Crinolinas
...por Sergio Perelló

Fiestas de media tarde


¡Por fin! Ahí viene el Roma-Mérida, envuelto en sus distintos tonos color café, color mierda, se dice Daniel mientras rasca en el bolsillo del pantalón para rescatar los treinta centavos del pasaje. Brevemente le cruza la idea de que es un flojo, de que por cuatro cuadras no es necesario tomar el autobús. Desecha la imagen mientras paga. El chofer toma las monedas con la mano derecha y antes de llevarlas a la caja de madera con ranuritas hace el cambio de velocidades de primera a segunda con la ayuda de dos clochazos; con la izquierda sujeta el volante y el talón de billetitos foliados. Una señora que se subió detrás de Daniel —porque él no cede el paso a nadie— quiere pagar con un billete de diez pesos. “No tengo cambio, señor”. El chofer ríe y “pos yo tampoco, seño”. Daniel llega hasta un asiento libre entre la segunda y tercera velocidad, también con dos clochazos, mientras allá adelante siguen discutiendo el vuelto de la señora. Mañosos que son esos chafiretes, piensa Daniel y duda si podría manejar ese camión destartalado, ruidoso y lento, llevándolo de una terminal a otra varias veces al día por calles y avenidas convertidas en ruta. Se necesitas licencia de primera y la edad conveniente. Ya mero la cumplo. Pero no seré chofer. Eso, seguro. Pero trata de sentirse por un momento en la piel del conductor: chafirete de autobús urbano. Tiene su chiste, piensa. Se oye el timbre exigiendo la parada en la próxima esquina. No es fácil sortear el tráfico por el sueldo mísero que les han de pagar. ¿Cómo cobrarán? Quizá por viaje, quizá por día. Quién sabe. Pero de todos modos ha de ganar poco ese cabrón. Ha de tener familia: mujer, suegra, un chingo de escuincles latosos. Y órale: a meterlos en medio de la mugre. Así son y les vale madres. A mí también me vale madres. ¿Para qué carajos se casa la gente? Por pura urgencia, yo creo. A lo mejor un día también me caso. El autobús arranca de nuevo. Dos clochazos. ¡Caramba! Qué habilidad. Si me caso que sea con alguien como... como aquella vieja que va sentada allá enfrente, pero con la nariz de mi prima. Mejor que esté como la hermana de Daniel, que está muy buena. Un frenazo brusco para evitar el cerrón del coche aquel. Pinche automovilista cafre. ¿Qué no ve que el autobús trae pasajeros? No somos vacas. Y Daniel se identifica sin querer con el conductor del autobús y se percata de que cuando va en coche, los cafres son los camioneros. La verdad siempre se sienta a mi lado. Con quién me iré a casar, se le atraviesa de nuevo. A lo mejor ya la conozco. ¿Y si es alguna compañera de la prepa? Mejor que se parezca a la siguiente que se suba al camión. Sí. Si está aguantadora, que se parezca a ella y si no está padre, que chingue a su madre. Bueno, no es para tanto, pobre, no será su culpa estar fea. Si es fea no me caso y ya. Pero la hermana de Daniel está muy buena. Y ésa no las afloja si no es pasando primero por el altar. Por eso se ha de casar uno, porque se ponen difíciles las viejas. Daniel me va a buscar en la casa a las cinco, pero sin su hermana. Mejor hubiéramos quedado de vernos en su casa. Necesitamos un lugar para reunirnos. La nevería ya no aguanta, ya no tenemos edad para esas mamadas. A ver si esta cafetería queda bien. Oh, señora, piensa, ya deje de alegar y bájese. El chofer no tiene cambio. Para qué no trae morralla.

