Crinolinas
...por Sergio Perelló

El heredero


El l 6 de junio de 1966 nació César en medio del regocijo familiar. Siendo el primogénito de Fernando y Susy y el primer nieto de don Mario y doña Josefa, padres de Susy y renombrados banqueros de la entonces todavía hospitalaria ciudad de México, de inmediato se le programó al niño su futuro con detalles y pormenores. Se cifraron en él todo tipo de ilusiones y promesas. Se le hizo deportista, científico, empresario de teatro, político carismático y honrado, galán del cine nacional, astronauta, eminente cirujano, playboy, dirigente de las Naciones Unidas, ganador del torneo abierto de los Estados Unidos, embajador, descubridor de nuevas fuentes de energía, premio Nobel de física, corredor de bolsa, traficante de bienes raíces, estudioso del eslabón perdido, industrial, pintor neoclasicista, presidente de la República, ingeniero biocibernético, coleccionista de incunables, inventor de la vacuna contra el cáncer, almirante inglés, productor de cine y por supuesto banquero, lo cual parecía más viable dado el contexto familiar. Cada quien dio razones y argumentos para defender su propio augur sobre el deseado porvenir del infante. El orgulloso padre sólo quería que fuera contador, como él. Nadie, sin embargo, habló de la posibilidad de otros modestos oficios igualmente existentes aunque no tan nobles a la vista de la prosapia familiar: periodista, agente de ventas, carpintero, proxeneta, guarura, filósofo, checador de tiempos en la Secretaría de Hacienda, maestro rural o simplemente puto, en cuyo caso la familia, de inmediato, lo hubiera hecho obispo.

A los tres días de edad el vástago había recibido los más entrañables e insólitos regalos, desde las consabidas chambritas hasta una réplica en yeso tamaño natural del Moisés de Miguel Ángel. Don Luis, padre de Fernando, se atrevió a decir que hubiera sido mejor un réplica de Ana Bertha Lepe. No causó gracia.

Cuando César cumplió tres años, don Vicente, su abuelo materno, le regaló un tren eléctrico a escala que ocupaba ciento sesenta metros cuadrados y comprendía, además de la póliza de garantía, catorce locomotoras, sesenta y siete vagones y un técnico para operar el tablero de control. Doña Josefa, esposa de don Vicente, madre de Susy, suegra de Fernando y abuela del nene, perspicaz como siempre, complementó el regalo dándole a Cleofas, el jardinero, un uniforme completo de “porter” para ambientar el contexto y por si al niño se le ofrecía algo mientras jugaba al trenecito. En el jardín de la casa de Las Lomas se construyó un lugar especialmente acondicionado para instalar el regalo del abuelo, justo en la parte norte, a un ladito del frontón.

Por su parte Susy le regaló al niño unos conmovidos versos de propia manufactura con todo el amor de madre:

     Estrellita que has llegado
     a este mundo en sufrimiento,
     mis deseos has llenado
     con tu risa y tu contento.
(etcétera)

Fernando, el padre, se mostró orgulloso y satisfecho de los tres años del niño y de la sensibilidad poética de su esposa.

* * *

A los cinco años de edad César era un prometedor portento. En palabras de la tía Federica, hermana de Fernando, Cesarito era un verdadero estuche de monerías. Para Susy, la cada día más guapa madre, César era lindo, simpático, de buenos modales y harto cariñoso. Según Fernando, el niño era verdaderamente inteligente para su edad, pues estaba a punto de aprender a leer y ya sabía canturrear algunas cancioncillas.

* * *

A los siete años de edad César cantaba las mismas canciones que le habían enseñado a los cuatro pero con mejor entonación que entonces y con las que se atosigaba a las visitas que por cortesía hacían algún comentario benévolo del infante. Y además, presumía la tía Federica, cuñada de Susy, Cesarito ya sacaba en el piano algunas melodías con un dedito, las que interpretaba con cierta corrección rítmica, y con dos dedos era capaz de tocar inclusive Los Changuitos. El padre, quien convalecía de una intervención quirúrgica de abdomen que le habían practicado de emergencia para extraerle los pedazos de vidrio que alcanzó a tragar cuando había intentado, como los rusos, según explicó después, comerse un vaso en una noche de farra con sus viejos compañeros de la escuela, aseguraba que su hijo ya sabía sumar, tenía un considerable léxico en inglés (con muy mal acento, pues era el propio Fernando quien le enseñaba) y empezaba a multiplicar por pura deducción lógica basado también en las enseñanzas paternas, lo que no era difícil, aseguraba Susy, puesto que Fernando multiplicaba mejor de lo que hablaba inglés. Por su parte la madre se deleitaba oyendo los intentos de su hijo por leer en voz alta poemas de Manuel Gutiérrez Nájera y de Espronceda que, por supuesto, el infante no entendía...

     ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
     La Europa os brinda espléndido botín:
     sangrienta charca sus campiñas sean,
     de los grajos su ejército festín.
(etcétera)

A lo cual el padre, con austero gesto, agregaba que se estaba alimentando el infantil espíritu con aires anarquizantes y pequeñoburgueses.

El joven heredero, en cambio, podía memorizar ciertamente con facilidad prodigiosa géneros poéticos algo más sencillos:

     Luna, luna,
     dame una tuna.
     La que me diste
     se cayó en la laguna.


Versos que llenaron de complacencia a Romualda, esposa del primo de Susy, cuando después de muchos años de no verse los dichos primos —debido al rompimiento de relaciones entre los padres de Susy y los de su primo, es decir, entre don Vicente y su hermano a causa de una disputa por el rancho familiar— Romualda y su marido fueron a casa de Susy y Fernando después de encontrarse casualmente en una joyería de Cinco de Mayo, donde se reconocieron y perdonaron mutuamente los agravios familiares y se formalizaron de nueva cuenta las relaciones mediante un abrazo que además de provocar los celos de Romualda, quien estaba presente, desde entonces se llamó “El abrazo de Cinco de Mayo”, trascendente porque marcó el reinicio y normalización del amor entre las rancias familias de los abrazantes.

* * *

A los ocho años de César, don Vicente, abuelo del niño y tío del primo de Susy, desde hacía un año recibía semanalmente la visita de su sobrino. Se complacía en enseñar al niño a pelotear en el muro del frontón de la casa del propio don Vicente en la avenida de Los Insurgentes, frontón que por cierto hacía las delicias de los amigos del primo de Susy.

Andrés, que así se llamaba el primo de Susy, había reanudado de manera sumamente estrecha las relaciones con la familia de su tío. Como ya se dijo, desde “El abrazo de Cinco de Mayo”, hacía de ello ya un año, visitaba al tío Vicente dos o tres veces por semana, al principio acompañado por Romualda y posteriormente por sus amigos. Andrés no iba con la frecuencia que hubiera deseado a casa de Susy en Las Lomas porque no soportaba a Fernando, decía, por imbécil, y prefería ver a su prima en la casa de la avenida de Los Insurgentes.

* * *

A los nueve años de edad César estaba en tercer año de la escuela primaria y sabía infinidad de cosas (como cualquier niño de tercero de primaria). Hay que decir que la escuela donde asistía el chico era de las mejorcitas de la ciudad de México, de los padres-no-sé-cuántos. Fernando, aunque ateo por convicción, era muy comprensivo y respetuoso de las costumbres y creencias ajenas, por ello y para no lastimar innecesariamente a los abuelos de su hijo, había accedido a que ingresara al colegio Cristóbal Colón, no sin antes declarar con firme voz de barítono (lo mejor de su personalidad) que él, Fernando de Tal y Cual era laico y no sólo liberal, como todos sabían, sino que profesaba y creía en el marxismoleninismo; y agregó rotundamente que tal ideología era la única solución a los problemas del pueblo y de los pobres y oprimidos del mundo, con quienes se identificaba profundamente —según dijo— desde sus días de estudiante. Doña Josefa, su suegra, abuela del niño y esposa de don Vicente, prudente como siempre, se santiguó discretamente antes de asentir sonriente con un movimiento de la cabeza, no sin dejar de preguntarse si el tarado de su yerno no se daría cuenta que estaba casado con la hija de un banquero y viviendo con sobrada comodidad de los bienes de la familia hiperburguesa que según sus inclinaciones manifiestas debería rechazar.

