Parecía como si estuvieran hechos de sentimientos sobrepuestos sin ningún orden, deseos nunca recompensados que se acomodaban uno encima del otro sin llegar a construir una personalidad definida. Y como olas que rompen recurrentes y rítmicas sobre una playa, esos apetitos insatisfechos iban cubriendo sus palabras, sus ademanes, sus actos, hasta dejarlos inmóviles, oliendo el paso de la vida como si fuera ajena, hasta dejarlos como presa del devenir.
Eran extraños. Como que desencajaban en esa colonia de la ciudad de México, pero seguramente eran chavos normales y casi puede decirse que tranquilos porque sólo respondían violentamente si eran agredidos franca y directamente. Quién sabe dónde vivían, pero sería cerca porque siempre andaban por ahí en esas calles, sin mucho que hacer. No se vestían precisamente mal, pero tenían evidentemente otros gustos, otra forma de peinarse, otros modos, como de barriada, distintos, ajenos. Eran seis o siete, a veces sólo tres. Solían juntarse en alguna esquina a la caída de la tarde. No espantaban a nadie pero se veían raros. No faltaba quien dijera que afeaban la colonia, que eran malvivientes y que un día pasaría algo por culpa de ellos. Algunas familias les prohibían a sus hijos juntarse con esos “pelados”. Otros jovenzuelos de por ahí tenían alguna relación esporádica con ellos: un saludo, pequeñas bromas, como si con ello rechazaran la ola de prejuicios que sobre los extraños se volcaba, pero no podía decirse que había amistad. En cierta forma eran reservados, discretos a fuerza de bromas y metáforas. Ni esos pocos que se les acercaban sabían con certeza quiénes eran ni de dónde venían.
Parecía como si no tuvieran nada qué hacer y apenas el llamado de la carne los movía de su holganza. Solían piropear a las sirvientas jovencitas, pero no pasaba a mayores. Fuera de eso no molestaban a nadie. Con las hijas de familia no se metían, nomás las veían pasar como pastel de otros, las revisaban de arriba a abajo con mal disimulada discreción, como no queriendo despertar la irritación de los dueños. No robaban ni se emborrachaban ni hacían escándalos, pero algunas personas se sentían agredidas con su mera presencia. Los extraños se juntaban por aquellas calles y hablaban entre ellos, miraban y se reían y a veces, cuando intercambiaban algunas casuales palabras con algún joven de por ahí, eran impersonales, siempre evasivos, puros lugares comunes, frases hechas, un chiste, el clima, un albur: no compartían lo propio ni pretendían intimar. Se plantaban en una esquina sin hacer nada, como quien espera ser invitado a una fiesta o a entrar en una casa. Pero no: nadie los invitaría. Nadie los integraría ni les ofrecería amistad y ellos lo sabían, como si fuera un conocimiento instintivo. Eran extraños, extranjeros y por lo tanto, como si fuera una consecuencia natural, indeseables. No caían bien a la gente, aunque los toleraban, si tolerancia era no echarles encima a la policía. Nadie sabía qué buscaban, pero era evidente que ellos sentían el rechazo y sabían que su presencia era provocativa. Tenían una actitud recelosa, casi sospechosa. Parecía como si conspiraran. Y en efecto a veces conspiraban.
María era un sirvienta que trabajaba con una viejita en un departamento del edificio de la otra esquina. Traía jodidos a casi todos los chavos desde que llegó a trabajar a esa colonia. Era bastante atractiva aunque, según los cánones prevalecientes entre la gente que habitaba esas colonias en ese tiempo, no podía decirse que fuera guapa: de unos dieciséis o diecisiete años, estatura mediana, ojos negros y vivarachos, rasgos redondeados y carnosos, tez morena, cuerpo frondoso y bien formado, cadera ancha. Pero lo que la hacía especialmente apetitosa era su manera cachonda de caminar y moverse. Ella hacía el mandado en las mañanas y le encantaba ir de aquí para allá, de una tienda a otra. En la tarde salía varias veces a comprar cualquier cosa que le mandara su patrona; y luego el pan, al anochecer, para la merienda.
