Crinolinas
...por Sergio Perelló

Juegos consolidados


... un manojo de hábitos que tomaron su lugar y su fuerza a lo largo de los años y acabaron por definir la personalidad de Óscar, mientras hacía como que hacía, repitiendo las múltiples rutinas que lo identificaban consigo mismo y le permitían tener la cabeza en otra parte. Actos repetidos, fraguados a golpes de costumbre que poco a poco fueron tomando independencia hasta convertir a su portador en un apéndice de ellos.

Se levantó con el llamado del despertador, como todos los días, enmarañado aún entre las imágenes que prodiga el sueño, preparó lo necesario en la cocina, se dio un duchazo con agua tibia, expuso el rostro una vez más al delgado acero de Gillett, se peinó, regresó a la cocina, desayunó huevos, pan integral, leche Lala, jugo, lubricó su aliento con Colgate, dio los últimos toques al aspecto de su traje comprado en el Palacio de Hierro, metió en los bolsillos lo de siempre, como siempre, ¿desde siempre?, regresó a la recámara, se cruzo con el buenos días mi amor de su compañera, la ayudó a salir de la cama dándole instrucciones de los pagos y otras cosas que había que hacer en la mañana y salió del pequeño departamento de la colonia Condesa donde vivía desde que se había casado. Tres pisos abajo lo esperaba su Renault, abrió la tapa del motor, sacó del bolsillo de su portafolios un conductor eléctrico con el que conectó el distribuidor con la bobina y estableciendo con ello el encendido, subió, se acomodó tras el volante, con algunos movimientos puso en movimiento el motor, esperó a que se calentara un poco, arrancó y en un momento llegó a Juanacatlán, Nuevo León, Insurgentes, la glorieta de Chilpancingo, el radio, las noticias y treinta y seis semáforos después entró a la Ciudad Universitaria, ocho minutos antes de las nueve de la mañana, hora en que empezaban sus labores en el edificio de Rectoría, con los interminables expedientes a revisar, igual que cada mañana, detrás de un escritorio donde había alcanzado niveles de eficiencia insospechados por quienes lo conocieron antes y mal vistos por la mayoría de sus compañeros de trabajo. Una eficiencia lograda a fuerza de razonar y mecanizar al máximo ciertos pasos del proceso de revisión de documentos para liberar tiempo en el trabajo, aunque ya no recordaba para qué quería liberar ese tiempo, pues también se llenó de otros quehaceres. ¿Tiempo ganado a qué?, se preguntó aquella mañana como en todas las mañanas de los días recientes. ¿Cuándo empezó todo?, insistía obsesivamente en esos últimos días, mirando hacia atrás, volteando los ojos sin querer hacia imágenes que le venían de adentro, oyendo palabras que le empezaban en los huesos y no le llegaban a la boca. Revisaba a la par los expedientes y recovecos de su memoria, los grandes proyectos de vida que colmaron su adolescencia y se trocaron a los diecinueve años en un honorable y digno prospecto de agitador de masas en la Universidad. Si no como un líder, al menos llegó a pensarse a sí mismo como un disciplinado miembro de célula de algo así como un partido nonato que redimiría al pueblo y sacaría a las clases explotadas de las fauces del capitalismo. Lo asaltó por mera asociación de ideas el recuerdo del examen de admisión para entrar a la Universidad, el poco entusiasmo que había demostrado por la carrera como consecuencia de la incertidumbre, la indecisión ante la necesidad de elegir un derrotero profesional, la discusión con sus padres sobre lo que a él le interesaba en la vida y con su vida. Elegir una carrera fue poner fin al cúmulo de posibilidades que se abrían ante sí, fue cortar todos los demás proyectos y quedarse nada más con uno. Una sola vocación. Pero no había ninguna vocación. En la preparatoria todo era relajo. Optar por una carrera era la última concesión, decía, a la ideología familiar. Sintió entonces que tiraba por la borda demasiadas ilusiones al escoger lo que la parentela llamaba una carrera lucrativa y con porvenir, sin importar cuál fuera ésta. Descubrió al poco rato la grilla y la gente que estaba en eso y le gustó. Le gustaron el proyecto y el ambiente, el estilo y perspectiva. Se entregó a ello y al poco rato también le gustó el para qué, el contenido de la lucha social, más allá de las formas que lo integraron a ella. En un golpe históricomaterialista quedó plenamente absorbido por los pormenores de la militancia. Dejó su casa, aprendió a escribir volantes, a manejar el mimeógrafo, las consignas, vivió en una comuna ensayando el germen de una nueva sociedad igualitaria y justa, tan pregonada en la tribuna y deseada en la teoría. Conoció nuevas formas de amor, de fe, colectivizó la individualidad e introyectó lo deseado por las mayorías como una compulsión propia, como su único y firme deseo. Poco tiempo tardó Óscar en darse cuenta que era más difícil lograr el cambio de las estructuras sociales que terminar una carrera universitaria, más largo el camino y más conflictivas las opciones.

