—Puta como las gallinas —dijo Mariano gesticulando teatralmente y agitando violentamente su vaso alto repleto hasta el borde con güisqui, hielos y agua.
—Puta y todo, así la quise —repuso Juan José.
—¿Querer? No mames —insistió Mariano—. Te ponía cachondo, pero también los cuernos. ¿Quererla sólo porque las primeras veces no te cobró?
—Tú no sabes lo que es querer a alguien sin pedirle cuentas —interpeló Lucas mientras sostenía un fólder con unos poemas escritos en honor de la reunión, la cual todavía transcurría en calma—. ¿Entregarte a una mujer sin condiciones? Eso no lo entenderás jamás. Juanjo se entregó. En cambio tú eres un pinche machín como todo mundo: el currículum, lo que ha hecho, su familia, quién es, tiene lana o no, de dónde viene —y como hubo un silencio de casi dos segundos, Lucas se sintió escuchado y atraído a seguir hablando—. ¿Eso mide la cantidad de amor que puede uno dar a la gente? A la mujer hay que medirla por su relación con uno. No hay amor en ti, pinche Mariano, sólo negocios: interés simple, interés compuesto.
Juan José, ofendido, calentaba celosamente su coñac.
—El problema radica en que ustedes dan por hecho que las gallinas son putas —terció Celedonio, al punto pedo—. Con tal ofensa a tan nobles y nutritivas aves equivocan el camino.
—Fue un amor de verano, pero la tomaste muy en serio—. Mariano no quería lastimar a Juan José, que a estas alturas de la noche ya llevaba media botella él solo.
—Ustedes dos, par de pendejos —Celedonio acompañó la frase con un movimiento errático de la mano, vaciando parte del contenido de su copa—, creen en lo que dicen, en vez de decir lo que creen... o cualquier otra cosa.
—Ya tomaste mucho. Mejor cállate —dijo Aurelio.
—Todos hemos tomado mucho —repuso Mariano como tratando de calmar un brote de indignación de Juan José—. Tu vieja está muy buena, pero no merece ningún sacrificio. Ya te jodió bastante. Así son las gringas cuando están de vacaciones.
—Sí. Nos jodió mucho. A mí me pegó una pinche gonorrea llorona que me tuvo en abstinencia sexual cuatro meses dijo Celedonio, agachado sobre la alfombra frotando con un pañuelo el licor que acababa de derramar.
Juan José puso su copa coñaquera con toda calma y solemnidad sobre cualquier mueble, como disponiéndose a una respuesta definitiva.
—¡Ah! ¿Fue cuando te acostumbraste a usar el culo, pendejo? —se vengó Juan José, medio arrepintiéndose de lo que realmente quería decir y hacer sobre el rostro de quienes le habían presentado alguna vez a esa chava reventada.
—Sí, güey: el de tu hermana —contestó Celedonio tratando de doblar meticulosamente su pañuelo.
Lucas se servía otra copa con lo último que quedaba de la botella de Martell.
—Habrá que abrir otra botellita —dijo Alfredo amaneradamente—. Corremos el riego de secarnos como hojas en otoño. Luego nos pisan y hacemos “cronch”.
—Ándale, María —dijo Aurelio—. Tú eres el anfitrión. Así que saca otra.
—Mariano, güey.
—María no: güey. Ándale, pues.
—Dice que se llama Mariano Güey —bromeó Higinio.
—¿Y tu mamá? Ya no tengo más licor.
—No chingues —dijo Lucas—. Pon la casa de cabeza y tráete aunque sea el alcohol del botiquín.
—O el agua de colonia.
—O, de perdis, el talco.
La luz pasaba a través de las pantallas rojas de las lámparas iluminando de sangre los excitados rostros de los miemnbros de la generación 7782 de la Facultad de Ingeniería, para terminar recortando sombras briagas en las paredes y sobre los objetos que pretendían decorar el departamento de Mariano. Unas banderolas deportivas estaban clavadas en la pared a manera de una flecha que indicaba la puerta del baño. “Para que no haya confusión en caso de emergencia”, decía el anfitrión. Finalmente alguien encontró una botella de oporto que duró escasos seis minutos, según cronometró Alfredo.
—Son casi las diez y no llegan los demás.
—Las diez y ya estamos hasta las manitas, carajo. Así no se puede. No se puede.
—Más bien ya estás pedo, Gerardo.
—Y aún no hemos cenado.
—Vamos a empezar. Ya se tardaron. El que no llegó, que chingue a su madre, por culero.
—Órale: por culeros.
—No. Vamos a esperar, todavía es temprano. Lo que pasa es que empezamos después de comer. Ya llevamos un chingo de tiempo chupando.