Los adolescentes se juntaban en bolitas y la chuleaban, le decían cosas y hasta se daban empujoncitos con ella, lo que parecía no molestarle en absoluto. Los padres de familia ya habían empezado a reprimir esas confiancitas poco educativas con una mucama y alguna mamá se había atrevido a reclamarle directamente a María su comportamiento provocativo. Ella no decía nada. Humillaba el gesto y por un momento reprimía esa sonrisa fresca y seductora que traía babeando a los chavos que tenían tiempo para observarla. Parecía saber con seguridad que su campo de acción era otro: el de los adolescentes, ante quienes parecía desplegar todo su encanto, el caminar cadencioso, el contoneo de las caderas, la mirada risueña, la respuesta concisa a cualquier pregunta. Su condición de sirvienta no la acomplejaba ni la disminuía, para envidia de más de una ama de casa que queriendo ganarse las miradas masculinas se sentía aventajada por María. Decíase además que prodigaba sus favores a quien sabía cortejarla, aunque nadie podía afirmarlo por experiencia propia. En fin, una joven como cualquiera, con ganas de rozarse con la vida.
—Ya cálmense —dijo Juan Pablo con el aplomo y seguridad que lo caracterizaban—. Al ratito pasa por acá.
Juan Pablo fumaba mientras el Canche se golpeaba la palma de la mano izquierda con el puño derecho fuertemente cerrado y producía un chasquido que iba marcando los segundos que pasaban, como queriendo apresurarlos, como queriendo que llegara el momento, que apareciera María como cada noche, saliendo de la esquina, caminando hacia la panadería, moviendo sus portentosas caderas, las manos en los costados rozando la ligera falda sin crinolinas, haciéndose desear, mirando a los muchachos de reojo, como incitando, como pidiendo atención. Sus meneos desquiciaban también a los intrusos. Esa noche sólo se habían juntado cuatro.
—¿Y si no quiere? —preguntó Rodolfo.
—Le damos un jalón a lo oscurito —contestó Juan— Pablo.
—¿Y si grita? —insistió Rodolfo.
—Le ponemos sus chingadazos para que se calle —terció el Canche.
—¡Qué va a gritar! Tiene ganas —tranquilizó Luis.
—Ahí viene —dijo Rodolfo.
—¿Cómo sabes que es María?
—Por la forma de agitar las nalgas —insistió Rodolfo riendo sarcásticamente.
—Préstame atención —albureó Luis con malicia.
—¡Chitón! Ya se acerca —dijo Juan Pablo acompañando sus palabras con un gesto autoritario.
—¿A quién le toca primero? —interrogó Luis con nerviosismo.
—¿A quién crees, pendejo? —contestó el Canche mirando con desprecio a Luis.
—¿A quién, güey? —insistió Juan Pablo sin voltear a ver a nadie.
—Pues a ti, ¿no? —repuso el Canche suavizando el tono de voz.
Una figura femenina se acercaba a la zona tenuemente iluminada por la luz del farol. Era María. Se contoneaba como siempre. Se había acostado con varios, según se rumoraba. A esa hora iba por el pan. A ellos no les hacía caso cuando le hablaban. De todos modos derramaba coquetería en su modo de andar y mirar. Los del edificio donde trabajaba ya se la habían tirado, juraban. Bajo el farol resaltaban sus caderas, sus senos, sus brazos descubiertos, sus macizas pantorrillas. No había querido coger con ninguno de ellos. Ya salía del haz de luz. Nada más los alborotaba y a la mera hora no daba jale. Venía hacia ellos. Esa noche se iban a desquitar. Tenía que pasar frente al zaguán del edificio y ahí la empujarían hacia dentro. Ahora se iba chingar: se la iban a tirar los cuatro. Tenían suerte: no venía nadie más por la calle. Primero Juan Pablo, luego el Canche. Ya estaba cerca. Después Rodolfo y al final Luis. La llevarían al patiecillo de atrás del edificio donde ponían los botes de basura y a dónde daban las ventanas de las cocinas. Era un lugar bien oscuro, y ahí mero se la dejarían ir a la gatita esa.
