular de nuevo el amoratado y muerto falo del señor al cuerpo de origen. Los cuidados intensivos y la pétrea salud del sujeto hicieron el resto. Cuando se dieron las primeras muestras de éxito y salvación del honor del victimado el médico se volvió obviamente famoso. Las entrevistas no tardaron en hacerlo casi un héroe y la televisión tuvo en sus manos el primer caso en que la nota roja se convertía en divulgación científica. Los viejitos iban a ver al cada vez más afamado médico, pues estaba ampliamente demostrado que era capaz de resucitar cadáveres. La Junta del Hospital, incluso, permitió que el joven médico escribiera un artículo sobre el caso clínico, el cual pudo firmar, dado que lo sonado del acontecimiento y el balconeo impidió que ninguno de sus maestros se apropiara del mérito.

El incidente fue digno de ser seguido en los periódicos y en la televisión, pues tanto el juicio legal como las repetidas visitas de emergencia al hospital del susodicho victimado tratamiento que la prensa nacional le dio animaban un poco el gris panorama noticioso que en ese entonces se alimentaba de la guerra de Vietnam y otras desgracias similares y lejanas, quizás por no hablar de las desgracias propias y cotidianas, como los muchos niños muertos por disentería, la represión política, la miseria o la conocida matanza de Tlaltelolco que por esos días se iba a efectuar.

El señor le pegaba con frecuencia a su mujer y encima, cuando llegaba a altas horas de la madrugada, todito briago y descamisado, no aceptaba reclamo alguno, que porque para eso era el hombre de la casa, que ella se conformara con el gasto y con el cariño que a veces le daba y el cual estaba obligada a recibir, compartir y agradecer. Y para terminar, antes de dormirse, con la poca energía que después de una noche de farra le quedaba, obligaba a la señora a aceptar sus requerimientos sexuales. Y si ella se negaba, ¡moles!

Las idas y venidas al hospital fueron de pelos para los que cubrían la fuente. A los pocos días de ocurridos los hechos y ya de regreso en casa llegó una reportera para hacerle una entrevista al señor y tras un rato de hablar de la tragedia ocurrida en torno a su miembro viril, a la reportera se le escapó una risita y él, creyendo entender la actitud insinuante de la señorita, tuvo de inmediato el sutil recuerdo de lo que antaño fuera una erección, lo que de inmediato fue reprimido por un dolor intenso y una hemorragia que sobrevino a través de las heridas todavía no cicatrizadas del todo que circundaban el empaque de un tubo urinario asimétrico aunque triunfante, lo que hacía recordar la fuente de La Cibeles pero en color rojo. La propia reportera, absolutamente compungida, lo tuvo que llevar al hospital de nuevo. Ahí mismo, dos días después, el señor se puso a coquetear descaradamente, quizás por mera compensación a sus fundados temores, con una enfermera que estaba buenísima y que traía locos a varios doctores residentes. Se repitió la historia de la fálica hemorragia, salvo que en esta ocasión los médicos, quizá por celos, se hicieron medio pendejos y el mutilado estuvo a punto de morir desangrado. Pero a pesar de tener a la burocracia en contra, también salió de ésa. Suerte que algunos tienen.

Días después el señor regresó de nueva cuenta a su casa y una de las primeras cosas que hizo fue dirigirse al departamento de su heroica vecina para darle las gracias por haber recogido sus despojos tan oportunamente. Tras un ratito de hablar con ella salió el marido de la vecina y sin más lleno de ira y coraje, como dice el tango, sin compasión alguna le dio una patada más o menos donde las piernas se unen al tronco y donde el señor albergaba recientes y dolidas heridas, accidente que lo remitió de nuevo al hospital. Los motivos lógicos para tal actitud violenta y aparentemente desquiciada estaban por supuesto envueltos de los maltrechos sentimientos del esposo de la vecina. Los resabios de acres discusiones conyugales habían provocado el suceso. La noble actitud de la mujer no cabía en la moral del marido. ¡Cómo se había atrevido a tener entre sus manos la verga del señor de al lado! ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo? ¿Qué había sentido cuando lo encontró flácido y sanguinoliento en un rincón de la alcoba? ¿Cuánto medía, por cierto, ya que nadie hablaba de eso? ¿Qué curiosidad morbosa la había llevado a imaginar el crimen ocurrido y a encontrar la prueba del delito? ¿Por qué entró al otro departamento? ¿Por qué no se limitó a consolar a la esposa que, mujer al fin, estaría llorando arrepentida? ¿Qué carajos le importaba el honor de ese Don Juan? ¿Por qué no se unió a ella en vez de compadecerse de él? “¿Ya lo conocías, cabrona?”

