Crinolinas
...por Sergio Perelló

Faunos, miradas y conejos


—¿Quieres mirar con los binoculares? —propuso don Filiberto. Miguel tomó los binoculares complacido y el mundo se acercó a la azotea del edificio donde estaban.

En las tardes, después de hacer la tarea, a Miguel le daban permiso de salir a jugar por ahí. Siempre esperaba a Laurita y jugaban a las carreras, a quién llegaba primero hasta allá y Laurita le ganaba, pero a él no le importaba porque le gustaba la forma en que ella hacía y decía las cosas. Su mamá también la dejaba salir en las tardes a jugar en los corredores del edificio. Poco a poco se juntaban otros niños y niñas y a veces jugaban canicas y Laurita decía “juego, yo juego” y órale, la dejaban jugar y “préstame un tirito” y ahí sí, Miguel le ganaba siempre a Laurita. Ella se hacía la enojada pero se reían más y luego hasta se quedaban viéndose a los ojos como queriendo descubrir alguna intención en los gestos, en los refunfuños y en la mirada enojona que no podía disimular la complicidad de la atracción.

—Con los binoculares aprende uno a ver y fijarse en muchas cosas. Aprende uno a percibir detalles —sonrió don Filiberto, el señor del departamento catorce-. Mira aquella montaña y fíjate bien en alguna cosa que esté ahí —apuntó don Filiberto con el brazo estirado hacia el Ajusco—, luego trata de verlo a simple vista —dijo al mismo tiempo que agachaba la cabeza para acercarse a Miguel, quien era más bajito. Y en efecto, el detalle observado a lo lejos podía percibirse ahora sin necesidad de los gemelos, aunque más chico, casi imperceptible, pero sí, aprendía uno a fijar la vista.

—¡Oh! —se sorprendió Miguel con cierta admiración hacia don Filiberto. En las tardes también jugaban a la gallinita ciega, encantados, las niñas avión y matatena, los niños tamaladas y luego, todos juntos, a las escondidillas. A Miguel le gustaban las escondidillas, pero que fuera otro el que contara mientras él y los demás se escondían. No valía meterse a casa de alguien. Aunque había pocos lugares en el edificio para esconderse, Miguel había descubierto el mejor: el incinerador de basura que ya no se usaba. Estaba en la azotea, cerca de los lavaderos, detrás de las jaulas para tender la ropa. La puerta de hierro fundido no tenía más de sesenta centímetros de alto y era estrecha. Casi había que arrastrarse para entrar, pero una vez adentro cabía bien y nunca lo encontraban hasta que salía. Laurita se escondía debajo de las escaleras de la planta baja y siempre era la primera en ser descubierta, porque era un lugar donde se revisaba de rutina para ver si había alguien... y sí, ahí estaba Laurita, y luego ella tenía que buscar en la siguiente ronda.

Don Filiberto rodeó con el brazo los hombros de Miguel en un paternal abrazo y señaló la dirección conveniente para mirar sin los binoculares. Para quien nunca los había usado, aquello era poco menos que extraordinario. Qué buena gente era el señor del catorce, pensó Miguel, agradecido. A lo mejor es porque vive solo y necesita compañía.

Desde aquella vez en que Laurita descubrió dónde se escondía Miguel, empezaron a usar como escondite común el viejo incinerador. Ahora ya tampoco la encontraban a ella. Alguien contaba hasta veinte de cara a la pared y con los ojos cerrados. Durante ese tiempo los demás corrían y se ocultaban y cuando terminaba la cuenta empezaba la búsqueda. Uno, dos, tres y Laurita y Miguel ya salían corriendo escaleras arriba, cuatro, cinco, seis y siete y ya alcanzaban el rellano del segundo piso, ocho, nueve, diez, once...

Don Filiberto, cuando se podía, seguía instruyendo a Miguel en el arte de usar los binoculares, impresionándolo con tanta amabilidad. A los ojos del chamaco se ofrecía un espectáculo irreal, fascinante, que le impedía separarse del artefacto. Las cosas eran grandes, cercanas. Casi se pueden tocar, pensó reprimiendo el deseo de estirar la mano. Miles de detalles se movían inconscientes de ser escudriñados y eso le daba a Miguel un placer especial: poder ver sin ser visto, poder hurgar en las cosas sin que ellas se inmutaran, era como poder ver el mundo de la gente bajo el microscopio de la escuela. Estaba metido en la intimidad de otras personas, de otras familias, a través de las ventanas de allá enfrente. Era el poder.