—¡Me lleva la chingada! —dijo Luis viendo que alguien, a unos cincuenta metros, doblaba la esquina y se dirigía hacia ellos.
—Vale madres —repuso el Canche. No lo pelen, al fin que casi no se ve nada.
—¿Y si María se pone a gritar como loca? —insistió Rodolfo.
—Le doy un putazo —dijo el Canche golpeándose la palma de la mano.
Ellos estaban del otro lado de la calle, en la acera de enfrente, esperando el momento preciso para atravesarse y dizque hablarle a María, como otras veces, y ella decir que no, que cómo crees, que yo no soy de esas, y echar una sonrisilla de reojo y seguir meneando el culo para calentar al personal. Pero esta vez Juan Pablo le daría, entre risitas y manoseos, un empujoncito adentro del edificio al que ya le habían quitado los dos focos que medio alumbraban la entrada y el pasillo de la planta baja, y los otros se atravesarían la calle corriendo, la agarrarían entre todos y ¡chíngale!
—Órale. Póngase vivos. Ahí voy —dijo Juan Pablo con nerviosismo. Con paso garboso atravesó la calle.
—Que se apure —dijo Rodolfo para sí . El tipo ese todavía está lejos, pero que se apure, chingada madre.
—No seas culero —dijo el Canche—. Aunque estuviera aquí mismo. Más le vale que se haga pendejo o me lo chingo —dijo mientras acariciaba la navaja de resorte que traía en el bolsillo de la chamarra.
—Hola, María —se oyó decir a Juan Pablo.
María no contestó. Miró un brillo que adivinó malévolo en los ojos del muchacho y aceleró el paso. Una sensación de miedo corroboró un peligro inusual y quiso correr.
—No le saques. Ora te chingas —terminó diciendo el perseguidor mientras sujetaba a María con fuerza por la cintura impidiendo que corriera.
—Déjame, tú —se alcanzó a oír mientras los otros tres corrían hacia el lugar. Ya Juan Pablo la estaba arrastrando hacia dentro cuando llegaron a ayudarle.
—¡Suéltenme, cabrones! —gritó María cuando sintió que la inmovilizaban entre todos.
El Canche le soltó el primer madrazo con saña inaudita. Luis y Rodolfo contribuyeron con algunas cachetadas y coscorrones. La sangre manó del pómulo derecho de María y casi perdió el conocimiento. Llegaron al traspatio cargándola entre gemidos de dolor y manoseos llenos de lascivia. La arrojaron en un rincón, detrás de los botes de basura, y el Canche le dio otro golpe seco en la boca del estómago para evitar que gritara. Ella se desmayó.
—Ya párale, pendejo. Nos la vas a dejar inservible dijo Luis en voz baja.
—¿A quién le dices pendejo, hijo de tu reputa madre? —gritó el Canche enfurecido.
—Cállense y deténganla —cortó Juan Pablo mientras se desabrochaba el cinturón.
Los tres obedecieron. El Canche la sujetó fuertemente por detrás e hizo que levantara los brazos por encima de la cabeza. Luis y Rodolfo le subieron la falda hasta la cintura y le inmovilizaron las piernas. En medio del llanto convulsionado por el dolor de los golpes, ella exigió que la soltaran. Levantaron las piernas de María y las separaron con fuerza. Metieron una rodilla bajo sus nalgas para subirla hasta la altura del sexo de Juan Pablo. Medio inconsciente, María trataba de defenderse con movimientos bruscos, pero era impotente frente a la fuerza desproporcionada de los cuatro hombres que la aprisionaban.
