I
En verdad, no sé bien a bien si fui yo quien lo mató. En ese tiempo no pensaba en la muerte. Todo era como un juego. Jugaba a que era adulto —y muy pronto lo sería—, jugaba a que estudiaba las lecciones de la prepa. Después vino el tiempo de la Universidad y fue lo mismo. Estudiaba cosas que parecían importantes, hacíamos la tarea; así las llamaban entonces y creo que así le dicen todavía; en la Universidad eran trabajos, ya no tareas. Entonces la vida no era un proyecto ni una historia ni siquiera una posibilidad. Era simplemente lo que iba de la hora en que me levantaba al momento en que otra vez me quedaba dormido recreando lo soñado el día anterior. Me dormía en medio de visiones sin sentido o más bien con su sentido propio, distinto al sentido de las cosas que ocurrían cuando estaba despierto. Era como vivir una historia que no tenía nada que ver con la otra, la de verdad. De hecho eran vidas que no se cruzaban, que parecían no tener nada en común. Al día siguiente las cosas volvían a comenzar de nuevo sin tener ninguna referencia con el pasado, ni siquiera con el día anterior, mucho menos con las vicisitudes de eso que llamaban futuro. La idea de continuidad no cabía en ese eterno presente en el que estaba sumergido. Sin importar si era rutinaria o diferente, la vida era lo que pasaba cada día, y ya. Todo parecía ocurrir por primera vez en la imaginación, a fin de cuentas todo podía inventarse o recomponerse para dar lugar a lo que no siempre llegaba por sí solo. La vida era mi vida, y por más que ésta fuera totalmente previsible y atada a mi historia personal y la de mis coetáneos —y para no ir muy lejos, atada a las situaciones familiares, tan impregnadas del destino de sus iguales, sus congéneres, su ciudad, su barrio, su época, mi época—, parecía que esa vida transcurría en un mar de posibilidades autónomas donde se flotaba sostenido en el libre albedrío. Así parecía, al menos, y las cosas se afrontaban como una aventura, sin mediar el que realmente fuera una aventura o no. Enfrentarse al mundo de nimiedades de infinita importancia que definen la personalidad de un adolescente era suficiente. Daba igual si aventura era sólo lo que podía plasmarse en una historia cinematográfica: cada día yo era el héroe de mi propia película. Lo rutinario y azaroso de lo que aparecía a cada paso resolvía cualquier duda existencial convirtiendo todo en un interminable regreso a Ítaca. Todo estaba presente en cada paso que daba: la historia de las naciones en un día, la Guerra Mundial cabía en la cabeza de uno de los alfileres que sostenían mis convicciones.
Todo se conjugaba en tiempo presente, en el presente, en lo presente, en la personalísima primera persona del presente, por más que los adultos —ese mundo ajeno que yo trataba de imitar en sus formas— insistieran en el futuro, en el más adelante, en el prepararse para después, siempre prepararse, en la amplitud de todas las acepciones posibles del verbo, sin que finalmente ninguna de ellas dejara de ser vaga e impersonal. Las cosas aparentemente sólo existían por su encadenamiento al pasado o por relación con el futuro. Los adultos hablaban en tiempos pretéritos o en porvenires. Nunca había un ahora a secas que denotara la inminencia del deseo en su acepción intemporal y por lo tanto eterna. Era una insistencia incomprendida por mi edad o por mi entendimiento y sobre todo por mi piel, como si otros engaños ocuparan el espacio disponible para reflexionar sobre esas cosas hasta poder sentirlas. Sentir era entonces la única forma de saber, de aprender, de entender, como si las ideas se gestaran y vivieran en la piel, esa delgada película corporal que apenas llega a contener la explosión de sentimientos de un adolescente.
La vida también era algo sobre lo que el tío Renardo decía cosas a la hora de comer. Solemnes reflexiones que buscaban la inmortalidad envueltas de una voz engolada. Estruendosas cavilaciones que siempre desembocaban en moralejas y preceptos a seguir, los que por lo general se ejemplificaban con anécdotas de su propia vida. La reiteración constante de su intachable manera de conducirse por los caminos que Dios le hacía transitar, contrastaba con la indolencia y desasimiento con que según él actuaban los otros comensales en su cotidiano devenir. A los demás, mientras compartíamos los alimentos aparentemente con menor dignidad moral, se nos toleraba a cambio de ser instruidos en el camino de la virtud, cuando no simplemente se nos incomodaba o aun se nos llegaba a escarnecer. Fui aprendiendo que no había réplica posible, sólo sumisa aceptación. Al tío Renardo nunca se le quitó lo ojete. La vida fue el aderezo de todas las ensaladas que me zampé hasta el día en que él murió, según dicen, ayudado por mi propia mano.
Tiempo después me confundiría un poco al saber que la vida también era una cualidad de la materia, algo que distinguía a los seres, digamos, tautológicamente vivos de los que no lo están, como las piedras, los metales, las carreteras y ahora el tío Renardo. Era una cualidad, dijo alguna vez uno de mis maestros (creo que el de biología o el de catecismo; era casi lo mismo), que establecía límites y diferencias ontológicas a determinadas entidades materiales haciendo que las cosas vivas no dejaran de ser lo que eran como individuos a pesar de las transformaciones sufridas a lo largo de su existencia. Los componentes podían ser reemplazados pero seguían siendo ellas mismas (como los coches, pensaba). Era un don divino creador de yoidad. Y yo seguía creyendo, por ejemplo, que un florero de vidrio, cuando se rompe sigue siendo un florero, pero roto. Cuando se separan —decía mi maestro— los pedazos de florero quedan son sólo pedazos de vidrio y ya no un florero. ¿Dónde terminaba eso de la yoidad? ¿Cuándo?
