Cuatro paredes que te envuelven, una cama sin hacer, un escritorio... Sí: un escritorio con un desmadre de papeles encima, todos ellos con escritos deshilvanados e inconclusos, sin encontrar una vertiente hacia el final, hacia la explicación, tu explicación. Miras los papeles. Las nalgas te duelen de estar sentado. Estás cansado y además tienes ganas de orinar, pero te da flojera salir del cuarto y atravesar la azotea, llegar al baño común que a estas horas de la noche ninguna sirvienta estará usando, entre otras cosas porque no tiene luz. Pones focos y a los dos días desaparecen, así como desaparecen los botes que improvisas para poner los papeles usados, por lo que siempre están regados por el suelo. Nadie siente suya la obligación ni aún la necesidad de mantener limpio el baño colectivo. Cuando empezaste a vivir en ese cuarto creíste que llegarías realmente a influir en los hábitos de “altura”, como decías. Pero nada ayudó a que te sintieras en una buhardilla con vista sobre el Sena. No has podido hacer tuyo el mundito de azotea. Y nadie aquí lo hace suyo. No te ha ayudado a tus ilusiones y parece que tú tampoco has contribuido a ninguna ilusión de los que aquí habitan. Esta azotea no es de nadie. Es un miserable lugar de paso despreciado por quienes lo transitan. Rápidamente el medio se te fue imponiendo hasta socavarte el entusiasmo. La fibra te alcanzó para pintar las paredes de blanco, pero no llegaste a la indispensable segunda mano de pintura. Del otro lado de la puerta, la apatía, la dejadez, el desgano, la ausencia de asco, la sensación de que todo eso, el espacio compartido, le es ajeno a todos en esa azotea de la colonia Roma; una azotea con una población semiflotante, semipermanente, mucamas y sus cuñadas, maridos eventuales, amantes furtivos, chiquillos que no encuentran el mundo entre los periódicos cambios de trabajo de sus madres.
Detrás de la puerta desvencijada, la noche impone quietud, oscuridad y silencio. Los niños han callado. El trajín del día con sus muchos ruidos, con sus ires y venires, los cotilleos, el chorro del agua en los lavaderos y los chismarajos de grito en cuello mientras se lava la ropa de los inquilinos del edificio, todo ello ha huido con la ausencia de luz solar. La noche inunda con sosiego tu pequeño entorno habitacional. El silencio te deja oír tus pensamientos. Hoy no estás para escucharte, supones. Buscas entre los papeles de la mesa, lees algo, todo inconcluso, todo teñido del color acre de tu cotidianidad, todo teñido del tono verdoso que se escapa detrás de la primera capa de pintura blanca. ¿Por qué no acabaste bien con ese verde-oscuro-insoportable que no te deja olvidar que vives en un cuarto de sirvientas? ¿Por qué no terminaste de arreglar tu cuarto de soltero, tu lugar de trabajo, tu casa en la capital? Primera vez que vives solo. Hubieras querido otra cosa para vivir, pero finalmente esto es tuyo, lo verdadero, que supera algunas de tus fantasías pero no satisface otras. ¿Qué impidió que hicieras un paraíso en este mundo que mira al cielo nublado de la ciudad de México? ¿Qué cosa no te deja, piensas, ser feliz? Sabías del hambre y del frío, de andar con el cuello de la gabardina alzado y no tener un clavo en el bolsillo. Sabías de los sinsabores de iniciarse en el oficio de escritor. Sabías que eso era parte del paquete que comprabas, que toda esa chinga era formativa. ¿De qué te quejas ahora que ya tomaste la decisión? ¿Qué más quieres?
Vives solo, lejos de tu familia. Eres libre y algún día de estos terminaras tu primera novela. Pero no estás seguro. Quizás tengas que buscar un trabajo por que lo que te envían de tu casa ya no te alcanza ni para comer. Ya lo sabías. Tu padre no estaba contento con la idea de que vinieras a la capital. Por eso no te manda nada. Además no puede. Su trabajo no le da más que para mantener a tu madre y tus hermanos chicos. Tu hermana mayor, en cambio, ella hace un esfuerzo y sustrae un poco de su sueldo de secretaria para que vivas aquí, para ayudarte a no morirte de hambre, dice. Siempre te ha protegido, te ha apoyado en cualquier cosa, o como dice tu madre, en tus locuras. Pero no estás para reflexiones familiares.
Piensas en cómo te mira el mundillo que te rodea. Los que no te ven como provinciano ingenuo, te ven como un prospecto de fracaso. Los inquilinos te miran sospechosamente; la señora que te alquila el cuarto, con cierto desprecio encubierto de caritativa comprensión; las sirvientas y sus familiares, con desconfiaza. Nadie te identifica. Nadie, supones, se identifica contigo. Aquí, en la azotea, flota un aire de resentimiento, eres un advenedizo, cuando se dirigen a ti es para sacarte algo, te hablan con socaliñas, con sorna, nadie cree en lo que dices, no eres uno de ellos. Y cuando sales a la calle tampoco te pertenece; eres un extraño. ¿Por qué no haces amigos? ¿Por qué te aferras a tu ostracismo? Unas cuantas amistades superficiales con las que no quieres intimar y es todo lo que tienes. Son esto, son lo otro, dices, te dices, nunca nadie a quien decirle, nadie con quién compartir la crítica, tu acerba y casi siempre mareada, resentida, defensiva crítica. Mejor lees. Lees tus propios papeles. Te lees. Los papeles no tienen fecha, pero no importa: el que está encima, es más reciente que el que está más abajo. Elemental método estratigráfico. En caso de duda se analiza la sucesión de capas de polvo y se sacan conclusiones. Intuición descrita por Connan Doyle. Si los papeles fueron removidos con anterioridad y ninguno de los dos métodos sirven para asegurar una cronología, se acude a la memoria. Si la memoria falla, se decide que no es necesaria ninguna cronología de los escritos propios. Lees:
Es fría la tarde, ¡caramba! El otoño es frío, siempre es frío en esta ciudad. Amsterdam: tan agradable que resulta en verano. Pero con frío también tiene sus atractivos. La vida se interioriza y concentra en las casas, en los edificios, en los espectáculos cerrados, la temporada de conciertos, las galerías y exposiciones, el teatro, el cine, esperar a alguien en un “brine kroeg”, un cafetín de esos que tienen más de un siglo de nicotina en las paredes. Después, los recintos universitarios con su lógico ambiente intelectual “très decontracté”.
