Crinolinas
...por Sergio Perelló

Fin de semana


La niña blanca, con el pelo más negro que sus ojos, que son dos pedazos de cielo de noche clara, corre alrededor de la alberca de caprichosa forma arriñonada, sombreada por grandes jacarandas que, en flor, enmarcan este soleado día de abril.

La niña date cuenta con sus diez u once años, enfundada en un traje de baño de colores, avivados por el brillante sol de mediodía, se zambulle en el agua, bracea, sale, corre, retoza sobre el pasto grueso, bien cortado, de un hotel cualquiera de la ciudad de Cuernavaca. La oyes reír, gritar; la ves correr, caminar, jugar con sus padres y acaparar su atención mientras, aparentemente cansados, ellos se sientan a disfrutar del sol, de la sombra, del calor, del fin de semana. Tus padres, Alfredo, también descansan jugando cartas acogidos por la frescura de un viejo fresno.

Miras a la niña. Una inocente alegría le cubre la piel. El sol la transforma en tu pupila clavando en tu estómago la inmensidad de su brillo. Entre el pelo mojado que le cubre parcialmente el rostro, sus ojos aceptan por un momento tu mirada insistente. Sientes calor en las mejillas. Caminas despacio hacia la piscina con un turbado disimulo. “Ve a nadar”, escuchas que te dice una voz desde la mesa en torno a la cual se apoltronan tus padres. Antes de desearlo estás en la orilla del estanque. Los reflejos luminosos en las ondulaciones de la superficie del agua son cebo para tus ojos.

El calor creciente de tu cuerpo desea la frescura evidente del estanque. No te decides a tirarte al agua, a romper el sopor que te envuelve; lo dejas al azar, a la posibilidad de perder el equilibrio. Sobre la superficie cristalina ves el cielo, las hojas de los árboles, las ramas. Todo se acerca en un instante. Cierras los ojos. El agua esta más tibia de lo que quisieras. Giras, sacas la cabeza, respiras, nadas, ganas la orilla opuesta, te detienes, miras atónito. La niña, de pelo húmedo, con todo el sol del día sobre sus hombros blancos como crema, está en cuclillas frente a ti, mirándote a poca distancia, esperándote, borrando súbitamente de tu vista el paisaje circundante. A tus oídos llega su voz chiquilla invitándote a nadar juntos: “a ver quién llega primero al otro lado”, te dice mientras sales del agua dominando tu peso con los brazos. Antes de que sus palabras lleguen a tu conciencia ya estás otra vez en el agua, siguiéndola, braceando, tomando dirección a la orilla de enfrente. La sientes cerca. La piensas más cerca. Distingues las olas que ella provoca al nadar de las propias. Imaginas sus movimientos. Imaginas sus pestañas deformándose dentro del agua. Imaginas que el sol es un pálido reflejo de la luminosidad de la niña, cuyo nombre ignoras. Imaginas que las rojas flores de los colorines no igualan el fuego de sus labios, que el mar no tiene el brío de su cuerpo, que los destellos del acero brillan menos que su piel.

Cuando das la última brazada decides que ella te gusta. Has llegado primero, le dices, porque en tu escuela hay una alberca donde nadas cada semana, donde te hacen practicar diferentes estilos. Le explicas también que tu escuela es de hermanos maristas, no, que no son curas, contestas, que este año terminas la primaria, que te gusta el futbol... Te das cuenta que la estuviste viendo toda la mañana sin atreverte a hablarle, con miedo, sin saber qué hacer, que estuviste deseándola durante horas. Ahora lo piensas mientras hablas. Ella pregunta, tú cuentas; platican como lo harían dos viejos amigos que no se han visto durante años. Te asombras de tu capacidad de hablar, de tu soltura, del atractivo que ejerces también sobre ella, quizá desde que te vio. La sientes cómplice de tus deseos, tus fantasías, tus temores. En medio del fluir de las palabras percibes a tu abuela mirándote a lo lejos, detrás de la mesa donde están tus padres, detrás de las cartas que esperan ser jugadas, detrás de las gafas, detrás de la cara adusta, detrás de todos los santos del cielo.

