Gustavo tenía doce o trece años. Elena también, pero ya se le notaban los brotes de lo que prometía llegar a ser un frondoso busto. En el salón de clases todos lo comentaban, unos con morboso deleite, otras con mal disimulada envidia: “Ernestina y Elena ya tienen chichis. Pero a Ernestina le da vergüenza, por eso camina jorobada”.
—En cambio, miren a Elena —dijo Leandro—, camina como si las estuviera presumiendo. Hasta me sudan las manos de las ganas.
Las muchachas, cada día más modositas, con un gran empeño por sacudirse los últimos síntomas de infancia que todavía arrastraban, volteaban airadas la cabeza cuando sus compañeros estallaban en carcajadas, gritos y saltos por alguna broma. Esta vez Gustavo, con su cara lampiña y un par de barros en la frente, quedó serio, como ofendido por el chiste de Leandro, sintiendo para sus adentros que a éste lo único que le interesaba de Elena era su físico, sus senos. Éste es un cochino, pensó Gustavo, a quien ciertamente le atraían mucho las güeras. Elena, además de ser güerita, estaba retebién de todo y era muy aplicada. Por eso le gustaba a todos, decía, tan bonita, con su nariz respingada como anuncio de película, como sueño de adolescente y con cuerpazo de concurso, dientes blancos y parejos, muy elegante en sus gestos... y todo lo que una fantasía normal puede desear en los años de escuela secundaria.
Los días pasaban entre rutinas, juegos, tareas y a veces alguna cosa nueva aprendida. Cada vez con mayor fuerza, Elena ocupaba los pensamientos de Gustavo. El cabrón de Leandro, nomás por lucirse, la andaba floreando y le coqueteaba descaradamente; “pero me cae que no la quiere como yo”, se decía Gustavo en medio de su insomnio. Sí. Desde que había empezado el año lo traía de nalgas la niña en cuestión. Hasta canciones le componía a la luz de un foco rojo que colocaba en la lámpara de su mesita de noche. “Te vas a perjudicar los ojos con esa luz”, decía su mamá y Gustavo contestaba que sí, que ahorita cambiaba el foco, que no, que no eran excentricidades, que ya terminaba, que ahorita se dormía, y mientras tanto seguía escribiendo lo que susurraba al compás de los acordes de su guitarra de Paracho. Esa compañerita lo estaba sacando a tirones de la infancia. Le hacía sentir emociones nuevas y le hacía imaginar cosas. “Tengo que aprenderme bien la letra y los tonos para acompañar la melodía. Tengo que aprendérmela muy bien para cantársela cuando sea mi novia. Cuando sea mi novia... mi novia”. Y se veía hecho todo un galán frente a Elena quien, enamorada, atendería su varonil canto. Pero en realidad, su voz y destreza sobre la guitarra no alcanzaban los niveles deseables para llenar la acariciable fantasía. Quizá no sería con canciones como la conquistara, sino con modestia. Lo importante, diría en su momento, es que la canción la he compuesto para ti. Elena entonces sonreiría y el rubor de sus mejillas delataría la emoción sentida. Sí, eso es. La modestia —arma de los tímidos— y la serenidad serían la clave para ligársela, a diferencia de la desfachatez de Leandro, ese güey vulgar y fanfarrón. Se cree mucho nomás porque es el más alto del salón y corre más rápido que los demás. Payaso. Sólo porque tiene catorce años. Pero yo no he reprobado ningún año. Me la va a pelar porque me le voy a declarar a Elena y entonces no dejaré que ande haciendo chistes de ella.