...doce, trece, catorce, cuarto piso y casi la azotea. Quince, dieciséis y Laurita, corriendo más rápido, era la primera en llegar, diecisiete, dieciocho, llegaba Miguel, pero no le importaba, le gustaba ver a Laurita corriendo delante de él, con la falda de algodón estampada de flores agitada por sus piernas largas subiendo de dos en dos los escalones y a Miguel le gustaba mirarle las corvas y sin querer perdía algo de velocidad. Pero ya en la azotea, Laurita esperaba a que Miguel la alcanzara, como no queriendo, y se metían juntos al destartalado pero seguro escondite, respirando agitados y sonrientes mientras, diecinueve y veinte, alguien empezaba a buscarlos a todos: debajo de las escaleras, en el zaguán, en los recodos que forman los pasillos del viejo edificio de la colonia Narvarte. Pero ellos no salían hasta que se acabara el juego o cuando oían que algunas de las respectivas mamás los reclamaban a gritos.

El señor del catorce, en los días en que se encontraban por casualidad en la azotea, seguía prestando los binoculares a Miguel, y éste se daba cuenta y agradecía y miraba y miraba y era puros ojos y estaba bien padre y también se dio cuenta que don Filiberto, mientras hablaba, se le acercó y lo apretujó contra su cuerpo y su otra mano dejó de apuntar al horizonte para posarse discretamente en el vientre de Miguel y éste ya estaba que no sabía qué hacer, todo quietecito, con los gemelos frente a los ojos y seguía mirando pero ya no veía nada. Repentinamente, Miguel se separó de los binoculares, se los tendió a don Filiberto y aprovechó para zafarse del faje que le estaban poniendo. Don Filiberto sonrió como si nada, tomó los binoculares y siguió explicando las ventajas que tenía salir fuera de la ciudad con el aparato. ¡Las maravillas que se veían!, aseguró el señor del catorce. “¿Te gustó?”, preguntó el señor, y Miguel se turbó, simplemente porque el verbo carecía de complemento y hasta pensó que imaginaba más cosas de las que en realidad pasaban.

Con la seguridad de quien sabe lo que hace, a qué le tira, don Filiberto se sentó displicente en el suelo de aquel rincón de la azotea, a un lado de los lavaderos, e invitó a Miguel a hacer lo mismo y platicar.

Dentro del incinerador en desuso Laurita y Miguel hablaban muy quedo, cambiaban risas que mitigaban con la mano sobre la boca. En cuclillas, dentro del reducido espacio, se daban empujoncitos, se hacían perder el equilibrio, se recargaban el uno en el otro para evitar las paredes todavía tiznadas. A veces se sonrojaban al mirarse a los ojos. Luego Laurita hacía como que se asomaba para ver si venían a buscarlos y así se quedaba y Miguel hacía lo mismo y como la entrada era estrecha estaba muy cerca de ella y sus cabezas casi juntas, con las manos trenzadas, sintiendo el cercano calor de las mejillas del otro y se quedaban quietos, quietos. Poco después, tras sentir sin entender, salían presurosos, procurando que nadie los viera, para que no encontraran el escondite, para que nadie descubriera aquella íntima turbación compartida en silencio durante algunos minutos. Casi nunca había nadie en la azotea salvo, por excepción, alguien destendiendo ropa seca lavada en la mañana. A veces estaba don Filiberto, el señor que vivía solo en el catorce. A cada rato subía con sus binoculares, constituyendo la eventual curiosidad de los chiquillos, a quienes les hubiera gustado mirar a través del negro aparato. Un día, saliendo apenitas de la puerta del incinerador, Laurita y Miguel se toparon de narices con don Filiberto, y con las mejillas encendidas, pero muy modositos, dijeron “buenas tardes, señor” y el señor les contestó el saludo con una sonrisa cómplice. Se echaron a correr con un chorro de vergüenza hasta alcanzar las escaleras y Laurita llegó primero.

—Siéntate —propuso don Filiberto. Miguel estaba escamado por el abrazo que el señor del catorce acababa de darle. Quería correr, pero pensó que imaginaba cosas y que no era para tanto. Medio agradecido, medio temeroso, finalmente se sentó sin saber qué. Aquella tarde Miguel no había tenido tarea, por eso salió a jugar desde que terminó de comer y como no encontró a ninguno de sus amigos subió a la azotea. Allí estaba el señor del catorce observando el mundo. Miguel se detuvo a verlo y don Filiberto lo saludó, invitándolo a ver por los gemelos. Miguel pensó que qué padre señor, pues nunca había tenido un aparato de esos en las manos, y además no le había dado importancia al haberlos encontrarlo a él y a Laurita saliendo furtivamente del incinerador el otro día. Aceptó la invitación.