La historia se desarrolló en dos planos. Primero, como debe ser, el seguimiento del caso desde la perspectiva judicial: delito, arma, culpable, tortura, móvil, confesión, testigos, atenuantes, agravantes y todo eso. Segundo, el melodrama: ¿le volverá a servir?, se preguntaba el público. Como testigos que fueron, los vecinos antes mencionados tuvieron que declarar en varias ocasiones. En contra de lo que la opinión pública asumía según el punto de vista de su filiación sexual, los vecinos del señor y la señora tomaron partido por su contrario. Ella dijo que la mujer era violenta y gritaba mucho, estaba medio loca y ni hacía el quehacer todos los días y que seguramente al pobre hombre lo agarró dormido, porque normalmente el señor era muy amable y además bien parecido. Él dijo que el señor era un parrandero desobligado y que la mujer ya no aguantaba las palizas que le daba cuando llegaba pedo en la madrugada, lo que apoyaba las declaraciones de la victimaria. Ella insistió en que cuando él llegaba tarde, posiblemente de su trabajo, la esposa le armaba tamaños escándalos. Él aseveró que le constaba que el señor le pegaba a la señora.

El público en cambio, estaba dividido más o menos por sexo y por inclinaciones de orden político, pues no hay que olvidar que por esos días un movimiento estudiantil surgido del cansancio de la injusticia, la hipocresía y la opresión dominaba el panorama intelectual, social y sentimental de la capital de la República. (Quizá por eso usted no se acuerda de este caso que hizo furor entre quienes no estaban tan pendientes de las enormes manifestaciones de descontento que corrían por las calles). Quienes simplemente seguían de cerca la noticia del siglo pues —salvo en la extraterrestre China de Mao— en ningún sitio se había logrado todavía reponerle a un cuerpo humano un miembro mutilado no cabía duda de que el espectacular hecho —que por cierto consta en el libro de récords Guinness y usted lo puede constatar— revolucionaba no sólo la ciencia sino la moral, por supuesto no por tratar de reparar lo que desde el Cielo se ordena como irreparable sino por el problema de la justicia o venganza social a las ofensas recibidas en colectivo. Es decir: ¿Tenía derecho la señora a cortarle el pito a su señor? ¿Podía el señor maniatar sexual y psicológicamente a su señora? ¿Podía un juez emitir un fallo sin hurgar en los recovecos de los sentimientos de los involucrados en cosas que la ley no prevé? ¿Y podía además dar sentencia salvando el compromiso que la ley tiene con la sociedad? ¿Podía satisfacer la ley, como instrumento de venganza colectiva, el muy lastimado sentir social?

La división sexual de la opinión estaba claramente marcada. Los varones juzgaban criminal el hecho y punto. Para la gente decente y madura no había vuelta de hoja: la pena de muerte tenía que restituirse en México para aplicarse de manera ejemplar en ese ilícito. La sociedad estaba de cabeza, bastaba con ver a la juventud envalentonada en las calles frente a la debilidad del gobierno que no ponía fin a esos desmanes a unos días de las Olimpiadas. Los valores cristianos, decían, perdidos entre minifaldas y pastillas anticonceptivas, muchachos drogados y con el pelo largo. Los varones no tan decentes ni tan maduros, aunque igualmente cristianos y dogmáticos de la tradición y las buenas costumbres simplemente decían “¡no mames!, que la chinguen. ¿Te imaginas?” Las mujeres justificaban plenamente la actitud de la señora, por supuesto en el entendido de que se tuviera la necesidad de llegar a esos extremos y siempre manejando sus argumentos como un chantaje sujeto a negociación. El grupo de mujeres equivalente al primer grupo de varones decían que qué horror pero él se lo había buscado. Las equivalentes al segundo grupo decían lo mismo.

