I
Azul muy azul el cielo azul de la ciudad. Azul-azul, con su ojo colorado en el techo, el Ford 57 recién estrenado que se pasea con lenta insolencia por las calles del barrio. Azul muy azul el uniforme de los dos policías que van dentro del Ford.
Casi silenciosa la chota merodea en busca de motivos para desplegar su potencia contenida, su chillido avasallante, su furia loca y desmedida, algo que le dé razón de ser o su pan de cada día. Mero acto de presencia intimidatoria, especialmente difícil para los jovenzuelos que no tienen otro espacio de solaz que el negro pavimento de callejuelas que por costumbre suponen propias.
II
—Oye, Gamaliel, en la calle de atrás están vendiendo una moto usada.
—¿Y?
—Vamos dizque a comprarla y así chance nos la prestan para probarla. ¿Sale? Nos damos una vuelta por ahí y luego la regresamos.
—No, que.
—Sí. Me cai.
—Pinche Julio, ¿a poco crees que te la van a prestar así nomás?
—Pos no. Pero pa eso te llevo a ti.
—¿Eh?
—A ti te han visto y hasta pueden creer que de veras la puedes comprar, ¿no?
—¿Por qué?
—Te ves medio decente, ¿no?
—Órale, güey.
—Sí, pues. Das el gatazo.
—Síguele, síguele, Julito.
—Te han visto con tu jefa; y es una señora decente. En cambio, ya ves a mi jefecita... No, pendejo, no te rías. No es que no sea decente, cabrón, no chingues, pero digo que se ve humilde. Ni modo que crean que me va a comprar una moto.
—Te caes de una bicicleta, y ya quieres andar en una pinche moto, güey. Primero aprende a manejar bien la bici.
—Pos nunca la prestas, mano.
—Pos pa qué me andas diciendo roto y quién sabe qué otras chingaderas.
—También, eres bien apretado. No sueltas tus cosas. Ni que te las fuera uno a ensuciar.
—¿Y qué tal el otro día? No me dejaron jugar cascarita, ¿verdad?
—Es que ya estábamos completos, ¿no?
—Pura madre.
—Oh, ya ves que a Ernesto le caes gordo y él estaba jugando desde antes.
—Nomás abusan de mí. Nomás me usan y cuando pueden me sacan feria. ¿Que tal a la hora de los refrescos? Entonces sí: Gamaliel, ¿me disparas uno? Órale, manito, no seas apretado.
—Bueno. Pues a veces tú tienes la lana y nosotros no. Ultimadamente, yo siempre he jalado parejo contigo, ¿no?
—Cuando les conviene ahí andan de lambiscones.
—Órale, órale, manís. Ya para tu bronca, ¿no? Y si es brava, pos amárrala. ¿Quieres dar una vuelta en la moto o no quieres?
—Bueno... sí.
—Eso es, carnal. Ora sí nos entendemos.
—¿Qué hay que hacer?
—Pos nomás llegar y verla, y decir que tu jefa te va a comprar una moto y que te la dejen probar, pa ver si sirve y si te acomoda.
—¿Así nada más la sueltan y ya?
—Sí, mano. Nos damos una vuelta y al rato la traemos.¿No?
—¿Y luego?
—Les dices que sí, que te gusta y que le vas a decir a tu jefa para que venga a verla.
—¿Qué marca es?
—Una Harley.
—¡En la madre! Como las de los tamarindos.
—¡No, cuate! Es del año del caldo, de antes que inventaran las cuirias. Es una Harley, pero creo que de quinientos centímetros cúbicos. Ni siquiera trae amortiguadores en la rueda de adelante. Imagínate.
—Ya te la conoces bien, ¿eh?
—Oh, pues. Ya le eché el ojo, ¿no?
—Ya estás, Julito. Vamos sobre la Harley.
—Órale, pues. Ya dijiste.
III
—Julio.
—Mande usted.
—¿Ya fuiste a ver a mi compadre Rafael?
—No, papá. Es que me dijeron que sólo va el viernes a la oficina del sindicato.
—Y entonces, ¿por qué no fuiste a buscarlo a la fábrica, como te dije?
—Pos usted me dijo que como es delegado ya casi ni va por ahí.
—Lo que pasa, chamaco huevón, es que no quieres trabajar. No creas que es tan fácil encontrar trabajo. Mi compadre te puede ayudar a entrar ahí o en otro lado.
—Sí, papá.
—¡Búsquelo! A poco crees que va a venir a ofrecerte chamba. ¿O crees que te voy a mantener todo la vida?
