Por alguna razón que todavía no logro explicarme, acepté salir con él de la reunión. Se ofreció a llevarme a mi casa. Simplemente eso, me llevaría, pero una conoce por instinto la intención escondida en ciertas cosas, detrás de una mirada, en medio del tremor de una palabra. Una sabe cuándo una oferta es sólo eso, llevarte a tu casa, o cuándo una ganga de esa naturaleza busca la posibilidad de una aventura. Digamos que no es una proposición clara y directa, pero tiene el encanto de dejar la puerta abierta a cualquier otra cosa que se vaya armando en el camino... y si no se arma nada, está bien, no pasa nada y punto. Todo cabe. Es como darse ambos un rato más para ver qué son capaces de fraguar dentro de las reglas indefinidas de un juego todavía por inventar. No soy de las que van por la vida probando hombres para ver si encuentran la pasión y el verdadero amor. ¡Para nada! No soy dada al ligue, pero tampoco me espanta ni me niego por pruritos morales a conocer íntimamente a un hombre si me gusta arrebatadamente, porque así pasa a veces. Lo que ocurre es que por experiencia —y reconozco que todo se debe a que la experiencia, en mi caso, ha sido adversa— sé que los ligues ocasionales me resultan siempre frustrantes. Cuando he seguido el deslumbramiento de una pasión momentánea no he logrado satisfacer las expectativas de lo que un minuto antes prometía ser el mismísimo paraíso. No niego que posiblemente se deba a mi propia tensión, que no me deja expresarme normalmente cuando me acuesto con alguien por primera vez, sobre todo si lo acabo de conocer. Quizá porque después de desplegar todas las armas de la seducción —que implica en cierta forma fingir un poco, al menos para mí—, no puedo de pronto cambiar de papel y ser yo misma como si nada: pasar, por ejemplo, de la mujer fatal al balconeo de mis fetiches; o cambiar el traje de muñequita de lujo que acabo de armar, por la pena que me dan mis llantitas. Y qué decir cuando me pongo el disfraz de intelectual indómita y lo tengo que guardar un rato después para mostrar mis ganas de acurrumacos cursis y protectores. Qué pena, ¿no? Y ellos, igual. Me chocan los donjuanes que se derriten de interesantes y te bajan la luna y las estrellas y al rato te dejan a medio camino de un orgasmo, jadeando como pendeja mientras se están poniendo los pantalones para irse con su mujercita. O los que igual que una tienen problemas para cambiar de papel y cuando se transforman en ellos mismos se inhiben y nomás nada de nada y te juran que no es culpa tuya y se les va todo en explicaciones. Y qué decir de esos hermosos chicos con cara de babosos embelesados que se dejan seducir y ya en la cama les sale lo patanes y hasta te ponen condiciones humillantes para hacer el sacrificio de terminar la noche contigo, condiciones y aceptaciones que no quiero describir porque me da una terrible vergüenza con los hijos que tendré algún día y a los que seguramente educaré en la misma jodida moral en la que me educaron.
Pero esa noche me despedí de mis anfitriones con la excusa irrefutable de aprovechar el aventón y me fui con él. En el camino hacia mi casa me percaté de que el tipo era bastante feo pero me valió poco: era agradable y liviano. Durante la cena me pareció ecuánime, tranquilo, simpatiquísimo y me hizo reír como enajenada. Sus comentarios, siempre en la vía de lo absurdo, me sacaban de la solemnidad que como tendencia dominaba el ambiente de esa reunión entre desconocidos en la casa de un amigo. Mientras me llevaba en su sedán viejito y lleno de achaques intentó repetidamente decirme dónde vivía, qué hacía, en qué trabajaba, de dónde era y todo lo demás. A lo mejor lo hacía por rutina o por cortesía o para impresionarme todavía más de lo que ya estaba, pero en todo caso no lo dejé terminar, porque al igual que en El último tango en París el conocimiento habría matado el encanto y el deseo. Lo preferí como lo había conocido, ameno y sin saber nada de él, tal como me impactó, así que desplegué mis dones distrayentes para hacerlo hablar siempre ágil, irónico y en broma de cualquier cosa que no tuviera nada que ver con nosotros más allá de la situación. Y llegamos frente a mi casa. Un departamentito en un edificio viejo de la colonia Condesa donde explayo mi condición de hija liberada del hogar paterno. ¿Y ahora?, pensé fugazmente. Me hice la tonta y dejé que los instintos tomaran el mando. Entre risas y sin dejar de hablar me bajé del cochecito dando por hecho que él también bajaría aunque fuera para no dejarme hablando sola. Me acompañó hasta la puerta del zaguán y abrí el portón mientras continuaba el parloteo, de tal modo que me reservaba el derecho de decirle, si se diera la necesidad, “bueno, ¿a dónde vas?, hasta aquí llegaste”. Pero no. Subimos juntos la escalera, entre risa y risa, hasta el segundo piso y en el mismo tono de confianza ajena a los intereses en juego abrí la puerta y lo dejé entrar. Cuando me di cuenta el muy señor ya estaba sentado en la sala esperando que le sirviera la copa que le acababa de ofrecer. ¡Carajo! Me ganó, pensé.
