Crinolinas
...por Sergio Perelló

El terreno baldío


Buscábamos arañas y en aquel terreno baldío había muchas. La edad lo propiciaba y la ciudad también. Eran pocos los lugares accesibles a nuestras cacerías vespertinas. El crecimiento impetuoso y anárquico del México de los años cincuentas urbanizaba día a día el espacio de nuestros juegos y fantasías. Pero aquel lote baldío ubicado entre dos edificios ofrecía todavía una variedad insólita de animalejos, arácnidos e insectos, que alimentaba nuestra fascinación infantil sin salir de la misma calle donde vivíamos. Un largo mundo de aventuras aguardaba detrás de aquella barda de tabiques rojos que escalábamos con naturalidad dejando sus huellas en nuestra ropa. Casa y edificios de apartamentos poblaban la calle poco transitada. Los automóviles que circulaban eran los de los vecinos, ya que la calle realmente no llevaba a ningún sitio. La falta de parques y jardines públicos ayudaba a que las calles se convirtieran en el lugar de diversión de niños y adolescentes, por eso cualquier lote bardeado era obligada prolongación del espacio vital infantil, de nuestros juegos y querencias. La maleza alta, el descuido de lo inhabitado y la cierta protección que el lugar ofrecía de la mirada de los transeúntes, hacían que ese terreno ejerciera una especial atracción sobre nosotros los pequeños.

Cualquiera sabe meter arañas en un frasco de vidrio cuando se tienen siete u ocho años de edad. Yo llegaba a mi casa con un frasco de esos con diez o quince alimañas dentro, lo dejaba por ahí, a medio esconder, en algún rincón de la cocina, hasta que un pavoroso grito salido de la garganta de mi madre me indicaba que había sido descubierto. Yo iba corriendo, exudando valentía, a rescatar a mamá de la terrífica amenaza del frasco repleto de bichos. Lo gozaba. Me interponía entre ella y mi improvisada jaula zoológica con un ademán de “cálmate, no pasa nada”, como si estuviera rescatando a una dama medieval a quien un ogro hubiera encerrado en la torre de un castillo solitario custodiado, por supuesto, por un dragón. Con gesto ágil cogía el frasco y salía de la cocina con gallardía, entre los imaginarios aplausos de mi fantasía y las recriminaciones de mi madre, quien odiaba las arañas.

Conocíamos ese terreno palmo a palmo. No más de quinientos metros cuadrados de especulación urbana convertidos en paraíso infantil. No teníamos ningún respeto por la propiedad ajena ni por el pedacito de naturaleza que el terreno encerraba y defendía con celo entre casas, calles y edificios. Nosotros éramos los dueños, los usuarios. La maleza crecía informe, sin plan alguno, por doquiera agresiva, ocultando una fauna diminuta que atraía nuestra atención a pesar de las advertencias que lanzaban nuestras respectivas y urbanas familias: que si era peligroso, que si nos podíamos lastimar o coger una infección, que si al dueño del terreno no le gustaría, que esto y lo otro. Nosotros posiblemente asentíamos, pero regresábamos a nuestro paraíso a cazar arañas y otros bichos que mamá me había prohibido introducir en casa. De vez en vez también cazábamos rasguños y eventualmente un resfriado.

Un día empezó a llover y durante muchos y largos días el agua mojó cada tarde la calle que albergaba los juegos infantiles. La maleza de nuestro baldío se volvió feraz y más verde que antes. El lodo en los zapatos delataba nuestras andanzas en la zona medio prohibida, medio tolerada. Llovía todos los días. Era el verano, decía mamá. “Así es cada año”, me explicó. Hacía mohines y me regañaba por los zapatos sucios. Papá era solidario con ella pero se reía y decía que no eran tan terribles mis safaris. He llegado a pensar que se sentía orgulloso de mis andanzas en la tapiada selva.

Otra vez los días dejaron de ser lluviosos. El sol volvió a mostrarse todas las tardes, pero ahora con cara brumosa. Los árboles perdieron hojas y llegaron las vacaciones. La pasión de los niños por el terreno empezó a agregar las mañanas de cada día a sus andanzas. Papá se mostraba comprensivo. Los matrimonios amigos de ellos, en cambio, aconsejaban mayor rigidez en lo que ellos llamaban mi educación. Suponían que no debía fastidiar a mamá con mis frascos repletos de bichos. Eran los amigos de mis padres. Vivían lejos. No eran de la cuadra y no entendían lo que yo hacía con mis amigos, lo que nos gustaba, lo que queríamos. Parece que yo no les caía bien porque era, decían, travieso, mal educado. Es posible, pues los límites de mi comportamiento los establecía el “no” paterno y mi papá era muy tolerante. Mamá también era complaciente conmigo, pero hacía como que no estaba de acuerdo con algunas cosas que hacía. Sus amigos decían que por ser hijo único yo estaba demasiado consentido. Por lo tanto, ellos no cooperaban a ese consentimiento y me lo hacían notar cuando venían a casa o cuando acompañaba a mis papás a casa de ellos. Algunos eran muy secos conmigo. Otros casi ni me saludaban. Todos me exigían quietud en sus casas, mayor incluso que la que pedían a sus respectivos hijos. Sería por compensar mi mala educación. A mí no me gustaba ir a casa de ellos. De ninguno. Eran adultos. No entendía que era eso. Me sentía rechazado. A mí no me caían ni bien ni mal. Los amigos de papá y mamá eran como eran. Yo hacía lo que me pedían hacer. Reía cuando me pedían que lo hiciera. Jugaba cuando me daban permiso. Estaba quieto cuando se cansaban. Me abrigaban cuando tenían frío. Me daban consejos y los miraba. No les gustaba que yo opinara. Mis papás también eran complacientes con ellos. Mi mamá me miraba con algo que yo entendía como complicidad, como diciendo “aguántate un poco; diles que sí; luego ya iremos a casa, ¿eh?” Cuando estaba en casa de los amigos de papá y mamá o cuando ellos venían a la nuestra me acordaba que yo era un monstruo. Pero mis papás no me veían así y a mí se me olvidaba bien pronto. Al día siguiente: otra vez el lote baldío enmarañado de sorpresas, prometedor de aventuras, saciador de fantasías compartidas. A veces hablaba con mamá de esas historias surgidas en las horas de juego con otros niños. Me gustaba contarle todo a mamá. Me prestaba mucha atención, me preguntaba cosas, me explicaba otras y terminábamos jugando juntos. Con papá también, pero creo que él se burlaba un poco. Me decía que en vez de insectos metiera elefantes en mis frascos vacíos, que hiciera agujeritos en la tapa para que respiraran sin dificultad y me cuidara de los cocodrilos que con seguridad había en ese terreno. Me divertía mucho con él. Pero con mamá era distinto... como que entendía más lo que yo trataba de decir. Con papá, era él el que hablaba; con mamá, era yo.