—Ni madres. Son unos pinches mexicanotes impuntuales. Ya ves a Lucas. Siempre llegando tarde por andar en las nubes con sus versitos. ¿Verdad, tú?
—Y el pinche Eustaquio —dijo Alfredo— te deja plantado y ni se inmuta. Cuando te ve nomás te orina para que no te marchites y ni se disculpa. Si no estuviera tan grandote ya le hubiera dado sus manazos.
—Confiesa que te gusta, Alfredito. Te voy a acusar con su mujer.
—¡Qué! ¿Esa vieja que abusó de él siendo casi un bebé?
—Shh. Tocan. El que todavía pueda que abra la méndiga puerta.
—El que está llegando no se va a morir.
—¿Por qué?
—Dicen que cuando alguien llega a un lugar donde están hablando de él es que no se va a morir.
—¿Por qué?
—Qué coños me importa, pero no se va a morir.
—¿Cómo sabes quién llama a la puerta?
—Por que le estoy mentando la madre al mundo y a ese le toca su partecita.
—Pues chinga la tuya, por la parte que a mí me toca.
—¡Órale! Abre tú, que traes zapatos.
—Ya vas.
—¡Ya van!
—¡...a chingar a su madre! —completó Alfredo.
—Cállate, cabrón. Qué tal si es un vecino que viene a pedirme algo —dijo Mariano.
—O qué tal si es mi mamá.
—¿Tú? Si tú no tienes madre.
—Oye, Mariano. Si te pide algo el vecino, ¿se lo prestas?
—Mejor alquílalo, como hace la novia de un querido amigo cuyo nombre no voy a mencionar porque se enoja Juan José.
—No es mi novia, simplemente le estoy poniendo.
—Qué romántico.
—Cuando dices esas pendejadas, no sé a quién te pareces.
—Abran la puerta o desconecten ese pinche timbre, cabrones —dijo alguien.
—Pásenle y sírvanse lo que traigan en esas botellas. Ya les llevamos mucha ventaja.
—Se nota, se nota —dijo Dionisio entrando y ordenando con un gesto de la cabeza que entrara un amigo suyo—. Qué bueno que llegaste. Pasa y acomódate. Ya conoces a varios —y dirigiéndose a los demás invitados gritó— ¡Hey! Éste es Estanislao.
—Mucho gusto. Yo soy Mariano. Pásale.
—Me recuerdas a alguien.
—¿Qué nos trajeron? —se oyó decir desde la sala, donde flotaba un humo espeso.
—¡Un gorrón! —gritó Mariano. Y volteando hacia el recién conocido agregó—, es broma, es broma.
—Hola, cuate. ¿Qué traes en esa sugerente bolsa de papel? A ver, a ver.
—Vino tinto.
—¿Quién vino?
—Dos chavos: Eutanasio y Adulterio.
—¿Vino en bolsa de papel? ¡Ah! Ya entiendo: es vino en polvo, ¿no?
—Sí, eso. Es mi último invento: vino en polvo.
—Qué tal.
—¡Sí! Ya sé a quién te pareces.
—Hola. Mucho gusto. ¿Tú eres el gorrón que decían?
—¿Cómo estás? ¿Dónde se había metido este par?
—Más respetillo, ¿eh?
—Hola. Hola.
—¿Se arregló el problema aquél?
—Te pareces a tu chingada madre. Eres igualito.
—¿Qué es eso del vino en polvo?
—Sí. Se arregló. Gracias, ¿eh?
—Es una locura del poetastro.
—Lo soltaron rápido. ¿No te habló ese cuate?
—Es vino deshidratado.
—Te hablo... ¿Qué es de tu vida? Hace añales que no te veo, mano.
—Miento. No te puedes parecer a tu pinche madre porque nunca tuviste madre.
—Revuelves el polvito con agua, como el café en polvo, y sobres: tienes un vinito delicioso.
—¿Por qué no vamos cenando mientras llegan todos los demás?
—...pero ya están pedérrimos.
—¿De qué cosecha?
—¿Y éste que habla sólo, quién es?
—Sí me habló, pero no le hubieras dado mi teléfono. Es muy comprometedor. Ya ves que esa gente...
—...ora sí que te la jalaste con tu pinche invento.
—Pues nada, viejo. La vida de siempre, casado, trabajando, pagando deudas...
—Pero el alcohol no se puede...
—No, ¿cómo crees? Ese tipo ya no se mete en problemas de esos. Lo que pasa es que está fichado y ya ves cómo es la tira. Lo agarran por rutina, pa’ ver qué le sacan.
—No, no me lo presentes. No me chingues.