Desde el punto de vista clínico el problema consistía en que una vez repuesta la herramienta recuperara su antigua función. La cosa ahí estaba, pero ¿servía? Eso lo tenía que comprobar el humillado poseedor del trauma, razón por la cual, y debido a que su esposa ya no estaba en casa, tenía que buscar urgentemente con quién constatar la destreza y éxito de la operación quirúrgica, pues según le había dicho el médico los problemas debían ser detectados cuanto antes dado que su reparación entraban dentro de algo así como la garantía. En los burdeles que el señor frecuentaba algunas mujeres se interesaban, por mera curiosidad profesional, en conocer la nueva fisonomía del antiguo cliente. Otras hacían cuernos y se rajaban, y otras reían (para humillación del señor). Otras más se acongojaban y compadecían y probaban hacerle acurrumacos en la intimidad de la alcoba de los pecados deliciosos. Es decir: la noche en que el señor se fue de putas bajo su nueva y extraña condición de algo así como mutilado de guerra, las chamacas se cooperaron para dárselo de gorra. Lo que nunca en tantos años de refriega y en el goce de su integridad había logrado, por fin lo conseguía por extrañas vueltas del destino. Lágrimas emocionadas empañaron los ojos del señor.

El popote que servía de canal a los desechos líquidos del cuerpo y en torno al cual se estructuraba el edificio de la hombría del señor, tenía su pro y su contra. Dado que el conducto tenía cierta rigidez ayudaba a aparentar una erección permanente, más o menos como si un globo mantuviera flotando en vilo un pedazo de carne enrollada y articulada en uno de sus extremos a un punto fijo. Pero conllevaba el problema de ser incómodo y sobre todo rasposo y punzante, pues excedía en cuatro o cinco centímetros el tamaño del pene en estado de reposo, supuestamente para evitar ardores al orinar y riesgos de infección. En estado de erección, si ésta llegara a darse, no quedaba claro si el conducto emergería junto con el glande o éste se deslizaría en torno al popote como una enredadera sobre las varas que le sirven de guía, en cuyo caso ayudaría decididamente a mejorar la puntería sexual del señor.

Las chicas lo rodearon, lo desvistieron lentamente y entre caricias, risas, sornas y un río de albures, lo último que con mucho cuidado le quitaron fue el calzón con el morboso fin de recibir con deleite el impacto de la sorpresa, cualquiera que ésta fuera. ¿Sería cierto todo lo que las cultas putillas leían en Alarma? Conforme fueron deshojando la margarita encontraron debajo del ropaje, sin mayor protección y entre un vello púbico apenas en crecimiento, que ya no había vendajes ni grapas ni mucho menos, como algunas esperaban, unos tirantitos que sujetaran una prótesis descomunal movida a control remoto desde un aparato transistorizado recientemente inventado en Japón. Decepción: la verga de siempre pero irreconocible: rayitas color de rosa formadas de carne nueva sobre volutas tumorosas color morado profundo y cicatrices de arriba abajo sin plan ninguno. Pero lo genial, lo extraordinario, lo insólito, fue que el médico, en su juvenil y eufórico nerviosismo le cosió el pito bocarriba. Algo que clínicamente no tenía gran importancia, dado que se había logrado de todas maneras conectar adecuadamente los conductos que debían coincidir, estéticamente tenía efectos desastrosos y francamente repugnantes. Algunas muchachas, aun siendo conscientes de que eran una especie de piloto de pruebas de una revolución tecnológica, salieron con vergüenza y con urgencia a vomitar, dando oportunidad a que entraran las que se habían quedado afuera del cuarto cuidando a los demás clientes. Otras pelaron tamaños ojos pero se quedaron ahí. La mayoría se cagó de risa.