* * *

El seis de junio de 1976 César cumplió diez años. Para ese entonces ya rezaba el rosario, se sabía los misterios, respondía la misa en latín y era el espiritual orgullo de Clementina, nana de Susy y ama de llaves del joven matrimonio (al menos ella lo veía joven). Casualmente ese día, dicha joven pareja cumplía de casada diez años cinco meses y catorce días. Al enterarse de tal coincidencia la hermana de Fernando (la tía Federica, quien además de tener fe ciega en Santa Rosa de Lima, gustaba de asistir a reuniones espiritualistas e introducirse en las prácticas de la numerología y la geomancia a través de un libro que llevaba por título La Kábbala al alcance de todos y al que a todos recomendaba), proclamó frente a la concurrencia (para vergüenza de unos, sonrojo de otros y sorna de los más), que los números que componían el tiempo que llevaban de casados los padres, operacionalizados a través de ciertas reglas de la ciencia oculta de los números con la fecha de nacimiento de su sobrino, la fecha presente, la fecha en que el amable lector está leyendo estas cosas, el signo del zodíaco y todo dividido entre el mágico seis, daba por resultado una cifra que convertía a Cesarito en un predestinado: había sido llamado por el hado a ser un iluminado, uno de los Grandes Iniciados. Los signos, insistió, eran claros y su destino con toda seguridad también habría sido escrito por el dedo de Dios, como el de la Patria.

El ungido, el tocado por los números herméticos, el elegido, puso cara de estúpido y sonrió.

Entre el rubor de unos, el gesto burlón de otros y como siempre —igual que el día que se casó en la Catedral Metropolitana, como correspondía a la dignidad de la familia, según palabras de don Vicente— la respetuosa y afable comprensión de Fernando, Federica abrió un pequeño libro de citas incidentales para toda ocasión (como el pequeño libro rojo de Mao, pero de color azul) y leyó dos o tres cosas alusivas a la magia de los números, con lo que quedó demostrado que todo cuanto acababa de decir sobre las glorias de César era absolutamente irrefutable. Nadie entendió nada pero quedó claro que cuando Fernando y Susy se casaron Cesarito, en efecto, ya estaba predestinado.

A los pocos meses Fernando, quien otrora había interrumpido durante varios años lo que llamaba su noviazgo con Susy para completar su formación profesional y obtener un posgrado en alguna universidad inglesa, decidió que era llegado el momento de introducir a su hijo en los placeres de la ciencia económica y en consecuencia lo atiborró con augusta paciencia de los elementales conceptos de la materia, indispensable, decía, para entender el funcionamiento de la sociedad, el universo y el alma humana. Para afirmar sus esfuerzos dejó al alcance del niño —para más datos, encima de la mesita de noche— el Tratado de Economía Política de Nikitín.