Se abre la puerta del camión en la esquina de Torres Adalid e Insurgentes ¿Quiénes serán los insurgentes? La señora que subió con Daniel baja los escalones quejándose a gritos de que el chofer no la acepta si no trae cambio y Daniel, ¡carajo!, ya se me estaba pasando la parada por ir papando moscas (papando, papar, ¿qué será eso?). Alcanza a bajar de un salto cuando ya estaba arrancando el Roma-Mérida. Casi se topa de narices con un hombre cincuentón, desaliñado, barba de tres días y tambaleándose. La cercanía le trae el tufo alcohólico del hombre y los dos se sonríen mutuamente al encontrarse en el aire las miradas. Qué poca, piensa Daniel, borracho a media tarde. Seguro se muere de cirrosis. Bueno, al menos la cirrosis es una muerte digna, consecuencia de la alegría. Es más triste morir de cáncer después de haber sido un buen ciudadano toda la vida. Decide no esperar el Bellas-Artes-Insurgentes para llegar a la cafetería y hacer ejercicio, que buena falta le hace. Camina las tres cuadras que lo separan de su destino. Confirma la idea de que es un huevón.

Al llegar a la cafetería, Daniel se detiene un instante en el umbral y empuja lentamente la puerta de vidrio. Ha prometido a los amigos explorar el lugar antes de adoptarlo como centro cotidiano de reunión y encuentro; un nuevo matatiempo, porque el otro ya está muy quemado, muy cerca de la casa de todo mundo, muy sujeto a la fisgonería de las familias de cada quién y además ya decayó. Hay otros adolescentes sentados en las mesas. No conoce a nadie. Una cafetería nueva, con cierto aire elegante, Insurgentes Sur, donde se sirven comidas, helados y lo necesario para dar refugio a chavos con coches fuera de serie o con ropa de importación y cigarros de carita. Sí. Hay un clima medio extranjero, distinto al de la nevería, ajeno al México cotidiano, al México que se mueve en la calle y se enturbia en los barrios que esta gente no frecuenta. En una mesa, dos mujeres bien vestidas, algo conservadoras, acompañando el hablar con gestos trascendentes; en otra mesa, cuatro hombres con traje discutiendo obviamente asuntos de oficina entre esporádicas risotadas y furtivas miradas a tres nenas que están un poco más allá, sentadas, cruzando pierna, dando puerta al borde del liguero; en otra mesa, algo así como un conciliábulo de juniors comparando la cilindrada de sus respectivos coches; en la barra, un lector de periódicos de la ilustrada edición vespertina; allá, parejas, gente hablando, ligando de mesa en mesa; en la puerta, Daniel, entrando con el aplomo que da la inseguridad de los diecisiete años al llegar a un lugar desconocido. Se dirige a un extremo de la mesa, y desde ahí empieza a medir el sitio. Mientras espera que el café no sea demasiado caro, decide que recomendará el establecimiento a Daniel y sus demás cuates. Será el lugar de encuentro, se dice. Todo es nuevo. Parece un Sanborn’s de plástico, como si fuera para armar. Música continua, mucho espacio, mucha asepsia, eficiencia, “un café, señorita, por favor”, colores acogedores, están bien las meseras. Saca los cigarros y la tarde transcurre suavemente mientras observa en derredor, mira el movimiento de la gente y lo revuelve con sus propios pensamientos, sus propios sentires, su fluir apaciguado por la tarde calurosa en un lugar cualquiera en la avenida de Los Insurgentes, saltando de un sorbo de café a una bocanada de humo, entre frases de conversaciones aledañas y las imágenes de un pedazo de mundo que empieza a compartir. Vagando entre la imaginación y el aprendizaje, Daniel acepta el relumbrón; deja entrar por sus ojos el lado bonito de todo eso; se deja seducir por el diseño de las mesas, de los cubiertos, las formas audaces, la caja registradora, las ventanas, la alfombra y hasta la gente, menudita por dentro, se dice, pero bien vestida, a la moda, peinados altos, solapas estrechas, pantalones entubados. Aquí no cabría el chofer del autobús. ¿Qué haría el güey aquí? “Mesero”. No me pela. “Mesero”. ¿Qué se ha creído este gato? Si es igual de prángana que el chofer. “Diga, joven”. “Limpia aquí. Se me cayó el café”. “Listo, joven”. Ahora no le doy las gracias ni lo volteo a ver, para que sepa que existen diferencias. No me atendía, ¿eh? Para que aprenda que los clientes, además de tener siempre la razón, tenemos clase, y en cambio él no; y en eso entra una chamaca que qué te tomas, de formas extraordinarias, con el filo de la falda apretadita mero encima de las rodillas, caminando así, rodeada de encanto y de unos galanes que le abren la puerta como si fuera el centro del universo desplazándose de su lugar, cuidándola de las miradas de todos los varones que aquí estamos, y atrás ¡híjole!, otra cara de ángel, de nariz respingada y todo y no puedo dejar de verlas y me las como y unas niñas de calcetines pagan en la caja y salen del café explicándoles a sus acompañantes que sus mamás no les permiten tener novio y andar con muchachos mayores y lo dicen derritiéndose en coquetería y “mañana aquí nos vemos, chao”.