Llegaron Fili y José con sendas botellas de ron: aplauso colectivo. Media hora más tarde se apareció Justino con un garrafón de vino rasposo. Cenaron, bebieron vino bien hidratado, rieron, se insultaron, hablaron todo lo que quisieron y pudieron, repasaron los chistes de siempre y contaron los nuevos, y por supuesto llenaron el ambiente de recuerdos de la Facultad de Ingeniería, tema relapso y de cajón en las reuniones anuales.
—El alcohol no, pero el ácido lisérgico sí. Y vieras cómo pega el desgraciado.
—¿Y usted a qué se dedica, joven?
—No me digan que hicieron cena y toda la cosa.
—Por eso había que sacarlo rápido del bote.
—Ahora que lo patente va a ser el gran negocio. ¿Te imaginas un Bordeaux 56 en una bolsita como de azafrán?
La atosigante luz roja hacía más pequeño el saloncito donde parecía que no pasaba nada, ni la fiesta. Los vapores etílicos se esparcían entre miradas, palabras, recuerdos y presunciones. La noche comenzaba. La noche sin fin y catártica donde todo se valía, donde todo se esperaba, donde todo marchaba entre reglas extrañas pero rígidas y concisas que reproducían el lenguaje de antaño, las reglas de comunicación de los tiempos de estudiantes en la Facultad.
—Para eso son los amigos, ¿no?
—Pasen a servirse, bola de muertos de hambre, porque se enfría.
—...y los sábados, como buen marido, hasta te has de ir a burdelear.
—Lo malo de la impuntualidad es que nos vamos poniendo pedos en diferentes horarios y luego se pierde la comunicación.
—Bajarían considerablemente los costos de transporte.
—Huele muy bien. ¿A poco sabes cocinar? Eso de vivir solo te ha hecho medio mandilón.
—Oye, ¿dónde están las sillas?
—¿Cómo dijo usted que se llama, caballero?
—Empacado en bolsitas individuales sería muy fácil la fayuca, ¿no?
—Luego me das la receta ¿sí?
—Faltan sillas. Traigan a Ionesco para que las ponga.
—Oye, cuate, ya déjalo en paz, ¿quieres? Vino conmigo. Yo lo invité.
—Tiene pimentón ¿no? ¿Dónde lo compras?
—Lo más interesante de todo es que se establece una verdadera ruptura con la tradición vitivinícola de cualquier lugar, pues...
—No le hagas caso, está pedísimo.
—Oí que alguien rompió con el vino. ¿Quién es ese baboso?
—¡A poco! No mames.
—¿Y por qué sin viejas?
—¿Quién?
—Y ustedes, ¿de qué carajos hablan?
—En el baño hay una, pero está jodida de una pata. Mejor en el banquito de la cocina.
—Me perdonan, pero ya empecé.
—¿Estabas en la Facultad? No recuerdo haberte visto.
—Del vino en polvo.
—Es puto, ¿verdad?
—No te apures, aquí estoy bien.
—Se perdería el bouquet.
—Vénganse. Hay lugar para todos en el suelo.
—Me siento mal.
—¿Por qué excluyen a las mujeres?
—Un atentado a las maneras de mesa, a las finas tradiciones culinarias.
—Ni madres. Que nadie se venga porque se mancha la alfombra de Mariano.
—No. No soy ingeniero. Soy contador.
—¿Y que más dan las tradiciones culinarias para estos cabrones rascuaches que comen en el suelo?
—Voy a guacarear.
—El buen paladar no tiene nada que ver con la altura a la que comas.
—Están locos.
—¡Aguas! Quiere guacarear.
—¿Y qué otro invento tienes?
—Las mujeres son la esencia.
—No chingues. Estamos comiendo.
—¿Agua en polvo?
—Llévalo a la ventana. Rápido. Que le dé un poco de aire fresco.
—¿De qué más podría hablar sino de mí mismo? Y no sigo porque diría...
—Puras pendejadas, me cai.
—¿Dónde aprendiste a decir mentiras?
—¡Qué hago con este imbécil! Ni modo de andarlo cargando todo el tiempo.
—De veritas: tú eres mi mejor cuate. No hay otro como tú. No hay otro.
—Mi vocho da 190, en serio.
—En la escuela, por supuesto. Especialmente en los exámenes. Puras pinches mentiras nomás decía.
—¡Ya llegamos! —se oyó gritar a Pancho desde la calle persuadido de que el timbre no servía.
—Sólo puedo hablar de mi desolación, mis fracasos y mis miedos —obviamente, Lucas, el poeta.
—Pues siéntalo ahí. Que le dé el aire.