—Pos déjeme terminar al menos la secundaria.
—Para ser obrero se necesita tener la primaria y ya la tienes. Además no creas que te van a dar el trabajo luego-luego. Mi compadre te va a apuntar en la lista y cuando tengas edad para entrar ya te conseguirá una plaza en el almacén o a lo mejor en la oficina, como recadero. ¿O prefieres empezar barriendo, como yo? Me costó mucho trabajo llegar a ser el operador de una máquina. No se atarugue m’hijo, que la vida es cabrona.
—Sí, papá.
—Si no hubiera sido por mi compadre todavía estaría haciendo la limpieza. También él consiguió que yo fuera de los que metió el patrón al seguro. Ve a verlo, yo sé lo que te digo. Tiene conocidos en el sindicato.
—Sí, papá.
—Además... ¡Ah, chingá! ¿Y ese reloj? ¿Dónde te lo agenciaste? No me salgas ‘ora con...
—¡No, papá! ¡No le haga! De veras. Me lo prestaron. Es de Gamaliel.
—¿Cómo que te lo prestó? Trae acá. Deja ver. ¿Quién es ese Gamiel? ¿O qué?
—Gamaliel. Un amigo. El hijo del señor ese de la otra cuadra que trae un Mercury nuevecito.
—¿Y qué tiene que ver con el reloj? ¿A poco así nomás te lo prestó, voy a creer?
—Sí, jefe. Mire. Es que le compraron uno nuevo por que éste se le descompuso; y me lo prestó porque somos cuates. Ni da la hora. Es nomás pa’ presumir.
—¿De veras no te lo jalaste?
—Oh. Palabra, jefe. Cómo lo iba yo a engañar a usted.
—¿Y a poco se lleva con los de acá?
—Pos se lleva conmigo. Somos cuates.
—Es el hijo del ingeniero, ¿no? Los de la casa nueva.
—Ese mero.
—Pero si tienen harta feria.
—Pues conmigo es buena gente. Nos llevamos muy bien, papá.
—Pos bueno. Si así está la cosa, pues bien. Esas amistades hay que conservarlas, si se puede. Luego, cuando sean grandes, quién quita y te echa una mano. Quién sabe. ¿No? ¿Y te trata bien?
—Sí papá, le digo que nos llevamos bien.
—Bueno. Ya sabes que no me gusta que menosprecien a mis hijos porque seamos pobres. Somos honrados y además yo nunca he fallado en mi trabajo. Dile eso: que aunque no tengamos lana somos cumplidores. ¿Ayudaste hoy a tu mamá?
—Pos como todos los días.
—Así mero. Mientras no trabajes tienes que ir a la escuela y ayudar a tu jefa, porque el quehacer de la casa también es duro y ella ya no puede con todo.
—Pos mis hermanas también le ayudan.
—No me rezongue. Ellas ayudan pero todavía están muy mocosas. Mientras no traiga dinero a la casa, usted le ayuda a su jefa.
—Pos si sí la ayudo...
—Toma. Mañana le devuelves el reloj al muchacho ese. No lo vayas a perder y tengas que pagarlo. Luego así son esos rotos. Muy cuates hasta que les tocan sus pesos.
IV
¡Corre, Julio. Corre! No te dejes atrapar. Deja caer los patines que robaste; quizá así se detengan y te dejen escapar esos pinches policías. Gamaliel ya se les peló. ¡Métele, que te agarran! Todo por su culpa. Cuando los cacharon no te dijo nada, nomás se echó a correr. Tú ni querías ir hoy a la tienda. Cabrones. Quien los viera tan pazguatos. Cómo corren. Ni que se los hubiera robado a ellos. “¡Suéltenme. Suéltenme!” Un par de bofetadas, una patada en el vientre, un macanazo en las costillas, brazo torcido y ya estás fuera de combate, Julio. “Te crees muy listo, pinche ladroncillo”, dijo un tira. “Te vamos a enseñar a respetar lo ajeno”, dijo el otro. “¿Creíste que te nos ibas a escapar, hijo de la chingada? Toma, cabrón. Pa’ que aprendas”. “Ya no, por favor”. “No llores, marica. Límpiate esa sangre de la nariz. ¿Cuántos años tienes?”. “Catorce. ¡Ay!”