Como dicen a los gringos que visitan la Venecia del Norte, “Can my city be compared with any other city in the world?” Y les aseguran que “our best product is the people in Amsterdam”. Después, inevitablemente, caminar por encima de alguno de los tantos puentes de la ciudad, llegar al centro y ver a los turistas abordar un “bateau-mouche” para recorrer los canales. Hoe prachtig zijn de Amsterdam grachten en cualquier época del año. Pero no. Esta tarde de otoño es fría y tengo una fuerte gripe. No voy a salir. No quiero tomar el tranvía y fregarme más con la calefacción. Me quedo en casa. Mejor escribo cartas: a mis papás, a Gerardo, a Lupe. Le prometí al salir de México que le escribiría todos los días y con trabajo le mando dos cartas por semana. Pero, ¿qué le digo ahora? Lupe, la noviecita que es capaz de esperarme toda la vida a que regrese a casarme con ella. Ni se imagina lo bien que la estoy pasando con tanta güerota que anda suelta por aquí... y a mí que ni me gustan. Sí. Eso le voy a escribir a Gerardo: caro cuatachón: a ver que día te das un volteón por estos deliciosos lares. La cosecha está de a peso. A Lupe, lo de siempre: en todo momento pienso en ti, no puedo vivir sin ti, tengo ganas de regresar a ti (no se me vaya a enfriar y luego me quede sin novia cuando regrese), me aburro sin ti, querida ti, sólo te deseo a ti, pero me acuesto con Saskia, una amiga muy cariñosa, compañera de la universidad y sin ningún compromiso. ¿Cómo la ves, mi querido Gerardo? El puro amor libre. El puro destrampe. Ni modo. Tendré que mentirle otra vez a Lupe. Pero, ¿qué le digo? ¿Y si no regreso? ¿Qué haría ella además de llorar por mí?
Su soliloquio se interrumpió por un estornudo que además de sacudirlo le salpicó con una brisa virulenta el papel carta que tenía frente a él. Pensó que sería más fácil regresar a México que no regresar. Era más fácil heredar la fábrica de papá que no heredarla. El viejo ha trabajado mucho para dejarnos algo. Se ha fletado. Hubo malas rachas, pero ahora todo va sobre ruedas. Viajes, coches, casa nueva, estudios en el extranjero. Cuando mamá y papá se casaron no tenían en que caerse muertos. Se fregaron mucho, una que otra trancita y pusieron el taller. Ahora es un fabricón. Nos lo tenemos que repartir entre mi hermana mayor, que la hace de secretaria de mi papá, mis hermanos chicos, que todavía están tiernos, y yo, que aquí estoy, mamando del patrimonio familiar. Papacito y mamacita, mándeme otra remesa de dinero porque los amigos de por aquí ya no tienen para pasar el fin de semana y son muy buenos cuates y me tienen en alta estima y siempre me hacen compañía and very nice. Y no se preocupen; por aquí tengo un chorro de amigos.
Un techo con un foco, un escritorio con una lámpara de escritorio, un buró con lámpara de noche, una silla, una cama, un tocadiscos portátil, un perchero. ¡Qué más quieres! Y sin embargo la lengua te chasquea en la boca, como si tuvieras una astenia milenaria. Lees y lees queriendo encontrar el hilo para seguir escribiendo, queriendo encontrar algo, queriendo encontrarte entre tus páginas. Ya se te olvidó para qué quieres escribir. Sólo porque le da sentido a tu vida, porque te justifica, porque te permite vivir en la mítica gran ciudad capital con sus humos y distancias, sus sobresaltos y su gran vida cultural. Te cuesta mucho aceptar que eres ajeno a los placeres de la gran urbe y sus ventajas; sólo gozas el anonimato que te ofrece. El medio no te resulta ya tan propicio como creías, pero no vas a confesarlo a nadie, porque finalmente la provincia no te ofrecía nada mejor, salvo la incomprensión de amigos y familiares. Por eso dejaste tu pequeña ciudad del Bajío en donde, incluso, los propios medios universitarios abandonados por ti a mitad del camino te empujaban a la capital, en donde estaban los ojos de tus maestros y condiscípulos, en donde estaba la vara que medía las acciones de la cultura provinciana.