—¡No quiero! ¡Así no quiero! —gritaba María con voz pastosa y entrecortada.
Juan Pablo le arrancó las pantaletas de un sólo tirón y terminó de bajarse el pantalón y los calzones hasta la mitad de los muslos dejando en libertad el erecto pene. Rodolfo tapó con una mano la boca de María para ahogar sus gritos. Juan Pablo se hincó frente a ella y la penetró de un solo empujón. Le apretó con fuerza un seno hasta hacerla llorar como una niña convulsionada. En menos de medio minuto el semen fluyó dentro de ella en borbotones calientes. Pocos momentos después, aún con el falo latiendo, Juan Pablo se retiró despacio y jadeante del interior del maltratado cuerpo de María. El semen le escurrió por las nalgas hasta caer al suelo. Juan Pablo había terminado y se estaba subiendo los pantalones.
—Es mi turno —dijo Luis.
—¡Sácate! —dijo el Canche a la par que tiraba un golpe a la cabeza de Luis.
—¡Quietos! —ordenó Juan Pablo—. Le toca a Luis.
—¿Por qué? —gritó enfurecido el Canche.
—Porque se me hinchan los huevos —concluyó Juan Pablo, sin más.
Cambiaron de posición para ocupar sus respectivos lugares. María dijo llorando algo ininteligible. El Canche le asestó otro golpe en el vientre y después la agarró del vello púbico y jaló con fuerza. Juan Pablo le dio una bofetada al Canche y éste soltó a María que lloraba adolorida y emitía un quejido muy agudo.
—No le vuelvas a pegar, hijo de tu pinche madre —dijo Juan Pablo apuntando con el índice tenso el entrecejo del Canche.
—¡Qué te importa! —contestó el interpelado—. Es sólo una méndiga gata.
—¡Ya te dije que no le vuelvas a pegar o te las vas a ver conmigo, cabrón!
Levantaron a María y Luis se bajo con nerviosismo los pantalones. Mientras con una mano trataba de acariciar los muslos y el vientre de María, con la otra maneaba con rapidez su propio sexo flácido y desfallecido.
—Quítate, pinche puto —dijo el Canche apartando de un tirón a Luis y poniéndose entre las piernas de María.
—Pásate para allá y déjalo coger mientras se te para, güey —ordenó Juan Pablo a Luis mientras Rodolfo se reía histéricamente y ahogaba los gritos de María apretándole el cuello.
El Canche se desabrochó el delgado cinturón de piel, se abrió la bragueta y sin bajarse los pantalones se sacó la verga a medio parar entre una selva de pelo negro. Sosteniéndola con una mano la colocó despacio entre los labios húmedos y pegajosos de la vulva escarnecida y la restregó hasta que se endureció lo suficiente. Con los ojos casi saliéndose de sus cuencas el Canche penetró con violencia en el sexo de María como queriendo lastimarla, hacerle daño, humillarla. “Toma, perra”, decía cada vez que empujaba su sexo como queriendo desgarrar las entrañas de la muchacha. En diez segundos sintió la inminente eyaculación y sacó de un golpe el pene. Derramó el semen sobre el vientre de María, sin tocarla, sin contacto alguno, sin hacer el menor gesto, sin que su cara denotara lo que ocurría. Su cuerpo tampoco se estremeció. Sólo su pene y su rencor habían estado en contacto con la muchacha. Por último le dio una sonora bofetada. Se disponía a darle otro golpe cuando Juan Pablo le asestó al Canche un fuerte puñetazo en la oreja que le arrancó un sonoro aullido y lo arrojó a dos metros del rincón donde estaban amontonados.
—Ya me cagaste el palo, pendejo —espetó Juan Pablo en forma retadora y terminante.