Desde la barra, Daniel observa a una mesera que se estira para alcanzar algo en uno de los anaqueles, subiéndosele el vestido y descubriendo algo de muslo. Me parece más excitante que lo que enseña la de la mesa aquella, piensa Daniel, que ya no deja adivinar nada, aunque también está muy bien, pero la mesera me provoca no se qué y me dan ganas de recorrer esas curvas con mis manos o mejor fajarme a la cajera; sí, con ella, que tiene decididamente más clase y desde hace rato está volteando para acá. Me está viendo de ladito y podría llegarle si no tuviera que irme al rato a encontrar a Daniel. Le podría pedir prestado el teléfono y ahí le sacaría plática, pero a lo mejor me quemaría con las de la mesa donde enseñan todo y no me pelan. Cada una tiene lo suyo, ni hablar. La mesera ya se dio cuenta de que le estoy viendo las piernotas y se incomoda y de lo que me doy cuenta es de que todos actúan y se mueven sin importarles lo que yo estoy pensando y me río y la mesera cree que es con ella y se voltea con aire ofendido; de aquí en adelante no dejará de pasar frente a mí con forzada indiferencia, apuntando con la nariz al horizonte. De cualquier modo me gustaron sus piernas y la imagen de mis manos subiendo y bajando por ellas y otra vez cambia de posición la de la mesa aquella, enseñando todo, es decir, enseñando las piernas más allá de lo convencional y lo mejor de todo es su cintura, de donde podría tomarla y llevármela a la casa: la cara que pondría su amiga. Algo me pasa, me doy cuenta. Estoy jacarandoso, cachondo. De todo lo que digo podría hacerse una conversación erótica, todo es erotismo, mi erotismo: tu propio erotismo. Es la edad, Daniel, es la edad.

El señor de al lado extiende la plana de su periódico buscando la continuación de una noticia. Yo sólo alcanzo a ver el dibujo de un hombre de cuerpo entero. Lo único que aparece con claridad es el pantalón, lo demás está borroso, tenue. Se declara en el texto: su pantalón es la mitad de usted. Estoy a punto de creerlo. La otra mitad será mi camisa, mi otro semi-yo. Mi sombrero será lo más trascendente de mi persona, de mi existencia. Yo no valgo sino por mi ropa: todo es cosa del pantalón, puesto que yo no uso sombrero. Tiene razón el anunciante: él todo me lo resuelve: tome pepsi, coca refresca mejor, use medias transparentes y para su nenita pantarrabita, duerma en colchones américa y despierte tomando nescafé: parapán-pan-pan, para pan, pan bimbo.