* * *

Al cumplir los once años, en consecuencia, César, quien hasta entonces se había hecho eco de cuanto decía su madre, es decir, repetía todo lo que ella hablaba, ahora también empezó a repetir las pendejadas que decía su papá sobre cómo funcionaba la economía mundial, lo que a su vez había aprendido a repetir a pie juntillas de su maestro en Londres, quien a su vez era marxista (marxista británico), puesto que en México Fernando, el yerno de don Vicente (quien aseguraba que el marido de su hija no tenía ni la más remota idea de lo que era la economía y lo demostraban las aberraciones que cometía en el banco), había estudiado contabilidad, profesión de gente decente, por lo que no se sabía bien si su estancia al otro lado del Atlántico le había sido benéfica o más bien había venido a terminar con lo poco útil que pudiera haber sabido anteriormente. Parecía haber olvidado lo que enseñan en contabilidad, decía don Vicente, don Chema, según lo llamaba don Luis, abuelo paterno de César y padre también de Federica, cuando coincidían en alguna celebración, por lo que don Vicente soportaba difícilmente a su consuegro, por más que su mujer, doña Josefa quien según Susy consentía excesivamente a Cesarito , le pedía que tolerara cierta ausencia de buenos modales y otras bestialidades de la familia política, pues siendo Susy la única descendiente del matrimonio (porque el Buen Dios así lo había querido), estaban jodidos si tenían que hacerse la vida pesada por pequeñeces y recordábale entre dientes a Vicente que de buen apuro los había sacado el tal Fernando al casarse con Susy estando embarazada de aquel petulante que fue su novio de toda la vida y que por cuatro años se le habían abierto las puertas de la casa de Los Insurgentes para que cortejara a la niña hasta que un día resultó que se la tiraba y el muy ganapán la repudió alegando que ya no era virgen cuando se la llevó a la cama y que si lo obligaban a casarse haría un escándalo que hasta en los periódicos de su papá saldría la noticia y eso, dijo don Vicente, el escándalo público, ¡jamás! Y de tan buena cuna que parecía el pelafustán. ¡Qué escarnio! Y doña Josefa le seguía recordando a su marido que a punto estaban del sacrílego aborto cuando echaron mano de Fernando, quien en ese momento regresaba de Europa, así evitando un bochornoso desenlace del episodio amoroso de Susy con el garañón aquel. De ahí que lo que había sido un breve romance de manita sudada entre Fernando y Susy, cinco años antes de casarse (que duró las escasas dos semanas que los padres de ella tardaron en enterarse que la ingenua de su hija coqueteaba con ese arrimado amiguete de Andrés, carente de clase, de hacienda y de linaje), se convirtió oficialmente en una separación temporal por motivos de estudio del muchacho (quien finalmente resultó ser modesto pero trabajador, feo pero tierno, sin noble apellido pero con ciega lealtad, sin alcurnia pero sin pesadas tradiciones que arrastrar, moderno, viajado y sobre todo con ideas propias, según empezó a correr la versión entre las amistades familiares), habiendo regresado para cumplir con una supuesta promesa de boda emanada del profundo amor que había surgido entre ellos por correspondencia (así le llamaban al par de cartas sin respuesta y la media docena de postales que le envió Fernando a Susy a lo largo de esos años) mientras estaba en Londres, en donde en realidad había ido a dar por azares de la vida y específicamente por el desbarajuste administrativo de la dependencia gubernamental donde trabajaba, la cual le iba a sostener y enviar su sueldo durante tres meses a un pueblito de Texas llamado London para perfeccionar su inglés en el contexto de un programa de capacitación y estímulo a burócratas. Cuando el muchacho se dio cuenta de que por algún error de la cibernética a cargo de su cheque éste seguiría llegando indefinidamente a un banco de Londres, pero el Londres de Inglaterra, en un inaudito acto de lucidez optó por apersonarse en la Gran Bretaña e inscribirse en una universidad y así hacer algo útil mientras pasaba una temporada por allá y sobre todo poder justificar legalmente su permanencia en el país. Y es así como, a instancia de doña Josefa, don Vicente toleraba a regañadientes departir con don Luis, dizque abuelo paterno de su nieto.

* * *

Al cumplir César doce años la familia materna seguía teniendo cifradas en él todas sus esperanzas e ilusiones. Había que ir pensando en la preparación específica —decía el abuelo— que requería el ser Presidente del Consejo de Administración del Banco (de esos que años más tarde nacionalizaría el Gobierno de la República y más tarde volvería a vender y desnacionalizar por razones que sólo a los gobernantes competen). César sería irremediablemente el dueño del banco y había que substraerlo de la perniciosa influencia de Fernando quien a pesar de dar a la institución sus altos servicios de economista desde que habíase casado con la apetecible Susy, no tenía ni puta idea de lo que era un banco y en qué consistía el negocio del negocio. Por lo tanto y aprovechando que hablaba inglés, don Vicente nombró a Fernando gerente de la sucursal que acababan de abrir en Laredo para darle crédito a los fayuqueros. Por fin conocería Texas.

Andrés, el apuesto primo de Susy y otrora su gran amigo, ayudó a convencer a Fernando de que eso era una promoción originada en el aprecio que le tenía su suegro. Doña Josefa, en cambio, sí le tenía cierta estimación, pues decía que después de todo el muchacho hacía el esfuerzo por refinarse y comportarse a la altura de las circunstancias familiares. Aunque un poco naïf,, decía, en la práctica era un buen marido.

* * *

El día en que César cumplió sus trece años había olvidado completamente cómo se tocaban Los Changuitos al piano por lo que no pudo interpretarlos en el teclado electrónico japonés que su papá le acababa de traer de Laredo, de donde había venido especialmente para el cumpleaños de su hijo putativo. Cleofas, que aún seguía siendo el jardinero de la familia, le comento a Clementina, quien seguía fungiendo como exnana de la mamá del festejado, que a lo mejor siguiendo la onomástica tradición también harían un cuartito al fondo del jardín para el teclado ese y que a lo mejor hasta traerían un técnico para que lo tocara. Pensaba que ahora, dadas las circunstancias, a él le regalarían un traje de acomodador con linternita y todo o que se encargaría de la taquilla. En Clementina, devota de San Patroclio y de todas las puntadas de la familia, no hizo gracia el comentario y se puso más rígida y seria que de costumbre, enfriando los ánimos de Cleofas, quien ya llevaba veintiocho años tratando de conseguir los virginales amores de su compañera de trabajo.