Gustavo transcurría lentamente por las horas de clase esperando el recreo de media mañana y salir al patio para acercarse a la güera, para mirarla sin tener que disimular, sin fingir atención a los maestros. Buscaba la oportunidad de encontrarse a solas con ella para hablar, para ir haciendo confianza. Pero era difícil, más que nada porque ella siempre jugaba con las demás muchachas del grupo. A pesar de ser escuela mixta, hombres y mujeres permanecían extrañamente distanciados, desarrollando actividades por separado, como si la cercanía delatara deseos prohibidos por un reglamento desconocido pero implícito y presente en lo más profundo del comportamiento. Los hombres por un lado y mujeres por otro. Y nadie los obligaba a ello. Definitivamente eran tiempos difíciles. Los de prepa en cambio, se juntaban para hablar, no andaban corriendo alocadamente y hasta se veían algunas parejas, aunque eso al director ya no le gustaba mucho. Había quienes se tomaban de la mano a escondidas, con riesgo de que los viera el prefecto y los llevara a la dirección. Ahí les ponían una regañiza de ésas, pues una cosa era que una mujer y un hombre hablaran y otra muy distinta el andar dando una exhibición inmoral por ahí, decía el director. A Gustavo le daba la impresión de que los de prepa eran bien frívolos, más o menos del estilo de Leandro, que lo único que querían era la excitación carnal, sin nada de amor. Pero de todos modos, suponía, sería bien padre hablar con las muchachas con naturalidad, sin que nadie se anduviera riendo.
En secundaria ellas iniciaban la transición a una recatada adolescencia, como en busca de un modelo estereotipado de moralidad vendido por los adultos y adoptado finalmente para venderlo más adelante. Ellos, en cambio, gustaban de correr, saltar, jugar con la pelota y decir todavía groserías. Aún no tenían nada que vender. En el futuro serían los compradores de esas flores de alma embalsamada.
Pero Gustavo no quería esperar tanto. No podía. Quería andar con Elena ahora: ya. La quería. Sería su novia. No era cosa de andar con una chica, sino con Elena. Platicarían en el recreo y sería muy respetuoso con ella, de tal manera que ni el director ni el prefecto pudieran decir nada. Era muy creyente de las formas, y no dudaba que la moral aprendida tuviera un valor universal. Sabía distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal, lo correcto de lo impuro, por método, por repetición... Serían un ejemplo de la escuela, estudiarían mucho, algunas tardes iría a casa de ella y harían la tarea juntos, si sus papás la dejaban tener un amigo, por supuesto... y quizás en prepa un beso. ¡Un beso! Pero no. La respetaría mucho. Poco a poco. La ganaría para siempre. Tan linda, tan espigada, tan güera, tan... y nadie a quién decir lo que sentía, lo que brotaba de sus poros, nadie con quién compartir sin que mediara la mofa sarcástica de una edad incomprendida, incomprensiva, tibia, indefinida. Él era dueño de sus sueños, de su euforia, de sus razones, de lo que columbraba en el futuro, de sus juegos, de sus seriedades. No necesitaba contárserlo a nadie.