¿Y para eso tanto desmadre arrogante del tío Renardo? “La vida es corta”, decía, “cada quien es responsable de la vida que le ha sido otorgada... hay que valorar los actos de la vida”, y otras más sobre el futuro. Para mí las cosas eran más sencillas: yo comeré, tu jugarás, él cantará, nosotros iremos al parque, vosotros correréis y todos la pasaremos bien. El futuro era una forma gramatical que conjugaba lo inmediato, la satisfacción de un deseo o una promesa. El futuro, en boca del tío Renardo, en cambio, era una metáfora del infierno: el camino hacia él estaba sembrado de asperezas, deparaba amargura y dolor, mucho dolor, tenía que preverse y planificarse, según decía. Había que trabajar arduamente para él como si fuera un explotador inmisericordioso. Había que sacrificarle los más preciados bienes y deseos como a un dios intransigente y cruel que nos flagela con la furia de su cólera divina. Había que agradarle y actuar para él, vivir para él y por él como ilotas que dependen de la mano y el humor de su amo. Había que ser cautos y esperar el día en que el juicio histórico castigara o recompensara lo que se habría hecho con el futuro. Mi tío era dado a los sermones laicos y grandilocuentes a la hora de comer. Debajo de su calvicie las peroratas se urdían con docta perversión y los detalles de lo cotidiano se elevaban a insospechados niveles de trascendencia. Y todo ello sin meter demasiado la voluntad divina o cosas como el destino. Sus catilinarias liberales salían de su boca en busca de un público capaz de plasmarlas en las páginas de una biografía, pero a cambio encontraban a silenciosos comensales preocupados por pasar inadvertidos, cautelosos, que trataban de no hacerse merecedores de los disciplinarios regaños del jefe de familia, del patriarca de la tribu. Mejor hacerse el desentendido que ser blanco de su ira.
Mi madre... siempre callada, recatada, la mirada baja, las manos sobre las piernas, estirando la falda para cubrir las rodillas, como tratando de negar la existencia de un cuerpo apetitoso y alguna vez apetecido por alguien. Durante las comidas apoyaba las manos en el filo de la mesa como si no quisiera manchar el mantel. Reclinaba la cabeza casi en actitud orante hacia una especie de templo, mezcla de altar y museo formado por el comedor y presidido por un óleo, uno de esos hermosos paisajes del impresionismo tardío mexicano, apacible y moteado, en el que la indefinición de los detalles privilegia el sentido de la atmósfera. Un par de trinchadores de rebuscado estilo apoyados sobriamente en las paredes, y una mesa grande, firme, con una garra de león tallada en la base de cada pata, ofrecían la solidez adecuada al robusto marco de convicciones del tío Renardo.
Mi madre sólo sonreía si él sonreía, como si la alegría hubiera requerido su beneplácito. Sumisa, quieta, callada, intrascendente, quizás incomprendida, sola, lacrimosa, nunca dijo nada que asalte mis recuerdos. Su relación conmigo parece haber sido tan accidental como mi nacimiento. Podría decirse que no tuvo nada que ver conmigo y mi formación salvo por el hecho que yo sabía que ella era mi madre, suficiente estigma para recordar sus gestos, imaginar sus pensamientos, desear sus consejos, sus regaños, su cariño culpable, su ausencia de palabras, las caricias que nunca me dio. La mesa del comedor, el cuadro, mi madre, el tío Renardo, yo. Los huecos los llenaban la siempre activa tía Eduviges, esposa de Renardo (dócil y parlanchina, que acaparaba el verbo cuando su marido no estaba presente, una gran señora de su casa y dueña de un aplastante sentido de lo práctico), sus dos hijas, Ofelia y Marina, y mi abuela, otrora, en su lucidez, matriarca generosa y mundana, paciente y comprensiva como sólo puede serlo quien sabe enviudar tres veces sin quejarse.
II
Yo jugaba. Uno de mis juegos era poner cara de entendido cuando se hablaba de previsión, mesura, ahorro, estudio, preparación, esfuerzo, responsabilidad y me valía madres y nadie lo notaba. Así eran las cosas. Aunque a veces tenía la sensación recóndita de que no todo andaba bien, me quedaba un saborcillo de boca como de cierta culpabilidad; así lo llamaron después en el juicio. Me parece recordar que todo empezó de esa manera, un día en que no podía dormir como normalmente dormía y la noche se prolongó más de la cuenta. Y claro, demasiadas horas de reflexión no programada pueden conducir a cualquier desastre: una rutina, una angustia, un crimen... Creo que primero fue un ruido en la calle, después me quedé clavado en el recuerdo de una chica de la escuela secundaria que usaba cola de caballo y faldas anchas con crinolinas, calcetas y esas cosas. Cabe decir, por cierto, que yo ya estaba en edad de girar la cabeza y seguir con mirada entre discreta y displicente el airoso caminar de las mujeres jóvenes, hermosas, siempre distantes, ajenas, cubiertas con el recato impuesto más por la época que por la edad. Ya otras veces el recuerdo de una imagen diurna me había provocado ese insomnio masturbador y evasivo. Siempre construía fantasías que giraban en torno de una idea compulsiva. Pero aquella noche hubo algo más, fue distinto. Empezó igual que en otras ocasiones, con vientos eróticos que me envolvían suavemente con su calor, pero rápidamente aparecieron y se concatenaron ideas que me eran ajenas, imágenes ausentes de lógica, extrañas a mi memoria. Miedo, miedos, algún familiar enfermo, un conato de pesadilla cuando empezaba a dormitar, no sé. Esa noche —casi la recuerdo— se me agolpó la impresión, la seguridad, diría, de que la materia, además de viva o no viva, también podía presentar un tercer estado: podía ser materia muerta. Y la muerte se me hizo pensamiento y cobró vida como una entidad independiente del concepto que siempre había tenido. La muerte existió por primera vez muy en el fondo de la retina de mis ojos y estoy seguro que empezó a teñirme la mirada. ¡Pero eso no quiere decir que yo haya matado al tío Renardo! La muerte apareció como un coto al cada día, a la sucesión de los días, al hacer, al imaginar. Pensé la muerte como el consabido sueño del cual no se despierta. Esa noche no pude dormir. Y la vida, por primera vez, se convirtió en trayectoria, en devenir y eso de la edad cobraba una dimensión distinta. Primero pensé en la muerte de los otros: la muerte de mi mamá, del tío Renardo, ¿por qué no?, si era un anciano insoportable de casi cincuenta años. La cosa me hizo mella, porque de ahí en adelante la vida se presentó con su aplastante e ineludible final, se hizo historia y se volvió relatable, como ya se sabe. Y empecé a construir historias, las diferentes historias de mi vida.