Fernando trató, entre otras cosas, de rememorar las andanzas de otros tiempos con su viejo amigo Andrés, gracias al cual había conocido a Susy en una fiesta. (En aquel entonces Andrés invitaba frecuentemente a Susy a las fiestas que hacía con los compañeros de la Universidad, por lo que Fernando, quien a veces llegaba a ellas como una especie de gorrón tolerado, y habiendo coincidido un par de ocasiones con la primita de quien llamaba su cuate, alcanzó a pegar su chicle una noche que por despecho hacia otro pretendiente se puso a bailar de cachetito con él. El día que el ilusionado joven puso un pie en casa de don Vicente se terminaron las relaciones entre Fernando y la guapa y rica Susy). Andrés soportó por un rato los recuerdos y agradecimientos del marido de su prima —por cierto, durante el último año el tío Andrés frecuentó mucho a Cesarito en la casa de Las Lomas. Recordaron también que poco después de aquella penosa separación entre Fernando y Susy sobrevino la ruptura entre don Vicente y su hermano, por lo cual Andrés ya no pudo seguir saliendo con la prima con la naturalidad y frecuencia acostumbradas, de tal suerte que fue imposible servirle de chaperón al amigo Fernando. Por una confusión de ideas empujadas por la champaña, Andrés estuvo a punto de regar el tepache y contar las peripecias que pasaron él y Susy para verse a escondidas durante el tiempo en que ella anduvo con el galán aquél de triste memoria y de quien Fernando no sabía nada. Contarle algo al respecto hubiera sido medio engorroso, pero no era grave; el problema era que habría ocasionado que Susy quedara mal ante sus padres, pues se habría visto el tal “Abrazo de Cinco de Mayo” como una farsa para oficializar unas relaciones que nunca se habían suspendido y que cada día era más difícil mantener encubiertas, pues ya para entonces, además de que Andrés y Susy tenían que ocultarse de toda la parentela para verse, debían guardar la necesaria discreción ante Romualda y Fernando, sus respectivos cónyuges.

Cansado de seleccionar recuerdos de andanzas pretéritas, Andrés se excusó para irse de la fiesta de aniversario de César no sin antes prometerle a éste que iría a visitarlo en breves días para jugar frontón. Fernando, quien se iba a la mañana siguiente para atender sus responsabilidades en Laredo, le quedó muy agradecido de que se preocupara tanto por su hijo y por su esposa.

* * *

El cumpleaños número catorce de César —quien cada día se parecía más a la familia de la madre— fue muy grato para todos, pues el heredero estaba casi totalmente rehabilitado de la adicción por la heroína contraída el año anterior. Don Vicente habló de la fuerza de voluntad del niño, de sus virtudes y de su capacidad para sostener las tradiciones familiares en lo tocante a la cuestión monetaria (vendía los caros adornos de la casa a hurtadillas de su atribulada madre, quien al descubrir que no eran los empleados domésticos quienes cometían los robos calificó el hecho como una gran afición de su hijo por las antigüedades). Se leyó también —no faltaba más— el telegrama de felicitación enviado por Fernando, quien no pudo asistir al cumpleaños de su hijo a causa de la auditoría que se practicaba en la sucursal a su cargo, ordenada por don Vicente.

Por su parte el tío Andrés, que ya ocupaba un alto puesto en la casa matriz del mismo banco, regaló a César su primer coche deportivo: “No corras mucho”, le aconsejaron algunos al muchacho.