Una vez sentados, don Filiberto le explicaba cómo funcionaban esos instrumentos ópticos y ciertos principios de la reflexión y la refracción que Miguel estudiaría cuando entrara a secundaria, ya sin acordarse para nada de esas primeras lecciones de azotea. Sentados el uno al lado del otro, Miguel escuchaba, todavía descontrolado por la sensación de su interlocutor cercándolo por la cintura, pero no estaba seguro de lo que pasaba y sentía; y don Filiberto manipulaba con destreza los binoculares y decía y sonreía frunciendo los ojos y en eso dejó el aparato a un lado y cambió la voz a un tono algo más solemne y explicó a Miguel que todo niño, a punto de ser un adolescente necesita un amigo mayor con quién hablar, que le explicara muchas cosas y en quién confiar. Poco a poco fueron platicando de diferentes tópicos y hasta contaron chistes y Miguel había recobrado la confianza.

—Me sé uno muy bueno. Pero no es chiste: es un truco —dijo don Filiberto—. Te lo voy a enseñar. Se llama el truco del conejito.

—¿Cómo es?

—Dame la mano. Extiéndela con la palma hacia abajo —y don Filiberto tomó la mano de Miguel entre las suyas, poniendo una encima y otra debajo, haciendo una especie de torta sin condimentos. Dijo algo así como que había una vez un conejito... y moviendo las manos de un lado a otro, balanceándolas cerca de su estómago, sentados, con la sonrisa del que sabe que va a pasar algo... —¡Mira. Allí va el conejito! —exclamó don Filiberto mientras señalaba a cualquier punto estirando el brazo y quitando la mano que estaba bajo la de Miguel.

Al mismo tiempo que viraba la cabeza para ver al supuesto conejito, Miguel sintió que su mano, ayudada por la que de don Filiberto tenía encima de él, caía en el pantalón del señor del catorce, justo en la entrepierna. En el mismo instante sintió que la cosa se ponía fea, se ponía difícil, se ponía dura. Su mano, con otra mano apoyada en el dorso y una bragueta en la palma, todo en un momento (y por cierto no había conejo alguno), lograron descotrolarlo por completo más allá de sus juegos placenteros y despreocupados. Esa sensación de haber sido timado, en medio de la zozobra, a toda la velocidad que le permitieron sus reflejos escarnecidos, Miguel contrajo el brazo del manoseo aquél y corrió escaleras abajo, como quien quiere dejar el bochorno atrás, la desilusión, la indignación. Engañado, salió hasta la calle, caminó por la acera, tembloroso, turbado, con los ojos húmedos de puro coraje. La sensación táctil le había quedado en la mano y le daba repugnancia. Se sobaba la pierna, como queriendo dejar ahí, por mero frotamiento, el asco y la desilusión. Comprendió que no era gratis la amistad ofrecida por el degenerado de don Filiberto. No entendía nada pero sabía que era un viejo mañoso; que ya le decía la intuición que no podía confiar en los adultos desconocidos. El taimado los había visto saliendo del incinerador. Y parece que no mata una mosca. Viejo cochino. ¿Qué quería hacerme, pues? Eso se hace con las mujeres. Viejo puto.

Laurita salió a jugar como todos los días, después de hacer su tarea y bajó las escaleras tarareando alguna tonadilla. Se dirigió a la puerta del edificio para ver si no había otros niños en la calle con quiénes jugar. Abrió la puerta y ahí estaba Miguel sentado en los escalones de la entrada, pensativo y como no queriendo tener esa mano que le colgaba del brazo.

—¿Jugamos o esperamos a que salgan los demás? —dijo Laurita con la alegría y ánimo de siempre. Miguel se recorrió a un lado para que Laurita se sentara entre él y la pared. Laurita notó algo raro en él y le preguntó que qué tenía, que si estaba triste. Miguel levantó la cabeza y se le quedó viendo. No oyó lo que ella decía de no se qué de la escuela, le tomó una mano y ella calló con extrañeza.

—¿Te sabes el truco del conejito? —resolvió Miguel con determinación.


© Sergio Perelló
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