Mis miedos eran muy primarios, muy inmediatos. Los conceptos, por lo tanto, no podían provocarme ningún temor. Con el correr de las semanas la muerte pasó otra vez a ser un concepto impersonal, distante, ajeno. Sin embargo quedó la angustia como tal, sin el conocimiento de aquéllo que la genera, como una especie de ansiedad provocada por el deseo de algo indescriptible y sin nombre. El final indefinido de mis aventuras oníricas se mezclaba con la angustia creada por los conceptos construidos por otros. Las historias resolvían mis frustraciones inmediatas, aunque poco a poco se fueron haciendo más largas y complicadas, más detalladas, más precisas. Esos detalles iban bordando otra vida más gratificante que la propia, como si fuera un espejo mágico donde se veían realizados todos mis deseos. Urdí una historia que terminó por reemplazar todas las historias. Al final ha sido la que he tratado de vivir todo este tiempo. Una larga historia hecha de frustraciones y pedazos del ideario del tío Renardo, quien hasta de mis sueños parecía haberse apoderado, el muy cabrón. Una historia que no sé si pertenecía a sus decepciones o las mías, pero donde estaba siempre presente la idea de éxito, triunfo, seriedad y rectitud. Había cierto automatismo al arreglar las circunstancias donde se desenvolvían esas historias. Si alguien más grande que yo me humillaba, por ejemplo, más tarde mi alter ego le propinaría una tremenda tunda. Así todo era más fácil y llevadero.
Posiblemente mi tío pensaba cosas distintas a las que decía. Quizás también tenía lo que suele llamarse sentimientos. Lo recuerdo como una estampa inmóvil, anquilosada, permanentemente solemne. Un jodido decrépito con la prohibición y la reprimenda moral siempre a flor de labio, aferrado a esquemas inflexibles, pulidos a fuerza de repetición. Sin embargo, en algún tiempo, hace siglos, mi tío debió haber sido joven y hasta niño... y como todos los niños, un cabrón. Jugaría a las pedradas allá en su pueblo y daría guerra como cualquiera. Pero detrás de su corbata oscura, detrás de su camisa blanca, detrás de sus lentes de carey, detrás de sus prejuicios elementales, parecía como si nunca hubiera sido niño, como si nunca hubiera regado la sopa, como si nunca se hubiera hecho caca en los pañales. De verdad: era difícil imaginárselo de joven. Supongo que como cualquiera tendría sus miedos, sus ilusiones, sus gustos, su erotismo, sus pretensiones, sus fantasías, sus regadas y hasta sus aciertos ¿por qué no? Debe haber tenido sueños de esos que le pararan el púber pitito a medianoche. Se hacía sus puñetitas, seguramente, y habrá tenido ardientes deseos sexuales que muy pronto fueron reprimidos y calificados como negativos. Me lo imagino con su carita de felicidad y desconcierto tras la primera noche de involuntaria polución de las que manchan las sábanas: “Pinche escuincle: qué hiciste, cochino, marrano, descarado”. Impuros deseos inconscientes —le dirían—, perversos —repetiría pronto—, pecado. ¡Pecado! Al igual que yo, ha de haber tenido un tío gruñón o al menos, como otros, una mamá incomprensiva en medio de su cariño o un papá represivo hasta la necedad, una tía soltera con todo lo que eso implica, una figura cualquiera que lo hundió en la repetición de sus frustraciones. ¡Un cura! Eso. Un cura lo ha de haber educado. Un cura lo ha de haber jodido. ¡Un cura! Queda bien para este cuento. Además tenía toda la pinta de quien ha sido disciplinado y amaestrado por curas. Llevaría, a lo mejor, su sotana larga con enorme botonadura al frente, del cuello hasta los pies, como si fuera una enorme bragueta que compensara el rigor del celibato forzado. Su tutor debe haber sido un cura de esos que la tradición popular ilustra como un tipo bonachón y bien alimentado, rechoncho, amante del bienestar propio y de la penitencia ajena, usufructuario involuntario del poder delegado por una de las vetas oscuras y más nefastas de la Iglesia: la acomodaticia, oportunista y cómplice de los poderosos y explotadores. Un hipócrita párroco de provincia comprometido con la corrupción cotidiana de la localidad. Porque hay de otros, de los martirizados, de los que cargan con culpas ajenas o de los que hacen algo por y con los demás. Pero no. El que jodió al tío Renardo guiándolo por el camino del bien ha de haber sido de los que hacen cargar a otros los pecados propios, de los que no absuelven sino culpabilizan, de los que no curan sino condenan, de los que no conocieron otra alternativa que la de hacerse sacerdote porque desde niños los metieron al convento o seminario o como quiera que le digan, y allá, en ese mundo tan lejano o cercano como uno quiera verlo, realizaría y reprimiría sus humanas ilusiones. Bueno, sin exagerar, que no sea tanto. Ni que ese cura fuera el mismo demonio disfrazado, porque hay de todo ¿no? Pero de cualquier manera jodieron al tío, y aunque se volvió ateo, dizque liberal y comecuras, conservó todas las formas rigurosas, arrogantes e inflexibles de la formación clerical.
Las historias (mis historias) se fueron haciendo una sola historia. Confluyeron, digamos, en un mismo espacio argumental. Todo desembocó precisamente en esta historia, la que estoy narrando, la que estoy sufriendo y la que veo como si fuera de otro, porque no fui yo quien lo mató. Fue ese otro, esa criatura que esculpí durante mucho tiempo. Un modelo de vida o un demonio vengador, un monstruo devorador que terminó por dominarme y hacerme actuar a su antojo. Ese sin nombre fue el que mató al tío Renardo. Ese engendro de la fantasía —mía y de la familia—, ese producto colectivo, puso en mis manos la cuerda con la que el tío Renardo tropezó en la escalera del sótano un poco antes del anochecer de ese nefasto día lluvioso. Pareció un accidente. Sin embargo todos me miraron como si yo lo hubiera hecho. En verdad, no me acuerdo con mucha claridad... todo ocurrió tan rápido.