Te negaste a ser un escritor costumbrista, paisajista. ¿Que tienes contra la “provincia”, pendejo? Lees como queriendo convencerte de quieres otra cosa. Lees lo que escribes para descubrir tu estilo: quieres saber quién eres. También lees lo que escribes diría un ojo aguzado, por que no tienes otra cosa que leer, por que no tienes dinero para comprar literatura y ya consumiste la que tenías. No tienes dinero para ir a la librería y salirte de tu pequeño mundo, cada vez más estrecho, más constreñido, más reducido, más resentido, más frustrado. La última vez que entraste a una librería no pudiste robar nada. Te seguía el dependiente como si hubiera visto en tus ojos la necesidad de leer gratis, como si te conociera. Empiezas a creer que no hay condiciones para escribir. Empiezas a creer que el medio te hostiga, que ni siquiera serás el escritor costumbrista y provinciano que tú detestas; que no puedes, que te quieres regresar, dejarlo para después, que aún hay tiempo, que eres joven, pero no puedes desertar ahora, no les darás la razón a lo que auguraron tu fracaso. ¡Ya basta, carajo! Lees:
Cruzó la calle esquivando los veloces y agrivos automóviles. Sintió que en la noche centellante de anuncios, los faroles lo miraban con rencor, como reclamándole que pasara por ahí, que tuviera ganas de cruzar la calle, que hubiera nacido. Los miró despectivamente y siguió su camino hasta estar frente a la taquilla del cine Colón. Como de costumbre pasaban una película de alto contenido erótico y poco arte, mucha mujeres en paños menores, una que es buena y las circunstancias llevan por el mal camino y al final se arrepiente pero es demasiado tarde y ese es el mensaje; primero excitan y después ponen un tremendo “no” a los instintos que ellos mismos desataron. Excusas para atraer al público; y no es que el sexo y sus cuestiones sean algo bajo, todo lo contrario, es sublime, lo máximo, es la razón y el fin de la civilización y la cultura, de la industria, del comercio, de que la gente se alimente, de lo razonable, en fin, y de lo no razonable. El sexo es grato, pero su represión es lo perverso, y en esas peliculitas dan pequeñas dosis de sexo reprimido, explotan los mitos impuestos por la costumbre de otras épocas que subsisten gracias a curas y beatas, a magnates y especuladores, a quienes por obvias razones, les molesta ver a la gente liberada de los traumas mentales que a ellos les favorecen. Pero en definitiva, nuestro personaje, nuestro hombre en el cine, no sabía todo esto. Quería ver una película sencilla, sin tener que pensar, quería consumir celuloide y ver nenas bien alimentadas que le regocijaran la imaginación. Nada. Que quería olvidarse del trabajo, de su mujer, de los niños gritones y de que la televisión estaba descompuesta y... vamos, tenía ganas de distraerse. ¿Que no puede?
Compró el boleto y se introdujo en la sala. Estaba oscura y sobre la pantalla pasaban imágenes que no se detuvo a ver en su afán de encontrar lugar esquivando a la acomodadora para evitar la propina. Se sentó. Vio a los lados; tenía tres bancas desocupadas por banda y nadie adelante ni atrás, así que hasta podría tirarse un pedito sin que nadie lo notara; si le entraban ganas, claro. Recién acomodado se sintió incómodo por la pantalla demasiado oscura y el sonido que apenas se entendía.
Prestó mayor atención a los diálogos emanados de las borrosas figuras para encontrarse oyendo su propia respiración. Pensó que era una estafa que uno pagara para que el cácaro se emborrachara y se dispuso a chiflar cuando, antes de hacerlo, un señor que estaba en el asiento de al lado y no había notado, le dijo que shh y que así era la película. Estuvo a punto de decirle que se ocupara de sus propios asuntos pero lo detuvo una señora de atrás diciéndole que era asunto de todos. Sin darse cuenta asintió y del techo descendieron unas serpientes que lo envolvieron amablemente diciéndole que todo estaba bien, que su esposa era la que provocaba todo por no haberla invitado. De la pantalla salió una mano gigante que cogía a los espectadores y los montaba en la cima de la tarima que servía de escenario poniéndoles a bailar. Increíblemente, el espectáculo continuó así por bastante tiempo hasta que consideró que ya era hora de salir del cine para ir a su casa y así lo hizo.
Su mujer, de donde vienes, él, del cine, ella, ¿y esas serpientes? Estaban en el cine Colón. El cine Colón lo tiraron hace años, ahora hay un hospital. Ah, por eso no me dejarían chiflarle al cácaro. ¿De qué hablas? No sé, del cine. ¿Cuál cine? ¿Crees que me tomas el pelo o qué? Te estás volviendo loco. Sí, eso ha de ser, me estoy volviendo loco.
Hay días en que el mundo te pesa un poco más que de costumbre. Hay días en que ya no es la guerra del momento o una manifestación reprimida lo que te fastidia, ni es el incendio de una ciudad perdida o un maldito terremoto o la explosión de las cloacas de una ciudad o los crímenes políticos o la prepotencia policiaca o la violencia urbana o los huracanes que se ensañan con los pobres. Hay días en que el problema no es que todo ande mal allá afuera. Supones en cambio que el malestar se te metió hasta los huesos por otras cosas y estás a punto de reventar. Todo pesa y reaccionas hacia adentro como si fueras un globo al cual se le deja escapar el aire de pronto y cede a la presión exterior. Hay días en que no sólo te indigna la injusticia y el hambre ajena y los problemas colectivos, sino tu propia hambre, cuando empieza a incorporarse en las noticias de lo jodido que anda el mundo; y todo te cae encima de golpe, aplastándote, formando parte de tu manera más agotadora de ser y toda tu indignación no es suficiente para sacudirte la apatía que te hiere ahora mismo; y todo se te confunde y revuelve, se te hace un nudo en el estómago, quisieras cagarlo cuando vas al baño y empezar a digerir otras cosas, otras historias, otra historia. Hay días en que quisieras las cosas de otra forma. Lees:
Sus ojos eran todo movimiento del nerviosismo que lo embargaba. Simplemente nervioso. En su posición sedente, sus manos estaban quietas mientras sus piernas cruzadas palpitaban ligeramente al ritmo de sus pulsaciones cardiacas. La quietud marmórea de los músculos de la cara contrastaban con el ir y venir de su mirada.
Su inquietud interna era sólo el ansia de quien espera con interés la presencia de alguien importante que viene a modificar algo hasta ahora inconmovible. Frialdad y un poco de miedo. Temor, más a lo olvidado que a lo desconocido.
