Las noches de noviembre no son demasiado frías en la ciudad de México, sobre todo antes, cuando Beto tenía quince años y empezaban las vacaciones.
Después de cenar, con el café-con-leche aún entre los dientes, la palomilla iba congregándose en una esquina poco transitada y penumbrosa de Coyoacán. La jornada no había terminado. Todavía faltaba el largo cotorreo que todos echarían a mitad del círculo de leales amigos. La oscuridad ayudaba a recoger una conversación más pausada, más íntima, sin ruidos, casi apacible. En la noche la palomilla ya no corría, como en las horas de la tarde, tras la pelota jugando cascarita, ya no había gritos ni maldiciones a todo pulmón. Terminaba el exhibicionismo y por lo general la competencia entre los chamacos era sustituida por la igualdad y la camaradería. En las noches de vacaciones, prácticamente con las obligaciones cubiertas, ya las chicas bien guardadas en sus casas, los muchachos, sin dinero y sin mucho quehacer, se reunían a descansar de las tropelías cometidas a la luz del sol. La conversación reforzaba los lazos de amistad, igualdad y esa especie de contubernio que amalgamaba los sucesos del día y limaba las diferencias entre los miembros de un club cuya cuota era la lealtad al espíritu colectivo.
Salvo pelearse de vez en vez con otras palomillas o eventualmente correr de la policía, que sin ningún motivo los perseguía acusándolos de pandilleros malvivientes para sacarles unos pesos a los padres del que pescaran, podía decirse que eran de corte pacífico. Incluso las necesarias jerarquías presentes en todo grupo de jóvenes, no se dirimían a puñetazos, salvo por rara excepción. Al menos ellos sentían ser en realidad una palomilla pacífica y poco violenta.
En las noches de noviembre, no muy frías, la amistad se anudaba con palabras que confirmaban la complicidad de los hechos. Beto, por ser uno de los más jóvenes, escuchaba con absorta atención los relatos que los mayores (que no pasaban de los dieciocho o diecinueve) dejaban caer con cara de expertos en la materia. Y los chistes y albures se sucedían mientras se llegaba a la discusión más o menos seria de cualquier tópico sobre el que fluía la ideología familiar por boca de cada quien, teniendo como denominador común el mundo de prejuicios clasemedieros que señoreaban por el barrio. Pero cuando el asunto del sexo aparecía entre las palabras, todos hablaban por sí mismos, por sus propios deseos, experiencias, limitaciones y, claro está, su desenfadada imaginación. Ahí era donde la personalidad se expresaba en toda su pureza, en toda su autenticidad.
Había noches en el que el paso de una gata —como entonces se les llamaba a las explotadas trabajadoras domésticas— excitaba la fantasía de la tertulia. Memo, por ejemplo, no dejaba escapar la oportunidad de detallar los pormenores de la vez que su mamá lo cachó en pleno faje precisamente con la sirvienta de casa, tras lo cual, regañó a Memo, corrió a la doméstica y convenció al papá de que le diera dinero al hijo para ir a un burdel para que no se metiera en líos y llegara a manchar la moral familiar. Como consecuencia del castigo sugerido por la madre devino la primera experiencia sexual completa de Memo. El Cachafas solía comparar la hazaña de Memo con la propia: el día que debajo de las escaleras del edificio se tiró a Pachita la del seis, la sirvienta de la casa de Beto, mientras éste les avisaba desde prudente distancia si alguien se acercaba. Y todos se reían de que Beto no se la pudo coger teniéndola en su casa. “Que pendejo fui, ¿verdad?”, decía Beto, pero también reía, porque se trataba de hablar, de ser amigos aunque para ello, para ser aceptado, tuviera que reírse un rato de sí mismo. La anécdota era buena. Sobre Pachita había pasado casi toda la palomilla antes de que se fuera a su pueblo con un embarazo anónimo. Mientras uno a uno la recordaban a través de sus propias fantasías, el ambiente se aceleraba en voz baja y el frío de noviembre se sentía menos.