* * *

El día que César cumplió quince años no hubo fiesta, pues el heredero no se reponía del todo de la paliza que le habían propinado en las instalaciones de la policía judicial después de haber gritado e insultado a todo mundo, tras haber sido detenido in fraganti en un departamentito de la Zona Rosa (que mantenía con su “domingo”) con una jovencita de frondosas intimdades que vivía en la colonia Portales (donde Cesarito y sus amigos iban con frecuencia de cacería) cuyos padres acababan de denunciar el secuestro ocurrido frente a su propio domicilio. Como uno de los compinches de César se había acobardado a la llegada de los judiciales (los que hacía días andaba tras la pista de los secuestradores de jovencitas), confesó que nomás por echar relajo drogaban a las chicas que subían a coche (a veces con su consentimiento, a veces por la fuerza) y luego por unos pesos se las vendían a otro tipo que resultó ser un connotado tratante de blancas de Tlalnepantla protegido y socio de un político de primer nivel del sexenio anterior y que de esta forma se hacía de la mercancía para los burdeles de su jurisdicción. No pudiendo los muchachos alegar consentimiento de la jovencita dado que además de narcotizada la tenían atada a la cama (los policías, al verla en esa lamentable e inhumana situación, se vieron obligados a desnudarla y comprobar en el sitio de los hechos y sobre el cuerpo mismo del delito si había sido violada, de donde se enteraron de las antes mencionadas frondosas intimidades), César y sus amigos fueron aprehendidos y conducidos a punta de culatazos, coscorrones y bofetadas a los separos de la judicial.

Dado que también habían apañado al comprador de señoritas las confesiones no se hicieron esperar y en pocas horas la policía tenía una relación completa, con pelos nombres y señales, de la trata de blancas en un amplio sector del norte de la Ciudad de México. Debido a que las declaraciones del contacto en Tlalnepantla involucraban a muy altos dirigentes policiacos del Estado de México y hasta algún ministro (todos ellos de los de antes de la renovación moral de la sociedad) y de los cuales el ilustre mercader pedía protección, la investigación dio un repentino giro y no llegó a salir a la luz pública: soltaron silenciosamente a los implicados y regañaron, por despistados, a los que habían efectuado la jugosa redada. Ello se logró mediante un relampagueante cruce de llamadas telefónicas, órdenes, amenazas, chantajes y por supuesto el veloz cambio de propietario de algunos buenos fajos de billetes con los que don Vicente, abuelo del quinceañero, contribuyó para abrir celdas, hacer olvidadizos a ciertos periodistas que cubrían la fuente y restituir el honor de la portalesca y ofendida familia de la chica —de quien, por cierto, las fotos donde aparecía desnuda y atada a la cama, fue imposible retirar de la circulación en las páginas de una revista especializada en denunciar lacras sociales. Sólo un corresponsal extranjero que por acelerado no se quedó al desenlace de la historia y al reparto del embute, alcanzó a enviar un boletín que se publicó en un periodiquillo de la frontera, creyendo que se destapaba la “caja de Pandora” y que con ello se iniciaba un Watergate mexicano. La cosa no pasó a mayores y se resolvió con la publicación de un desmentido oficial al día siguiente en el fronterizo periódico de marras, el cual ya no pudo leer Fernando, pues habiendo leído un ejemplar del periódico del día anterior y tras enterarse del embrollo en el que se inmiscuía a su vástago, exclamó “¡híjole!” y partió de inmediato hacia la ciudad de México en el primer autobús foráneo en el que hubo un asiento disponible, pues debido a la serie de tonterías que había cometido al frente de la sucursal bancaria, su suegro tenía recortado el sueldo y los gastos de viaje de quien daba la cara por la paternidad de Cesarito. Fernando estuvo pocas horas en México pues en cuanto puso un pie en su casa, Susy, su esposa, lo recibió con un “no te metas en lo que no te importa. Esto es un asunto de familia... y vete para Laredo antes de que mi papá se entere de que dejaste al garete la oficina”.