—Sírvete otra.
—¿Dónde está el baño?
—¿Quién es este mamón?
—¡Puta madre! Sigue llegando gente.
—¿Y con qué se revuelve el agua en polvo?
—¡Salud!
—Sigue las flechas disfrazadas de banderines, y procura no mearte fuera de la taza, güey.
—Y además de caer en fiestas ajenas a las que no ha sido invitado, ¿qué otra cosa hace usted?
—Con petróleo, supongo.
—Gente, no. Puros machines.
—...tristemente, amargamente...
—Se lucieron con la cena.
—Hace dos años, en la última reunión, la pasamos de poca madre. Te perdiste de algo grande.
—¿Misóginos o simplemente putones?
—¿Vas a hacer pipí?
—Dile a Armando que se calme. Ya se está pasando de impertinente con el amigo de...
—Seguro eres de los que orinan sentados.
—Pásenle, pásenle.
—Díganme, ¿cuándo decidieron que no vinieran las viejas?
—Se va uno empedando poco a poco, con esfuerzo heroico, y de pronto llegan estos mamones, que siempre me cayeron mal, como lechugas frescas; con mirada crítica y todo, como si no fueran de aquí.
—¿Cuando cagas no meas, güey?
—Mi mecánico me lo afina de poca madre.
—¡Mira quién llegó!
—¿Y los vecinos no se quejan de este desmadre?
—Están bien hechos y se venden bien.
—...la frustración es la madre de la mediocridad.
—¿Y primero meas y luego cagas o al revés... o al mismo tiempo?
—Es sólo de vez en cuando.
—Carajo. No me dejen hablando solo. ¿Dónde está el cuate ése que se parecía a su pinche madre?
—¿Más botellas? Pues sean bienvenidos y bienbebidos.
—Empújalo a un lado y siéntate.
—A lo mejor eres de los que están cagando sentaditos en la taza del baño y se ponen de pie cuando quieren orinar, como para no tener dudas de su hombría, ¿no? Así de rígidos llegan a ser estos indefinidos disfrazados de macho.
—¡Aguas con Higinio! No se vaya a caer por la ventana.
—La quise y la sigo queriendo... aunque mis cuates la hayan disfrutado antes que yo.
—¡Mis huevos!
—Hay quienes producen y hay quienes consumen. Yo soy de los que producen.
—Quítamelo de encima. Ya no lo aguanto.
—Hace cuatro años, aquella vez que reprimieron la manifestación.
—...y en medio de la noche la amistad redunda en sueño que se esfuma en añejas repeticiones...
—Pues destápalas porque se acabaron las otras.
—¿Qué quieres? Fui el último a quien se la presentaron... y me enamoré.
—Sí, es cierto. Han seguido reprimiendo manifestaciones, pero aquélla estuvo gruesa: hubo heridos. Como siempre, reprimieron por el puro gusto de golpear.
—...la noche lánguida navega con su barca de recuerdos sobre...
A las tres y cuarto de la madrugada, silenciosamente, Higinio se cayó de la ventana en cuyo quicio estaba sentado. Alguien más propuso traer una señoras a la fiesta, pero Gerardo, misógino a sangre y fuego, se opuso con cajas destempladas, y mentando madres amenazó acabar con la fiesta si la ocurrencia de prostituir la velada prosperaba. El caído despertó al sentir como se le abría el cráneo contra la banqueta. Un instante después murió “para siempre”, según diría en el velorio su desconsolada viuda. En ese pequeñísimo instante que transcurrió entre despertar y mamar todito, Higinio, a pesar de su anodina intrascendencia, se acordó de un chingo de cosas, de casi toda su vida, pero sobre todo le invadió el profundo deseo de salir corriendo por la ciudad y pasearla y tocarla y olerla y recorrerla por última vez acompañado de sus cuates, sus queridos colegas. Mientras recordaba las calles de la ciudad y sus embotellamientos sintió que tenía derecho a un último deseo: y se fue a pasear para siempre, como plasmado en un cuadro de su propia memoria, la memoria inmortal de los que mueren con los ojos abiertos.
Manuel, que había llegado de los últimos, sacó una ampolleta y una jeringa y sin mayor preámbulo se metió un tremendo arponazo. El sopor lo invadió y caminó trastabillando a la recámara para tenderse en la cama. Sintió que tardaba una eternidad para llegar al cuarto. La cama ya estaba ocupada por algún adelantado, así que tiró a un lado el pesado cuerpo y se durmió de inmediato.
Lucas continuó leyendo su último poema sin que nadie lo objetara. Higinio murió definitivamente. Cuando llegó la “cruz” la reunión de aniversario casi había terminado.