Había caminado violentamente, de un lado a otro de la pequeña ciudad que lo albergaba desde hacía poco más de dos años; años de desesperación moral y material. Sólo quería huir de su mísera situación. No podía trasladarse a otra parte con su mujer postrada y tres pequeños hijos a punto de contagio de la tuberculosis de la madre. Era una crueldad, consideraba, el juego del destino, que habiéndolo llevado a un sitio lleno de promesas únicamente le había deparado miseria y dificultades. La ruina y la falta de trabajo lo habían puesto a pensar en más de una ocasión en la posibilidad del suicidio... la llamada puerta falsa. No estaba acostumbrado a luchar contra la adversidad. Ahora, la miseria, enfermedad, la pérdida inesperada de todo lo que poseía lo había puesto en iguales condiciones que uno de los tantos pordioseros que pululaban por las calles de un país en crisis permanente. Pero él no estaba acostumbrado a eso, no sabía empezar de nuevo, no podía adaptarse y subsistir. Nada más pensaba en escaparse, en huír. Salir a buscar trabajo un día tras otro le había encallado los pies y, casi por completo, el cerebro. Quería morir; pero aún para eso se necesita luchar y era lo único que él no sabía hacer a ningún nivel. En esta ocasión había llegado a este solitario parque de las afueras de la población tratando de olvidar, pues más que pensar en sus problemas prefería sacarle la vuelta y dejarlo arrinconado para cuando regresara a su hogar... si es que eso podía llamarse todavía hogar.
Deseaba morir, desaparecer, regresar a la juventud feliz, fácil, ignorante de las penurias que lo apresuraban. No quería regresar a ese pasado inocente para aprovecharlo y hacerse útil cuando menos a sí mismo, sino el regreso a la dicha fetal y tranquilidad intrauterina, pero... no podía hacerlo, aún con el acopio de toda su energía no podía... aún en esto necesitaba fuerza ajena, ayuda de alguien con más fortaleza, capacidad de la que él estaba absolutamente negado.
Había llegado al lugar como atraído por una extraña tranquilidad que envolvía cada color que era posible percibir. Un parque solitario, pletórico de fuerza en sus árboles jóvenes...de una juventud y entereza insultantes más que reconfortantes. Árboles llenos de vida, deseosos de vida, que no perdían sin embargo su aire de místico reposo.
Había llegado, un paso incierto tras otro hasta encontrarse sentado en una banca mal pulida y dura como su angustia. Echó hacia atrás su pensamiento y recordó que en ese lugar tenía una cita, no importaba con quién... pero quizás necesaria; y no estaba en condiciones de faltar a una cita... hambre de meses. Estaba solo y el miedo lo ponía nervioso.
Escribes y lees. Y leyendo te acercas a tu propia lectura, a la lectura de ti mismo. Tus deseos encubiertos tras las historias ficticias empiezan a encasillarte, a lacerarte y poco a poco a destruirte. Te sientes mal. Quieres ir al baño pero te aguantas porque tienes miedo de atravesar la oscuridad de la azotea. Mejor lees. Buscas algo que te haga salir del agujero, del bache, quieres sonreír. Lees.
Amsterdam has always inspired writers, poets, musicians y a uno que otro estudiante mexicano. Saskia está para inspirar a cualquiera. Mejor se me quitan las migrañas griposas y voy a verla, no me la vaya a volar algún italiano, porque amigable, lo es con todo mundo.
Después de perder el tiempo en unas clases incomprensibles de no-sé-qué, las que hizo transcurrir pensando en su casa, su situación, Lupe y Saskia, salió de la universidad y se encaminó a casa de su amiguita. Ella lo estaba esperando. La besó con naturalidad. Hablaron en inglés porque él todavía era bisoño en holandés. Rieron, se dijeron cosas, se sentaron en un sofá lleno de cojines. El estudio de Saskia estaba bien caliente por la calefacción que según él invitaba a desnudarse a toda prisa. Ella accedió y puso la muestra quitándose los zapatos. Antes de que ella se quitara el suéter él ya estaba en pelotas. La ayudó a desnudarse y le acarició los hombros, la espalda, muy tersa por cierto, las nalgas, redondas y duras como a él le gustaban. Subió la mano hasta la cintura, la atrajo hacia sí, sintió los senos erguidos apretándose contra él, se besaron. Se deleitó chupando la bemba casi inexistente de aquellos finos labios. Fueron resbalándose hacia el sofá y él le entreabrió con la rodilla los muslos mientras impedía con eso que se levantara a buscar un rollo de papel sanitario. Mientras ella buscaba una posición más cómoda entre los cojines que le estaban estorbando, él la poseyó: la conoció una vez más.
Sí. Aquí también hay una noche de otoño, pero no es Amsterdam. Aquí también te excitas, pero estás solo. No tienes, además, una novia a quién escribirle ni una chica con quién desahogar el fueguito que traes entre las piernas. Estás solo. Solo en tu cuarto-casa. Solo en la ciudad. Solo por fuera y dentro. La soledad es no tener con quién compartir tus movimientos y eso te empieza a molestar, doler, cansar. ¿Regresar a la casa paterna? ¿Regresar a la provincia tranquila y repetitiva? ¿Aprender un oficio más lucrativo y dejar la pluma para los fines de semana? Ni madres. Tú no das marcha atrás. No darás la razón a los que no entienden tus razones. Y tú, ¿entiendes tus razones? Se te enciman las ideas y el lápiz se te atora. Te haces bolas y lo único que sabes es que un calor inquieto te recorre la columna vertebral. Encerrado en tu cuarto a media noche, encerrado en tus temores, acumulando odios, revolcándote ya no en tus argumentos de novela sino en tus fantasías, que poco a poco te van sustituyendo, te van dando lo que no tienes, lo que quisieras tener; y tienes miedo a acostumbrarte a los juegos de tu imaginación, a las substituciones.