Tras resolver el incidente en los mejores términos posibles y teniendo a César en casa, don Vicente habló con su nieto para reprenderlo y conocer los motivos de tan reprochable conducta. Como el adolescente insistiera en su torvo mutismo el abuelo optó por la camaraderil solidaridad antes que por la vía del castigo. César era, en boca de don Vicente, ya todo un hombre y por lo mismo iban a festejar con unos tragos el que todo hubiera salido bien. A mitad de la emética borrachera salió el peine y el banquero se enteró de los motivos que condujeran al mozuelo al reciente extravío de sus pasos. El chico espiaba habitualmente a su madre a través del ojo de la cerradura de su habitación, especialmente en las mañanas, cuando César calculaba que ella estaría desnudándose para tomar un baño. Recientemente, en esta rutinaria pasión matutina por la imagen materna, César habíase llevado la sorpresa de ver la desnudez de su progenitora compartida nada menos que por la velluda desnudez del tío Andrés —recién divorciado de la celosa Romualda— después de lo que parecía haber sido una noche de cálido jolgorio. Paralizado y sin saber qué hacer, el sorprendido joven callóse. ¿Desde cuándo se mancillaba el honor paterno? ¿Desde cuándo el tálamo era testigo de la traición? La desilusión lo envolvió, el desencanto lo hizo su presa, mas fue incapaz de reclamar ahí mismo. Optó por el sigilo y el desentendimiento, pero en breves días la amargura trocóse en ira, de tal suerte que por no enfrentarse a los pecadores amantes enjugó sus calladas lágrimas vertiendo sus dolencias sobre el mundo, respuesta ciega a su propio dolor. Perdióse así en el mal vivir e inmiscuyóse en las fechorías que lo llevaran al entuerto del que acababa de salir apenas.

“Bueno. Ya déjate de mamadas”, dijo el abuelo. Y don Vicente al fin no tuvo más remedio que reciprocar la sinceridad de su nieto explicándole lo que de tiempo atrás él ya sabía, la servidumbre sospechaba y la familia intuía: su amada madre no le ponía los cuernos a su padre aprovechando la lejanía de éste, pues el papá de César era el propio Andrés, hasta entonces cercano y amigable tío. No eran casuales sus atenciones y cariño. Amaba a César como un hijo porque era su hijo y aunque llevaba a cuestas la desgracia —según las compungidas palabras del abuelo— de compartir la paternidad oficial del muchacho con el cretino de Fernando —quien no debía ser tomado más que como bateador emergente en el escudo de armas de la familia— el amor entre sus verdaderos padres había sobrevivido por encima de la catástrofe, por encima de las vicisitudes del destino y por encima de las imposiciones que en su momento la sociedad, la moral y ante todo la necesidad de conservar en alto el buen nombre de la familia les obligaron a adoptar. El abuelo hizo ver al joven retoño que lo importante eran precisamente la familia y la continuidad de la estirpe. Lo otro era un mal menor. Que si César había sido víctima de una mentirilla piadosa no era por mantenerlo engañado ni mucho menos, sino porque no había tenido la edad para que se le explicaran las cosas ni se había presentado la ocasión propicia para ello. Pero que al ver lo que vio, César debió haber confiado en él, su abuelo, su infalible protector y firme tronco del clan y del banco, lugar destinado a César si entendía su papel y se mostraba a la altura de las circunstancias. El muchacho estaba destinado a ser uno de esos hombres que transforman el mundo, no en vano llevaba el nombre del gran César. Todo podría hacerlo, todo podría tenerlo. Pero eso sí: dentro de la familia todo, fuera de la familia nada: esa era la regla de oro, la condición sine qua non. Y César era de la familia por línea paterna y materna, como los faraones, doblemente llamado a ocupar el lugar que la historia reservaba para él. Para efectos prácticos, lo demás no tenía importancia.

* * *

Cuando César cumplió dieciséis años de edad tampoco hubo fiesta. Se encontraba de viaje desde hacía casi un año acompañado sucesivamente por su abuelo, su madre —recién divorciada de Fernando— y por el tío Andrés. Antes de la partida de César, Fernando vino a la capital por unos días para despedirse del muchacho. Cuando en una cena en la casa de la avenida de Los Insurgentes el hasta ese momento padre legal del menor empezó a opinar con solemnidad y voz engolada sobre los lugares que sería conveniente que Cesarito conociera, éste susurró un “ya cállate, pendejo”.

Mientras los comensales reían la puntada del chico, Fernando se reponía del estupor suponiendo que aquella respuesta aparentemente insolente debía ser un nuevo giro en las modas del lenguaje urbano y que él no se encontraba al tanto. Optó también por reírse del ingenio de su hijo. Los demás tomaron la anécdota como un simple acto de independencia del adolescente.

* * *

Los diecisiete años de César fueron festejados con una gran recepción. El buen comportamiento y desenvoltura del homenajeado llenaron de orgullo y satisfacción a la familia. El sólido carácter del joven, su identificación con los intereses de su casta, el respeto por las tradiciones, todo, mostraba que estaba preparado para ser el heredero de don Vicente.


© Sergio Perelló
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