Dijeron que él era bueno, íntegro, protector. Recogió a su hermana descarriada, es decir, mi madre, cuando por andar de coscolina quedó embarazada de un novio que después se esfumó. El tío Renardo me dio su apellido, por eso lo llevo repetido. Me dio sustento y educación. Y murió a manos de la ingratitud del monstruo de su sobrino. En efecto, lo mató un monstruo, no yo. Un monstruo fabricado cotidianamente entre todos. Un monstruo que me tomó como máscara. Yo sólo le presté mi cuerpo para existir. Fue esa culpa que flotaba en el ambiente de la casa a la sagrada hora de la comida y a cualquier otra hora. Fue ese pecado, esa mancha originaria con la cual nací y que el tío Renardo se ocupaba de mantener viva y presente, horrenda y visible todo el tiempo. Fue esa contrastada rectitud suya la que a golpes de hipocresía provocó la indignación del monstruo, como lo llamaron después. Porque todo cuanto yo tenía que haber sido y todo a cuanto podía aspirar no podía serlo ni tenerlo por ser el desliz de mi madre, quien por cierto, quedó casi idiota de tanto arrepentirse. Ahí estaba yo como testimonio del pecado, de la deshonra, la vergüenza de una familia decente que podía haber sido ejemplar; yo ahí, haciendo penitencia dócil para expiar culpas rancias; yo ahí, soñando lo que podía haber sido mi vida si hubiera salido de la bendición de un matrimonio en vez del tamiz de la ignominia. La recompostura imaginaria de mi vida era una manera de darle la razón a la sarta de prejuicios que campeaban en el aire que respirábamos.
Mi tío nunca vio en mí al hijo que no tuvo, pero de cualquier modo a veces ejercitaba conmigo sus instintos paternos, como si olvidara por un momento que yo era el producto de un pecado imperdonable (o más bien el imperdonable producto de un yerro de su hermana) y me hablaba de una manera que podía haberse confundido con un cierto dejo de cariño. En esos momentos se le escabullían algunos buenos deseos, como si hubiera querido realmente transmitirme un consejo útil para mi futuro y no sólo para lograr la tranquilidad de su conciencia. Pero pronto se daba cuenta y componía su error regañándome por cualquier pendejada hecha quién sabe cuándo. Yo ya ni alegaba. Me recordaba mis obligaciones y me mandaba a hacer algo.
Alimentado por la mojigatería familiar y por su propia miopía, el monstruo fue creciendo para rebelarse, para tomar venganza a través de mis manos, usando mi cuerpo como medio. El buen tío Renardo también estaba allí, como director de la operación, sutil, obtuso, repetitivo, intentando domar al monstruo que se perfilaba dentro del varoncito de la familia. Pero el monstruo era de todos. El monstruo éramos todos. Flotaba de una cabeza a otra, de un corazón a otro y sólo tomaba mi cuerpo por momentos, cuando el tío Renardo parecía hablar conmigo pero en realidad lo hacía para sí y consigo mismo. Entonces el monstruo se alimentaba, engordaba y crecía. El monstruo no odiaba a nadie, sólo se vengó de su inexistencia, de la nada corporal a la cual estaba confinado. Nadie me creyó cuando dije que mi tío se había suicidado un poco, sólo un poco, que la mitad del crimen la había cometido él mismo y que la otra mitad la llevamos a cabo entre todos, el resto de la familia. Pero los otros lo negaron y el tío ya no podía opinar y la policía es como es y que dónde estaban las pruebas, que si yo estaba demente, que si esto y lo otro. Qué bueno que el tío Renardo ya no estuvo ahí para decir algo, porque no hubiera comprendido la cosa y habría salido con las necedades de siempre. Nunca entendía nada, sólo era verdad lo que él decía, sólo oía el eco de sus propias palabras, sólo tenía oídos para él mismo.
Me dejaron con el paquete. Cuando todo salió a la luz mi madre me miró incrédula y, como de costumbre, humilló el gesto. Su boca, ese nido de besos que no aprendieron a volar, permaneció cerrada. Lloró con desconsuelo porque yo había materializado el castigo de sus pecados. No pensó en la libertad que se le ofrecía de golpe. Todos negaron su complicidad, y sus miradas ya no reflejaban la incitación oculta de otras veces. Me vieron con desprecio y con distancia, como si no hubieran tenido nada que ver con el feliz accidente, como si no me conocieran, como si el tío Renardo se hubiera metido en ellos y me observara a través de sus ojos. Me dejaron solo y así fue como se quedó el monstruo habitando entre mis huesos. Me dejaron solo en este manicomio.
III
Por entonces soñaba mucho. Soñaba dormido y soñaba despierto. Cuando estaba despierto soñaba y me daba sueño y cuando dormía soñaba y soñando despertaba. ¿Por qué será que en español, lengua mágica que distingue entre el ser y el estar, no haya vocablos para diferenciar entre el sueño y el sueño, entre la acción de dormir, sueño, propiamente dicho, y la actividad onírica, sueño, también propiamente dicho? ¿Acaso en la sobria Castilla no se soñaba durante el sueño? ¿Eran los sueños puras revelaciones divinas o tentaciones del demonio? Quizá porque soñaban con un gran reino que conquistara a otras lenguas o porque su imperio fue un sueño permanente que encadenó la vida a los sueños y todo lo confundió, porque la conquista brutal de un pueblo sobre otro termina por ser una pesadilla para ambos. Soñar y dormir: cosas distintas. Pero en lengua española hay el recurso de distinguir entre tener sueño y tener un sueño. El sueño se le tiene, no se le hace ni llega ni es, simplemente se le tiene. Se tiene sueño, se duerme y se tiene un sueño.