Ya no quieres pensar, ya no quieres seguir leyéndote, quieres hacer algo, compartir algo, cualquier cosa. Buscas la continuidad de tus ritos adormecedores, quitando el polvo, estirando las cobijas de la cama, acomodando libros, metiendo los discos en sus forros: Janis Joplin, Messiaen, John Coltrane. “¿Qué oigo ahora?” Penderecki: Kanon for Orchestra and Tape. ¿De dónde sacaste eso? Ponlo, ponlo. Quizás un día llegues a tararearlo como cualquier pieza de la Sonora Matancera. Y metes la aguja de tu tocadiscos portátil entre los surcos negros del acetato. Las bocinas te responden sonidos quedos, a bajo volumen, incomprensibles, excitantes; y quieres meter, meter las manos entre unos pechos insólitos, descomunales, como los del Playboy. Sentir el calor de un cuerpo femenino, morder esos labios carnosos, meter el pene en la humedad de una vagina inquieta de una mujer caliente. Sigues ojeando tu revista. Sus cálidos colores te envuelven. Te masturbas. El semen se te agolpa y te escurre por los dedos. La respiración se te hace profunda y menos agitada. Sientes que tu miembro se achica y se vuelve flácido en tu mano y lo sueltas. Te levantas buscando algo con que limpiarte y un pequeño espejo que tienes colgado en la pared te devuelve una imagen desconcertante: tienes cara de asco. Te ves a ti mismo envuelto en la soledad. La música no llena los rincones vacíos, las paredes blanco-verdosas, desnudas, tu cara larga, triste, tu alma sola. Estás solo, evidentemente solo.
Igual que en la mañana un frío sol es precedido únicamente por un resplandor ligero, tras los arbustos se percibió una ligera perturbación que dio paso a una figura de mujer alta y delgada en cuyo rostro aparecían las marcas del tiempo y los signos de la responsabilidad de quien tiene en sus manos el destino de otros. Sería poco dramático decir que el negro de su ropa contrastaba fuertemente con el verde circundante, pero demasiado el que su rostro estuviera cubierto por un irreal, misterioso y novelesco velo de tul. Su gesto era austero, sobrio, maduro.
Un sol segante y cegador proyectó la sombra de la mujer contra el pasto húmedo, al tiempo que él se puso de pie con un ligero escalofrío para preguntar lo esperado: “¿quién es usted?”. Dio un paso incierto tras otro hasta encontrarse sentado en una banca mal pulida y dura como su angustia. Echó hacia atrás su pensamiento y recordó que en ese lugar...
—Como puedes ver, soy una dama —respondió—. Vengo a ayudarte a tomar una decisión.
—Pero yo... qué decisión. Cuál decisión.
—Eso tú lo sabrás mejor que yo.
—Perdone, señora, pero creo que no hemos sido presentado.
—Tu inseguridad es más fuerte que tu fe y tu deseo de salir de la situación de la que te lamentas. Te da miedo luchar por el temor de perderlo todo. Te da miedo seguir viviendo y te da miedo morir.
—¡Oiga! ¿Quién es usted para hablarme así? ¿Con qué derecho?
—El derecho que me confiere el conocerte a fondo. Te conozco mejor que nadie, mejor de lo que tú mismo te conoces. Soy tu madre, tu esposa enferma, tus hijos hambrientos; soy, en fin, la dama que juega con el tiempo y sus límites.
De pronto tienes la sensación de que las cosas no son lo que son, ¿verdad? No son al menos lo que parecen ser, lo que dicen ser. Quizá si se organizaran de otra forma, si se relacionaran entre sí de otra manera, el resultado sería otra realidad, otra totalidad, otro Universo. Más allá de tu percepción y tu conocimiento hay otras cosas. ¡Y tú escondiéndote entre las estrechas fronteras de tu fantasía! ¡Salte del micromundo que te consume! ¡Muévete!
La vida había sido sencilla y fácil en el seno de la familia paterna. Nada faltaba y el futuro estaba asegurado. Todo era diversión y en ocasiones descanso. Cuando su madre lo veía echadote en la hamaca del corredor después de dos o tres horas de ayudar a su padre tras el mostrador de la tienda, le gritaba “eres un vago, parece que naciste cansado, nunca servirás para nada y vas a sufrir mucho”. Palabras proféticas las de la señora, que no sabía que iba a morir pocos meses después del suicidio de su marido, asfixiado por las deudas de juego que contrajo con tanta gente en sus correrías clandestinas.
Pobre muchacho... cuánto trabajo le costó nacer por fin a un mundo hostil a su descanso.
—Yo soy la dama que hace tiempo deseas. Soy lo que añoras sin conocer, lo que en realidad más amas. Soy tu paz, tu ansiedad colmada, tu solución.
Estaba recién casado cuando perdió a sus padres y con ellos la fuente de su tranquila sobrevivencia. Le quitaron la tienda y la casona que, aunque vieja, era grande, más o menos cómoda y lo protegía de la lucha que del otro lado de sus gruesas paredes se agitaba con violencia.
Casado y su mujer esperando el tercer hijo, que con toda seguridad sería igual de hermoso y comelón que los otros. Así estaba cuando salió de su ciudad natal arrojado por las deudas y en busca de un lugar propicio para comer con dinero fácil más que para trabajar.
Al poco tiempo de llegar su mujer había caído enferma, consumiendo con ello hasta el último centavo escatimado a los acreedores. “¿Qué voy a hacer?”, decía, pero no hacía nada y sentía que era suficiente con quejarse.
Esa mañana, cuando su mujer le dijo que era un inútil, bueno para nada, incapaz de conseguir el pan de sus hijos, se le humedecieron los ojos y recordó su infancia como buscando una excusa para sentirse triste, incomprendido, desvalido, mártir de circunstancias adversas. Así salió del cuarto que habitaban como quien sale del infierno y caminó sin rumbo hacia esa inconsciente cita con su destino.
En su mente se sobreponían desordenadas imágenes de mejores tiempos, sazonadas de cansancio y deseos de regresar al útero materno y desaparecer. Por un momento se vio a sí mismo pensando y sintiendo lo que pensaba y sentía, y se dio cuenta de que la locura total, la esquizofrenia, no tardaría en apoderarse de él para salvarlo del mundo y sus repugnantes necesidades. Pensó en un hospital de blancas y limpias paredes donde lo cuidarían en su desenfadada inocencia. Enfermeras maternales y amables y médicos comprensivos pensarían por él, resolverían por él, vivirían por él.