Te bombardean a golpes y preguntas mientras te llevan a empujones a la vuelta de la esquina, donde no pasa nadie. Te descubrieron con lo hurtado, te espantaste y corriste. Eso te jodió. Te hubieras hecho el pendejo, pero Gamaliel... Ahora a dos cuadras de la tienda, ni modo de decir que tú no fuiste. “¿Qué más te robaste?”. “Nada. Lo juro. ¡Ay! De veritas”. “Y ese reloj, ¿dónde lo robaste? Trae pa’ acá. A ver los bolsillos, y baja las manos que no es un asalto. ¿Y estos cien pesos?” “Mi jefecita me los dio para un mandado. Me cai. ¡Ay. Ya déjenme!” Te traen finto, Julio. Casi te orinas del miedo. “Vamos a llamar a tus jefes”. “No. Eso no. Por favor”.
Te vas a ir al bote con la vergüenza de verle la cara a tu papá. Ya te quemaste. Tendrás que irte de tu casa. “No. Eso no. Por Diosito que no lo vuelvo a hacer”. “Todos los pinches rateros dicen lo mismo”. “Te vamos a dar chance. Vete y no vuelvas a aparecerte por la tienda porque te va a ir peor”. “Sí. Gracias. Muchas gracias... ¿Y el reloj?” “Si te lo has de haber robado... Lárgate y di que te fue bien. ¿O quieres que te llevemos a los separos? ¡Sáquese, pinche escuincle!”
V
—¿Te cambiaron el billete? ¿Trajiste la leche?
—No, mamá. Se me perdió no sé dónde.
El regaño, los gritos, el llanto de tu madre, las travesuras del otro día, lo mal hijo que eres, lo desobligado, lo irresponsable, todo sale a relucir cuando llegas a tu casa, Julio, con el ojo hinchado, el cuerpo adolorido. Encima, la golpiza que tu padre te va a dar cuando llegue, la reprimenda. Pero todo es preferible a la vergüenza de que sepan que estabas robando.
—¡Mira cómo traes la cara! ¿Con quién te peleaste?
—No, mamá. De veras que me caí. Ahí he de haber perdido el billete.
—No se te puede confiar nada, desdichado. Una aquí matándose para darles lo mejor que se pueda y tú, mira cómo lo agradeces...
Y nadie creería que en verdad lo agradeces, que aguantas las consecuencias de lo que sería finalmente un problema menor. Perdiste cien pesos, el gasto. Pero en la que te hubieras metido si te han entambado. El gasto de la semana. No es tan grave como lo otro, pero tampoco te lo van a perdonar. Carajo. Todo por hacerle caso a Gamaliel. Todo por unos pinches juguetes robados. Por tarugo. Pero finalmente te sientes seguro en la casa paterna, bajo la cobija familiar, por más que esté remendada. El domingo y los siguientes días te pondrán a bolear zapatos en el parque hasta reponer el dinero perdido. Es justo, piensas. Es justo.
VI
—Quihúbole —saludaron a Julio.
—Quihúbole —respondió.
—Saca los cigarros, ñero —dijeron—. Dónde te guardaste ayer. Les metimos ocho goles a los totonacos. Hasta hubo madrazos. ¡Sale, manís! —señalando a Julio—. A ti también te dieron.
—Las nalgas.
—Pasas.
—Sobando.
—Sí. Ayer. Andaba con el Gamaliel y nos topamos con la chota.
—¿Se toparon? Los agarraron, qué.
—Los pusieron como camote —se oyó.
—Siéntate —se dijo.
—Sobre tus lomos —se replicó.
—No mamen. Dejen oír. A ver. Cómo estuvo.
—Sí. Que coma tubo —rieron.
—Te encajo, güey —Julio, medio encabronándose.
—Oh, chingá. Ya dejen que nos cuente, carajo. A ver —mediaron—, cuenta.
—Uno, dos, tres, contando —insistieron. Y así, entre bromas y risas, siguieron jugando un largo tiempo entre los laberintos sin salida de los albures.
—Pos nos persiguieron dos polis —Julio, continuando el relato interrumpido.
—Y a tu amigo ¿también lo agarraron?
—No. Él se les peló.
—Muy chingón ¿no? ¿Y sólo a ti te madrearon? Qué pendejo eres, cuate. ¿Cuándo lo traes al Galiel ese? ¿O cómo dices que se llama?
—Gamaliel.
—Pos ése. Pa que dispare las aguas.
—Oh. Por eso no se quiere llevar con ustedes. Nomás pa eso lo quieren.
—Pos pa qué más si estamos bien brujas y él no. Y hablando del rey de Roma. Ahí está en la esquina.
—Pero no viene. Nomás ahí se queda.
—Órale, Julio. Ahí te está esperando tu rey.
—Ya chántala. Me voy.