Yo soñaba, tenía sueños. Mientras dormía, decía, veía, oía, sentía y hasta pensaba cosas. Me divertía, sufría, me angustiaba, gozaba. De noche los sueños (no el sueño) venían solos, no era necesario convocarlos: se hacían y deshacían enteramente contra mi voluntad. No los podía controlar. De día, en cambio, aunque también oía, veía, decía, sentía y pensaba cosas, todas eran conscientemente fabricadas, buscadas como obedeciendo a una lógica obcecada y a leyes de hechura casera que establecían proezas dentro de lo posible. En esos sueños podía ser muy fuerte, digamos, pero nunca volaba como Supermán. Quedaba claro que Supermán era una fantasía, era un cuento, no existía. Yo en cambio sí existía y mis presuntas proezas eran totalmente realizables aunque no tuviera la enjundia necesaria para llevarlas a cabo. De hecho, el yo calificado para hacer todo lo que yo no hacía, el otro yo, el capacitado para vivir normalmente, el que conocía a papá y hablaba con mamá, se llamaba Nicanor —no sé por qué— y tenía todo lo que a mí me faltaba, obviamente. Las cualidades de Nicanor eran las que podía tener alguien “de verdad”, cualidades que eran convenientes para realizar mis deseos; cualidades que en sueños le atribuía a Nicanor, siempre bajo ciertas circunstancias, alterando detalles de mi vida pasada, acomodándola, atándola a hechos de dudosa certeza o totalmente imposibles.
Mis sueños (no fantasías) se sostenían sobre un cambio circunstancial de posibilidades en un pasado más o menos inmediato. Tomaban vida bajo una fórmula condicional: si el año pasado... si ahora tuviera... si hubiera hecho... si fuera... si hubiera... Dormido, era presa de mis sueños; despierto, también. Dormido, las cosas se sucedían fuera de toda voluntad: yo era poseído por el sueño, por los sueños. Las imágenes me llevaban de la mano, o a empujones, hacia un delirante mundo ilógico (al menos así me lo parecía). Lo terrífico, lo deleitoso, el miedo y el placer se sucedían sin mediar consecuencias o componendas y se conjugaban hasta producirme sensaciones insospechadas durante el día. No podía sustraerme a ese torrente de visiones sentidas, palabras que no llegaban a formar frases, sensaciones olfativas empapadas de color, oraciones mudas, llantos enclavados en geometrías extrañas donde el adentro y el afuera, el arriba y el abajo no tenían ningún sentido; textos aberrantes que formaban el pegamento de las formas que poblaban mi visión; sonidos materializados que escurrían entre las historias que formaban las imágenes; palabras extrañas que sólo encontraban su lugar y un cierto sentido por el contexto que las ubicaba, como el sonido de la máquina de escribir en la Parade de Satie o esos ruidos electrónicos que se precisan y moldean como continuidad en una obra de Stockhaussen o que estallan en Xenakis como formas sonoras creadoras de nuevos lenguajes, y todo ello sólo para hablar de lo que el idioma oculta. Eran sueños intensos, variados, vivos y aun cuando los recordara posteriormente me era imposible describirlos. Había que verlos. Había que sentirlos, olerlos. Había, en fin, que vivirlos, de la misma manera en que se vive un viaje a una ciudad desconocida.
Los sueños diurnos, lejos de tener un efecto liberador, me ataban a una moral congestionada que exigía rehacer todos mis actos y querencias. Eran repetitivos, rígidos, carentes de imaginación, compulsivos y predecibles, en blanco y negro. Dormido, en cambio, me envolvían los colores del infierno y me sumergía en su calor, y un instante después me sentía pasteurizado en las frescuras celestiales, llevándome por vericuetos abominables que recordaban a un Dante haciendo turismo por el centro mismo de la locura con un boleto de salida asegurado al despertar.
No sé cómo llegó, pero un mal día los sueños diurnos y los nocturnos empezaron a competir por poseerme. Como puede suponerse, esa lucha en el interior de mis entrañas me inmovilizó, empezó a consumirme como el amor consume a los amantes. Después el vencedor señoreó mis sienes y el perdedor se retiró discreto y rencoroso. Los sueños diurnos me ganaron y yo me perdí con ellos. De ahí mi esquizofrenia. Las noches se volvieron mudas, oscuras, ciegas.
Viví en esa tortura durante algún tiempo. Las cosas eran cada vez más difíciles. Todo el día iba, por ahí, construyendo un mundo de componendas sostenido con los andamios que ofrecían las circunstancias que me rodeaban. Lo que más me jodía era que no podía contárselo a nadie, no podía compartirlo. Y cuando me cruzaba con los miembros del mundo familiar tenía que hacer como si entendiera lo que decían y hasta contestar y actuar como si nada. Cuando el tío Renardo se cruzaba por el camino, ¡caramba!, era peor la cosa: hacía un verdadero esfuerzo por parecer normal y decir que sí o que no, contestar bien y actuar con normalidad. Tenía que pensar lo que me decían y al mismo tiempo sostener mi construcción en la cabeza: todos los hechos eran procesados en mi recóndito mundillo a medida que iban ocurriendo. Llegaba a ser muy cansado.
En cierta forma todos, hasta la tía Eduviges, se comportaban de manera distinta cuando estaba presente el tío Renardo: eran otros. Un día vi a mi madre hablando sola en su cuarto. Otro día vi a la abuela farfullando cosas para sí misma, creyendo que nadie la veía. A mis primas, a quienes casi no dejaban salir de casa, también las encontré por separado hablando en voz baja mientras creían estar solas. Hasta la tía Eduviges pasaba a veces cuchicheando algo para sí. Cuando le pregunté si decía algo se puso colorada y me mandó a mi cuarto, como si la hubiera encontrado haciendo alguna cochinada (¿se estaría comiendo los mocos?). Atando cabos creí entender que todos traían su propio Nicanor en algún rincón de la cabeza y me llené de regocijo. Alimenté sin culpabilidades el andamiaje de mi mundo mágico y privado. Lo poblé de detalles que antes no necesitaba definir. Las acciones de Nicanor dejaron de ser aisladas y circunstanciales: ahora se concatenaban y formaban una continuidad. Saltaban de un día al otro y establecían un historial coherente y completo, aunque algo increíble, por supuesto. El único que no hablaba sólo era el tío Renardo, él nos tenía a nosotros para oírlo cuando hablaba solo. Todos formábamos parte de su mundo imaginario. ¡Su Nicanor era él mismo!