Hoy jueves, como todos los días hábiles, Óscar llegó puntual a su trabajo. Ya está instalado frente al escritorio. Abre un expediente, apunta algo en un cuestionario anexo, engrapa, transcribe, da órdenes a su secretaria, dicta, abre otra carpeta, consulta por teléfono. Se insinúa la hora de salir a comer, la oficina se agita un poco y Óscar participa del cansancio de la jornada. Sabe que a pesar de todo aún se sustrae de las intrigas de buró, a los insidiosos chistes intrascendentes de los compañeros lo que le resta simpatía , se sustrae a la inercia, al chisme, al desgaste de oficina. Óscar es eficiencia pura, costumbres exactas, hábitos precisos adquiridos por decisión para sistematizar su vida, para ahorrar esfuerzos, para luchar contra la rutina y la enajenación con otra rutina y otra enajenación, para nuevamente ganar tiempo o quizá sin darse cuenta ser ganado por el tiempo. El inquieto Óscar, que en la prepa era un fuego, que iba a remar Chapultepec, que ligaba con las chavas de otra lancha, que bajaba a fajar a las islas del lago hasta que lo echaba el guardabosques, que un día descubrió que había lucha de clases, que sintió tantas cosas sin entenderlas, ese Óscar que llegó a convertirse en un diletante de la política estudiantil y después en un profesional de los círculos de estudio y de las cafeterías universitarias, ese mismo Óscar está revisando ahora un jueves cualquiera el expediente de algún pasante de ingeniería que aspira al derecho de presentar su examen profesional, examen que por cierto Óscar nunca presentó. En el transcurso de la carrera la grilla lo fue convirtiendo en un estudiante poco asiduo. Visto desde afuera Óscar fue un mal estudiante. El sesenta y ocho lo puso en primer plano. Después todos saben lo que pasó: las balas acabaron con la vida de unos, la honestidad de otros y la fe de muchos. Pocos crecieron con el castigo, pocos continuaron casi heroicamente con una lucha sorda y soterrada, clandestina y ambiciosa, una lucha a muerte contra la fuerza bruta de un Estado retrógrada y fascista. Una concepción equívoca de las cosas, ayudada por la represión, acabó en cambio por sumir a Óscar en un letargo escéptico. La decepción le mordió la médula. La mota lo consumió y aisló por un tiempo, hasta que decidió luchar de nuevo, luchar no desde trincheras artificiales o ajenas sino desde su propio lugar social, desde el espacio que ofrecía su situación, actuar desde el campo de su propia actividad profesional. Llegó el día de trabajar. Revisó amistades, movió palancas, no iba a venderse a la iniciativa privada. Consiguió chamba en Rectoría y llegó a estar convencido de que desburocratizar la burocracia era por sí mismo un acto revolucionario.