En el recreo, a media mañana, siempre se dificultaba la posibilidad de acercarse a Elena, pero a veces Gustavo, con una perspicacia no exenta de timidez, lo lograba. Las otras muchachas del grupo sonreían cuando Gustavo irrumpía nerviosamente en el grupo femenino, sin querer, como coincidiendo en el espacio para preguntarle a Elena si tenía al corriente los apuntes de quién sabe qué. Nunca podía estar solo con ella. Regresaban a clase y el resto de la mañana todo era mirarla y mirarla, sentado dos bancas atrás, esperando que girara por algún motivo la cabeza —su hermosa cabeza rubia— y lo viera viéndola, esperando oler su aroma sutil entre el aroma a lápiz que desprenden los sacapuntas, entre los mesabancos despostillados, entre la lejana álgebra, entre el olor a sabiduría que emanaba de los maestros. Después, la hora de la salida y ella se iba con su mamá. Gustavo tomaba el autobús junto con otros muchos, hablando de cualquier cosa, pensando en Elena y soportando a Leandro, que ahora decía que le iba a echar los perros a Ernestina porque, además de chichis, aseguraba, tenía unas nalgas “así de grandes”, y acompañaba el gesto diciendo que “a mí, grandotas aunque...” y risas y miradas de alguna señora sentada por allá adelante. Pinche Leandro, insistía Gustavo. Aunque, viéndolo bien, esa súbita atracción por la nalgona de Ernestina era un alivio. Dejaría de interferir en su intento de caerle a Elena... dulce, güera, chula, alta, estudiosa, decente, simpática... pensaba Gustavo en su febril noche, “mañana me aviento”. Planeaba todos los detalles del acontecimiento, repasaba todo lo que diría, no debería temblar, estaría muy serio, quizá llegarían a casarse, quién quita. ¿Y si me dice que no? Siempre la misma inseguridad, por eso no hago nada, tengo que aventarme sin miedo; total, si no me acepta ya veré; qué pena me va a dar, qué vergüenza. Lo tengo que hacer, ni modo. ¿Y si me dice que sí, qué hago entonces? Creo que hoy me volvió a sonreír cuando volteó hacia atrás. Hace como que no me ve, como que mira hacia otro lado. Se ríe con su boca inocente, sincera y de pronto ahí está, cachándome embobado, nervioso y yo, de bruto, que bajo los ojos, pero ella también se chiveó. Toda la semana ha sido lo mismo. Toda la vida es lo mismo. Se me hace que sí, que le gusto. Y este Leandro qué chingados me está viendo. Pinche metiche envidioso. ¿De qué se ríe?
Mañana, mañana le canto, mañana es el día. Un día claro y caluroso como solían ser las mañanas de verano. Ahí estaba la escuela, oliendo a rutinas cotidianas, con su gran patio central separando dos hileras de salones de clase, con un edificio administrativo en uno de los lados del rectángulo, edificio cuya solemnidad y desmesurada grandeza denotaban la esencia del negocio. La entrada era por el otro lado. Ahí estaba el recipiente consuetudinario de algo más de quinientos alumnos. El suelo de cemento se calentaba con el abrasador sol matutino y se enfriaba con la lluvia de la tarde, como todos los pisos de la ciudad de México expuestos a la intemperie, como si fuera un castigo, como para no olvidar que vivimos en el trópico aunque mamá nos proteja con un suéter en vez de un paraguas. En medio del patio, una cancha de volibol sin red que se usaba sólo los jueves en la clase de gimnasia hacía las veces de área restringida y respetada, curiosamente, para improvisados partidos de fútbol. Rodeando el patio rectangular, un corredor abierto con castillos de concreto cada cinco metros, sostenía un techo también de cemento, como reflejo del patio, para ofrecer un refugio contra el sol de medio día. Detrás de las puertas metálicas, los salones de clase, con sus techos altos y ventanas que se ubicaban por encima de la cabeza, impidiendo la vista hacia el exterior, albergaba el centro de la enseñanza, el centro de dudosa sabiduría, lo esencial de la transformación hacia la vida adulta. Esos inhóspitos salones, con su aire adusto, encerraban y consumían el tiempo oficialmente más importante de los educados. Pero esos salones también acogían otras vitales emociones de los que por ahí pasaban y que también empujaban al alumno a la maduración, aunque ello no estuviera en el plan de estudios: desde el placer recóndito del conocimiento y la angustia del olvido hasta el temor frente a una pregunta del maestro, desde la ilusión de una buena calificación hasta la envidia y el rencor, desde la espera de la hora de salida y el aburrimiento hasta la divagación remembrante, desde la reflexión íntima hasta los amores de Gustavo.