Como se comprenderá resultaba difícil vivir así. Me quitaba mucha energía y ya no me daba tiempo ni para espiar a mis primas cuando se mudaban de ropa. Vivía en permanente estado de agotamiento. Un día el tío Renardo me llamó a su depachito y muy solemne, como siempre, me dijo que no me agarrara tanto la pija, que hacía daño y que por eso no me quedaban ganas para hacer nada, que él entendía (cosa que me sorprendió mucho), que ya estaba creciendo, que era la edad, pero que no abusara, que hiciera ejercicio, que me bañara con agua fría y todo eso.
Después ocurrió lo de la muerte del tío Renardo a manos del monstruo, en la que Nicanor no intervino para nada. ¿Dije que me arrestaron y me metieron al manicomio y que los periódicos hablaron mucho del asunto? No. No es cierto. No fue así. La muerte del tío pareció totalmente accidental. Nadie sospechó nunca nada, excepto la abuela, que un día me llamó aparte y me espetó: “murió por tu culpa. Eres un cabrón”. Pero para mi fortuna ya nadie pelaba a la abuela y no fue necesario averiguar qué tanto sabía de lo que hablaba. No decía que yo lo hubiera matado sino que había muerto por mi culpa, y eso podía interpretarse como un alusión al peso de las obligaciones. Todos me miraban con rencor, especialmente la prima Ofelia. Me sentía culpable porque yo estaba convencido de que yo mismo lo había matado. Pero ellas me miraban así porque no di ninguna muestra de aflicción. Por lo contrario, me paseaba por la casa sonriente, pero sin hacer ruido.
IV
Ofelia y Marina fueron las primas que acompañaron mi crecimiento. Un poco mayores que yo, eran las dos únicas hijas del tío Renardo y la tía Eduviges. Me hacían sentir su desprecio todo el tiempo, es decir, imitaban fielmente a sus mayores. Cuando éramos aún muy pequeños ellas se divertían haciéndome llorar. Mi única defensa era morderlas. Ofelia me jalaba el pelo y yo me le iba encima y le mordía un brazo. Marina me arañaba, yo soltaba a Ofelia y mordía a Marina. Ofelia me pegaba en la cabeza y en la espalda, yo soltaba a Marina y todos llorábamos. Llegaba la tía Eduviges regañaba a sus hijas por jugar conmigo y a mí me pegaba con una escoba. Todos los días había una buena dosis de lo mismo con ligeras variantes. Lo que se dice una infancia feliz.
Ya siendo un poco más grandes, ellas habían entendido que podían divertirse conmigo (o más bien a mis costillas) sin necesidad de que su madre se percatara de que jugaban conmigo y las amonestara por ello (yo seguía siendo el entenado despreciable, hijo de un pecado de la cuñada idiota, recordaba de cuando en cuando la tía). Mis primas y yo jugábamos a lo que ellas querían y me acomodaba a sus caprichos. Podían hacerme cualquier trastada y tenía que apechugar. Me disfrazaban, me rompían la ropa, me dejaban encerrado en el armario durante horas, me pegaban, me arrojaban agua y después yo tenía que afrontar las consecuencias, no con mi madre, como debía haber sido en circunstancias normales, sino con la tía, que me ponía pinto. Me hacían buscar algo que supuestamente estaba escondido; el premio por encontrarlo era cualquier cosa deliciosa para mí pero siempre inalcanzable, pues no había nada escondido. El castigo era cualquier sádica perversión que les viniera a la mente. Y si las acusaba era yo quien salía perdiendo. Si quería que siguieran jugando conmigo tenía que callar y ceder.
También jugábamos a las escondidillas. Nos metíamos por todas partes a lo alto y ancho de la casona. Era un doble juego, pues había que esconderse de quien le tocaba buscar y había que pasar desapercibido frente a la tía Eduviges, que solía estar dando órdenes en la cocina, su laboratorio personal, y desde donde dirigía la monótona vida de la mansión. La abuela hacía como que no veía, pero a veces terminaba por soltar el chisme de dónde se escondía el que faltaba por ser hallado. Mi madre, después de ayudar en los quehaceres de la casa, se metía en su recámara y no salía más que para lo estrictamente indispensable. No sé qué se esperaba que hiciera yo, pero no compartía la reclusión —nunca comprendí si obligada o voluntaria— de mi mamá.
Las escondidillas era mi juego predilecto. Tenía un escondite a prueba de bomba. Cuando podía ocultarme sin que nadie me siguiera, el juego terminaba sin que pudieran encontrarme y eso me llenaba de satisfacción. Mi escondite era un banasto de mimbre tejido, de alrededor de un metro de alto, donde se guardaba la ropa recién lavada para plancharla después. El enorme cesto estaba en un pequeño sótano que había debajo del comedor. El sótano carecía de ventanas y por alguna razón que desconozco permanecía todo el día con la luz encendida, como para ahuyentar cualquier tentación de ocultarse allí. Para ir al sótano había que pasar sigilosamente frente a la puerta de la cocina, evitando ser visto por los mayores, y llegar a unas escaleras de servicio que conducían directamente a esa especie de cava que era utilizada por la servidumbre como cuarto de planchado. El sótano, por sí mismo, hubiera parecido un buen y suficiente lugar para esconderse, pero a mí me gustaba asegurar las precauciones para no ser encontrado y prolongar el juego durante mucho más tiempo, incluso del conveniente, pues a veces al salir del escondite resultaba que el juego había terminado hacía buen rato, mis primas ya estaban en otra cosa y con fingida indiferencia que encubría una evidente frustración ya no me dejaban participar en lo suyo. A fin de cuentas resultaba que yo me había estado haciendo pendejo solo. Pero así son los niños.
