Crinolinas
...por Sergio Perelló

Internado


En el internado, la época de exámenes rompía con la rutina de todo el año escolar. Además de la tensión que en sí mismo representaba el terminar un ciclo académico, era precisamente eso: terminar un año de encierro. Existían otras circunstancias que durante ese periodo de exámenes atenuaban la tensión y la excitación normales y generaban una cierta alegría colectiva y ¿por qué no?, una especie de belleza en el ambiente que traía entre otras cosas el airecillo de la liberación. No había clases, por lo que aumentaban considerablemente las horas de ocio que durante el año eran escasas. Se intensificaba el tiempo de estudio, pero también el dedicado al deporte. Teníamos que presentar una materia cada dos días. Había mucho tiempo para charlar con los demás compañeros y esas charlas tomaban un significativo tono de sinceridad y benevolencia, como quien rectifica errores y perdonada deudas, todo ello ayudado por la inminencia de las próximas vacaciones que podrían pasarse entre familiares, regalos de Navidad y sin la rígida disciplina del internado. En el fin de cursos hasta las duras rencillas que solía haber entre algunos compañeros eran vistas como juegos sin importancia que sobrevenían como consecuencia de la neurosis del encierro. Todo era amistad y alegría.

Normalmente nos levantábamos con la primer luz del día y tras asearnos en breves minutos que convertían el dormitorio en una pista de carreras hacia las regaderas, nos formábamos para ir a despertarnos en el salón de estudio donde permanecíamos un rato preparando el trabajo del día hasta que nos llevaban a misa. Después desayunábamos. Oficialmente, después de las oraciones de agradecimiento por los alimentos que íbamos a recibir, podíamos cruzar las primeras palabras del día. Luego, un recreo. Finalmente clases, con descansos intermitentes anunciados por una campana. La dulcería recibía con agrado en esos descansos, a cambio de golosinas, el dinero de algunos disponían para la semana. Después, la hora de comer: más oraciones, luego los deportes, donde en los diferentes equipos se rompían los íntimos lazos que unían a los pequeños grupos de amigos, camaradas que se conocían entre sí, toda las intimidades y la versión que cada uno daba de su vida familiar, sus intereses, deseos, gustos y aversiones. Había algo en común que identificaba a cada grupo: la timidez y feminidad de aquellos dos que eran burla de los otros, el gusto por la buena ropa de aquellos otros, el pacto formado implícitamente entre algunos titanes de los golpes físicos y sus respectivos admiradores, la dedicación al estudio unía a otros más, el repudio hacia algún maestro, la habilidad para el deporte o para contar chistes, el gusto por las aventuras amorosas, el deseo de fumar y la necesidad que tenían los que lo hacían de protegerse entre sí, aunque en el fondo eran lazos de humo los que unía no sólo a éstos sino a casi todos, una mera necesidad de subsistir en el encierro: las reglas de lo nimio. La solidaridad era uno de los valores predominantes entre la mayoría, a pesar que los profesores, hermanos maristas, condenaban el encubrimiento de las faltas ajenas y amenazaban con el infierno a quien se saliera de las directrices tutelares del reglamento. Asimismo, era el cielo el premio para el buen comportamiento, para la represión de los deseos de un chavo entre los diez y dieciséis años, para la delación, para la entrega a Dios; o sea, los lineamientos del cuerpo docente. Pero la solidaridad entre compañeros subsistía en la conciencia de muchos, para dolor de los dictadores, y quizás por lo ello constituía un valor moral por sí mismo; más allá de las leyes del internado. La solidaridad entre los íntimos era un hecho... cuando menos hasta el momento en que el deber moral de todo hijo del Señor se imponía a los pecaminosos intereses de un mal católico... por lo menos hasta que la Ira Divina se hacía patente y el Divino Temor a los Divinos Castigos exigían la verdad, léase delación.

En los días de exámenes se nos daba importancia: no éramos los de siempre, sino su consecuencia. El esfuerzo individual tenía sentido y no se perdía entre la actividad general del internado y su vida repetida e incolora. La época de exámenes, en alguna forma, le daba sabor a las relaciones particulares de cada quien. Quedaba mucho tiempo libre entre las horas de estudio para poder hablar y cultivar una amistad más a fondo. Pero también quedaba más tiempo para liberar los deseos de evasión, de diversión, de aventura: los malos deseos, pues. Así, un día un tanto frío, Luis y Heriberto me invitaron a escaparme con ellos del internado... por unas horas. Regresaríamos antes de que nadie se diera cuenta, antes de que pasaran la siguiente lista de presentes. Iríamos sólo a la nevería más cercana y allá fumaríamos y escucharíamos música y tomaríamos helados y veríamos gente y la calle y la libertad y gozaríamos, en el fondo, el hermoso pecado de desobedecer. En última instancia era una venganza contra los representantes de la castrante disciplina.