Te llegan a la cabeza, con toda lentitud, con toda impertinencia, los pecados capitales, los pecados vitales, los pecados. Mañana regresas con tu familia a la ciudad. Mañana irás de nuevo al colegio a terminar la primaria. Mañana lo más importante confesarás a un cura los pecadillos de fin de semana. Mañana te arrepentirás. Pero, ¡Dios mío! Alfredo, hoy empiezas a hacer tu acto de contrición, casi un sacramento. Mañana harás la penitencia. Hoy te arrepientes de tus pecados, de los que no cometes todavía, de los que no cometerás, de los que te gustaría cometer —aunque sólo el pensarlo, sólo el sentirlo constituye ya el pecado. Te arrepientes. Te arrepientes de tu mirada libidinosa, te arrepientes de tu libertad, de tus deseos, te arrepientes de la debilidad de tu carne, de la piel de la niña, que guarda en cada poro la promesa de todo el calor solar de la primavera, te arrepientes de su pelo, del remoto deseo de acercarte a morder sus labios carnosos, inocentes, carentes de malicia, carentes de la idea del pecado, te arrepientes de querer sentir en tus manos la forma de su cintura a través de los colores de su traje de baño, te arrepientes de sus ojos color de noche, de sus manos, que adivinas frías, de un abrazo que aseguras imposible, de tus ojos tristes, de un beso que supones igual a los que ves en el cine. Te arrepientes, confuso, de arrepentirte también de tus deseos, de tu erección, de tu lujuria, de pecar sin pecar.

Te callas, Alfredo. Nadas alejándote, queriendo presumir, turbado, aturdido. Tu abuela en la mesa, donde juega cartas con tus padres, tira probablemente una sota de espadas. Tu padre sonríe satisfecho, pero ella frunce el ceño, no por el juego, seguro, sino por ti, por tu ligereza, tu veleidad, tu impureza, que ya la tenía inquieta. Pero estamos hechos de carne, de putrefacta y débil carne expuesta a todos los peligros, a todas las tentaciones, a las traiciones del demonio. Para eso está tu abuela, para prevenirte, para velar por ti, para ayudarte a salvar el alma, para vigilarte siempre desde su casta presencia, recordando el buen consejo de tus maestros, los hermanos de la Pureza de María Santísima, Virgen eterna, antes, durante y después del Parto, del Divino Parto, por milagro del Espíritu Santo, por la Gracia de Dios, Creador del Universo, Creador de todo lo que éste contiene, incluidos los pecados. Para eso está tu abuela, circunspecta, propia, ejemplar, otra vez virgen con el correr del tiempo, para eso está, para ayudar a tus padres y maestros en el difícil camino de la salvación de tu alma.

—¿Pero es verdad que todos los pecados mortales tienen la misma importancia?— Todos te condenan al fuego eterno, pero sólo Dios, que conoce en particular todas las almas, cada alma, sabe como Juez Universal la intensidad del castigo que debe infligir en cada caso. No es lo mismo, hijo, matar a un ser humano que tejerse una puñeta en una noche de insomnio. Incluso no el mismo hecho es siempre el mismo pecado; a veces hay una justificación. Matar es pecado, pero matar en defensa propia o matar a un reo condenado por la ley o matar al enemigo en una guerra justa, como todas las guerras que emprenden las naciones cristianas contra los paganos, ateos, comunistas, infieles, matar en esas circunstancias no es pecado. Reza seis Padres Nuestros que yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo... Pero yo no he matado a nadie. ¡Pero te agarras la pija antes de dormir! Eso, Alfredo, te condena al infierno por toda la eternidad, la eterna Eternidad. No te imaginas qué es la Eternidad. Piensa en una esfera de bronce del tamaño de la Tierra, flotando en el espacio, inmóvil, esperando que cada cien años, ¡cada cien años!, una paloma pase a su lado, una pequeña paloma insignificante al lado de la gran esfera de bronce, una paloma que discretamente roce con la punta del ala esa gran esfera, una esfera que no volverá a ser perturbada hasta cien años después por otra paloma que rozará apenas la esfera con la punta de una de sus alas. Cada cien años, Alfredo, hasta que la esfera de bronce empiece a desgastarse, hasta que el bronce macizo desaparezca en la última de sus moléculas, hasta que las humildes palomas hayan consumido la totalidad de la masa de bronce. Después de transcurrido ese tiempo, Alfredo, trata de imaginarlo, de sentirlo, después de todo ese costal de tiempo la Eternidad estará apenas comenzando. Estás aquí a prueba, para ver qué lugar tendrás en la eternidad. Eso te dice tu confesor, eso te dice tu abuela, eso te dicen algunos catecismos escatológicos, amarillistas, eso le dijeron también a Joyce, también lo escribió en algún sitio para sacudirse la Eternidad de encima, también lo leerás un día, Alfredo, cuando tengas edad para ello... En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén.

Han comido tarde, dormirán; te levantas, nadie parece notar tu discreta salida del búngalo, excepto tu abuela, quien, aprovechando, te hace acarrear con tus pequeños hermanos. Los dejas por ahí, en el pasto, cada uno cuidando del otro, llegas a los columpios, te meces, dejas que tus ojos amodorrados recorran las hojas de los árboles, ahora mecidos por el viento de la última hora de la tarde. Tu mirada flota hacia el ocaso huyendo, quizá, de algún pensamiento vacuo que te haría fruncir el ceño si lo reflexionaras. Te meces sin mucha fuerza, con laxitud. Te meces en el vaho de tu propio calor, en los trinos de los pájaros que buscan un lugar entre las ramas que sostengan su noche, te meces relajado, te meces flotando en el aire, te meces en tu ausencia. Transcurres por los minutos sin notarlo cuando la niña de tersa figura llega a tu lado sentándose también en los columpios, hablando, risueña, saltarina.