Cuando era pequeño sus padres siempre estuvieron de acuerdo en que si él no quería estudiar, ir a la escuela o salir a jugar con otros niños era por que no lo necesitaba y era más importante que no sufriera. Así creció, rodeado de la conformidad paterna y la abulia propia.
¡Cuidado! Busca algo entre tus papeles. Lee otra cosa. Te estás enrollando demasiado con lo mismo. Cambia de tema, muévete, camina, no te claves. Estás demasiado escatológico. Busca cualquier cosa más sencilla, más superficial, un poco más digerible. ¿Sale?
Su sonrisa dejaba ver una encía superior que protegía escasamente las raíces de unos dientes chuecos, grandes y mal formados. Pero, eso sí, era una sonrisa fácil, cándida, que aun adelgazando el de por sí delgado labio superior, resultaba envolvente y cálida (o al menos así podría parecer con muchas ganas de ver las cosas de esa manera). Quizá por la brevedad de su mentón o porque era cachetoncita, la boca parecía colgarle de la parte inferior de la cara, dominada en su conjunto por una descomunal frente que denotaba una tendencia hacia la vida intelectual. Pero ya verán ustedes que en el fondo era una chica atractiva. Cachetona, sí, lo que podría verse como poseedora de unos carrillos mordibles y apetitosos, sobre todo si se desligaban de lo demás. El enorme fleco con el que trataba de disimular la descomunal y granulosa frente, terminaba con coquetería sobre unas delgadas y despobladas cejas, finas, rectas y bien proporcionadas entre sí, pero que lamentablemente no tenían nada que ver con la frente que cargaban encima ni con los ojos saltones de abajo. Las pestañas, por ausencia, no competían con el encanto de la mirada grisazul o más bien color aguapuerca tirando a claro. La mirada, pues, resultaba encantadora, especialmente si se comparaba con lo demás: inocente, dulce como su sonrisa, sincera, frontal y a su vez esquiva, lo que ocasionaba una cierta y natural coquetería. Bonita mirada la de ese ojo, porque el otro era un poco más lento al perseguir objetos y errático en sus movimientos, entrecerrado pero más grande que el primero, sin embargo no aminoraba la belleza del mirar del ojo bueno. Nadie es perfecto. ¡Y qué decir de su nariz! Con dos bien hechos agujeritos, uno al lado del otro, la nariz era larga, larga. Larga pero proporcionada con la anchura, es decir, que tenía una patata a media cara en la que reposaban con generosidad las huellas de un viruela mal cuidada. Dado que el resto de su cara octagonal carecía de cicatrices la nariz le confería un toque de originalidad, especialmente vista de perfil: como en una compleja obra de ingeniería el perfil de la nariz caía protuberantemente desde el centro de la frente sin un plan definido, con una curvita para acá adentro y otra para allá afuera. Las orejas no se le veían pero seguramente las tendría diametralmente colocadas a los lados de la cabeza: el cabello largo, lacio, áspero, astroso y de color indefinido le ocultaba los apéndices auditivos. Su cuerpo, ¡Dios mío!, no invitaba precisamente a verlo desnudo, debido, por supuesto, a su inocencia intrínseca, a su delicadeza descuidada y evidente. Un cuerpo que nadie se habría atrevido a tocar ni siquiera en los apretujones del Metro. La asimetría de sus formas y el desgarbo de sus maneras no dejaban de tener algo de coqueto. Sus flacuras (que no sus flaquezas) estaban muy bien puestas por doquier. Talla pequeña, sin más medidas que las proveídas por una pubertad plasmada para siempre en un busto de extremada sencillez elemental y discreta. En su favor puede decirse que la luz del día la envolvía con etérea frescura.
¿Y tú, piensas, acaso eres Adonis, Apolo, el hermoso del barrio, tarugo? ¿Una mujer sólo vale por su físico, es un cuerpo nada más? ¿Te escapaste del medioevo en busca de objetos sexuales? ¿Por qué no salir del ámbito de tus fantasías obsesivas? ¿Por qué no salir del escondrijo? Más allá de la imaginación parece existir un mundo que se mueve y palpita al ritmo de otras leyes que escapan a lo imaginado. ¿Será también una fantasía propia o es la fantasía de otros? En todo caso puedes hacer uso de lo que intuyes como libertad, tu libertad para entender y explicar ese mundo y explicar la imaginación, imaginar que exploras, imaginar que encuentras, imaginar que entiendes, que estás vivo.
Tu libertad. No tienes claro qué pueda ser eso pero una pulsión te lleva a averiguarlo, a saber más acerca de las manzanas de lo que su sabor pueda decirte al morderlas. Seguramente ya todo ha sido pensado y experimentado, propuesto y realizado, pero tú te sientes con el legítimo derecho de no ser original, de repasar los caminos por otros conocidos pero ignorados por ti. Tienes derecho a descubrir el fuego, descubrir las leyes de la genética, inventar la rueda, la brújula y el astrolabio, navegar y pisar tierras ajenas y lejanas como si fueran propias. Tienes el derecho de recorrer los caminos de la historia, de tu historia, hollarlos de nuevo para responder a tus preguntas y saber quién eres, por qué eres, para qué eres, porque eres lo que todo ha hecho, a tu pesar, que seas, pero también eres uno solo y único. Tu cualidad de ser, tu seridad, tu yoidad, constreñida por el Cosmos, limitada y exclusiva, universal y aislada. ¿Qué es tu libertad? Llegar al final y mirar hacia el comienzo, luchar o esconderte, trascender o fundirte en el espaciotiempo sin fronteras.