Frente a la dirección, en el omnipresente edificio administrativo, se levantaba un asta que hacía ondear, una docena de días al año, una bandera nacional vieja y astrosa que en mucho sintetizaba la conciencia cívica un tanto ajada del mal pagado personal docente. Para efectos prácticos el asta más bien servía como un punto de referencia y de reunión en el patio, por su estratégica posición desde la que se dominaban todos los rincones de la explanada. “Y ora, ¿por qué tan elegante?”, le habían dicho a Gustavo sus compañeros, que ese día estaban cerca del asta esperando la hora de entrada a clase. Gustavo sudaba. Dentro del salón los nervios lo consumían esperando el momento de salir al recreo. Ése era el día. Si el maestro le hacía alguna pregunta, se quemaría y todo saldría mal. Si seguía nervioso sudaría más todavía y acabaría manchando la camisa, la mejor que había encontrado en el armario. Tantas tribulaciones en la cabeza de Gustavo acabaron por llenarle la boca de un sabor acre, como de abatimiento.
Pasaron las horas a la velocidad de siempre, un minuto cada minuto y llegó el recreo esperado. Lo inhóspito del gran patio se compensó con el bullicio de los alumnos. Poco a poco el espacio se llenó de actividades. Gustavo se adelantó y aguardó en el quicio de la puerta a que Elena saliera. Ella pasó hablando con otra muchacha y al cruzarse con él lo miró de reojo. Gustavo la olió salir. Casi sintió el roce de su mirada. Un ligero estremecimiento se apoderó de él y se quedó parado mientras ella se alejaba con grácil paso, arreglándose coquetamente el pelo con la mano, y separándose de su amiga atravesó el patio en dirección a los bebederos. Gustavo la siguió con la mirada entre el movimiento de la muchedumbre, pero caminó por el corredor hasta una esquina del patio, como situándose en posición de espectador, neutra, como tomando fuerza para decidirse a hablarle de su sueño, de su amor. A lo lejos, del otro lado de la escuela, Elena se agachó para beber agua. Gustavo también observó a Leandro acercándose al bebedero; vio cómo se agachó al lado de ella y le dijo algo. Gustavo frunció el ceño sin querer, pero de inmediato sintió una satisfacción casi morbosa cuando alcanzó a distinguir, allá en el fondo, detrás de la gente que se movía en el patio, que Elena daba media vuelta sin contestarle nada a Leandro. Vio que éste se perdió entre la gente como siempre, corriendo alocada, puerilmente. Elena camino de regreso por el patio. Al pasar frente al asta los de prepa voltearon la cabeza para verla. Más hermosa a cada paso que daba, caminaba lentamente, con seguridad, en línea recta, erguida, graciosa. Gustavo caminó hacia ella para interceptar, como por casualidad, su trayectoria. Cada segundo el corazón le golpeaba más el pecho. Cuando se cruzaron se saludaron con un movimiento de cabeza. Nada más. Ella continuó hasta entrar de nuevo en el salón de clase. Aún faltaba un buen rato para que terminara el recreo. No había nadie en el salón. Gustavo estaba pálido. “Ya se dio cuenta”, se dijo, “me da jale y quiere que la siga”. Una mezcla de alegría y angustia le provocaba un temblor paralizante.
Sobreponiéndose a su propio miedo se dirigió también hacia el aula. Era el momento. A nadie se le ocurría entrar ahí durante el recreo. Era una insinuación. La imaginación excitada antecedía todo cuanto iba a ocurrir, lo que estaba ocurriendo detrás de esas ventanas altas: con su hermosa sonrisa Elena lo estaría esperando, “hola”, diría él y empezarían a hablar, acercándose a ella con prudencia, diciéndole lo que sentía por ella, que quería que fueran novios, tomándola de la mano, acariciándole las mejillas con la mirada, realizando el más soñado de sus sueños. Ahora o nunca. El momento había llegado.
Respiró hondo, empujó la entrecerrada puerta y entró al salón con decisión. En la pared del fondo Elena tuvo un sobresalto y dejó de reír. Gustavo, pasmado, incrédulo, súbitamente lívido, retrocedió sin querer al oír la voz de Leandro, quien quitando las manos de los senos de Elena le decía: “lárgate de aquí, güey; y si nos acusas te rompo el hocico”.