Y en eso entran dos niños pequeñitos y espero de ellos una conducta de adultos, como si no me acordara que cuando yo tenía esa edad, lo único que me importaba era cualquier cosa menos lo que los demás esperaban de mí. Para mí, un niño es como un bicho de otra especie, de otro mundo, alguien a quien no sé tratar y a quien no puedo dirigir un mensaje. Corren y me desespero y se me olvida que son niños, como si los niños fueran algo distinto de nosotros, y hablan, o al menos eso creen ellos, porque lo hacen con toda naturalidad aunque en realidad están gritando, aullando, berreando, estremeciendo los cimientos de la ciudad y las buenas costumbres, las malditas buenas costumbres, y lo que me pregunto es por qué yo no podía o no puedo gritar así cuando tenía esa edad o cuando tengo esta edad, por qué me reprimieron, por qué me siguen reprimiendo, por qué me reprimo. Se ríen, nos reímos, ya me acuerdo y ahora se jalan el pelo, se mueven y tiran un vaso que se tambalea y gira sobre su base perdiendo la superficie de la mesa en que estaba para caer de lado en el suelo y hacerse trizas; hay un segundo de culpabilidad silenciosa entre los niños, pero al ver que nadie les dice nada se sobreponen y exclaman algo dando a entender que estaban jugando y aunque no les interesa lo sienten, pero no es lo más importante y seguirán jugando. Y me vuelvo a reír: ahora con la cajera. Me sostiene la mirada y también esboza una sonrisa. Suena su teléfono, lo descuelga, y me dan ganas de correr y decirle que no estoy para nadie, salvo para ella, pero es capaz de contestarme que ya les dijo que aquí estoy y que ni modo, que ya la regó y “¿bueno, quién habla?” Una voz femenina y cálida me dice por el auricular que está allí afuera, en la caseta, pero que no puede entrar por que está desnuda y despeinada pero que salga y que me la lleve a donde sea y luego regrese a terminar mi café. “Señorita. Otro café, por favor”. Si este señor de al lado supiera lo que me hace pensar el calor, no estaría con esa jeta de aburrido que trae. Aunque, a lo mejor, él está pensando lo mismo de mí. Quizá soy telépata y nomás estoy leyendo sus pensamientos. Cabrón pornográfico, este viejo. Y la cajera cuelga el teléfono como si nada.

Ahí está ese otro. Esperando a alguien con impaciencia. El hecho se hace evidente cuando pide la cuenta al acercarse una mujer con las llaves de un coche en las manos. Se levanta, la besa, cruzan palabras que no oigo; sonrisas de oreja a oreja, quedaron de verse. ¿Dónde irán? ¿Y si los sigo? No te la jales, Daniel. Pagan y salen. Qué sabroso. A mí, en realidad, me hubiera gustado más un encuentro casual. Te busqué por toda la ciudad; no puedo vivir sin ti, diría ella. Yo, en cambio, estaba solo sin esperar nada, tomándome un café mientras hago tiempo para... pues déjalo y vente conmigo, diría yo y en eso la vista se me va detrás de las nalgas de otra mesera que es la antítesis de la hermana de Daniel, que está finita pero bien hechezota, muy linda, me cae. En cambio esta mesera está protuberante por donde se le vea, chipotuda del frente, desparramada de atrás y como usa la ropa una talla menor de la que debería, todavía se ve más exuberante y la sigo hasta que se me pierde la vista porque su cadera es una enorme troqueladora en el aire y me burlo de ella para mis adentros. Pobrecita, cree que se ve muy bien y... ya descargué toda mi impotencia sobre las nalgas de la señorita. Se me acaba la risa y me quedo viéndome de repente, sin querer, en medio de un mundo de formas, sin contenido, hueco como la cabeza cuidadosamente despeinada de esa chica que actúa como otro centro universal igual al que entró hace rato. Yo también soy una forma.

Eres una forma, Daniel, que también está prevista dentro de la decoración de este nuevo lugar donde te puedes tomar un café o dos mientras te esperas un rato para tomar el RomaMérida que te llevará a tu casa y te encontrarás con alguien y le recomendarás el lugar como centro de reunión de los cuates. Es medio burgués, pero puede uno esconderse un rato ahí, por un tiempo, porque ya ves que esos lugares se vulgarizan muy pronto.

Ahí está la cajera otra vez volteando para acá. Al rato les cae la clase media y éstos, que aquí veis de lanza en ristre, moverán su sede hacia otros exclusivos reductos. Me veo sumido en este mar de ropa a la moda y pido la cuenta mientras me veo a los zapatos, también a la moda, pero sin bolear, polvosos como de peatón. ¿Qué hago aquí?

Nada. No le voy a decir nada a la cajera. Le pago y cuando diga gracias le sonrío, doy media vuelta con seguridad y salgo con la vista perdida entre las mesas y algunos muslos descubiertos. Al vetarro de aquí al lado, de mente cochambrosa, tampoco le digo adiós. Se me hace tarde. Ya me colgué. Me esperan los cuates. A la próxima vengo con ellos. Por hoy ya estuvo suave.

Bueno, nadie diría que vengo de una fiesta, ¿o sí?


© Sergio Perelló
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