—¿Dónde estuviste entre tal y tal hora? —preguntó el prefecto.

¿Qué podía decir? Nos habían descubierto. Todo lo que dijera podría comprometerme aún más. Lo mejor era callar. Pero ¡qué vergüenza! ¡Me habían descubierto! Todo el gozo de la aventura se venía abajo y la sangre se agolpaba en mi cara. Ahora todo se volvía confuso. ¿Para qué mentir, si ya se sabía que habíamos salido a escondidas? Lo mejor era regresar a la realidad, asumir la responsabilidad de los errores cometidos, sentirme culpable y arrepentirme sinceramente. Soportar el castigo moral, soportar la mirada que se lanza a un perro rabioso, a un pecador, soportar penitentemente las sanciones y el justificado desprecio de que sería objeto en los siguientes días.

—¿Cuántas veces te has ido antes?
—Ninguna, señor. Es la primera vez. Fui un tonto.
—Te arrepientes, sí. ¿Pero te arrepentiste cuando estabas escapándote como una rata cobarde y silenciosa?
—Perdone usted, señor.
—Faltas tan graves como esta no pueden ni deben perdonarse. Cualquier castigo que podamos darte es leve comparado con tu propio remordimiento. ¿A qué fuiste?
—Nada más salimos un momento, señor, sólo para dar una vuelta.
—¿Quienes más fueron contigo?

¿No lo sabía? ¿Me estaba probando para ver hasta donde llegaba mi maldad? Sí. Eso era lo más importante: mi maldad. Por mi mente asomaba la solidaria relación que Luis, Heriberto y yo teníamos y de la que hacíamos gala. Ahora no había lugar para mentiras o sías: estaba en el momento crucial, en las puertas del infierno y Dios todo lo sabía.

—Repito. ¿Con quién fuiste?
Mi silencio volvió a escucharse.
—¿Sabes que te puedo expulsar por lo que hiciste? —me dijo el prefecto mirándome a los ojos con aire retador. Yo casi me oriné en los pantalones. Allá afuera el enorme mundo no existía. Todo el universo estaba contenido dentro de las paredes del internado. Todo mi mundo estaba dentro de esa jaula y ahora me amenazaban con el destierro, con echarme de ella... Y absurdamente, tuve miedo. Pasaron unos muy largos segundos y el prefecto respiró profundamente como tratando de calmar su ira.

—¿Te crees muy hombrecito encubriendo a otros? —dijo cambiando a un tono menos áspero pero igualmente rígido y avasallador—. La hombría consiste en responder por los actos cometidos —argumentó el prefecto, poniendo una verdad al servicio de una bajeza.
—Sí, señor. Acepto que cometí un error.
—Lo sigues cometiendo, muchacho. Lo sigues cometiendo. ¿No te das cuenta que encubrir a tus amigos es una cobardía? Eso eres: un cobarde. Un miserable cobarde que confunde la amistad con la complicidad. ¡Responde de una vez!

Tan fácil que hubiera sido ganar esa apuesta. Tan fácil como quedarme callado o reírme o decirle que no me obligara a traicionarme a mí mismo o que sus convicciones y las mías eran distintas o mandarlo simplemente a la chingada y entonces sí responder por mis actos y aguantar. Pero hay momentos, hay edades, cuando uno no es uno mismo, en que te sientes un estorbo porque tus padres te regalan a otros para que te eduquen y corrijan y tus símbolos de seguridad son endebles y de pronto son desaprobados, censurados, criticados. Hay momentos en que te sientes un mentecato, una mierda... y lo eres.

No tardó más de una hora el interrogatorio, donde la lógica de otros me quitó las razones, donde la moral ajena humilló la propia y donde la destreza maligna del interrogador aniquiló la inocente estupidez del interrogado. La traición era una virtud, el amor un escarnio y la amistad una mentira. Me quedé sin argumentos, sin fuerza, sin la solidez de ánimo necesaria para ser el que hubiera querido ser. Rajé. Sí. Luis, Heriberto y yo habíamos saltado la tapia para estar en el mundo de verdad por dos horas, fumarnos un cigarro, ver gente, charlar, decir malas palabras, reír, desobedecer. Me sentía un gusano.

Los días de exámenes eran distintos, tenían un cierto atractivo, nos dejaba tiempo libre. Ya no pude terminar ese periodo porque de todos modos me expulsaron. Lo más doloroso fue mirar de frente a mis amigos, los traicionados por mi pusilánime carácter, por mi incertidumbre, mi mediocridad. Era un gusano.

No fue necesario pedirles perdón. Cada uno de mis dos camaradas, por separado, también había delatado a los demás. De regreso al mundo, los lazos de humo que ataban aquella solidaridad se esfumaron para siempre.


© Sergio Perelló
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