—¡Huy! Ni que fuera para tanto. Ya porque agarraste a tu ñero decente ya no nos vas a hablar.
—¿Decente? De centavos, pero también lo corretea la chota —concluyeron mientras Julio se dirigía hacia donde estaba esperándolo su amigo.
—Quihubo —saludó Gamaliel.
—Ya ni la chingas. Por qué no me avisaste ayer que ya nos habían cachado. Nomás te echaste a correr.
—No, mano. Es que ni tiempo hubo. Sólo fue de sálvese quien pueda. No fue de malas. Yo estaba seguro de que ya los habías visto.
—No, güey. Qué iba yo a ver. Si estaba metidísimo escondiéndome los patines.
—Pero si estaban frente a ti. Merito enfrente. Cómo te iba a dejar así nomás.
—Yo ni quería ir. Ya ves. Te dije que no quería.
—No te fijes mano, lo que pasa, es que tuvimos mala suerte. Pinches policías. Son rebrutos. Nunca agarran a nadie, por eso luego se desquitan con quien sea. La verdad es que te vieron chavito y se ensañaron. Pero nunca lo agarran a uno. Ya verás.
—No, que. A poco crees que voy a regresar.
—Pues ahí no. Pero vamos a ir a otro sitio. Es bien divertido y además, pues, vamos a tener cositas gratis.
—Ni madres. No cuentes conmigo —repuso Julio—. Mejor le paramos y que cada quien ande por su lado —insistió casi con solemnidad.
—Ahora resulta que estás enojado conmigo.
—No, pero mejor ya no nos vemos —dijo Julio mirando hacia sus otros amigos, allá al final de la cuadra, cascareando la pelota, albureándose.
—Como quieras, mano. Pero conste que tú fuiste el de la idea de sacar la moto. Primero que sí, y luego siempre no.
—Pos, ya ves. Me aguanto las ganas.
—¿Y yo qué te hice, pinche güey? Oye, ¿y mi reloj?
¡Carajo! El reloj. Las explicaciones: se lo habían robado, se lo iba a pagar, la discusión, y también le habían quitado el dinero que su mamá le dio para la leche y era lo del gasto, le habían dicho, le habían pegado. Se hizo bolas.
—Pues el reloj es bien caro —dijo Gamaliel—. No te preocupes, manito, yo entiendo que no fue tu culpa.
—Sí, pero, qué le vas a decir a tus jefes.
—No importa. Ya veré. Voy a decirles a mis papás que yo lo perdí dijo Gamaliel sonriendo con complicidad.
—Pos gracias.
—Pos qué esperabas. Si somos cuates ¿no? Ya no te hagas el sentido y vamos a ver esa pinche moto que te gusta—. Confundido, apenado, comprometido, sin saber cómo escabullirse, aceptó la aventura que él mismo había propuesto.
VII
—Ya chingamos. ¿Qué tal? —dijo, eufórico, Gamaliel.
—Padre, mano. Ahora préstamela a mí.
—Pero ten cuidado. No te vayas a caer. Mira. Le sueltas aquí poco a poco y con el acelerador le vas dando gasolina. No te apendejes con el cambio de velocidades, ¿eh?
Julio se deslizó por la calle casi sin automóviles. Haciendo equilibrio, aprendiendo sobre la marcha, realizando el sueño de andar en moto, gozando. Dio la vuelta a la manzana y se detuvo frente a Gamaliel.
—Padre. Padrísima. Ora sí, ya vamos a regresarla.
—Espérate, Julito. Déjame nomás dar otra vueltecita.
—Pero apúrate. Ya hace una hora y media que nos la prestaron. Tú ya diste muchas vueltas.
—Y tú ya aprendiste a manejarla, ¿no? Me doy la última y la entregamos.
Cuando Gamaliel pasó frente a Julio, quien le hacía señas para que se detuviera, nada más le pintó un caracol y metió todo el acelerador. La destartalada moto respondió haciendo un gran ruido hasta que se perdió en la bocacalle. Julio esperó sentado en la banqueta durante un par de horas. Gamaliel no regresaba. Podía haber ocurrido un accidente, pensó. Cuando volvió con la moto ya era de noche. Se bajó haciendo caso omiso de los reclamos de Julio y se despidió diciendo que era muy tarde y que tenía que ir de volada a su casa. Julio llevó la moto al taller, pero ya estaba cerrado. No sabía qué hacer ahora con la situación. “Tú fuiste el de la idea”, le había dicho Gamaliel, “ahora tú devuélvela”. Julio lloró de rabia.
VIII
—¡Gamaliel! Lávate las manos y ven a cenar.