Una tarde de lluvia torrencial en que a escondidas jugábamos a las escondidas, Ofelia me siguió y descubrió mi guarida. Resulta que llegué de puntitas al sótano y como de costumbre me quité los zapatos para no ensuciar la ropa guardada en mi refugio. Deslicé la tapa del banasto y la puse a un lado. Acerqué una silla vieja que siempre estaba por ahí y me subí a ella para meterme sin maltratar el mimbre. Sostuve los zapatos mordiendo con fuerza las agujetas y metí con cuidado una pierna, después la otra y enseguida alejé la silla a prudente distancia. Luego cogí la tapa y la levanté por encima de mi cabeza para concluir la operación agachándome con cuidado y encerrándome hasta el final del juego. Cuando me di vuelta para quedar mirando hacia las escaleras, ahí estaba Ofelia recargada en la pared y conteniendo la risa. Cuando vi que me veía y me percaté de que se me había caído el teatrito me quedé tieso como un imbécil. Con los brazos en alto sosteniendo la tapa y con un par de zapatos colgándome de la boca: me sentí de lo más estúpido. Me he de haber visto como una tierna palmerita sembrada en un macetón y a punto de dar unos extraños frutos. Con maliciosa mirada mi prima se me acercó y en vez de ridiculizarme, como era la costumbre en esos casos, me obligó a compartir con ella el escondite. Mientras yo seguía en aquella arbórea posición ella se metió en el gran cesto reproduciendo cada uno de los pasos que yo había dado. El lugar era relativamente cómodo para un chamaco de trece años, pero para dos jovencitos ya resultaba un poco promiscuo. Y en efecto, nos escondimos en promiscuidad. Ofelia tuvo que acurrucarse prácticamente encima de mí y aceptar que quedáramos medio abrazados, no por amor sino porque no había donde colocar las ocho extremidades que ese día se revolvían con la ropa limpia que todavía olía a jabón: sábanas, camisas, fondos, vestidos reconocibles, calzones, calcetines, pañuelos.
Sí, cierto: la cercanía del cuerpo de mi prima inevitablemente me excitó. Con toda seguridad me sonrojé. A esa edad es normal, ¿verdad? Bueno, a cualquier edad. Estábamos muy juntitos y muy quietos. Me parecía como si el desprecio que solía manifestarme Ofelia, ese día no hubiera entrado al sótano con nosotros. A cambio había aumentado considerablemente la dosis de pudor. Yo procuraba no moverme para no rozar más centímetros de su cuerpo que los que ya estaban en contacto obligado. Ella actuaba igual y me parecía que también estaba ruborizada. Al menos, desprendía un calor y un olor distintos a los que se exhalaba con el ejercicio. Sin saber cómo, de pronto tuve el deseo de acercarme más a ella, de tocarla, de abrazarla con fuerza, de manosearla, de besarla, pero me abstuve. A pesar de mi autorrepresión, casi involuntariamente empecé a dirigir todos mis movimientos hacia una cercanía más voluntaria y ya no tan obligada. Estaba totalmente concentrado en ella, en cada una de las partes de ella que se iban aproximando a mí a una velocidad de un milímetro por siglo. Eso me excitaba todavía más. Mi erección era absoluta y completamente conciente, incluso, creo, para Ofelia. Había indecisión en lo que yo hacía, incertidumbre, no sabía si mi acercamiento sutil sería detectado por su aceptación o por su ira y eso me detenía. Finalmente el dorso de mi mano llegó a posarse en su pierna. Podía sentir en la mano el borde del vestido y la piel suave del muslo. La magia de lo inesperado nos envolvía con su fuerza.
El tejido de mimbre dejaba que se colara un poquito de luz, la suficiente para verle a mi primita los ojos muy abiertos y como en suspenso; para ver el brillo de sus rodillas tersas descubiertas por la falda amplia y para ver debajo de ésta el fondo con holanes; para comprobar su rubor y su piel chinita; para adivinar sus senos bajo el vestido. Por esas mismas rendijas podíamos atisbar las escaleras y ver si alguien llegaba al sótano. Y claro, de pronto, en medio de nuestro viaje al encuentro de lo presuntamente desconocido, escuchamos un ruido. Alguien se acercaba. Marina podía descubrirnos en cualquier momento. Contuvimos la respiración, que a cada momento se volvía un poquitín más profunda y acelerada. De repente, al pie de las escaleras, ¡mierda!, apareció la tía Eduviges oteando en todas direcciones. ¡Puta madre! Si nos cachaba ahí metidos, a mí por lo menos me capaba. No hubo necesidad de acordar un silencio total. Ni el menor ruidito se nos escapaba. “Ofelia, Vicente, ¿dónde están?”, dijo sin mucha convicción la tía Eduviges. El sonido de la lluvia lejana amortiguaba las palabras o al menos le quitaban credibilidad. ¿Cuánto tiempo llevaríamos ahí para que la tía nos estuviera buscando? Mi prima sólo alcanzó a clavarme las asustadas uñas en el antebrazo... y así se quedó. Ni modo. Había llegado el momento. Me jugué el todo por el todo. Despacio, en silencio, pero con seguridad, alevosía y firmeza, di vuelta a la mano apoyada en su cada vez más apetitosa pierna y la metí con decisión debajo del vestido deslizándola hacia arriba y arrastrando la falda en ese movimiento. Al mismo tiempo, con la misma ventaja que me ofrecía la situación, apoyé la otra mano sobre uno de sus senos y apreté suavemente. El corazón se me salía y temía que su golpeteo se oyera hasta la casa de enfrente. La reacción de Ofelia fue muy primaria: sus uñas penetraron un poco más en mi antebrazo, pero era evidente que ninguno de los dos iba a gritar... por ahora, al menos. Mientras la tía Eduviges abandonaba el sótano sin buscarnos a fondo, yo sí que me lancé a fondo. Con audaz insolencia mi mano izquierda subió hasta la ingle y la derecha apretó con más fuerza el redondo y firme seno. En total silencio mi prima también hundió con fuerza las uñas pero no se opuso al movimiento ascendente de mi mano, como retándome, como viendo quién se rajaba primero. El tacto descubría lo que mi vista ignoraba. Sentí que la sangre me escurría y goteaba sobre sus piernas y quizás estuviera manchando la ropa, las sábanas, la falda de Ofelia. La tía ya estaría en el segundo piso y nosotros seguíamos en nuestro íntimo forcejeo, como si no pudiéramos ponerle fin, como si no supiéramos la manera de regresar a lo de siempre, como si no encontráramos qué cara ponernos después el uno al otro. Ella respiró muy profundamente mientras sacó fuerza de algún sitio para clavarme también las uñas en la otra mano. Yo ya no aguantaba más y no me pude contener: fue la primera vez que eyaculé. Se me cerraron los ojos, sentí que el pene me explotaba en enormes pulsaciones y me escurría un líquido caliente. Todo desapareció por un momento mientras mis sentidos se unían en un solo punto de atención: la intensidad y la inmensidad de la cercana presencia femenina. Los oídos me zumbaron con fuerza y la cabeza me quedó indefensamente en blanco.