Te preguntas qué hay de importante en tu vida, qué es lo importante, por qué. ¿Qué es, a fin de cuentas, lo que hace importante una cosa o un hecho en la vida de una colectividad? ¿Qué lo determina, la sobrevivencia a toda costa, la capacidad de pervivir como especie según las leyes de la materia viva? Además de un pedacito de conciencia de la materia, un lugar de reflexión cósmica, un ente social, célula del organismo que se piensa como Estado, ¿qué otra cosa eres? Lo importante, susurras, ¿dónde está? La vida más allá del instinto de vivir son signos, símbolos, fantasías colectivas aceptadas y asumidas. Las cosas son importantes concluyes cuando una fantasía así las considera. Luego, no hay nada importante que no mienta. Pero el miedo, el hambre, el dolor, la muerte, los ciclos vitales te marcan, más allá de cualquier arreglo fantasioso, el lugar de ciertas cosas en la escala de importancias o de inmediateces. ¡Carajo!
Te sientes ultimista y sonríes. Estás convencido de que la escatología, si bien está motivada por una perversión, no deja de tener una buena dosis de valor crítico frente a cualquier proposición, frente a cualquier juicio, sobre todo —supones— si son proposiciones erróneas o nimias o testarudas o pendejas. En el fondo quieres salir del embotamiento ése que suele confundirse con la meditación profunda y trascendental. Sonríes, te reprimes por costumbre, como si temieras que alguien te viera, te vale madres y finalmente te ríes y forzas una carcajada que espetas al mundo estólido que está allá, al otro lado de tus ideas. Reír, después de tanto tiempo de seriedad y cara larga... a lo mejor es muy tarde y tu risa no es sino la aceptación tardía de un final irremediable que se impone, un final esperado como casi todos los finales, pero lo peor, un final sin consecuencias.
Ya salió el sol y con su luz llega la vida y el murmullo de lo vivo que pronto se volverá ruido cotidiano. Se te acabaron por hoy las horas de la intemporalidad. Y tú sigues sin encontrar el límite entre el pensar y el ser, entre el ser y el querer ser, entre tu vida vivida y tu vida pensada, entre tu mundo y el mundo. La cabeza se te va por otros caminos, recorriendo con peligrosa libertad los vericuetos del pensar sin restricciones, como en el ensueño, entre la vigilia y la actividad onírica: ese darse cuenta de lo que se está soñando, ese pensar concatenado fuera de control, fuera de censuras. Estás boquiabierto viendo tus ideas volando a velocidades que no permiten que te detengas en ninguna, te ves viendo y un cosquilleo de miedo te sacude cuando te ves rodeado de un halo obscuro, infinitamente obscuro y te descubres envuelto de vacío, fuera del tiempo y empiezas a fundirte en ese halo. Comienzas inexorablemente a difuminarte en la nada. Estás quebrado. Te llevó la chingada.
Lees tus papeles como queriendo evadir ese olor a muerte que te invade. Te come a bocaditos el conocimiento de que todo termina con la muerte, de que todo lleva a ese dejar de ser, a ese volver a no ser. Es inútil tratar de seguir escapando. Tu vida y tus fantasías cada vez se acercan más y conducen a lo mismo porque tu vida y tus fantasías estás dominadas por las mismas experiencias, por las mismas circunstancias, por los mismos deseos insatisfechos, por las mismas obsesiones. Tu vida y tus fantasías se reconocen por fin y se confunden en un abrazo que te duele profundamente, porque es la única verdad, porque es lo único importante.
De frente a esa mujer ya no tan desconocida había cruzado por su mente la visión de un gesto que invocaba a todas las madres y a todos los hijos: una metáfora humana. Una sabetodoymeconoce. Sentía la frente húmeda y tenía deseos de correr por las calles, por el lecho de todos los ríos, pero estaba impregnado de la inmovilidad de la dama que lo miraba con una mezcla de ternura, reproche, compasión y desdén.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó él con los labios temblorosos.
—Todo; que en realidad es poca cosa —agregó ella con voz suave y sensual.
Su figura parecía ahora atractiva y segura a quien siempre careció de esos atributos. Creyó que estaba soñando, que el hambre le producía alucinaciones, tal vez la locura esperada, el refugio final...
—Quiero ayudarte. Quiero llevarte conmigo, sacarte de este infierno y conducirte a la paz —dijo la dama cautivadora y dulcemente—. Esa paz anhelada que te ha traído hasta aquí, aunque te dé miedo, porque la paz no es la de este jardín sino la mía, la que yo he traído. Sólo me soñabas pero no te has atrevido a buscarme y he tenido que arreglar este encuentro para satisfacer nuestro amor.
—¿Cómo supo de mí? ¿Por qué yo? —preguntó desconcertado, con cierta agresividad, toda la que fue capaz de desplegar.
—Fui a tu casa en busca de tu mujer, pues el tiempo se le está terminando. Sin embargo vi tu deseo febril por conquistarme. Sólo puedo enamorarme de quienes en verdad me necesitan. Mas eres un cobarde. Me has obligado a cambiar mis planes inmediatos y venir aquí a seducirte; y te encuentro dubitativo. Hace un momento, si hubieras corrido cuando sentiste miedo, hubiera ido por tu mujer que en su último delirio también desea encontrarse conmigo, para irme a rondar por otros lares donde hago falta. Quizás así podrías rehacer el tiempo que has dejado escapar entre tu miedo y tu evasión, entre la culpa de haber nacido y el rencor a la vida. Pero incluso en la fuga te has portado cobardemente y comprenderás, debes comprender tu oportunidad se ha perdido y yo debo cumplir mi cometido.
La luz era un poco más débil y el calor perdía su vigor mientras escuchaba a su madre diciéndole “haragán, ¿acaso piensas que siempre vas tener unos padres que te mantengan? ¿Acaso piensas pasarte la vida tirado en la cama descansando de no hacer nada? No saliste con muchas aspiraciones que digamos. Te pareces a tu padre. Si no hubiera sido por mí...” y él pensaba que si no hubiera sido por su madre en efecto estaría dormido tranquilamente sin necesidad de escuchar los tediosos sermones que ella acostumbraba tirar al viento cuando dejaba los quehaceres de la casa.