—Ya voy, mamita.
—¿Dónde estabas? No quiero que llegues a la casa después del anochecer.
—Estaba con un amigo.
—Seguro que era el peladito ese. No me gusta que seas amigo de esa gente. Búscate otros amigos. Gente de tu clase.
—Sí, mamá. A mejor viene a buscarme al rato. Ya ves como son de encajosos. Dile que no me dejas salir, ¿sí?
—Claro, hijito. Pero ya no te andes llevando con él. Aunque digas que es un buen muchacho, no es como nosotros. Tú mereces mejores amistades, ¿quieres pescado?
—No. Nada más leche y fruta.
—¿Quién toca a esta hora? Seguro es el chiquillo ese. Voy a asomarme. ¿Quién es? ¡No, no va a salir! ¡Y ya deja de estarlo buscando!
“Méndiga vieja ojeta”, pensó Julio, “ni que se lo fuera a pervertir”. Y ahora qué hago con la pinche moto. Nomás me dejó colgado este cabrón.
Después de ir varias veces al taller con el fin de regresar la moto sin lograrlo decidió llevarla a su casa, dejarla por ahí escondida y al día siguiente devolverla y asumir las consecuencias y con toda seguridad las mentadas. Gamaliel le había fallado. Era un hijo de la chingada. Si esos polis no le hubieran quitado el reloj, él hubiera mandado al carajo a Gamaliel y no se hubiera metido en este lío. Ahora tenía que esconder la moto en algún sitio. En un zaguán, quizás. ¿Y si se la roban durante la noche? Pero ni modo de meterla a su casa. Qué iba a decirles a sus jefes. Otra bronca. Se salvó el otro día pero ahora sí, quién sabe. A lo mejor los mecánicos del taller habían ido a buscarlo a su casa. Ora sí se iba a armar el desmadre. Ay, Diosito. Me “cai” que esta es la última que hago. Ya no vuelvo a ver a ese cabrón. Me las va a pagar. Y yo hasta creía que era buen cuate. Mejor que estén todavía ahí los mecánicos y pos que se lleven la moto y ya. Pero mi jefe me va a poner como campeón. Ojalá y no hayan ido a buscarla. Ya tengo bastante con juntar y reponer el dinero que me quitaron. A ver si algún cuate me la quiere guardar esta noche y así no se enteran en mi casa.
Julio llegó despacio a la calle donde vivía. Le extrañó que no hubiera nadie por ahí, porque no era tan tarde. Cuando estaba a punto de detener la moto se percató de la patrulla que estaba estacionada enfrente de su casa. Comprendió todo. Aceleró a fondo y la máquina reaccionó lentamente, lo suficiente como para ganarle la carrera a uno de los policías que ya venía corriendo sobre él. El azul dio media vuelta y corrió hacia la patrulla. Julio, con precaria destreza, se dio a la fuga. Con el rabillo del ojo vio a su mamá alegando con otro policía más. Sí. Los mecánicos lo habían localizado: pensarían que se había robado la moto; mandaron a la policía. Ya me chingué, ora sí, ora sí.
El viento le arrancaba de la cara las gotas de sudor helado que le brotaban de la frente. No sabía a dónde iba, pero estaba seguro de que el agua le había llegado al cuello. Quería encontrar algún lugar para dejar la moto y escapar a pie. Sentía la necesidad insoslayable de explicarles a sus padres que él no era un ladrón, que sólo había sido una travesura y que se había complicado todo, que eso le serviría de lección, que ya no volvería a ver a su amigo.
Julio oyó la sirena. De reojo alcanzó a ver la parrilla de la patrulla, un Ford 57, recién estrenado, con el ojo rojo sobre el techo, el ojo rojo y gritón del cíclope irracional de las tinieblas. No pudo hacer nada, ni siquiera meter los frenos cuando el coche de policía, prepotente, insolente, con la alevosía acostumbrada, se abalanzó sobre la moto que conducía, como jugando a los policías y ladrones, como queriendo terminar con las correrías de ese ladronzuelo, haciendo justicia por mano propia, fregando a ese pinche ratero. Primero fue el estruendo del impacto; después, el silencio mientras rodaba por el suelo; por último, un zumbido en los oídos, la quietud de los ojos mirando hacia arriba, el aire que se le escapaba, la extraña sensación de no sentir dolor y un profundo calor húmedo en el cuerpo. Las cosas perdían su sentido entre las estrellas de un cielo lejano, muy azul, muy distante, muy profundo, muy oscuro.
“Son chingaderas”, pensó Julio antes de morir.