Cuando volví a tener conciencia de lo que ocurría, mis manos se estaban retirando de las posiciones logradas. Las uñas de Ofelia también se alejaban amablemente de mis heridas. Ella contenía la risa. “¿Qué te pasó?”, preguntó. Sin ponernos de acuerdo empezamos a salir juntos del banasto. En efecto, había manchas de sangre en algunas prendas de la ropa guardada y también el fondo de Ofelia estaba manchado. Mi antebrazo parecía recién salido de una licuadora. Nos pusimos de acuerdo para no subir al mismo tiempo. “¿Estoy muy despeinada?”, susurró mientras con suavidad se alisaba el pelo. “Tu falda está arrugada”, le contesté estirando la mano y apoyándola en su cadera. Así intercambiamos más caricias y algunas palabras, como para fabricar una excusa. “Pero, cómo sangras”, dijo con fingida inocencia, alargando las palabras mientras comenzaba lentamente a dirigirse hacia las escaleras. Quedaba sellado un pacto secreto de complicidad y discreción entre nosotros. Hasta ese momento era la cosamás importante que había ocurrido en mi vida. Me sentía feliz, aturdido, incrédulo y con la respiración todavía acelerada. Eso prometía mucho: era lo mejor del mundo. Al llegar al filo de la escalera ella se detuvo y con un pie puesto en el primer escalón volteó hacia mí, hizo un mohín lleno de coquetería, me sacó la lengua y sonrió como esperando que la persiguiera. No pude más. Corrí hacia ella y lleno de confianza la abracé, nos reímos, perdimos el equilibrio y para no caer de espaldas ella se dio la vuelta y se hincó sobre los escalones. Yo caí sobre ella y la abracé por la cintura. Con mi peso terminó acostada boca abajo y yo encima. Trató de levantarse pero mi abrazo lo impidió. Sentí su cuerpo pegado al mío, su espalda en mi pecho, sus piernas en mis muslos, sus nalgas en mis ingles, su nuca en mi cara. Permanecimos así, forcejeando, casi dos eternos segundos.
El grito desgarrado vino de allá arriba ¡y salía nada menos que de la garganta del tío Renardo! Con los puños cerrados y el rostro desencajado por la incredulidad bajó corriendo, irradiando una furia aterradora, con la mirada calcinante puesta en mí. A mitad de las escaleras quiso saltar de un golpe hacia nosotros, que a toda prisa nos incorporamos como para salir corriendo al fondo de la tierra. Pero ya no pudo hacernos ni decirnos nada. Se tropezó, voló hacia adelante, chocó, rodó, se descalabró, quedó inconsciente y un rato después falleció con la ensangrentada cabeza sobre el delantal de la tía Eduviges, a quien avisamos de inmediato del lamentable accidente tras reponernos del susto. “¿Por qué?”, decía la tía en medio de un llanto inconsolable. “Si tú nunca bajabas al sótano. No tenías nada que hacer aquí”. Ofelia también lloró a mares. Le dieron convulsiones por la impresión y no pudo hablar durante varios días.
V
La vida podía haber cambiado para todos pero algo pasó. El dolor y la congoja se apoderaron de la casa. Las comidas siguieron igual pero sin el tío. La tía Eduviges ya no hablaba en su ausencia y cuando lo hacía era para recordar lo que hubiera dicho en cada caso su difunto esposo. Ofelia no volvió a dirigirme la palabra ni a mirarme a los ojos. Mi madre, todo el día lloriqueando, haciendo como si fuera a ella a quien más le doliera la irreparable pérdida de... etcétera. Mis primas lloraban a su papá en vez de festejar su posible y cercana libertad. Aquéllo se volvió entre insoportable y aburrido. Harto de todo, Nicanor se fue a México. Yo inicié los preparativos para seguirlo.
Al final vinieron los adioses. Puse mi ropa en la maleta, tendí la cama, como era la costumbre en aquella santa casa, me despedí de algunos muebles queridos, respiré los olores conocidos. Ciertos libros se fueron conmigo, otros se quedaron, sin lágrimas, sin quejas. Me fui como quien estoicamente asume la pobreza interior como un símbolo de identidad. Al abrir la puerta, el sol me miró de frente saludando mi decisión de partir, de ir al encuentro de mi mundo, de esa vida tan presente y criticada en las conversaciones del tío Renardo, tan manejada como concepto, como mera palabra, quizá como manera de compensar su ausencia real. Frente a mí estaba la fuente aún llena por el aguacero del día. La luz solar de la tarde coloreaba las diminutas partículas de agua que flotaban en el ambiente. Sin volver la cabeza atrás y con una decisión que ocultaba una añoranza prematura dije “hasta luego”, cerré tras de mí la puerta y me llevé en los ojos un pedazo de arcoiris como única verdad. Nunca más volví. Nunca más supe de aquella casa, de sus moradores, de sus muertos, de sus inmóviles costumbres. Hoy, tantos años transcurridos, me atosigan los fragmentados recuerdos que se cuelan entre las imágenes engañosas de mi fábrica de olvidos. Esos pedazos de pasado, informes y maltrechos, vagos y desconectados, ya no explican religiosamente mi origen y quedan sólo como ruinas, como estáticos vestigios que insinúan entre sus grietas que los gloriosos tiempos de la fe, de la moral y de las buenas maneras no fueron los mejores.