La niña te encanta. ¿Cómo no hablar con ella, de ella, si toda ella es belleza que te envuelve? Sus manos se agitan en el aire, su sonrisa se agiganta en tus pupilas mientras dice algo que ya no oyes. Sólo quieres estar ahí, que los columpios al mecerse se acerquen milímetro a milímetro. Quieres, sin querer, rozar su piel, esa piel enrojecida de sus muslos que se posan fuertes sobre el asiento de madera que se mueve, con los pies colgando, inocentes, sin afecciones, sin poses. Se mece en tu mirar, se mece en el interior de un instante que quisieras eterno, en una eternidad sin bronce, sin palomas, llena nada más de las formas de la niña. Sólo quieres tomar esas manos juguetonas entre las tuyas, pero no quieres que se rompa ese flujo de alegría que te invade. Sólo quieres detener el tiempo, ahora que la noche ya no deja a tu abuela vigilarte, ahora que el aire oscuro te aísla del mundo, de tus padres, de los hermanos maristas, de la escuela, del confesionario, del arrepentimiento, aislado de todo, como en la íntima soledad de cadaa una de tus noches antes de quedar dormido, pero ahora aislado junto a ella.

¿Por qué, justo ahora, tienes que acordarte del arrepentimiento? Justo ahora que ella baja del columpio tímidamente para acercarse a ti, que te sonrojas, que enmudeces, que comienzas a sentir el ardor del pecado o de la promesa de un pecado, cuando ella llega a acercarse con distracción mal fingida, cuando llega el primer roce de piel, sin querer, con la pantorrilla; precisamente ahora tenías que sentir remordimientos, culpas, confusión, ahora que has descubierto el primer brote de libertad. Cuando realmente casi sientes a Dios, te tenías que acordar de los sermones de sus representantes en la Tierra, te tenías que acordar ahora del demonio, que seduce la carne envolviéndola con fáciles lisonjas, te tenías que acordar del lugar que quieres ocupar en la Eternidad, ahora que empiezas a sentir la inminencia del calor de su muslo apretado contra el tuyo, cuando ves su mirada perderse en la tuya, cuando adivinas su aliento, cuando ves su sonrisa en tus entrañas, con un temor atávico que empieza a recorrerte los huesos. Sus ojos negros como la noche empiezan a reflejar la decisión que estás a punto de tomar, miran tu indeterminación, tu conflicto, pero desatan la lujuria negros sentimientos envueltos de oscuridad. Crees ver que su pelo, cual pelo de Medusa, te petrifica engañosamente haciéndote desear, como a Fausto, que el dulce instante se detenga, se vuelva eterno; pero descubres la mentira, descubres que en ese aparente tierno instante se encierra la tentación absoluta, el fracaso de la moral, la perdición eterna, el infierno, la venta del alma. Tu debilidad ha sido tentada, pero tú no eres débil. La continencia vencerá a la seducción.

Cuando la niña dulce, inocente —que tú ya ves perversa, tentadora—, ante tu silencio, tu inmovilidad, coge interrogante tu mano, te excusas diciendo que crees que te llaman, que vas a ver, que es tarde. Te alejas confundido, con paso zigzagueante, triunfante ante el pecado, frustrado ante el deseo de tu ser profundo, íntimo, vrdadero. Hubieras querido oír realmente la protectora voz de tu abuela llamándote, evitando tener que dejar a la niña blanca de los ojos de noche por tu propia voluntad, dejar que pase el precioso instante por miedo, avergonzado ante la niña, que seguramente esperaba otra cosa de ti, avergonzado ante ti mismo que no sabes lo que en realidad esperabas de todo esto.

Para ti, Alfredo, ha terminado el fin de semana, pero no para la niña. La ves caminar despacio, como indiferente, hacia la alberca iluminada ya con potentes faros subacuáticos, donde otros niños como tú disfrutan alegres de la joven noche, se confunde con ellos. Tú la observas de lejos sentado junto a tu madre, quien lee una revista sin reparar en tu mirada húmeda, perdida en los reflejos del agua de la alberca en cuya orilla un niño juega a empujarse con la niña, abrazándola para no caer cada vez que pierde el equilibrio. Juegan todos de la mano, entrelazando los dedos, compartiendo la alegría de la niña del traje de baño de colores, que aun en la noche sigue reflejando con su piel toda la intensidad del sol de Cuernavaca en un claro fin de semana. Juegan mientras tu abuela ha terminado de dormir a tus hermanos. Juegan mientras tu abuela, siempre pendiente de todo, te pregunta por qué lloras.


© Sergio Perelló
 Tiene muy buenos vínculos
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