No trascendieron a los medios de información, por obvio pudor, los detalles de lo ocurrido esa noche, histórica para la ciencia de Hipócrates. El hecho es que pasara lo que haya pasado el señor manifestó desde la mañana siguiente síntomas de un pequeña infección que fue creciendo a lo largo de los días, como esas teorías subversivas que contagian las conciencias con ideas de libertad y justicia y se expanden como pólvora encendida entre quienes sufren el horror del despotismo y la miseria. Al igual que en esos casos de epidemia ideológica se corría el riesgo de no poder acabar con el virus sin matar al enfermo.

La televisión (que recibía la parte más gruesa de la censura) no dio cuenta del hecho. Sin embargo los periódicos de circulación nacional tuvieron oportunidad de llenar no una sino varias columnas con los pormenores de la pequeña infección que contrajo el señor esa noche que se puso a prueba a sí mismo.

Pasados los cuarenta días de rigor para la cicatrización del reimplante pudo por fin tener una erección sin consecuencias espeluznantes, es decir, sin que tuviera que ir corriendo al hospital como solía pasar en cualquiera de los treinta y nueve días anteriores. El señor comenzó a tratarse la infeccioncilla con antibióticos recetados por el urólogo.

En el juzgado donde se ventilaba el caso de la mujer falicida, se tenía prácticamente todo lo necesario para declararla culpable. Sólo se esperaba el balance final del daño ejercido para imponer la pena definitiva. El público, particularmente el masculino, se preguntaba si el castigo a la ingrata esposa tendría carácter ejemplar. Era conveniente hacerlo así, dada la pérdida de valores que se manifestaba en la sociedad y especialmente en la juventud. Bastaba ver a los estudiantes haciendo desmadres por las calles de la capital sin respeto y sin recato. La prensa masculina, quizá por masculina orden presidencial, dejó de sondear la opinión femenina al respecto. No era conveniente atizar la hoguera de la insubordinación en el seno de las familias cristianas. El mundo había funcionado bien con las cosas como estaban y así debía seguir.

En aquel tiempo las enfermedades, en particular las venéreas, eran de verdad, serias, y mucho más claras que lo que ahora son. Actualmente un virus entra al cuerpo por los órganos genitales o por una transfusión, se aloja en la médula ósea y termina matando al huésped de una bronquitis o cualquier otra enfermedad normalmente curable. Es una finta odiosa. Antes, las cosas eran claras, eran enfermedades derechas: te daba gonorrea, se te pudría el pito y ya. Y así le ocurrió al señor de esta historia. A pesar del excelente trabajo quirúrgico y de los cuidados postoperatorios, a pesar de los antibióticos, de la atención de los medios de comunicación y de las piadosas oraciones de muchas mujeres arrepentidas de sus propios pensamientos, la infección deterioró poco a poco la ya para esos días famosa saliente urinaria y obligó a los médicos a llevar a cabo una nueva intervención con el escalpelo. En esta ocasión ya no pudieron reacomodar el rompecabezas de pedacitos de carne tumefacta que tenían ante sí y optaron por amputar definitivamente la cosita. “Gangrena”, se disculparon luego. El acta de defunción del occiso falo se levantó con toda solemnidad minutos después, en medio de una tumultuosa conferencia de prensa con la asistencia de todo el cuerpo facultativo del hospital.

Inspirado por el regreso de la sociedad mexicana al orden y a la tranquilidad —la masacre de Tlaltelolco acababa de ocurrir hacía pocos días—, el juez no dudó en contribuir con su granito de arena al resarcimiento de la moral pública. Acumulando cargos y agravantes condenó a la señora a ciento tres años de cárcel, lo que no le daba derecho a salir bajo fianza. El inefable atentado al honor y orgullo nacionales había sido castigado con todo el peso de la ley y aunque las leyes mexicanas, que son casi perfectas, no permiten este tipo de sanciones, el juez sabía que nadie pondría atención al hecho ni se atrevería a cuestionar las decisiones de un juzgado, pues los envalentonados Poderes de la Unión estarían ocupados castigando virilmente a quienes habían intentado impedir la realización de los Juegos Olímpicos en nuestra tranquila, imperturbable y sosegada ciudad. Evento que mereció, por cierto y a pesar de los agitadores al servicio de la conspiración extranjera, el nombre de Olimpiada de la Paz. Se hizo justicia.


© Sergio Perelló
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