—¿Quién eres? —gritó con la sangre prácticamente helada de terror cuando vio a la mujer dando un paso hacia él.
—Soy la que se alimenta de las horas que otros dejan correr, la que bebe el cansancio y el hastío, la sinrazón y el miedo de los demás —contestó con voz monocroma. Él sintió un mareo y los colores del parque perdieron su fuerza para convertirse en una masa de formas incoherentes que acechaban con insolencia el temblor de su cuerpo.
—Soy lo que llaman —continuó ahora con una voz más cálida y plástica— el fin irremediable de ciertas formas de existencia, soy lo único seguro, la condena, el puerto de llegada. Pero no te engañes. No soy la voz interior del moribundo. Yo recorro la faz de los planetas para cercenar la hierba inútil que se esconde entre los acontecimientos, para cortar el hilo de la vida de quien no sabe apreciar su valor ni entiende su sentido. Soy el fin, el término de la existencia estúpida y sin motivos como la tuya.
El mareo se convirtió en vértigo y de golpe en una clara nueva visión de todo lo que lo rodeaba. Vio el viento pasar entre las hojas de los árboles, mecer sus copas, agitar las ramas donde se posaban los pajarillos para afrontar la noche que se avecinaba. Escuchó sus trinos como un canto a la vida, como un agradecimiento a la luz y al día que terminaba y entendió que merecían el descanso tras hacer lo necesario para permanecer vivos. Quiso también él detener el día que se escapaba, el instante que fluía para no volver, que se escapaba por costumbre, como tantos otros, sin ser poseído por la conciencia y en su garganta se formó un grito de terror: ¡quieta!, ordenó a la presencia que estaba frente a él con los brazos extendidos hacia delante.
Dio media vuelta y caminó lentamente por donde había llegado. El paisaje era irreconocible y no guardaba relación con los lugares conocidos. Con el pensamiento confuso, turbado, sintió que la locura al fin había ganado. No había otra explicación: se estaba volviendo loco. El sol había propiciado un día muy caluroso. Ahora estaba ya oculto y sólo quedaban en el cielo algunas vetas de tímido colorido que se habrían paso en la oscuridad como resistiéndose a morir. Pensó sin querer en su mujer y sus hijos y por primera vez sintió el deseo real de verlos, de ayudarlos. Un arbusto aislado se mecía como si todo el viento del lugar se concentrara en él para proveerlo de alegría y sintió que era una ironía, una burla. Una ola de rabia se apoderó de él y se dio cuenta que hacía mucho tiempo sólo el miedo y la angustia eran sus sensaciones. Sintió un baño de nostalgia, igualmente olvidada en la sepultura de las emociones, y deseó profundamente estar al lado de los suyos haciendo algo por ellos. El arbusto estuvo a punto de decir que un orate podía hacer muy poco por su familia. A media distancia las copas de los árboles ya no se apreciaban, estaban revueltas con la noche. Las hojas hablaban con el viento. Las campanas tañían por un difunto. Corrió. Corrió hacia la cordura que poco antes deseaba perder. A sus espaldas todavía alcanzó a escuchar la voz de su imaginación, solemne, pausada, segura y elegantemente vestida de negro, rumorando una invitación a quedarse: “No te escondas. De esto ya no puedes escaparte. Lo tienes muy construido para dejarlo caer. Cuando salgas de este parque caerás en mis brazos, me amas demasiado. Nadie escapa de sus sueños. Es tarde para ti.”
Corrió. Corrió hasta salir del parque, hasta dejar atrás el coro de incoherencias que acompañaron su desabrida existencia. La voz se apagaba a lo lejos: “Demasiado tarde”, fue lo último que oyó. Y sintió el alivio profundo de haber ganado la batalla final contra sí mismo. Ese triunfo haría que las cosas fuesen diferentes en adelante. Sentía la fuerza de quien viene del filo del infierno y ha sabido desandar sus pasos para escribir otra vez su propia historia. Venía del fondo de la nada y ese esfuerzo por salir de ahí lo había hecho despertar. Bajo sus pies se deslizaba el pavimento de la calle y una alegría inaudita y olvidada le llenaba la mirada. El peligro había sido conjurado. Sólo quedaba ya la vida de verdad, la de allá afuera, los problemas reales. Iría a su casa, aún era tiempo; y corrió como un niño que va al encuentro de su perro al regreso de la escuela, como el amante en busca de la pasión, como el pecador que implora el perdón. Corrió. Corrió.
—Yo lo vi todo, señor. Yo lo vi —dijo una viejita—. Ora sí que el chofer no tuvo la culpa. Ora sí que no la tuvo.
—Bueno, bueno. Vamos por partes —repuso el policía haciendo gala de su oficio.
—Yo estaba parado ahí en la otra esquina y también vi todo —agregó un joven.
—Cuénteme por partes. Qué pasó. Cómo fue todo.
—Pues verá. Este tipo venía corriendo a toda máquina por mitad de la calle Monterrey, en dirección contraria, como huyendo de algo, como si lo viniera siguiendo el mismo diablo. El camión venía por la lateral del viaducto. No venía rápido. No frenó porque en el semáforo tenía la luz verde. Y este monito que venía corriendo a pata tendida se pasó el alto, como quien dice. De a tiro se metió debajo de las ruedas del camión. Cuando el chofer frenó ya le había pasado por encima. ¡Mire nada más como le dejó la cabeza!
—Y usted, ¿qué vio?
—Sí, también. Así fue.
—Le digo que parecía loco, como si hubiera visto un espanto porque nadie lo venía persiguiendo.
—¿Por qué tarda tanto la ambulancia?
—No importa. Ya no se puede hacer nada. Los muertos no tienen prisa.