Hoy jueves un cielo abigarrado de nubes grises amenaza con lluvia. Los expedientes lo tienen hasta el copete y allá abajo, en la explanada, donde casi todo mundo es fiel a la mexicana costumbre de no usar paraguas ni en temporada de aguaceros, las primeras gotas de un chubasco aceleran el paso de la gente. Óscar tampoco trae paraguas. Las perspectivas en el trabajo son malas, necesita más dinero, antes de subir al coche seguramente se mojará, en las calles el tráfico estará pesado, si pudiera salir ahora, pero hay que esperar hasta la hora exacta, quizás obtenga el cambio de horario que solicitó, saldría más temprano, Insurgentes estará atascado, podría terminar las materias que le faltan y hacer la tesis, se soltó el agua en serio, terminará la carrera, a este cuate le faltan documentos, no sé como le daban inscripción cada semestre, si no le dan el ascenso prometido tendrá que buscar un trabajo mejor pagado, este expediente no pasa, vamos con otro, antes de llegar a su casa le pondrá gasolina al coche, será conveniente mudarse a un departamento más cerca del trabajo, no pueden seguir viviendo con este sueldo, en un año se habrá recibido, el sábado llevará el coche al taller, su suegro insiste en conseguirle trabajo en una compañía grande, con muchas posibilidades de promoción, quizá, pero lástima dejar el sindicato, pero allá podrá ahorrar, cambiar el coche, juntar una lana para el nacimiento del bebé, ándale ¿dónde está el acta de nacimiento de éste?, será empleado de confianza, mejor hubiera estudiado otra carrera, ¿será niño o niña?, sin sindicato, la IBM de esferas se descompuso, otro expediente, si no se hubiera casado, mañana hablará a los de mantenimiento para que la reparen y a ver si por una vez lo hacen bien, pero el embarazo ya estaba muy adelantado, apenas estamos a media quincena, su suegro dijo entonces que no lo perdonaría, el coche ya está traqueteado pero puede esperar hasta la próxima semana, ahora hasta le quiere conseguir un trabajo mejor, al fin y al cabo es su hija, claro, este caso tendrá que llegar hasta el Consejo Universitario, el coche también necesita llantas nuevas, ya no se acordaba, el viejo es un buen hombre, la próxima semana, hoy logró revisar un expediente más que ayer, vivir un poquito mejor, la política, el país, la grilla, ganar tiempo, las aspiraciones de antaño, los niños comen mucho, las necesidades de hoy, el domingo hablará con el suegro, quizá ni sea necesario recibirse antes, la lucha de clases, la vida, la hora de salida, la lluvia.

Como todos los días a esta hora Óscar guarda y ordena con disciplina casi religiosa sus instrumentos de trabajo dentro del escritorio. Sale de la oficina, se despide de los pocos que le devuelven el saludo, se integra al barullo general. ¿Desde cuándo soy adulto?, se pregunta mientras se abre la puerta del ascensor. No hay duda, ¿verdad? Soy adulto, insistió. ¿Qué importa? Las cosas van a mejorar, la eficiencia sabrán remunerarla mejor en otro sitio. Esto habrá sido una buena práctica o un pasaje gris en su vida, el final de la estancia universitaria, el final de la prolongada adolescencia. Se acabó la anarquía, se acabó el desorden, voy a ser padre. Ya más adelante habrá formas de expresar y canalizar el disentimiento político. Se acabaron los sueños y la irresponsabilidad. La rutina se volverá de colores.

Llega al primer semáforo, piensa en el bebé que pronto tendrán, piensa en su compañera —su esposa, dirá con el tiempo—, ¿qué habrá hecho de comer? Óscar recuerda cuando la conoció en los agitados años estudiantiles, Óscar recuerda las llantas que le hacen falta al coche, Óscar recuerda, Óscar piensa, Óscar actúa, Óscar olvida.


© Sergio Perelló
 Tiene muy buenos vínculos
 Para escribirme
1