Ya en la cama no me dejó salir, el mañoso, de las reglas que acabábamos de construir en el breve viaje que hay entre una cena y la intimidad de la alcoba. El sinfín de bromas ininterrumpidas no me dejaba llegar a la conciencia de mis lonjitas ni me daba la ocasión de sacar del clóset de los bochornos la parafernalia de mis temores y desgracias. Todo el tiempo fui yo misma, la de todos los días, al menos la parte sencilla y relajada de mi personalidad cotidiana. ¿Se imaginan? Salí a cenar a la casa de unos amigos y sin interrupción alguna ya tenía a este desconocido entre las piernas, siempre sonriente y hasta chocarrero y por decirlo de algún modo metido hasta el fondo de mis alegrías.
¿Qué puedo decir? No me arrepiento. En realidad el alcohol ayudó un poquito en todo esto. Me dejé llevar admitiéndolo como excusa y a escondidas fui logrando levantar el edificio de mi excitación. Dejé que mi ser rodara por esa pendiente y encontré las convicciones que me hacían estar ahí más allá de la persuasión desplegada por el contrincante porque, sin querer, por costumbre, había en mí la tentación de verlo como el enemigo a vencer . Pero ya en los hechos fui yo misma, sin ambages, sin las máscaras habituales por delante. No había ningún enemigo sino un aliado gentil, afable y generoso. No se dio la acostumbrado batalla por el poder. Tampoco hubo oportunidad de que mis fetiches se apoderaran del timón de la barcaza que poco a poco nos llevaba hasta un mar donde se beben las aguas del delirio de la inconsciencia, cual debe ser en esos casos. Me hizo lo que quiso. Por supuesto me besó con delicadeza, me acarició, me lamió, me mordió, trazó en mi cuerpo el mapa del deseo, me dibujó los caminos del frenesí, me encontró cosquillas donde las tengo guardadas, descubrió mis quejidos y desveló mis contorsiones, me dijo lo necesario, me apretó, me fue tomando poco a poco y yo respondí sin prisas, sin apremios, con una soltura que no recordaba y sólo otorga la confianza sin límites al compañero. Me excitó llenándome la piel de tiernas palabras y poniéndome en el alma las caricias que yo deseaba. Me llevó a la cima de la exacerbación de los sentidos y él me siguió de cerca, a corta distancia, cabalgando a mi ritmo, acompañándome en todo momento para que no me perdiera, como para evitar que tropezara con las dudas y titubeos pudorosos que a veces pueblan el camino hacia el edén. Yo fui el centro y la razón de todo. Me convirtió en una divinidad sagrada y así me reverenció. Estaba ahí para halagarme, adorarme y llevarme al mismísimo cielo. Llegamos juntos al recinto de los dioses y ahí permanecimos en perfecta unión hasta iniciar de nuevo la exploración de otros senderos a distintos paraísos. Me hizo sentir cosas ignotas. Fue uno de esos pocos actos de perfección que se tienen en la vida... Y lo mejor de todo fue que tardó un rato más de lo acostumbrado en ponerse los pantalones para irse con su mujercita. Lástima. Ha de ser por eso que no recuerdo su nombre.
Ciertamente, era feo el desgraciado. Nariz de tomate, ojos chiquitos y ágiles, cejas escasas, imperceptibles, orejas largas como desprendidas del cráneo, maneras burdas pero seguras, ignorante de la autocrítica —caída en desuso en este fin de siglo—, boca grande, como para decir lo conveniente, regordete y panzón, piernas chiquitas, ¿quién se iba a fijar en esas cosas?, manos astrosas, aunque sabias, agradable el condenado. Podría quejarme, como siempre: ¡el cabrón me hizo creer en la autenticidad de sus gestos mientras me embaucaba en la complicidad de sus lujurias! ¿Pero quién protesta si al fin te cumplen las promesas que tú misma te hiciste?
Supe que me estuvo buscando en los días siguientes. Durante varias semanas dudé en encontrarme de nueva cuenta con él. ¿Valía la pena? Había sido maravilloso, sí, pero corría el riesgo de echar a perder el hermoso recuerdo de esa noche gloriosa, aunque por supuesto quedaba la esperanza de que otro encuentro tuviera iguales resultados. Finalmente abrigué los temores de siempre y me barnizaron las ideas: esa noche era irrepetible y no había que tocarla, no había que confundirla ni promediarla con otras noches hermosas, quizás, pero no sublimes como ésta. Los ligues siempre me han salido mal. Ese día no. Viví el esplendor total de la mutua entrega en medio de una conquista absoluta y avasalladora, aunque fuera traicionada horas después por la inequívoca ausencia del amante. Así de contradictoria es la vida: la dicha seguida por la soledad. ¿Y después qué te queda? Nada, porque en las cosas del amor no bastan los recuerdos. Lo importante es hacerlo, no haberlo hecho.