Recuerdo la mañana en que llegaron unos hombres con picos y palas y sombreros de paja y empezaron, sin más, a derribar la pared de tabique del terreno, nuestra roja pared, el muro de nuestra privacía. Eran tres o cuatro hombres y nos daban miedo. Logramos acercarnos para tratar de disuadirlos de su arrogante tarea. Les dijimos que ese terreno tenía dueño y si se enteraba de lo que ellos estaban haciendo se iba a enojar mucho y los iba a meter a la cárcel. Se rieron. Los siguientes días siguieron yendo a hacer cosas y mediciones a nuestro terreno. Cortaron los matorrales y la hierba. Prendieron fuego. Se fueron nuestras arañas. Incendiaron las flores de nuestro jardín. Mamá dijo que eran albañiles y que iban a construir una casa; era normal. Cavaron trincheras en donde, por algún tiempo, pudimos seguir jugando, después que los trabajadores se iban. Llegaron camiones cargados de diversos materiales y fueron dejando cosas. Ya no podíamos entrar porque ahora había un hombre que se quedaba a dormir en el terreno, en una casita de madera, para vigilar, según él mismo decía. Nuestro parque cambiaba de forma cada semana. Al fin de las vacaciones ya no nos dejaban entrar a jugar en él. Las paredes fueron creciendo, dejando espacios interiores y huecos y salientes cuya función no entendíamos. Ya hacía un rato que había empezado el periodo escolar cuando pudimos de nuevo escabullirnos al interior de la obra y explorarla como quien descubre un castillo de cuento de hadas. Por algunos días tomamos posesión del castillo, a veces a escondidas del velador, a veces con todo descaro porque él no estaba.

Un día mi mamá enfermó. Yo no presté demasiada atención al asunto porque ya otras veces se había enfermado y la habían llevado al sanatorio. Esta vez también la hospitalizaron. Como en otras ocasiones vino mi tía, hermana de mi papá, para ayudarnos, según decía bromeando, a sobrevivir. Mi tía era buena conmigo. A hurtadillas de papá me ayudaba a hacer la tarea. Creo que hasta me daba un cierto e inconfesable gusto que de cuando en cuando mamá enfermara. Así venía mi tía y cambiaba de aires. No es que no quisiera estar con mi mamá, pero mi tía también me gustaba. Al poco tiempo mamá regresaba y todo volvía a la normalidad y como ya no estaba enferma se ponía más contenta que antes y jugábamos mucho. Pero esa vez la enfermedad se prolongó más de la cuenta. Yo me arrepentí del posible gusto que me hubiera dado el que mi tía viniera a pasar unos días con nosotros. Papá me hablaba poco y muchos días se quedó a dormir en el hospital. Los otros días papá y mi tía hablaban muy serios cuando yo me acostaba. Apenas podía oírlos, pero siempre se referían a mamá. Un día fui al hospital con papá y la pude ver. Era cierto: se veía enferma. Como ella se puso a llorar, yo también lloré. Cuando volvimos a casa mi tía también lloraba. Me pidieron que me fuera a jugar con mis amigos. Los encontré en el castillo, que cada día más se parecía a una casa cualquiera. Fue la última vez que pudimos entrar a la construcción porque a la mañana siguiente empezaron a enyesar las paredes y a pintar. Eran otros trabajadores y ya no nos dejaban entrar.

A los pocos días, papá me despertó muy temprano. Estaba muy serio y me dijo en voz baja que me vistiera y me pusiera mi camisa blanca, que me limpiara bien los zapatos porque íbamos al cementerio. Mamá se había puesto muy enferma y ahora descansaba. Dormía para siempre y ya no sufriría. Al mediodía la enterraron. Los amigos de mi papá me miraban de manera distinta. Algunos me abrazaron. Otros me hablaron con conmiseración, diciendo que era la ley de la vida y otras cosas que tampoco entendí. No se metieron con mi mala educación, pero me dijeron que tenía que ayudar mucho a mi papá y ser fuerte y obediente. Pasé una semana en casa de mi tía. En las noches me acordaba de mamá y lloraba. Fueron largos los días.

Cuando regresé a casa papá era algo distinto. Ya no se burlaba de mis cosas. Estaba serio. Ya no hablábamos en broma. Afuera jugué con mis amigos. En el terreno habían terminado la casa que substituyó el castillo tenebroso y cambiante de nuestros juegos. El florido jardín había desaparecido y en casa mamá ya no estaba para protegerla de las arañas.


© Sergio Perelló
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