Esa noche, instalados reiteradamente en el tema de costumbre, el consejo de los mayores fue que las sirvientas eran para eso: para ayudar a las mujeres en el quehacer hogareño y para ayudar a calmar las pasiones de los hombres de la misma casa, siempre y cuando la trabajadora estuviera, decían, potable. Nadie discutió la función social atribuida a las sirvientas. “Para carne buena y barata, no hay como la de la gata”, dijo Juancho, y nadie pensó que además eran seres humanos, nadie las comparó con la propia hermana, por el contrario, el uso carnal de las sirvientas garantizaba decían la castidad y decencia de las novias y hermanas. Seducir o violar a una sirvienta, al final de extraño silogismo, era considerado casi como un acto de respeto hacia las muchachas del lugar, novias o hermanas, amigas o potenciales esposas, siempre distintas a las gatas. Pero además, poseer a una sirvienta potable representaba un acto de hombría, una afirmación de la virilidad cultivada en el núcleo familiar, por lo que esa noche Nicolás, el muy cabrón, decidió que Beto era puto y por eso no le había hecho nada a Pachita. Pero al decirlo se puso muy serio y empelló a Beto por la espalda.
—¿Por qué no te largas, pinche Beto? —dijo Nicolás—. No queremos culeros aquí.
—Cálmate. No mames —trató de mediar Juancho. Pero los demás notaron el reto. Sin quererlo, Juancho había defendido la agresión de Nicolás hacia Beto, aunque bien podía haber sido en broma. El tema de las sirvientas ya había huido y era reemplazada por la valentía mostrada frente a los posibles madrazos.
Un pesado silencio arrugó el ceño de Beto y lo sacó de golpe del erotismo verbal compartido con sus cuates. Nicolás miró al adversario mientras constataba con la mano derecha que sus huevos estaban en el lugar de siempre. Beto notó la hombrada y quiso creer que todavía no había ningún reto, que todo era parte de los chistes de la noche, que era una broma dentro de la conversación de los amigos. ¿Por qué a él? ¿Qué le había hecho?, se preguntó.
—¿No te gustó, güey?, —insistió Nicolás con decisión. Beto esperaba que alguien se riera, que alguien rompiera la tensión. Si él mismo lo hacía quedaría como un cobarde, como un sacón y eso sí que no. “Pero que alguien diga algo, carajo”, pensó implorante, casi en voz alta.
—Si se van a dar, vamos a otro lado —puntualizó el Cachafas—, donde no pase nadie.
—O ¿no quieres? —preguntó alguien más a Beto, quien quería entender en la pregunta que ahí había una desventaja, que entre amigos no había que agarrarse a golpes, que él era el más chico, que Nicolás era un abusivo y que alguien debía interponerse, que nomás echaba brava porque suponía que él se iba a rajar. Sí. Era una hecho. Extrañados por su breve silencio le preguntaban a Beto si no iba a responder al reto. Ahora todos dudaban, suponía Beto, de que fuera capaz de aguantar la bravata. Tenía un miedo súbito y sabía que no podía zafarse. Si nadie lo impedía tendría que rajarse la madre y ni siquiera sabía por qué. No tenía fuerza ni para entenderlo pero estaba seguro de que iba a ocurrir, que tendría que pelearse, sin odio, sin necesidad, sin convicción, por inercia, por puro formulismo, porque esas eran las reglas.
—¡Ya estás, hijo de la chingada! —empujó de nueva cuenta Nicolás cerrando los puños frente a sí a la altura de sus hombros.
—No, espérense —medió el Cachafas, quien era muy mesurado y tranquilo para esas cosas. Mientras de la boca de su amigo escurrían las palabras se abría para Beto un último horizonte de esperanza de que ahí acabara la bronca.
—Aquí no. Vamos al terreno baldío que está a la vuelta, en la otra calle. Ahí nadie se mete y se pueden dar a gusto —insistió el Cachafas hundiendo— a Beto en la soledad de su incredulidad, de su miedo, el temblor de sus piernas, su lasitud, su lividez; “no quiero pelear”, casi dijo. Pero la palomilla caminaba ya hacia el lote baldío para testificar el resultado del pleito. Los retos tenían que solventarse. Eran hombres y nadie se rajaba. Había que lavar la ropa sucia.