“Ya me la ensució”, pensó Rodolfo, quien sin dejar de reír se disponía por fin a hacer uso de su turno. Soltó a María y ésta, llorando, intentó incorporarse. Juan Pablo, mientras tanto, le hacía frente al Canche, que ya quería pleito con él. Sólo Luis estaba deteniendo a María. Sin saber cómo ponerla quieta le pegó en la cabeza reiteradamente hasta dejarla inconsciente. Unas titubeantes sombras aparecieron en el umbral de la puerta del edificio y Luis alertó a los demás.
—¡Aguas! ¡Aguas! —se oyó mientras dos hombres entraban al patio con movimientos inseguros pero vociferando y gritando con la demasiada obvia intención de apantallar. Juan Pablo, sin dejarse impresionar, dio un paso hacia ellos. El Canche, que ya había sacado la navaja para pelear con Juan Pablo, volteó su filo hacia los intrusos y de un salto llegó sobre uno de ellos clavándole los quince centímetros de acero en el cuello. El otro hombre trató de huir pero Juan Pablo lo pescó de los cabellos y de un tirón le hizo perder el equilibrio. El desconocido trastabilló y Rodolfo, sacando a flote todo el odio que la frustración le daba, le dio una patada que por azar pegó en la nuca haciéndolo caer al suelo como un guiñapo sin vida.
Dejaron a María sangrante y tirada al lado de los botes de basura mientras los cuatro corrieron hacia la calle. Una señora que había atisbado tímidamente parte de la acción a través de la ventana de su cocina los maldecía desde la escalera penumbrosa: “ya sé quiénes son, desdichados”, gritaba. “A ti también te la voy a meter, pinche vieja”, recibió como repuesta. Huyeron en parejas del lugar. Rodolfo y el Canche por un lado, Luis y Juan Pablo por otro. En la despavorida escapada alguien se les atravesó y sólo se llevó un empellón que lo arrojó a media calle. “Tuvo suerte el cabrón”, diría más tarde Luis muerto de risa. “El que no va a tener suerte es Juan Pablo. Ya me tiene hasta la madre ese desgraciado”, repuso el Canche con un odio salvaje agolpado en el gesto y en los desorbitados ojos.
Al del navajazo en la garganta pudieron salvarlo a pesar de haber perdido mucha sangre, pero el de la patada en la nuca, un vecino del mismo edificio, ya estaba muerto cuando llegaron los de la Cruz Roja. María tardó dos o tres días en salir del estado de coma y terminó por sobrevivir y recuperarse parcialmente de las heridas físicas, aunque ya no volvió a hablar normalmente. La identificaron como la sirvienta de un departamento del edificio de la esquina. Cuando el del navajazo ya pudo rendir su declaración dijo que vio cuando los cuatro tipos esos metían por la fuerza a una muchacha al edificio. Afirmó que los había seguido con prudencia y le pareció que la estaban violando. Esperó a que llegara alguien más para entrar hasta el fondo del patio y ver si podían hacer algo, pero fueron atacados por sorpresa. Una señora aseguró que esa muchacha hacía tiempo que andaba provocando a los hombres. Un chavo de otro edificio, bajo tortura leve confesó que él se había acostado con María y que le constaba que no era virgen. Alguien más también la inculpó diciendo que se la pasaba calentando a los jóvenes de la colonia y que por andar de puta tenía bien merecido lo que le había pasado. El Ministerio Público fincó responsabilidades penales sobre María. El incidente, se dijo, no podía calificarse como violación, porque había pruebas de que ella había consentido en estar con esos jóvenes haciendo lo que hacía en ese lugar y en ese momento, por lo que se le acusaba de prostitución, conducta causante de homicidio y encubrimiento de cómplices. No se supo mucho más de la muchacha. Nadie volvió a preguntar por ella.
Durante varias semanas la tira buscó sin éxito a los culpables del homicidio y las lesiones. Andaban lejos. Parece que después se juntaron para dirimir ciertas cuentas pendientes que les quedaban. Llegó el rumor de que se habían trenzado entre ellos en un pleito grueso. Se dieron duro. Dicen que uno murió: no importa mucho quién fue. Nunca más se les volvió a ver por allí.