Saltaron la barda que separaba el terreno de la calle. Llegaron al centro del lote todos en bola. Escogieron un lugar entre la maleza que permitiera moverse a gusto y formaron un círculo amplio en torno a los peleadores. La noche era clara, lo suficiente para verse bien los unos a los otros. El farol de la calle contribuía en algo en la iluminación del mudo campo de batalla. Beto, sin embargo, no veía nada más que la silueta arrogante y retadora de su compañero recortada contra el negro cielo sin estrellas. Lo vio avanzar quitándose la chamarra de gamuza y dejándola en el suelo, tropezando con la grava suelta pero con decidida soltura. Beto tenía frío y temblaba, tiritaba sin disimulo. No quiso quitarse el suéter, no quiso creer que fuera cierto. Y los demás no hacen nada, esperan que en verdad nos peleemos, y él tampoco hacía nada y seguía mudo. Quería correr cuando sintió, por un instante, que todo se nublaba, se desvanecía y estaba en el suelo con un fuerte dolor de mandíbula. Nicolás se había acercado de frente y sin decir agua va le había atizado un descontón que tiró a Beto de espalda. Había empezado la pelea y Nicolás comenzaba a ufanarse de lo rápido que todo había concluido cuando Beto, como si hubiera tenido un resorte en el culo (según dijo alguien después), se incorporó de un solo salto con la mente en blanco, la cara ardiendo, una furia instintiva por la necesidad de sobrevivir, los dientes apretados, los puños bien cerrados y lanzando los brazos como un ventilador, para atacar al enemigo en medio del respetuoso e imparcial silencio de los compañeros. Tres, cuatro, cinco madrazos ciegos, sin tregua, bien puestos en medio de la cara y que Nicolás no se esperaba, terminaron realmente la pelea. Un ojo medio cerrado por la hinchazón, la nariz ensangrentada y posiblemente un par de dientes flojos se adivinaron cuando Nicolás, ahora derrotado y sollozado por la mezcla de dolor, ridículo y rabia, separó las manos de su rostro para incorporarse del lugar donde había ido a caer. Incrédulo y humillado se arrastró hasta donde estaba su chamarra de gamuza. La noche se llenó de un clamor insolente para Nicolás y victorioso para Beto.
—¡Bravo. Le diste en toda la madre! —se oyó.
—Pa que se le quite lo hocicón —dijo Memo.
—Muy bien, Beto —abrazó el Cachafas—. Regresemos a nuestra esquina.
—¿Y Nicolás? —preguntó Beto todavía temblando, excitado, sin saber del todo qué pasaba.
—Que lo cure su chingada madre —dijo alguien con sarcasmo..
—Sí. Que se largue a su casa.
—A la mierda.
—Si no te has levantado luego-luego, fíjate que me le voy encima —alardeó Juancho—. Ya me tenía cansado ese pendejo.
—A mí también me tenía hasta los huevos —confirmó Memo.
Nicolás se quedó solo en el baldío mientras todos regresaban a la esquina, su esquina, opinando de la fugaz pelea, de lo bien que estuvo, de que a Beto no le había pasado casi nada, de que si a Nicolás no le había dado tiempo ni de meter las manos. Caminaban contentos, reivindicados con ellos mismos, habiendo dirimido las disputas con honor, tendiendo ropa limpia a la luz de las estrellas. La conciencia retornaba a Beto al ser felicitado con la exaltación de uno y otro. Le había pegado a alguien tres años mayor que él, a un amigo, ¿a un amigo? Los tabúes se deshojaban. Todos decían que Beto se había portado bien y que Nicolás se merecía eso y más. “Y si te reclama algo, avísame para terminar de darle su lección”, dijo uno de los grandes. Todos odiaban a Nicolás y tenía que haber sido él, Beto, quien tuviera que resolver ese conflicto, él, el más chico, el que menos quería tener problemas con nadie. Claro, pensó Beto, sólo a mí me podía echar brava, el güey, porque se creía que me iba a echar p’atrás, que iba a sacarle. Los otros buscaban una excusa para excluirlo. Y sintió que crecía, que era un igual en la palomilla, parte de ella; protegido, incorporado, miembro de pleno derecho; nadie se reiría de él nunca más. Ya formaba parte de la única verdad conocida.
—Y si no me cogí a la Pachita, fue porque no me dio la gana. Que si ella me hubiera gustado... —reivindicó Beto en medio de la noche mientras se sobaba la mandíbula con una mano y se agarraba los huevos con la otra.